REMEDIO CONTRA EL MAREO


Me lo contó un antiguo marino de ésos que pueblan los clásicos relatos de aventuras de Stevenson y Kipling: barba blanca, chaquetón de azul cruzado, parquedad en la palabra y mirada perdida de mares; ni siquiera se lo pedí, lo vio en mis ojos, mi miedo al mareo continuo y mantenido.

–El primer contacto con el barco es básico, un barco entra en el cuerpo por los pies y no por la mirada como todo el mundo cree, en la mirada te prende y te hechiza, él lo sabe, se bamboleará hasta que no puedas desprenderte de sus ritmos insinuantes, hasta que comprenda que te tiene, que puede hacer contigo lo que quiera; es en… ¿Qué barco es el tuyo? –me preguntó.

–Una goleta –le respondí.

Sonrió, ligeramente, pero sonrió, incluso si me apuran podría decir que su inexpresiva mirada brilló con intensidad de segundos, como si la vida le hubiera entrado por los recuerdos.

–Barcos femeninos, delicadeza y enigma; tendrás que ir con cuidado, con mucho cuidado, llevan la vida a flor de piel, tus primeros pasos a bordo de ella serán cruciales, tanteará tus sentidos y provocará tu cuerpo, quiere dominarte, recuerda, entras en contacto con una sensibilidad construida a base de maderas nobles, siéntela, ya no estás caminando por una calle o por moquetas laborales frías y anónimas, estás dentro de un mundo particular hecho de experiencias australes y tiempos oceánicos; vete poco a poco, sin prisa alguna, imprégnate todo lo que puedas de tu goleta, preséntate, pronuncia su nombre de forma delicada hasta hacerlo tuyo; entiéndela en silencio, porque después de esos primeros pasos en los que te comunicará cuáles son sus ritmos vitales, ella, empezará a hablarte, escucha, escúchala, quiere saber cosas de ti, quiere saber si vas a comprenderla o sólo a fotografiarte en sus mástiles y en sus babores y estribores de barandillas acostados, si vas a disfrutar en su contacto o sólo la vas a utilizar para disfrazarte de mar y azul desde la banalidad superficial de un tiempo de turismo, no lo olvides, lo sabrá. Oirás los palos, el aparejo, las velas, la cubierta, los camarotes, oirás todo, porque ella querrá decirte que durante el tiempo de la travesía tienes que saber en todo momento que estará ahí, contigo, y que debes acariciarla, ojo, no, tocarla, sino acariciarla y que algunos días sus movimientos serán de un humor suave y aterciopelado, mientras que otros no soportará su destino de aguas continuas y que si no quieres sufrir sus embates de olas habrás de mimarla con toda la capacidad que posean tus descalzos pies o las desnudas yemas de tus dedos…

Igual que había comenzado a hablar, así, sin venir a cuento, determinó en callarse, como si yo no estuviera allí con él y como si no tuviera más posibilidad de comunicación en el mundo que la que se establece con los silencios que todos llevamos dentro. Creí llegado el momento de marchar, supe que intentar mantener una conversación hubiera sido algo totalmente infructuoso, recogí mi petate y me dispuse a salir del cafetín sin ni siquiera despedirme.

–¡Escucha!, –me dijo, por último–: Las goletas tienen unas relaciones muy especiales con los vientos, con la noche y con el mar, si consigues entrar en ella, ella, te lo mostrará, no pierdas esa oportunidad, no te marees en tu propio yo…

 

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5 Respuestas a “REMEDIO CONTRA EL MAREO

  1. Enlazada en tus Ovidianas me acerco a este marinero tan conocedor de goletas. Cuánta sabiduría aporta el mar.

  2. ¡Que relato más hermoso…!¡Quién pudiera ser goleta y tener de compañero de viaje un marino!

  3. ¡Qué sensibilidad y maestría la de aquél marino!

  4. Qué bien se expresa ese viejo marino sobre como tratar a las mujeres, perdón, a las goletas.

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