EL BUCEAR Y LA DIALÉCTICA


(TESIS: El escritor se reconoce siempre en las palabras, teniendo que decidir entre su sentido recto y su sentido metafórico.)

Se había propuesto escribir un relato cuyo tema fuera “el bucear” –la verdad de toda la historia era que Él no había buceado en su vida, pero todo lo que tuviera afinidades con lo marino era bien recibido en su maleta imaginativa–. Rápidamente, pensó en botellas de aire, gafas impersonales para rostros impersonales y cinturones lastrados para pesos descompensados y, por supuesto, intentó saber un poco más acerca de las idílicas praderas submarinas y de los bucólicos fondos de mar, así como de la naturaleza y características que poseen los paseos semioscuros que se andan por entre los corales a ritmo de aletas y que llevan incorporados un sinfín de sonidos profundos flotando sobre aguas paradisíacas como las que Él se figuraba, y en las que no sabía muy bien el porqué, siempre veía pececillos colorines asustadizos y vigilantes.

Insisto: el escritor no había buceado en su vida.

(ANTÍTESIS: Las palabras tienden a vivir en el capricho y encuentran su significado entre los pliegues de una historia.)

Hasta aquí, más o menos bien, pura literatura, pero con lo que no contaba el escritor cuando iba a continuar su relato, es que de entre toda la jerga propia de ese acuático mundo surgiera de forma traicionera una palabra de sonido extraño, casi agresivo, “neopreno”, que, lanzándose sobre él, se le fuera a incrustar, impúdica y obsesiva, en sus meninges literarias solicitándole sin ningún reparo el protagonismo del relato.

Quisiera o no quisiera, se encontraba frente a un gran dilema, porque si bien es verdad que aquello de bucear no terminaba de convencerle porque le resultaba extraño, ajeno y le exigía demasiada imaginación, tampoco le parecía de recibo el tener que cambiar, de buenas a primeras, todas las grandes posibilidades de un relato submarino ya perfectamente documentado y estructurado, por algo indefinido que no sabía cómo empezar y mucho menos cuándo acabar, y, todo ello, debido a la extravagancia de una palabra cuya antojadiza aparición le había destrozado sus planteamientos iniciales.

Porque puestos así –se preguntaba el escritor– qué es lo que podían aportar a la literatura esas posibilidades neoprenales negras, grises o de cualquier otro oscuro color que ceñidas en torno al cuerpo otorgan una dignidad exquisita en forma de impersonalidad camuflada a prueba de todo; no, no lo tenía nada claro, qué interés o qué novedad llevaba consigo la arrogante palabra como para erigirse en el personaje principal de un relato marino y marinero, parecía difícil encontrar algo a lo que asirse, más valdría dejar este relato para mejor ocasión y abandonarlo cuando todavía el lector no ha puesto el grito en el cielo.

(SÍNTESIS: El escritor hace lo que puede, que ya es bastante):

“Cuando Ella asomó su figura delicada y aparentemente distraída por el suelo maderero de la barca maderera supo que algo de esta súbita aparición estaba relacionado con la mitología clásica y que no le quedaba más remedio que prepararse a conciencia porque, a modo de un moderno Ulises, estaba a punto de revivir una de esas aventuras en las que no se sabe a ciencia cierta si es mejor dejarse llevar hacia el abismo o sucumbir en la renuncia; Ligeia, dijo llamarse, y si seguimos el pensamiento descriptivo de él, había metamorfoseado sus escamas doradas por un caucho sintético negro y ceñido con ligeros adornos laterales de color rojo, un atavío que a Él le llamaba de forma melódica y obsesiva a zambullirse, sin miedo alguno, dentro de ella para conocer la profundidad de su interior; su voz, musical, calaba en su ánimo de forma tan persuasiva que no supo discernir qué era pérdida o qué deseo y su pelo vino a caer sobre sus sentidos en la misma medida que caía sobre los hombros de Ella, desmedidamente brillante de reflejos …

… Después de largos y misteriosos paseos subacuáticos donde ambos sustituyeron el oxígeno por burbujas de besos y en los que sus ojos se hicieron cómplices a través de las miradas que cruzaban desde sus gafas ciclópeas fue cuando él decidió desprenderla a ella de sus escamas de neopreno para nadar desde la desnudez libre y sensual y fue cuando, ellos, los dos, determinaron instalarse en el fondo de las aguas de sal y en el fondo de la tierra húmeda, allí, sin ninguna concesión al tiempo, allí, hasta atragantarse ambos de peces y de mares.”

Quizás, otro día, pueda escribir esa historia que quería acerca del “bucear”, quizás.

 

 

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4 Respuestas a “EL BUCEAR Y LA DIALÉCTICA

  1. Nunca hubiera creído que el neopreno diera para tan hermosa historia. El escritor hizo lo que pudo, bastante. Sonrisa.

  2. El último párrafo de este relato hace que despierten todos mis sentidos a la vez y cuando digo todos son todos menos mal que sólo tengo cinco. No sólo me ha dejado un buen sabor de boca su lectura (que ya es mucho) sino que tengo ganas de más…pero claro ya no seria u relato corto.

  3. Fantástico en todos los sentidos pese a la palabreja “neopreno”.

  4. Precioso el último párrafo: “…hasta atragantarse ambos de peces y de mares”

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