CABARET


(Guión para un número nocturno de Bella mutabile y Maestro de ceremonias afásico)

He paseado por los sótanos de la confusión y del desconcierto, y tengo que deciros que, dentro de lo que cabe, tuve suerte porque pude llegar a tiempo, era la última visita programada. “Cuantas más dudas rías, más te lleno la copa”, me dijeron nada más entrar; bajé la mirada, ni siquiera pude distinguir quién pronunciaba semejante frase, además, últimamente, cuando soy increpado, no sé hacer otra cosa que desprenderme verticalmente de ojos, así que, como podéis suponer, ni siquiera contesté.

Ocurrió una noche en la que mis párpados no dormían porque se quemaban de sueño; una noche en la que mis pupilas achicharraban las imágenes de este invierno continuo llamado realidad –y yo no soy nada sin imágenes, pero nada de nada–; fue esa misma noche en la que demostrando mi rebeldía contra el tiempo quise arrinconar el pasado, desentenderme del presente y descansar de la incertidumbre de cualquier futuro e intenté traducir esa rebeldía en acciones tan simples como desterrar nombres, tachar fechas y esconder instantes, pero como todo ello se convirtió en algo doloroso no me quedó otra opción que abandonar y desistir, dejarlo en un mero intento adornado de prioridad, urgencia y angustia.

Pasado el estrecho vestíbulo, la mirada se detiene en la visión de una nave desproporcionadamente inmensa engalanada de penumbras y en la que, con dificultad, se distinguen varios escenarios casi idénticos y confusamente iguales; algo tan artificial y pretencioso que solo puedes pensar que te hallas ante un simulacro de teatro o en el interior de un espacio ambiguo destinado a representaciones teatrales dirigidas a los que allí anidan porque quizás se intente alegrar la vida de todos los que se encuentran sumergidos en estos vaticanos infernales y porque es aquí donde vegetan, amancebadas y lúbricas, la duda melancólica, la desconfianza viperina, la rabia bicéfala hermanada con el odio, la tristeza de lágrimas secas y las decisiones reflexivas que se muestran continuamente erróneas.

El primero de esos escenarios, blanco como un mausoleo de Caria, estaba desprovisto de cualquier decoración y de todo atrezo; vacío y desnudo en su propia blancura resultaba casi un suplicio mirar lo que allí mostraba –me recordaba esas salas de la facultad de medicina donde los fetos duermen el formol de un tiempo detenido mientras sus expresiones, atrincheradas tras la transparencia del cristal, componen muecas irritantes para alborozo horrorizado de los visitantes–; porque sobre la escena solo actuaban rostros desprovistos de cuerpo; eran los rostros que la confusión crea: el congestionado de un poeta borracho que se hace transfusiones continuas de tiempos pasados; el estupefacto de un imbécil que se mira y se mira incrédulo de su propia credulidad; el contraído de un amante que se confiesa a sí mismo que lo único que amaba era el reflejo pálido que un espejo desprendía; el descompuesto de un escritor condenado a vagar por las páginas en blanco porque carece de musa a quien pedir atardeceres para masturbaciones solitarias de tinta y teclado; o el atribulado de un hombre que siendo estúpido no sabe que es estúpido. El pianista, un asexuado con peluca blanca y los labios atiborrados de carmín, interpreta un foxtrot a base de notas espesas y lánguidas –los que lo conocen dicen que su problema es metafísico y que todo nace de un pensamiento que le machaca por completo: le cuesta entender la eternidad sin compañía alguna–; cuando acaba la música desaparecen todos esos rostros que se habían adueñado de la escena y, como si de un cancán paranoico se tratara, aparecen aquellos otros rostros que se representan en pareja o en grupo, que nos da lo mismo de dónde vengan o adónde vayan y que nos da lo mismo dónde los encontremos o dónde los veamos porque nos aburren sobremanera; son los bobalicones de aquellos que besándose de forma mantenida y obstinada no se encuentran ni la lengua ni los labios; los entusiastas de los que se acarician obsesivos el sexo y son incapaces de diferenciar un glande de un clítoris; los exultantes de los que se han aupado hasta la fama efímera y se dedican al solipsismo sexual en forma de comentario intrascendente y continuado; los abúlicos de esos emparejados que vegetan en pareja gracias a entregas puntuales de gozo artificial, palabras muertas y lametones aburridamente repetitivos y los impasibles de aquellos que acarician pechos y solo se notan las durezas de los dedos. El pianista, que está afinándose las manos en busca de nuevas notas, de repente, se agacha para vomitar ante la negativa muda que desprende un si bemol, la música le ha ensordecido por completo; presiento que nada más aprenderé acerca de la confusión, me parece que ya es suficiente, así que aprovecho para alejarme, el problema es que al no haber pagado los honorarios de un guía, tal y como se me ofrecía a la entrada, dudo hacia dónde dirigir mi extravío desconcertado.

Me dejo llevar, como siempre, y termino por aparecer en otro de los escenarios, quizás el siguiente; la luz que cae desde los focos vive una alternancia bipolar que oscila indecisa a base de azules fríos e inexpresivos que miran mares o rojos promiscuos que desprenden los cuerpos que a modo de estatuas góticas se muestran detenidos justo entre cajas y que solo esperan la llegada de una víctima propiciatoria que les permita abandonar su pedestal contemplativo para devorarla con lenguas de piedra y dedos de granito; se justifican exclusivamente en la exhibición de su ego, son espíritus vacíos que claman por un reconocimiento ajeno que dé sentido a su existir y que, anclados en la contradicción que supone conseguir como sea la admiración que necesitan, se dejan llevar de un mimetismo fácil; una contradicción que nace en el vientre de su estúpido orgullo. “Abrazado a las babas de sus pechos”, oigo decir sin saber de dónde me llega la voz ni quién habla –otra frase más rasgando la crudeza de mis pensamientos–; luego, todos y todas, actores y espectadores, chillan a coro de forma tan impúdica que no me queda más remedio que integrarme con lo que ocurre a mi alrededor e intentar reír –con las pocas ganas que tengo–. Cansado de tanta farsa, decido no escuchar la falsedad que nace de unos labios que se aplican a la comedia burda y zafia y me acerco hasta la estatua más bella e izándome desde sus rodillas me abrazo al crisantemo que habita sus pechos. “Soy poeta”, le digo, y con ello intento conjurar el peligro que anida anhelante entre sus piernas. Faltó un beso, nada más que eso, pero no supe encontrar sus labios. Silencio. Lloré amargamente y me fui. La estatua era de plástico y látex, cuánta mentira lleva consigo la estética del egotismo y del sexo, tanta como para dudar de uno mismo.

En otro de los escenarios se intentaba representar una obra clásica del repertorio clásico de obras irrepresentables, El Tiempo complejo, anónima, obra sin argumento en la que los días se estorban los unos a los otros; las horas, los minutos y los segundos carecen de medida creíble y la ceguera que se sufre es tal que los espectadores creen danzar bailes de amor cuando lo cierto es que están abrazados al aire; es de la misma serie que El Tiempo del autoengaño y El Tiempo de la mentira mantenida. Una orquestina de cuerda y viento se afana por crear un ambiente acorde a lo que se ve en escena, el problema deviene de algo tan sencillo como conseguir sonidos de unos violines divorciados de sus maderas y de unos trombones que no soportan el aire; los personajes, un hombre y una mujer, se dan la espalda el uno al otro, se hablan masticando las consonantes y escupiendo las vocales, se dicen, una y otra vez, aquello tan manido de las golondrinas, las arpas, los besos y los ojos claros en estanques oscuros, pero la magia de las palabras se les niega y no les queda otro remedio que cambiar continuamente de pareja; cada vez que lo hacen recuperan la ilusa ilusión y bailan, por enésima vez, agarrados y entusiasmados en el interior de las manos de otra pareja distinta. Buscan amor y encuentran sucedáneos pálidos. Una cierta confusión entre música y texto lleva a un dodecafonismo de intenciones que termina por hacer inviable, una vez más, cualquier intento de escenificar esta complicada pieza; las parejas se dispersan y se alejan mirándose en el interior de sus propios ojos sin que sean capaces de entenderse el uno al otro. Puro desconcierto. Predominan los dorados.

El escenario siguiente, el último, es el de los tullidos de corazón y los deformes de sentimientos; un bailarín profesional que no sabe verbalizar ni un sencillo buenos días porque no hace más que escupir pus en cada giro y una madona seca como un pescado en salazón que solo sabe soltar sandeces son sus protagonistas; aquí los músicos se odian de tal forma que cada uno confunde su partitura a propósito para que el otro equivoque la suya, el contrapunto es obligado y la armonía nace del desencuentro manifiesto; suelen interpretar El gran tango del caos en re menor, op. 15, una composición brillante donde las haya que exige un gran virtuosismo y que suele generar grandes aplausos pero que les obliga a ir vestidos con medias de rejilla debajo del frac y un pañuelo blanco de seda al cuello justo por encima de la pajarita, un engorro; lo peor, observar cómo el bailarín intenta acariciar los pezones de la madona de forma repetida y cómo ella, para evitarlo, se echa los pechos a la espalda; el ostinato y el allegro rompen la monotonía aunque a veces ni siquiera eso; cuando todos se echan a llorar cae el telón y los actores y las actrices orinan desde el escenario a la platea. No aguanté más, me pareció un montaje visto, muy visto e hice lo que mejor sé hacer: dudar del ser humano: de su capacidad para cambiar hábitos y costumbres, de la vida y del amor: qué hacer; me entregué por completo a la confusión recurriendo a mis propias y viejas convicciones, las que voy arrinconando porque no me aseguran nada; después me puse a andar en sentido contrario y fui olvidándome de todo, que es forma magnífica de renunciar a lo que más quieres sin dar una puñetera explicación. Estaba destrozado como solo puede estarlo quien persigue una sombra durante un tiempo tan corto como es una vida.

Por fin acabó la visita, y supe que lo ocurrido durante mi estancia en esos sótanos de la imaginación confundida eran simples bocadillos que Hamlet tenía pensados para su cómic, aquel que no llegó nunca a editar porque su padre recitaba poesía a todas horas y su madre planchaba amantes con suma facilidad; un cómic carente de imágenes porque habían sido devoradas por sus dos hermanas mayores, Belleza, la inalcanzable y Estética, la olvidadiza; no había más que fantasmas, así, pues, comprendí que, en el fondo, solo trataba de ajustar cuentas conmigo mismo, intentaba vengarme de mi propio yo aunque supiera que esto es imposible a causa de los escrúpulos y de los miramientos que llevo incrustados en mi piel; lo dejo, no merece la pena, sigo con los sucesos ocurridos que es lo importante: Hamlet, arrogante como es, se fue a su duelo con Laertes convencido de su victoria y sin saber que ya no volvería jamás, el veneno se llamaba engreimiento; Fortimbrás descubrió el poder y se convirtió en banquero y despiadado por aquello de los significados dobles y repetidos; Horacio, cual héroe griego, se quedó ciego y se dedicó a la organización de visitas nocturnas a Elsinor manteniendo el espíritu del lugar: con o sin fantasma, según la tarifa escogida, pero mi tránsito como historiador profesional duró muy poco porque comprendí que lo que yo necesitaba era reemplazar mundos ya agotados por otros aún por construir y llamé al bueno de Falstaff, pero estaba completamente sereno y me mandó a la puta mierda; desde luego no era momento para hundirme en más dudas, estaba harto, había que cambiar como fuera, pensé que tendría que hacerlo solo –como todo, qué remedio–, no pasa nada, procuraré aplicarme a la tarea como alumno sin profesor al que solo le interesa la materia que nunca se explica, vamos, un autodidacta de la desconfianza y de la sangría inútil.

Acabo. Empecé a comprender en qué aventura me había embarcado al ver el ticket que me dieron a la entrada; fue entonces cuando supe que mi presencia allí no había sido una estancia sino un peregrinaje, el clásico peregrinaje expiatorio de culpas originales y ancestrales que se sirve del cabaret y de la noche para hacerlo más atractivo y excitante; pero la verdad, y lamento decirlo, no me sirvió para nada porque, siguiendo mis inveteradas costumbres, permanecí confuso y desconcertado, al menos, cinco minutos más, lo justo para dar por concluido, fechar y firmar lo escrito, sin ninguna revisión y sin tiempo para el arrepentimiento. Palabras.

Rivas, 28 de diciembre de 2012

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