DICCIONARIO DE BOLSILLO


“Suspender la luz aún a riesgo de que se fragmentara y se deteriorara.”

Me gustaba la frase a rabiar, me había surgido tontamente y sin querer, así como el que no quiere la cosa, y de alguna forma creía que había encontrado un pequeño tesoro literario al que podría sacarle un gran partido porque me parecía precisa, contundente y, a la vez, poseía en su construcción una mezcla muy conseguida de lo sensorial y de lo metafísico, de lo visual y de lo conceptual. Pensaba yo que era la clásica frase que se desliza muy de vez en cuando desde las oscuras tinieblas literarias y que, para un escritor, es algo más que una simple frase, algo así como el guía y el origen de una gran obra, esa magna obra que los autores siempre pensamos que, tarde o temprano, escribiremos y que ha de servirnos para abandonar el anonimato de la creación autista y para alcanzar el reconocimiento del lector; y, ahí estaba, se me había ocurrido a mí y era toda mía. Si no fuera porque tiendo en demasía al detalle casi podría hablar de instante perfecto en mi carrera como escritor, pero había un pequeño problema enturbiando mi horizonte literario:

¡No tenía ni idea de cuál era su significado!

La leía una y otra vez, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, incluso, en un alarde lingüístico, por activa y por pasiva y más allá de ponderar sus virtudes estéticas seguía sin comprender qué leche quería decir; esto es grave, muy grave, porque para un autor tener que decidir entre Semiótica y Estética no es plato de buen gusto, el objetivo es ligar ambas materias durante la creación evitando el dilema de tener que elegir entre una u otra, más que nada, porque esa disyuntiva lleva implícita algo más que una mera y simple decisión: es el ser y la esencia del propio escritor lo que se pone a prueba; estaba claro, tomara la decisión que tomara, ésta, siempre iba a suponer un antes y un después en mi escritura, yo no quería algo así, no me encontraba preparado y entendía que las consecuencias de tamaña resolución superarían en mucho los posibles beneficios que obtuviera, pero la frase estaba ahí, delante de mis ojos, como un reto que me mira fijamente y, a la vez, me demanda un número indefinido más de palabras que le acompañen y que terminen por conformar esa magna obra que, incipiente, aparece ante mí al modo de una gran frase.

Por fin, y abandonando esa forma de ser tan mía, en exceso reservada y cautelosa, me he decidido a compartir el asunto con un amigo, escritor también, sobre todo, porque quería conocer su opinión al respecto; no debería haberlo hecho, es más, me arrepentí justo en el instante en el que le enseñaba mi preciado tesoro; percibí su envidia con toda nitidez, la fruición en su lectura fue sintomática y significativa: le gustaba, le gustaba horrores, hubiera dado lo que fuera por poseerla, pero, más que nada, porque se le hubiera ocurrido a él; no pudo evitarlo, se quedó en silencio, la mirada perdida y el fondo de ojos como ausente; después de un momento pleno de embarazoso silencio, no tuve más remedio que preguntarle al respecto:

–¿Cómo lo ves?, ¿se entiende?, ¿habría que añadir algo?

De su boca sólo salió una contestación desganada a medio camino entre lo lacónico y lo sarcástico:

–Pudiera ser.

Me sentí molesto, no era sincero y, además, parecía querer evadirse; estaba seguro de que le había causado un gran impacto, y, él, no quería reconocerlo, lo percibí en su voz, en su tono y en su aparente indiferencia, sí, capté la irracional envidia creativa, esa irracional envidia que recorre a los escritores, la misma que yo había sentido multitud de veces cuando, él, orgulloso en su superioridad, me leía sus creaciones; hoy, no iba a dejar pasar mi ocasión, me apetecía sentir su inferioridad, verla y oírla en sus propios labios; insistí, quise saber más:

–¡Sólo, eso!

Se quedó callado, muy callado; yo me propuse aguantar su silencio como fuera y que, por una sola y única vez, fuera él quien diera su brazo a torcer en modo de opinión favorable. Pasó el tiempo, su mirada ausente y mi voz escondida conformaban un silencio espeso y cortante, pero yo sabía que era el momento y que debía esperar que se delatara, que se mostrara intelectualmente muy por debajo de mí. Cuando la tensión era extrema y ambos dudábamos de nuestra propia existencia, su voz se oyó débil, exánime y entrecortada:

–¡Cómprate un diccionario de bolsillo!

¡Qué dulce es la venganza!: estaba literalmente hundido ante mí, era la representación exacta del fracasado y, por lo que a mí respecta, sólo me restaba saborear el triunfo…

Claro que si además supiera qué es lo que quiere decir mi frase.

 

 

 

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5 Respuestas a “DICCIONARIO DE BOLSILLO

  1. He disfrutado mucho leyendo este relato, me he llegado a sentir así alguna que otra vez cuando he querido expresar algo que siento…me gustaría ser capaz de algún día escribir.

  2. ¿Humor? Sí en cuanto es ironía. Pero para mí en este relato priman lo sicológico y el análisis de la condición humana, que viene a ser lo mismo. El dilema del escritor, qué decir y cómo decirlo,. la angustia del escritor. Una frase bella bien vale una misa. La estética puede ser un fin en si misma. .y tu frase además, tu relato, me ha dicho mucho.

  3. Bonita la frase. Oportuna la respuesta. Chispeante todo

  4. Humor, humor y humor. ¡Cuánto se agradece!

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