SUEÑOS Y PESADILLAS


Mis sueños se convirtieron en pesadillas justo en el mismo instante en que la realidad los hizo posible.

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Una mañana perfecta; una tarde perfecta; una noche perfecta: ¡un día perfecto! Salgo de casa, doy mis primeros pasos por la acera y observo que la calle está inusualmente vacía (la gente siempre desaparece cuando llegan mis sueños); pero no le doy importancia ni tampoco me detengo a pensar en ello, llego a la parada del autobús y no hay nadie, aunque, eso sí, aún se oyen múltiples voces: “llego tarde”, “cada día me cuesta más levantarme”, “habrá ocurrido algún accidente”, “mira que me cabrea el puñetero despertador”; son ecos que proceden de comentarios anteriores, de los que han hecho pasajeros que se han marchado ya; estoy acostumbrado a oírlos y si me detuviera un instante, podría identificar las voces, no lo hago, estoy donde estoy y no procede; un policía, uniformado como si fuera un niño de azul, ha aparecido sin que me diera cuenta, se ha colocado justo detrás de mí, me observa fijamente, no sé muy bien a qué ha venido, tengo la impresión de que no le gusta el rumbo que toman mis sueños (¿los habrán prohibido y yo no me he enterado?), sigue observándome, el autobús no llega y no aparecen más posibles pasajeros: me preocupo (¿por cómo va el sueño o porque, en realidad, soy así?), lo que sí sé es que esta preocupación no nace de la amenazadora presencia del azul-niño-policía, no le tengo ningún miedo, aunque me acabo de dar cuenta de que me preocupo porque no sé cómo continuará el sueño, temo el final (la verdad es que no quiero acabar cayendo a un precipicio tal y como me pasa últimamente); menos mal que ha aparecido una mujer, lleva una falda estrecha, muy ajustada, de color marrón oscuro y una camisa holgada, de bambula, de un tono extraño, no sé definirlo, mitad morado, mitad burdeos (cuando me despierte tengo que mirar en ese libro-catálogo de colores que tengo por ahí perdido desde hace tiempo, a ver si lo encuentro y averiguo cómo se llama); el policía-azul se ha colocado delante de ella y ha sacado su porra de forma amenazadora, como si…; ella, haciendo caso omiso de lo que ve, esboza una sonrisa y se gira hasta darle completamente la espalda; oigo la palabra “puta”, me vuelvo de inmediato y veo cómo el niño-azul-policía se quita el uniforme de niño y, sin decir nada, completamente desnudo, se va llorando (su llanto no es creíble, nada creíble; da la impresión de que es falso, propio de un malnacido); la mujer me mira y me dice: “son caprichosos y prepotentes, tienen que aprender que en esta vida no se puede conseguir todo con violencia”, por qué lo dirá; al instante llega un furgón repleto de azules-policía, se detiene ante nosotros, nos miran a través de la agresividad que escupen las viseras de sus cascos, agresividad que también traspasa limpiamente los cristales opacos del vehículo policial; la mujer saca de su bolso un pequeño estuche, lo abre y mirándose en lo que parece un espejo de mano comienza a maquillarse, yo quiero advertirle de que eso, lo que está haciendo, muy bien pudiera entenderse como una provocación, pero no me da tiempo porque la policía se baja del furgón y, sin mediar palabra alguna, comienza a golpearme de forma profesional, brutal; en ese momento de agobio pienso que por qué no se acaba el sueño, que me gustaría despertarme ya, que me duele el pecho y el costado, que algunos de sus golpes y de sus patadas son demasiado certeros y certeras y que, con seguridad, me romperán los huesos, y que lo peor son los que me propinan en la cabeza porque resuenan y rebotan en su interior hasta causarme mareos súbitos; si entendiera el porqué de su actuación seguro que no desearía matarlos tal y como ahora me apetece, pero en este estado ya no domino mis deseos que, llevados de su instinto, han cobrado vida y reptando se han acercado hasta la mujer y se cobijan a su lado como queriendo quedarse a vivir con ella hasta mimetizarse en marrón y bambula; la policía sigue golpeándome como si obedeciera a un mandato divino y, claro está, mi cerebro se pierde y mi cuerpo se despoja de consciencia; alguien ha gritado desde una ventana: “eh, el que se queja, cállese un rato que tengo que dormir”, lo he comprendido (lo último que quisiera es molestar a los demás), así que he procedido a recoger mis deseos, mis heridas, mis magulladuras y mi exceso de confianza en la ley y me he quedado tendido en la acera, callado, como si estuviera muerto e imitando todo lo bien que sé aquello que hacen los actores en las películas; el espejo de la mujer me mira y se rompe con estrépito lanzándome múltiples trozos de cristal que se me clavan en la cara, me cortan y me hacen sangrar; en un momento dado la policía me abandona a mi suerte no sin antes ir desgranando algunas de sus legales razones para golpearme hasta la muerte: ¡soñador!, ¡hijo de puta!

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Porque hay prosa sin poesía y poesía repleta de prosa; hablo de poemas no escritos aún, de poemas que viven en el imaginario de los escritores y se han convertido en sueños a falta de libros donde consignarlos.

Luego llegan las palabras con su imposibilidad mantenida para reproducir la esencia, la asquerosa e inexistente esencia –por qué me empeño en buscarla–; y, fruto de la frustración, maldigo las palabras, por arrastrarme, llevado de su lógica de imposibles, en busca de lo que no se puede expresar: pero, ¿acaso no es eso la poesía?

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Pasear por el cielo componiendo pasos majestuosos y ejecutando saltos elegantes como si de un ballet se tratara o como si existiera una superficie invisible donde poder deslizarme es lugar común de mis sueños y también del resto de los mortales, por eso y por mi afilado criterio selectivo, este, el que se iniciaba así, lo deseché con prontitud; no me interesaba, por previsible y porque me cansan los tópicos; tuve que ver, al fondo y como desdibujado, un paisaje que intentaba ser optimista a base de alegrías metálicas como las que habitan el sonido del dinero, con ahorcado al fondo, para que se reiniciara mi interés por mantenerme en el sueño:

El cielo comenzó a desplomarse buscando consistencias ridículas en la tierra, se apoyó en las montañas y rodó laderas abajo hasta hacerse uno con las llanuras donde terminó por depositar su inseguridad eterna; durante este trayecto cuasi apocalíptico cabalgamos juntos los dos en un descenso vertiginoso que nos llevó desde las alturas azules y algodonosas hasta un vacío pardo y terroso donde el paisaje intuido anteriormente se hizo visible: “Cielo y tierra unidos”, me oí decir; “Ya era hora”, insistí, aunque no sé si lo verbalicé o lo pensé; y miré y vi y observé todo lo que me rodeaba que ya no era ni cielo ni tierra sino edificios que expulsaban vida porque precisaban muerte, “¿Y el ahorcado?”, grité, pero nadie contestó porque nadie quería contestar y más que nada porque los edificios empezaban a dejar de ser casas para convertirse en fachadas con carteles que vistos desde lejos parecían ser de compraventa pero que al acercarse detallaban un estampado de calaveras, tibias y peronés (pero, ¡Había un ahorcado, estoy seguro!); casas que eran deglutidas por papeles avarientos que avanzaban inexorablemente por las calles después de ser soltados, como si fueran perros salvajes, desde esos sótanos, supuestamente anónimos, donde las cifras se enseñorean de plazos exactos y precios tasados, “Ahí está el ahorcado, ahí está, con su lengua de olvidos fuera y con su cuerpo de indiferencias rígido de rigor y muerte”…

(La cuerda de un cáñamo basto se enrolló en su cuello lo mismo que lo haría una corbata de deudas que la sociedad menos humana y más interesada hubiera tejido en torno a su vida, apretando poco a poco, espaciando el aire hasta su desaparición: ahorcado)

… Avancé como un sonámbulo, confuso y dolorido, porque creo que a nadie le apetece ver a alguien ejerciendo de péndulo de acá para allá, por muy estético que pueda parecer a sus acreedores “anónimos”; pero qué ocurre con el resto de la gente, ¿no lo ve?, ¿por qué no dice nada?, ¿no quieren verlo?, ¿se han conjurado para no verlo?; no entiendo nada, y aún menos cuando les oigo decir en forma sorda, como justificándose, y atenazados por su propio miedo: “En estos tiempos, los ahorcados son quienes mejor pasan desapercibidos”; ahora me doy cuenta, estoy en medio de un sueño sin sentimientos –de esos hay tantos–; los edificios-vivienda me siguen, quieren cercarme, es algo que percibo con facilidad y más ahora que las diferencias entre cielo y tierra han desaparecido, yo diría que persiguen mis pasos como si fueran pensamientos que me acompañan para hacerse conmigo (eso es lo propio de los pensamientos), esto sí que lo he dicho yo, lo anterior, presumo que no; hay mujeres y niños en las ventanas, muchos, muchísimos, no sé de dónde han salido, miran hacia el mismo lugar, hacia una ventana de un patio interior, hacia el fondo del patio interior, hacia las cuerdas de los tendederos del patio interior, hacia las bajantes que dibujan nervios sobre las paredes del patio interior, hacia el suelo rojo del patio interior, pero solo miran y miran…

(La altura de la desesperación se llama vacío y se solventa desde la única decisión posible que la desesperanza te concede: un salto a ello)

… han dejado de mirar, eso está bien, no quieren que se piense que son simples cotillas, en el fondo tienen corazón y amor propio, en el fondo se ven a sí mismos como personas, en el fondo son lo que son; (Este sueño, ¿no está durando demasiado?); debo caminar más deprisa porque las viviendas se multiplican en su hambre mortecina, da la impresión de que ya las construyeron así, pero que no nos habíamos dado cuenta, se les olvidó comentárnoslo en la memoria de calidades, los notarios suelen ser olvidadizos, mira, por allí camina uno, viene hacia mí, se para delante de mí, me señala con el dedo y empieza a gritar: “¡Es uno de ellos!, ¡es uno de ellos!; podría negarlo tres veces y sobre la marcha, y así, con esa negación, hacerme bíblico como los tiempos que corren por mis sueños, pero cuando voy a decirle que se ha equivocado por completo y que levante acta al respecto, aparece una caravana de coches negros con cristales negros tintados y chóferes blancos de ojos negros que conducen atropellando todo lo que se les coloca por delante, implacables y letales como una bocanada de aire espeso que se negara a ocupar pulmones; el notario se queda mudo, de repente tiene prisa y se da la vuelta como si fuera a desaparecer aunque en un último momento se gira hacia mí y me pide, por favor, que no diga nada a nadie, que él se hizo notario sin darse cuenta, lo mismo que ocurre con algunos jueces, agentes de bolsa o cualquiera de esas profesiones acomodaticias y rastreras que sin entender muy bien por qué se dedican a prodigar miserias (estoy confuso, ¿un sueño con notarios, es un sueño?, ¿serán los nuevos tiempos?); le digo que ya no tiene remedio porque los edificios han cobrado vida, me dice que ya lo sabía, que estaba previsto, que todo es obra conocida y, sin venir a cuento y desde la superioridad que le otorga la impunidad de un sueño, se echa a reír, a reír con todas sus fuerzas, tanto que ensordece mis visiones y no me queda más remedio que marchar volteando esquinas y más esquinas; corriendo y corriendo sin respirar, hasta que mis piernas no aguantan más y me detengo en una de esas esquinas que recorro sin ton ni son, la primera que he encontrado, la más cómoda para mi espalda; pero no me da tiempo a descansar mucho, hay una visión que me atrapa: hombres y más hombres que salen de un edificio, parecen ratas surgiendo de su escondrijo, me llaman, me insultan, me invitan a acompañarles, me hacen un hueco, caminan rápido, saben lo que quieren, los miro, y aunque carecen de ojos y de lengua repiten siempre el mismo mensaje: “Órdenes de ejecución inmediata”, “son órdenes”, “órdenes”; avanzan dibujando una línea perfecta, no se descomponen, ahora sí, han localizado un objetivo, lo rodean, lo agobian, lo atosigan, lo descomponen, lo convierten en un guiñapo…

(Una lata, una simple lata, o un bidón, un simple bidón, alberga y contiene el fluido necesario para que un cuerpo humano sometido a una presión constante de codicia y bien rociado de imposibles categóricos y de negaciones sistemáticas se consuma en los fuegos líquidos que en su interior porta: piras humanas, ifigenias ancestrales al 10% de interés mensual)

Y se acaba o no se acaba mi capacidad para soñar, no lo sé, porque este sueño a base de edificios y sacrificios es demasiado real incluso para mí mismo: “Por qué se me habrá colado algo así en un sueño”; y luego está lo de los paraísos imposibles unidos a tierras prometidas que al final se han quedado en eso, prometidas, y esto es demasiado onírico para ser creíble: “Por qué se habrá convertido en escritura”; demasiadas preguntas, no existe término medio ni siquiera en este territorio particular e imaginario donde me desenvuelvo; aunque si lo analizo está muy claro, simple sueño: no preocuparse.

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Me acurruco bajo los pliegues de las sábanas, capas y capas de algodón artificial que pasa por ser natural, pensando que ellos, los pliegues, por su estructura curva y maleable son única realidad entre las realidades; quisiera dormir, pero es un acto tan sencillo que está reservado, pienso, para aquellos que se aturden a base de cansancios y de repeticiones como esos sueños artificiales a los que me entrego y aún no sé muy bien el porqué.

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El fin del mundo ya no es noticia, solo me queda soñarlo y es lo que intento (si supiera cómo forzar la aparición de mis sueños, este sería uno de mis preferidos y más recurrentes), pero por mucho que lo pretendo no soy capaz de otra cosa que consignar los acercamientos inútiles que nacen una y otra vez en mi durmiente espera:

Un caracol por baboso; una línea recta que se niega a adoptar otra forma que no sea la fanática línea recta y una ecuación exacta del tipo yo más yo, única verdad; qué mala leche, esto ya está escrito; tiras de libros y de escritos surrealistas y ya aparece; pero si nos dejamos llevar por el rigor literario, seguro que antes de que lo hicieran los pedantes surrealistas Rimbaud ya lo poetizó; porque él anticipó e iluminó nuestros tiempos desde la atalaya de su palabra visionaria; mirad, ¡está dentro de mi sueño!, lo veo, allí, en el horizonte, levantando nubes y serrando cerebros, le preguntaré: “Arthur, ¿qué tengo que hacer para convertirme en payaso de tardes azules?” –para qué le habré preguntado, para qué–, no me contesta, me muestra un cargamento de armas, una pierna pútrida y cuatro pensamientos inexpresables que porta en un bote de cristal sin tapa: “Qué me querrá decir”, lo cierto es que sin darme tiempo a más, alguno de esos pensamientos me han taladrado la garganta y ya no puedo hablar (es lo que tienen los pensamientos de poetas), sale sangre del orificio, muchísima sangre: “Cómo podemos cargar con tanta sangre en nuestro interior”, y la sangre se desliza por un reguero que la tierra le abre con dulzura, una dulzura sublime que es invitación al roce y a la posesión, y la sangre salada lo agradece porque de un tiempo a esta parte quiere hacerse diabética; y, poco a poco, ese deslizarse y ese roce y esa posesión se van convirtiendo en enfermizos, algo así como peste que se reproduce con furia e impregna todos los yoes que ya han dejado de ser yo; cómo se ahogan los estúpidos que pensaron que la tierra era suya, mira cómo se ahogan en sus propios pensamientos, los que no han tenido nunca; Rimbaud me grita: “Písalos, písalos antes de que se revuelvan contra ti”, pero no lo hago, sí, ya sé que los poetas anticipan los tiempos, pero no tengo por qué hacer caso a cada poeta que llegue hasta mí ejerciendo de tal, apañado estaría; “Lo pagarás caro”, me dice y desaparece; creo que se ha enfadado, siempre fue muy susceptible, en algunas ocasiones, hasta violento, ¿orgullo de poeta?, ¿fatalismo? –también, propio de poeta–; la sangre se ha coagulado y la epidemia se desplaza con más rapidez si cabe, es tiempo de cadáveres que no saben que son cadáveres, los hay de cualquier pelaje y condición, aunque la mayoría es perfectamente distinguible porque llevan en su cara el rasgo indeleble de no haber pensado nunca –todo deja huella aunque creamos que no–, pero no les importa, siguen viviendo como si no pasara nada porque son inmunes a la poesía de la sangre y de las tragedias, a su manera son ¡idiotas y felices!, se miran en los espejos que se miran y se han convertido en imágenes de lo mismo, son figuras reproducidas al ritmo de esa fotocopiadora enorme que es la fama mediática y la publicidad manipuladora: se reproducen y se reproducen, como la estulticia y la indiferencia.

El sueño, que lleva consigo una cierta dosis de desasosiego, se ha inclinado hacia su lado más metafísico, cuestión esta que me molesta porque parece que ya no es sueño, que es menos creíble y más artificial, pero no puedo hacer otra cosa que consignar de nuevo esa voz que oigo como si viviera instalada en el púlpito de la poesía –¿será la de Rimbaud o quizás la de algún otro poeta que lo imita y quiere adueñarse de ella?–, esa voz que me susurra o me grita, que ya no lo sé porque estoy a punto de despertarme y hacerme real como un sueño que se agota de poesía y entre la poesía:

Rimando vidas que viven a lomos de carcajadas fáciles y vacías / Dormidas en la trampa del miedo / Medrando entre esos mortales que hace tiempo se instalaron en una especie de verano eterno / Donde acunan sus egos arrogantes / Entre sombrillas playeras y diálogos vaporosos de cremas blancuzcas / Allí donde la palabra se ha refugiado para dejar de existir y los pensamientos se extinguen agostados sobre la arena / Allí

Y mientras

Sus broncíneos cuerpos se iluminan de rayos solares fríos como la oscuridad ardiente de los muertos

Y sufren de sed infinita

De esa condenada sed infinita que les hace sentirse insatisfechos y pedir más y más estupidez.

Desisto; Aparecen, fieles a su cita, esos malditos tonos que me persiguen porque viven escondidos en mi garganta y que, debido a su gratuidad, nacen grandilocuentes, enfermizamente grandilocuentes; Hasta luego, Rimbaud (Un tiempo, un lugar, una sombra y un equipaje); Hasta luego, intentos por soñar (Condenación, estigma, escarnio); He cantado las imágenes que llegaron hasta mí pidiendo socorro, pero presiento que no he conseguido mucho y que tarde o temprano me abandonarán porque me muestro inconsistentemente onírico y literariamente excesivo; Buscarán otra voz, otra palabra, pensando que en otras voces y en otras palabras se redimirán del anonimato de ser simplemente imágenes; Demasiado complicado; Nos veremos, quizás, en un próximo sueño, aquel en el que me observo a mí mismo paseando insatisfacciones existenciales por entre las frases ya escritas de un libro ya publicado y amanezco dormido entre sus páginas pares y anochezco despierto entre las impares, y en el que, capítulo a capítulo, se me caen encima paisajes idílicos para historias idílicas, me oprimen las comas regladas de un discurso perfecto o me persiguen los personajes que aún no han llegado a ser nadie porque nadie les da la palabra.

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He escrito y, pasa lo de siempre, me he despertado: Dicterio tras dicterio.

13-11-2012, Rivas

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