UN CHISTE


No recuerdo muy bien ni dónde ni cuándo lo leí, pero sí sé que me hizo mucha gracia.

Trataba de esquimales y venía a ser algo así como:

–¿Tú sabes para qué necesitan los esquimales un frigorífico?

–Pues, no.

–Para que no se les congelen los alimentos.

Juro que reí, que reí hasta hartarme; estaba solo en casa, mi mujer y mis tres hijos se habían marchado a comprar no sé qué cosa, pero, sin importarme mi soledad, me dio por reír y reír de forma absolutamente compulsiva, sin parar, una cosa mala. Cualquier intento por detener mi risa resultaba infructuoso y, tras breves pausas, mi hilaridad tornaba a su curso con una intensidad más fuerte, si cabe; consecuentemente, en un momento dado, comenzó a dolerme el costado, primero, fue un pinchazo agudo que me avisaba de que sería conveniente ir parando, luego, como mi convulsivo estado se mantenía, empezó a faltarme el aire y, de repente, mi contumaz risa se vio mezclada con unos hipidos espasmódicos y grotescos que, inexplicablemente, me incitaban a reír con más crudeza. Sin venir a cuento la mandíbula inició una pugna interna con mi cuerpo en un claro intento por desencajarse y salirse de los estrechos márgenes que mi constitución le confería y cuando, por fin, lo logró, dejó mi rostro con una expresión delirante y esperpéntica que, vista en un espejo y aún a pesar de los dolores, me impulsaba a reír más. Las sienes, que hasta ese momento se habían mantenido neutrales, hicieron acto de presencia con una presión insoportable que hablaba de una ligera disfunción en el mecanismo corporal de control de mi tensión arterial, algo que suele llevar aparejado una visión algo borrosa y ligeros mareos que, al manifestarse, contribuyeron a la observación distorsionada de todo lo que me rodeaba, una visión fantasmagórica e irreal que confería a los objetos un halo irrisorio y graciosísimo que, por supuesto, incrementaba mi necesidad de continuar riendo. ¿Cuándo se incorporó la nuca?, no lo recuerdo, pero sí puedo decir que jamás supuse que una parte tan pequeña de mi cuerpo pudiera tener unos efectos tan contundentes, fue decir: “Eh, que estoy aquí” y desplomarme en el suelo como si fuera un fardo, me sentía como una especie de ser inanimado que repetía una y otra vez la misma secuencia: desplomarse-incorporarse-desplomarse y así sucesivamente. De risa.

Así pues, ahí me encontraba yo, a base de carcajadas incontroladas unidas a sonidos grotescos nunca escuchados, una mandíbula rota deformando una imagen ya de por sí deforme por el dolor, una visión borrosa por el exceso de tensión arterial que deterioraba mi percepción de todo lo que se encontraba a mi alrededor y, por último, esta burla de baile serio que se llamaba “arriba-abajo / me levanto-me caigo”, en el que mi nuca me tenía enganchado en un bucle siniestramente risueño cuyo final se me hacía cada vez más comprensible y previsible.

Tengo que reconocer que siempre quise hallar un chiste, el chiste, el único y verdadero chiste, ése que me hiciera reír de por vida, y que fuera como una liberación de la realidad y de la vida, quizás, la única posible…

5 Respuestas a “UN CHISTE

  1. Que maravilloso relato, a todos nos ha pasado alguna vez de entrarnos la risa floja y no poder parar de reir…

  2. A pesar mio, tengo que reconocer que es un buen relato, pero no he entrado en él, ni el en mí.

  3. La verdad es que da un poquito de miedito y, a medida que avanzas, casi termina siendo un relato que algunos clasificarían en el género del terror.

  4. Me gusta cómo el relato se va complicando (mejor dicho amplificando) cada vez más.

  5. Eso sí que se llama morirse de risa, pero no parece tan buena muerte como una creyera.

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