EL PAVO REAL


Alberto y yo habíamos quedado a eso de las seis de la tarde en el café de siempre, nada importante, nos veíamos cada poco tiempo y era una manera de mantener una amistad que ya se perdía en el pasado desde hacía la friolera de más de veinticinco años. Alberto hablaba y hablaba y yo callaba y callaba; los dos teníamos asumido el rol que nos tocaba interpretar y, acorde con ello, así actuábamos sin que nada ni nadie alterara el estatus alcanzado, y es que hasta las consumiciones y la relación con el camarero las llevaba él.

La rutina era siempre la misma: él llegaba un poco antes que yo, se sentaba o procuraba sentarse en la primera mesa nada más entrar al local, tenía una especie de pánico algo irracional a los lugares con mucho público, imaginaba incendios terribles en los que, irremediablemente, se veía siempre atropellado y pisoteado por una multitud ciega de pánico, descontrolada en su proceder y capaz de todo, así que cuánto más cerca de la puerta, mejor. Llamaba al camarero e iba anticipando nuestra consumición, siempre la misma: Dos cafés con leche, uno de ellos, el de él, con poca, muy poca leche –de nada sirvieron mis indicaciones acerca de por qué no se pedía un cortado– y otro, el mío, hasta los bordes de leche y corto de café; por supuesto, él, sin azúcar y para mí, los dos sobres, todo esto, con la indicación precisa de que no se sirvieran hasta que yo no llegara; luego, también, indefectiblemente, pedía el periódico del día y, coincidiendo con la lectura del mismo, venía a llegar yo, más o menos, siempre, cuando él se encontraba a la altura de la sección de necrológicas, sección que, como a mucha gente, le apasionaba; de alguna forma en ella encontraba mucho del material que, a continuación, me iba a soltar: vidas, méritos, honores, familia y todo lo que su gran perspicacia podía rescatar de esas escuetas esquelas y convertirlo en historias ejemplares para nuestra cita; pero no sólo de muertos se rellenaban las dos horas justas que duraba nuestro encuentro, no, el espacio temporal constaba de tres bloques diferenciados y ya instituidos: Historias de muertos, Beneficios de una Economía Regulada y Pasiones inconfesables; he de decir que la posibilidad de llegar a este último bloque mantenía muchas de mis constantes vivas, aunque también he de señalar que hasta el día de hoy, a pesar de lo sugerente del título, ninguna de las historias que lo han poblado han logrado hacerme sentir algo parecido a lo “pasional” y, mucho menos, “inconfesable”, porque nuestra visión y nuestros baremos al respecto, parecen algo distantes; yo sigo esperando ese día en el que la pasión inconfesable alcance los terrenos de lo escabroso, incluso, sórdido, pero, mientras, he de contentarme con lo proceloso de llevar los calzoncillos ajustados, pero al revés; la obsesión por mirar fijamente a una mujer hasta que ella se derrumbe; el encanto de dejar en los lavabos públicos mensajes del tipo: “Te necesito, ya sabes quién soy” y otras muchas “pasiones inconfesables” que pueblan el universo imaginario de Alberto y que han ido conformando las tardes de todos los últimos jueves de cada mes impar. Poco he de decir acerca del bloque relativo a los “Beneficios de una Economía Regulada”, algo árido a mi gusto, pero que servía de transición entre bloques y más en particular para otras actividades como el terminar un café ya algo frío, el paseo relajado de la mirada por el local y ese oportuno momento para ir al servicio –justo, además, cuando las variables renta e ingresos se encontraban con los flujos monetarios del cash-flow–, insisto un bloque de transición, sin más.

Cuando a las seis y dos minutos llegué al café, Alberto no había llegado, me extrañó, pero soy incapaz de pensar mal, así que la posibilidad de un pequeño contratiempo me pareció lo más plausible –hasta Alberto puede llegar a ser humano–; me senté en la mesa de costumbre y me dediqué a mirar a la gente justo hasta que me di cuenta de que si Alberto no había llegado aún, tampoco habría leído el periódico de hoy y que, por lo tanto, no tendría con qué rellenar el bloque de “Historias de muertos”; el asunto me apasionó y a él me dediqué: entreveía su seguridad mermada por la falta de datos, su sempiterno tono de voz firme, algo encogido por el esfuerzo de improvisar e incluso, tengo que decirlo, sentí algo de satisfacción, pero me supongo que es lo que les pasa a los amigos cuando uno de ellos constata las dificultades por las que el otro atraviesa: la naturaleza humana es así.

Cuando Alberto hizo acto de presencia, casi ni me di cuenta, tan absorto como estaba en sus presuntas y próximas dificultades; se sentó a la mesa, como siempre, me miró como siempre y comenzó a hablar como siempre:

–¡Se me ha muerto el pavo real!

Y se calló.

Y yo pensé que sería cuestión de segundos, un minuto quizás, pero él continuó en su mutismo quietista; un silencio opresivo se instaló entre los dos; mi cabeza iba muy deprisa, demasiado, me sentí forzado a decir algo, la situación era tan nueva para mí, lo primero que surgiera, algo que diera pie para que hablara él:

–¡Huy, qué bien!

No nos hemos vuelto a ver: Es tan difícil mantener las buenas amistades.

 

 

9 Respuestas a “EL PAVO REAL

  1. Me ha encantado leerlo, gracias por compartirlo todavía no me he recuperado de su sorpendente final…

  2. Marisol Picarzo Cano

    No soy quien, para dejarte un comentario crítico, lo único que puedo decir, es ¡Gracias por tu relato! Sin una palabra de más ni de menos, con un final sorprendente ¿Cómico? ¿Trágico? ¡Genial!

  3. Fina ronía un tanto amarga y ¿quizás desencantada?. Solo se puede mantener una amistad si no te sales de la rútina y los hábitos. Me ha gustado la profundidad del mensaje bajo una apariencia de ligereza.

    Concha Vallejo

  4. concreto y original. Un encanto

  5. Me gusta la descripción de los personajes, la marcha del relato y sus contrastes

  6. Una salida digna del mejor humorista

  7. Muy, muy, divertido. Me encanta

  8. Está muy bien planteada la situación cotidiana yabsurda a la vez. Buen final.

Tu opinión importa

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s