EL FRIGORÍFICO


Meterlo en el coche fue todo un suplicio: las leyes de la física enfrentadas con el espacio limitado de nuestro coqueto y monovoluménico vehículo; lo hicimos, nos costó un mundo, pero lo hicimos; lo que ya no tenía claro es cómo lograríamos, mi mujer y yo, subirlo por la escalera del edificio donde vivíamos. Ese maldito y antiguo edificio carecía de ascensor, sí, estaba en mitad de la zona más de moda de Madrid, era una mezcla del Berlín más vanguardista con el París más bohemio y cochambroso; fue una concesión mutua que hicimos a la moda en materia de vivienda moderna. Llevábamos juntos cerca de un año y medio: decidimos casarnos, decidimos tener vivienda en común, decidimos ser algo más que un proyecto de pareja perfecta.

Los problemas, como los planetas, son la conjunción caprichosa de un deseo discrepante. Yo no quise pagar los 30 euros del transporte y Ella se mostró sonrientemente comprensiva, extrañamente amable y sutilmente displicente, demasiados adverbios juntos como para que por mi parte no hubiera comprendido que su falta de ganas de discutir venía dada por la certeza de que sólo necesitaba esperar un poco, muy poco, para que la realidad mostrara, en forma de esfuerzo imposible, quién de los dos llevaba razón. El error, claro está, partía de mi maldita tendencia a la tacañería disfrazada de ahorro y rebeldía: “Que se metan su transporte por el culo, esto lo llevo yo con la punta del…”, pero, ahora, sintiendo la insultante seguridad de Ella en forma de sonrisa mal disimulada a ver quién era el guapo que lo reconocía; me refugié en la argumentación contraria: “¡Tú me dirás a mí para qué leches queremos un frigorífico de estas dimensiones!”, la respuesta de Ella no se hizo esperar, tajante y segura: “Es el que tú elegiste, o es que no lo recuerdas”; claro que lo recordaba, pero esperaba que Ella se hiciera la olvidadiza y me abriera una puerta a la dignidad herida, ni por esas; así que no sólo me mantuve en mi recién adquirida posición de argumentación contraria, sino que me reafirmé: “Mujer, si lo que se trata es de que nos reprochemos todo, tú me dirás de quién fue la idea de comprar un frigorífico nu-e-vo, ¡tuya!, ¿no?”; lo escupí tal cual, así que fue justo salir de mi boca y comprender que había iniciado un camino complejo, un camino de difícil retorno en el que seguramente la cubitera automática saldría dañada, y, efectivamente así fue: “Yo creía que, ahora, ya no había decisiones individuales sino opiniones compartidas”, la cubitera a tomar por culo, todo un sofisticado sistema para crear cubitos “al dente”, hecho mixtos; yo no podía dar marcha atrás, eso lo tenía seguro, yo no iba a dar marcha atrás, la cubitera era lo que más me apetecía del puñetero frigorífico, así que sin saber muy bien cómo, me oí a mí mismo diciendo: “Cuando a la señora le sale de ahí, las decisiones son decisiones y las opiniones son opiniones”, juro por todo lo habido y por haber que no tengo ni idea de qué es lo qué quería decir, pero, si tenemos en cuenta la reacción de Ella, pareciera que por mi boca le hubiera expulsado todo el gas freón del circuito del frigorífico a modo de laca para el pelo; “¡¿Qué has dicho?!”: todas las bandejas del frigorífico se vinieron abajo golpeando el sistema antihielo, una de ellas, la que tenía parte de la rejilla abatible se hizo trizas al instante… “¡Repítemelo de nuevo!”…; cómo voy a repetir algo que aún no sé si he dicho yo, entre otras cosas, porque no sé ni lo que significa; fue peor, el silencio tuvo un efecto destructor: la puerta del congelador se desplomó estrepitosamente como si alguien se hubiera colgado de ella: adiós posibilidades de comida congelada para días sin ganas de cocinar, ¡qué desastre!; un nuevo error por mi parte, porque esto que no era más que un pensamiento relativo a la comida, se deslizó como el que no quiere la cosa desde mi cabeza hasta mis cuerdas vocales y salió a toda prisa para llegar de forma abrupta hasta el oído de Ella perdiendo el contexto de su nacimiento: ¡tremendo!, como si le hubiese pisado el callo ese tan gracioso que adornaba uno de los dedos de su pie derecho; “La culpa es tuya, si no fueras tan tacaño, nos lo hubieran traído a casa y nos hubiéramos evitado todo esto”, el esmalte blanco de los laterales, los tiradores versión suave, las ruedas escondidas para moverlo fácilmente, el diseño última generación, todo, todo lo que a mí me había parecido destacado y destacable se hizo trizas con una facilidad que asustaba; soy como soy, pero la frase de Ella destilaba tanta verdad que no encontré nada razonable que objetar y, claro está, si la razón no aporta nada, la parte más animal se encarga de entrar en escena: ¡¡¡Vete a la mierda!!!: el frigorífico, hecho unos zorros, nos mostraba su parte menos estética y menos delicada, fragmentado en sus interioridades y exhibiendo sus aspectos más íntimos: inútil e inservible.

Un mes después firmamos el acta de un divorcio solicitado de mutuo acuerdo; fuimos incapaces de mirarnos a la cara, nos dimos un beso de compromiso y nos marchamos siguiendo caminos distintos y contrarios.

No hemos vuelto a saber nada el uno del otro.

 

5 Respuestas a “EL FRIGORÍFICO

  1. A lo largo de la lectura de este relato he pasado de la sonrisa a la carcajada (ya sabes que hacer llorar es mucho más fácil que hacer reír) así que muchísimas gracias por hacerme pasar un buen rato por otra parte me ha parecido cómo el guion de una película de los años 60…tipo cine de barrio,me ha gustado mucho la verdad.Y para finalizar quiero hacerte mención de la siguiente frase: Los problemas, como los planetas, son la conjunción caprichosa de un deseo discrepante. Me gusta pero no la entiendo del todo…¿me la podrías explicar…?Gracias Manuel.

  2. Yo me parto… Sin duda, la pareja perfecta.

  3. muy buena descripción de trifulca doméstica.

  4. Un frigorífico a estrenar como un amor

  5. Casi como la vida misma muy bien descrita

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