MANCHAS


Ninguno recordaba el tiempo que había transcurrido desde la última vez que se vieron, fue tan tormentosa esa última vez, fue tan terrible esa última vez.

Pero aquel día sus miradas errabundas coincidieron encontrándose las dos en un cruzarse de retinas inesperado y sorpresivo en el cual no les dio tiempo a hacerse los desentendidos o a disimular un interés inexistente en un algo también inexistente; directos, fijos y coincidentes los ojos chocaron los unos contra los otros, los unos en los otros y los otros en los unos: “¡Está guapísima!”, pensó Él; “¡No ha cambiado, sigue igual!, pensó Ella; pero las palabras no salían de sus gargantas, ni de sus cuerdas vocales ni de su boca; se miraban y se miraban como si el tiempo se detuviera en cada mirada, como si lo único que podían hacer después de tanto tiempo sólo fuera eso: contemplarse el uno al otro a través de un fondo de pupilas ajeno; y como ellos, Los Dos, insistieran en ese callar sus verdaderos sentimientos, el tiempo, tan presente, terminó por imponer una especie de realidad lógica y más bien vulgar: “Qué es de tu vida”, dijo Él. “Todo bien, y ¿tú?”, respondió Ella. La fórmula es conocida: dejemos que se instale lo banal y que se escondan las verdaderas intenciones; en el fondo, sin embargo, un pensamiento late en ambos cerebros: “Después de tanto tiempo yo no puedo ceder”, “ah, y yo, tampoco”: bien por el orgullo, se extiende, se extiende y se extiende.

En el territorio del sentimiento los errores terminan por convertirse en manchas que no desaparecen por mucho que se laven porque para borrarlas sólo cabría el reconocimiento no exento de culpa y la entrega generosa y desinteresada en manos de esos mismos sentimientos que, con toda seguridad, devendrían en necesidad de estar juntos: ¡eso es claudicación!, piensan Ellos –Los Dos a la vez– y, por lo tanto, no ha lugar: “¡Le daría un beso!”, –¿quién a quién?– juegan con la indefinición del lenguaje, con las trampas del lenguaje, juegan con la imposibilidad de conocer lo que ocurre en el interior de sus cabezas, con el silencio que evita que te reconozcan, más por miedo al dolor que por otra cuestión más torva: “¡Acaríciame!, –¿quién lo ha dicho?, seguimos en las mismas–. Esto no se va a resolver, la vida que se vive en nuestras mentes es tan ideal que termina por parecernos completamente irreal: “¡Tengo miedo!”, –¡por favor, lenguaje, para con tus trampas!–: “¡No quiero volver a sufrir!”, –al parecer lo han dicho Los Dos a la vez–, parece que no se descubrirán nunca, que seguirán así de por vida, que ninguno de los dos dará el primer paso: qué pena…

No será que acaso no podemos volver atrás por mucho que lo intentemos, o, quizás lo que ocurre es que intuimos que si lo hacemos ya no será igual y que no existirá ninguna posibilidad porque ya no somos los mismos que cuando vivimos aquello, lo que sea que nos reunió y nos convocó a vivir la embriaguez de una intensidad de vida; porque somos otros, iguales y distintos o, quizás, iguales pero distintos, o, también, sólo, porque nos da miedo sufrir y porque nos encontramos inseguros en el terreno de la emoción, claro, sí, es por eso, entonces, parece que las manchas continuarán asomando su extensión de reproche y de rencor, si, con toda seguridad:

–Bueno, pues, ¡hasta otra! –Los Dos.

–¡Adiós! –Los Dos.

“Debería decirle que todavía…” –También, Los Dos.

 

 

4 Respuestas a “MANCHAS

  1. Ohhhhhh! Qué bien contada una escena tan común, qué buenas esas voces que se confunden, esas rayas de diálogo que no tienen sentido. Me ha gustado mucho, me ha encantado leerte, Manuel.

  2. No sé porqué pero me imagino este relato hecho de forma que fuera un monólogo e interpretado con todo el sentimiento que encierra y toda su poesía en todo su esplendor por alguien que lo sepa apreciar y ponga toda su pasión en ello, encima de un escenario delante de una minoría selecta…El título es idoneo.

  3. Tienen miedo y mucho orgullo. Es natural

  4. Creo que el título es revelador

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