II


El mes de noviembre había iniciado su singladura a base de agua y frío, el otoño de 20.., producto o no del calentamiento global, había oscilado bruscamente de una temperatura demasiado cálida para la época hacia unos registros gélidos y húmedos más propios de un invierno al que aún le quedaban algunos días por llegar; las lluvias se enlazaban unas con otras como si vinieran enracimadas; los campos no daban de sí para esponjar más sus tierras y en las ciudades las alcantarillas difícilmente podían beber la cantidad de líquido que desde el cielo, a modo de diluvio bíblico, caía de forma tan persistente; poco a poco, las calles se fueron anegando ebrias y los niveles de la inundación ascendían minuto a minuto sin que al parecer nadie pudiera evitarlo.

Mientras tanto, los cuarenta agentes más antiguos de la Bolsa se encontraban reunidos en el despacho del síndico situado en la planta primera del edificio bursátil. La mesa central de caoba, larga y ancha como la estancia donde se encontraban, tenía grandes dificultades para albergar el total de papeles allí desplegados: órdenes inútiles de compra y de venta, recibos maltrechos, albaranes arrugados, matrices manoseadas y muchos más documentos propios de la febril actividad de ese día; pero al igual que la mesa se mostraba insuficiente para contener todo lo que sobre ella se había ido depositando, la habitación se veía incapaz para dar cabida al conjunto de palabras y frases que de una forma totalmente inconexa, y con un tono y una intensidad cada vez más ascendente, allí se estaban cruzando: nadie se oía, nadie quería dejar de hablar.

Al fondo de la sala, un individuo serio y con la mirada perdida era el único de entre todos ellos que no hablaba, que parecía que no escuchaba y que vivía esta barahúnda como si no le afectara; justo encima de su cabeza, un gran panel electrónico iba reflejando un continuo caudal de datos digitalizados, un río de siglas y de números sólo comprensibles para profesionales, un río que no se detiene y que, de forma persistente, repetía, sin parar, una información donde destacaban unas pequeñas flechas caprichosas que señalaban bien hacia arriba, bien hacia abajo tal y como si estuviéramos en un moderno circo romano y la vida de esas enigmáticas siglas, al igual que la de los antiguos gladiadores, dependiera de la voluntad de un dedo caprichoso. En la parte central del panel una tortuosa línea se desplegaba en el interior de un eje de abscisas y como se podía apreciar, había oscilado de lo que parecía un sentido quebrado pero ascendente hacia una caída vertical y libre.

Los agiotistas fueron pasando, paulatinamente, de un intercambio airado de opiniones a una digna competición verbal para ver quién era capaz de expresar la situación actual de forma más alarmada y preocupante, adornado, todo ello, con un torrente continuo de retórica fácil plagada de onomatopeyas que no eran más que expresiones de un pánico instintivo y que mostraba cómo en la habitación era imposible llegar a un mínimo acuerdo. Pero bastó un leve gesto del personaje supuestamente ausente para que el silencio surgiera de entre ellos hasta convertirse en una realidad: silencio acompañado de expectación, silencio plagado de suspense.

–Señores, convendrán conmigo que la situación es realmente delicada, no podemos seguir manteniendo nuestra actividad en unos márgenes de beneficio que se encuentran sólo al 300% libre de impuestos, éste es un porcentaje por el que no merece la pena ni siquiera salir de casa cada mañana. Desplegar día a día nuestro talento, un talento que nace del riesgo, para conseguir tres mil euros por cada mil invertidos atenta contra los más elementales niveles de sensatez y cordura –los murmullos de aprobación del resto de los presentes fueron unánimes al respecto–. Nuestra posición es delicada, ya lo sabemos, pero, aquí y ahora, debemos llegar a unos acuerdos básicos que defiendan y garanticen nuestro lugar natural y hegemónico dentro de la economía; acuerdos que, por supuesto, deben partir siempre de un principio elemental e inamovible: nuestros beneficios, nuestras expectativas de ganancia, ni se pueden ni se han de modificar, esto es intocable, ésta y no otra es la premisa que mueve nuestra actividad y sin principios, no hay moralidad…

El discurso, que era seguido de forma atenta por el resto de los asistentes, entre siseos aprobatorios y ciertas exclamaciones que daban cuenta de la exactitud y sensatez de lo que allí se estaba diciendo, tenía como telón de fondo el golpeteo rítmico que la persistente lluvia producía sobre la cubierta acristalada del edificio y ese otro sonido, algo más molesto, que provenía de una gotera en el techo del despacho destilando sus cadenciosas gotas sobre la vitrina dónde orgullosas se mostraban las diversas condecoraciones y menciones oficiales que la laboriosa actividad de esta institución había ido recibiendo a lo largo de su dilatada existencia.

–No soy pesimista –prosiguió diciendo nuestro enigmático personaje– si les comunico que estamos ante una de los mayores desajustes que nuestro perfecto orden económico haya sufrido; el espíritu intervencionista de la sociedad en general y de los políticos en particular amenaza la supervivencia del sistema, nuestro deber como garantes de la pureza del mismo es persistir en los valores que le hicieron nacer, porque, en estos momentos, renegar de ellos sería pura y simple cobardía. Nosotros conocemos la verdadera realidad, la vivimos a diario, el fuerte, sobrevive gracias a sus virtudes, el débil, sucumbe fruto de sus propias carencias y limitaciones, ha sido, es y será siempre así…

La lluvia arreciaba en la misma medida que el discurso avanzaba y lo hacía en tal forma que pareciera que entre ambos existía una rara comunicación que favorecía que el uno se alimentara de la beligerancia del otro y viceversa.

–Un sistema económico como el nuestro no puede permitirse la sangría que supone ir alimentando empresas débiles y desfallecidas, sosteniendo sectores poco productivos o fomentando las equivocaciones de supuestos aprendices de inversores: ¡Advenedizos!, ¡el lastre de los inútiles! Quién no pueda pagar, ¡que se ahogue!; quién no genere riqueza, ¡que se hunda! Somos profesionales con experiencia, éste es nuestro momento y ésta es nuestra labor, intuir, detectar y descubrir a los que son fuertes y consistentes, elevarles en su cotización y proclamar ante el mundo su valor, pero, también, una no menos ingrata como es la de hundir y destruir a todos aquellos que son incapaces de mantener un espíritu de competencia lo suficientemente activo como para seguir navegando entre las profundas corrientes de nuestros mares…

Uno de los agiotistas, el que se encontraba más cerca de la vitrina depositaria de un orgulloso pasado, ante la virulencia que el goteo procedente del techo adquiría, no tuvo más remedio que utilizar una de las papeleras para que ésta le sirviera como recipiente improvisado y así intentar contener los efectos de una inundación cada vez más evidente, aunque también conviene señalar que al mismo tiempo que él buscaba solventar este percance, los que estaban más cerca de la puerta empezaron a sentir alrededor de sus pies cómo una leve corriente de agua les iba cercando de forma un tanto molesta, por lo que de una manera sutil y silenciosa procedieron a subirse encima de las sillas que ocupaban con ánimo de evitar este nuevo contratiempo y mantenerse atentos a un discurso que de ninguna manera quisieran interrumpir o perderse.

–Alguien totalmente ajeno a nuestra labor, pudiera pensar que nuestros objetivos son pura especulación: ¡Se equivoca!, rotundamente, no y ¡no!…

Un cerrado aplauso interrumpió la posible continuación, el fervor se transmitía vía palmas de la mano y si pudiéramos ser mínimamente objetivos podríamos pensar que hasta la lluvia se sumó a esta manifestación unánime de aquiescencia proporcionando un toque de naturalidad al arreciar en su generosidad, aunque, eso sí, quizás, y llevada de la efervescencia del momento, se permitió algo que en condiciones normales hubiera sido improbable: ¡su presencia de forma cada vez más evidente en el interior del despacho del síndico!; a tal efecto conviene constatar que, en ese instante, todas las papeleras utilizadas como barreños improvisados rebosaban y que el número de agentes de bolsa que se encontraban de pie encima de las sillas superaba ya la veintena.

–Señores, no tenemos miedo de realizar esta ingrata labor de depuración y limpieza a la cual nos hemos encomendado. ¡Señores! –enfatizó–, no tenemos ningún miedo en ser los garantes del buen funcionamiento del único sistema capaz de crear riqueza, garantía de progreso y evolución; y, señores, por último, no permitiremos cambio alguno que afecte a esta perfecta maquinaria que, sin ánimo de exagerar, pareciera que debe su concepción y su nacimiento a la proyección divina del Sumo Hacedor…

Qué difícil resulta trasladar en forma de palabras el ambiente generado a raíz de las últimas frases del síndico, los aplausos convivían con los gritos más enfervorizados; los gritos con las muecas congestionadas del que acaba de descubrir la verdad y como tal ha sentido su latigazo y las muecas con las nerviosas carcajadas que la mayoría de las veces terminaban en llantos histéricos; claro que también, en honor a la verdad, hay que comentar que la mayoría de los asistentes, salvo el orador, ya se encontraban subidos a las sillas, que la gotera había pasado a convertirse en chorro continuo y que el nivel del agua de la sala ascendía en forma directamente proporcional al nivel combativo del discurso, pero ¡qué importancia podía tener este ligero inconveniente en relación con el trascendental momento que allí se vivía!

–Se nos acusa de ser los causantes de esta crisis: ¡cuánta ceguera!, ¡cuánta perversión! A quien corresponda, entérense ya de una vez, nosotros no sólo no somos los causantes sino que sólo nosotros podemos solucionar lo que ustedes han desajustado; dejen en nuestras manos cualquier posible decisión, libérennos de las ataduras de sus leyes intervencionistas y confíennos la dirección de este barco que tan bien hemos sabido pilotar durante tantos y tantos años…

Y en este punto, lamentablemente, hemos de decir que no somos capaces de transcribir mucho más del contenido del discurso porque el nivel de las aguas no reconocía ya otra posibilidad que un ascenso cada vez más rápido que fue devorando de forma paulatina e inmisericorde todo lo que dicho despacho contenía: menciones oficiales, vitrina, síndico, agiotistas e incluso la misma mesa de caoba que habitaba el edificio desde su nacimiento; damos fe de que el discurso continuaba porque de vez en cuando subían hacia la superficie ligeras burbujas de aire que se desprendían con cada nueva expresión de regocijo de los asistentes, aunque, eso sí, cada vez con menos frecuencia.

Irremediablemente el edificio de pasado glorioso fue engullido por el imparable crecimiento de las aguas, al mismo tiempo y con él desaparecía, también, cualquier síntoma de actividad que procediera de su interior:

La línea descendente de todos los paneles digitales que se encontraban conectados al edificio de la Bolsa sufrió una brusca sacudida y, repentinamente, como si hubiera sido movida por un extraño resorte, abandonó su tendencia a la caída y comenzó a detenerse; luego, poco a poco, buscó una estabilización horizontal y, lenta, muy lentamente, inició un suave pero mantenido ascenso; la lluvia, en mímesis perfecta, fue remitiendo paulatinamente…

9 Respuestas a “II

  1. En la medida de lo posible trato de evitar hablar de poliítica, dinero y religión pero no obstante he de decirte que me ha parecido un gran relato lleno de ingenio de muy rico léxico en la que tratas con gran maestría por tu parte la crítica y la ironía que se percibe muy sútil a lo largo de toda su lectura, estoy de acuerdo con muchas de las frases que aparecen a lo largo de este gran discurso pero que esta vez no voy a volver a escribirlas prefiero guardarlas dentro de mi.

  2. Mágnifico relato, magnificamente escrito. He leido varias veces el primer párrafo. El vocabulario es muy rico y el texto muy fluido. El paralelismo entre el elemento humano y el atmosférico muy conseguido. Todo el texto rezuma crítica pero bajo la forma de fina ironía, que la hace más efectiva.
    Muy dinámico.

    Con mi vena bíblica he pensado en el arca de Noé, en los agiotistas como las diferentes especies animales y en el gráfico que se eleva como la paloma con la ramita de olivo. Es un texto con esperanza.

  3. Está haciendo un buen trabajo.

  4. Genial. Cómo vas comunicando y aproximando la lluvia con los “agiotistas”(!¡) hasta que se unen… Qué recreación tan buena de la atmósfera! Y cuánto tenemos algunos que aprender…

  5. ¡Que buen final! Bendita lluvia…

  6. Que gran discurso: “sin principios no hay moralidad” parece ser que solo una actuación del más allá nos sacaria del atolladero. Igual le has dado a Dios una idea. Me ha encantado.

  7. Estupendo. ¡Qué bien conducido! La lluvia, perfecta.

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