LA DIGNIDAD DE LAS FLORES


I

 

Amelia se reclina en el asiento que conforma la piedra horizontal, mira hacia la lejanía y se deja llevar por el fuerte olor a hierbabuena que ha dejado en el ambiente el paso lento de su mano sobre las hojas; encuentra la tranquilidad suficiente como para dedicarse a ese tipo de pensamientos que necesitan del sosiego de una mirada perdida para medrar y desarrollarse, pensamientos que no suelen llevar a ningún lado o que nos cambian por completo; los de Amelia son de este tipo.

Apenas unos meses atrás, justo con veinticuatro años cumplidos, caminaba la calle con sus sandalias de cuero liso y tira sencilla anudada en torno al tobillo, un pantalón pirata azul cielo y una camisa blanca de manga corta que se refrescaba del calor en su liviana textura; la noche empezaba a caer y la gente salía del horno cerrado que a esas horas del día eran sus casas, el bullicio crecía con las voces de los niños y con los ruidos que surgían por doquier a través de balcones y ventanas como si huyeran ambos, ruidos y niños, de una siesta obligada que los mantuvo a raya y en silencio; la pequeña ciudad mantenía el encanto que tienen esas capitales de provincias donde lo rural anda rondando todavía por sus alrededores y en las que todo el mundo parece conocerse porque en algún momento de la historia pudieron ser parientes aunque ya no sepan sus respectivos nombres; Amelia giró al final de la calle e inició la cuesta abajo que llevaba hasta el río, no había quedado con nadie en concreto, pero sabía que siempre encontraría a alguien por allí, el paseo de los chopos era un lugar de cita obligada, sobre todo en tiempo de canícula, poco importaba que la ciudad hubiera evolucionado hacia la modernidad de los aires acondicionados, que prodigaran los llamados centros de ocio o que los kioscos de madera y sillas de aluminio ligero ofrecieran en sus terrazas luz artificial con mosquitos incluidos; el común de la población llevaba impreso de forma genética los paseos nocturnos y veraniegos por el camino de tierra que separaba la chopera de la ribera del río, y aunque es verdad que ese famoso “trenzado de sonido” –según cantó en su día el poeta local– que producía el viento en el contacto con las hojas ya no se escuchaba debido a los continuos y desagradables pitidos que procedían de los móviles, no por ello menguaba el ir y venir de la gente que seguía imponiendo su acostumbrada presencia. No llegó a bajar la cuesta del todo ni tampoco alcanzó la orilla del río para coger un junco y mordisquearlo tal y como era su costumbre; sucedió a media bajada, ahí donde las ruinas de lo que fue la mansión de una de las familias más ricas de la población se mantienen en pie a duras penas conquistadas por enredaderas y maleza, huecos en el tejado y palomas en sus arrullos, justo ahí, al acabar la derrumbada valla, una mano tiró con violencia de su brazo y la sumergió en contra de su voluntad en lo hondo de una espesura donde solo habitaba una oscura sordidez.

Amelia murió golpeada y ultrajada en una noche de verano calurosa en la que la gente paseaba sofocos y los teléfonos mandaban vídeos de risa fácil y mensajes de pura intrascendencia; Amelia murió asesinada al mismo tiempo que veinticuatro años de vida se detenían en seco; nunca encontraron sus ropas.

La policía no llegó a descubrir quién fue el autor de semejante acto criminal, pero ella sí que lo sabe, ella, sí porque le vio la cara.

Hoy solo le quedan las flores y las plantas, esa es su única compañía, y a ellas se encomienda; el olor de la hierbabuena que crece sin control a su alrededor le permite andar la ciudad de un lado para otro hasta que reconoce aquel olor que la aprisionó hasta ahogarla, ahí está, sentado en la terraza de un café, comparte bebida inocente y conversación trivial con su mujer; Amelia se coloca a unos cuantos pasos de distancia, justo enfrente de él, se muestra para que la vea, aguanta el dolor y el recuerdo, pero no se mueve aunque le cueste mirarlo:
–¡Estás llamando la atención! –le dice su mujer alarmada por la mirada obsesiva de él.
–Pero no ves que es ella quién me está provocando –contesta él, airado, y sin dejar de mirar.
–¿Ella?
–Sí, ella, esa mujer.
–¡¿Qué mujer?!, por favor, quieres dejarlo… Es muy descarado, van a decirnos algo…, la gente no hace más que mirarnos.
–…
–¡Para ya, te lo suplico!, ¡no ves que es una niña!

II
El día de ayer lo inició con una mirada que le dio pensamientos, hoy se afana en capturar ese poco de viento que aún logra sentir sobre su cara porque espera que él aporte algo, y es ese viento quién le proporciona una certeza que es a la vez una decisión: no puede irse desnuda, no, no le parece digno y, para ella, en este momento, la dignidad le es tan necesaria como imprescindible.

Juega con unas cuantas margaritas que viven-mueren a su lado, las lleva consigo en esta noche en la que arranca los síes y los noes que graciosamente las adornan; los va dejando a merced del viento, le gusta ver su libre volar, por eso y porque en ese alegre danzar ellos le van indicando sí-no dónde puede encontrar a quien necesita localizar, y también porque en este despojar forzado de adornos a la flor siente a su vez cómo le arrancaron violentamente sus ropas.

Se topa con él, se detiene a su lado y le pregunta directamente:
–¿Dónde está mi ropa?, ¿qué hiciste con ella?

Hoy, él no la ve, pero la oye, no contesta porque está intentando hacerse con más trofeos, otras ropas; está al acecho, sus músculos en tensión y sus ojos repletos de fijación maníaca: unos pasos que aún son lejanos se oyen generando tensión y adrenalina:
–¿Dónde está mi ropa?, ¿qué hiciste con ella?

Y él sigue sin contestar, no quiere, aunque siente cómo las palabras de ella llegan hasta sus oídos, y lo hacen al mismo tiempo que los tacones se van acercando cada vez más, y no quiere distraerse porque necesita todos sus sentidos concentrados en coordinar violencia contra indefensión, y resopla, y quiere mostrarse indiferente para ver si logra que Amelia desista:
–¿Dónde está mi ropa?, ¿qué hiciste con ella?

Pero al final se revuelve y grita:
–¡Calla!, ¡cállate de una vez!…

Y los pasos se detienen.
–¿Dónde está mi ropa?, ¿qué hiciste con ella?
–¡Acércate!, ¿dónde estás? ¡Ven, si te atreves!

Y los pasos, asustados por los gritos, dan la vuelta y salen corriendo en la oscuridad.
–¿Dónde está mi ropa?, ¿qué hiciste con ella?
–¡Te mataré!, ¡te mataré otra vez!

Amelia ha terminado de jugar con su margarita, ahí queda completamente deshojada con un último pétalo que ha dicho no bailando en su caída; Amelia se va, se aleja al igual que los pasos que ya ni siquiera se escuchan, y, mientras, él, sigue gritando:

Y la policía que, en su momento, no llegó a descubrir quién fue el autor de semejante acto criminal, comienza a recoger sonidos que el viento trae y que son como pruebas de algo que está sin resolver porque se desconoce quién lo hizo, pero ella sí que lo sabe, ella, sí.

III
Amelia ha cogido una de las rosas que en forma de corona siguen llegando cada poco hasta ella, y es el tacto suave de los pétalos el que trae consigo la nostalgia de su antigua piel, y es el recuerdo puntiagudo de las espinas del tallo quien le escupe el dolor del roce dañino y violento del cuerpo de él aquella maldita noche.

Pasea calles conocidas, sabe que lo encontrará, es la hora en la que él sale de casa; decide abandonar los itinerarios de luces y va caminando rincones oscuros, parques sin columpios, ruinas silenciosas e incluso descampados de usar y tirar; lo ha visto, lleva una presa agarrada por la garganta, la tumba y con sus zarpas empieza a desnudarla:
–Tienes que devolverme lo que es mío, ¡tienes que hacerlo! –le grita nada más verlo.

Pero él no quiere oír, ha tapiado sus oídos a cualquier sonido, no quiere escuchar las voces de ella; Amelia insiste una y otra vez, pero no consigue nada; él continúa con su depravada labor y ella sufre con las espinas de la rosa como sufrió el dolor de la vejación en su día, pero no desiste porque acaba de entender que el daño de las espinas nace del contacto cercano, y llevada de esa comprensión se coloca entre los dos, se interpone y se pega a esa otra mujer como si fuera ella misma, y lo hace para poder mirarlo de frente, para que la vea, para que vea sus ojos de mujer dolida.
–¡Aparta, quítate! –dice él; el mismo que no quiere oír, pero que se ha dado cuenta de que ha sido condenado a ver.

Amelia no se mueve, se queda quieta como aquella vez en la que el miedo imposibilitó cualquier movimiento.
–¡Quítate!, ¡vete y déjame que haga lo que tengo que hacer! –grita cada vez más enfurecido.

No se moverá, sabe que es momento para el sacrificio, un sacrificio que ya no duele tanto.

Y él se levanta e intenta tirar de ella, y grita para que se vaya; la otra mujer, que no comprende nada de lo que ocurre desde hace pocos instantes, aprovecha para desasirse y escapa en busca de un hipotético socorro, y se lanza a una huida desesperada viendo que él está obsesionado con algo que a ella se le escapa; y se confunden los gritos y crece la confusión, y mientras sucede esto, Amelia, siente de forma gozosa cómo las espinas dañinas dentro de poco serán capullos rozagantes que anuncien la belleza de una flor, porque a lo lejos se adivinan las luces azules de la policía, la misma policía que, en su momento, no supo quién era el autor, pero que ahora está a punto de saberlo.

IV
Está fatigada, cree que le queda poco tiempo ya para alcanzar ese deseado descanso, quizás un último esfuerzo; escoge los últimos crisantemos que quedan y que han sido depositados encima de ella, los trata con cuidado, le parecen preciosos, nunca pensó que fueran flores tristes sino todo lo contrario.
–No podemos hacer mucho, tenemos la denuncia de la mujer que logró escaparse, pero no podemos relacionarlo con los otros casos; eso es muy poco, y él se niega a hablar –dice uno de los inspectores encargados del interrogatorio.
–Me temo que en tres meses está fuera de la cárcel si es que llega a pisarla, carece de antecedentes, y en realidad no tenemos mucho más que un intento de agresión frustrado –dice el otro, ente molesto y resignado.
–Pero sabemos que es él, son muchas las mujeres asesinadas, y el patrón se ajusta a lo que nos contó esta víctima, la agarró violentamente por un brazo surgiendo de no se sabe dónde y luego la empezó a desnudar con mucho cuidado, como si no quisiera dañar la ropa, y justo cuando acabó empezó a golpearla, más tarde, ya sabemos que hubiera terminado violándola y matándola como hizo con las otras, suerte ha tenido esta mujer.
–Sí, pero todas murieron, ninguna sobrevivió para que pueda reconocerlo; además en el registro que hemos hecho en su casa no hemos encontrado ninguna de las prendas que se arrancó a todas sus víctimas, eso hubiera sido fundamental; no hay testigos ni pruebas.

Los dos funcionarios hablan desde otra habitación, siguen observando atentamente a través del clásico cristal que impide que él los vea.

Amelia mira sus queridos crisantemos y parece como si les pidiera un poco más de tiempo, lo necesita.

–Ni siquiera ahora vas a decirme dónde está mi ropa.
–¡Tú!, ¡otra vez, tú!
–No puedo irme del todo, ya te lo he dicho, tengo que vestirme.
–Por qué no me dejas, ¡no ves que ya no vives!

Los dos inspectores que ven sin ser vistos, se miran atónitos como si se preguntaran qué clase de locura embarga al detenido.
–¿Estamos grabando? –le dice el uno al otro.
–Sí, desde el principio.
–Bien, continúa, vamos a ver qué es lo que dice, esperemos a saber cómo acaba esto.

Amelia se sienta en una silla, justo enfrente de él, lo mira con insistencia, no dice nada, simplemente fija sus ojos en él.
–¿Te has creído que porque te sientes ahí te lo voy a decir?
–…
–¿Piensas que porque me mires fijamente vas a lograr una confesión que la policía no ha logrado?
–…
–¿No contestas?
–…
–¡Estás muerta!, o es que acaso no lo sabes, eso es lo único que debes saber, de nada te servirá vestirte, ¡de nada!
–…
–Tu ropa, tu ropa, ¿para qué la querías?, yo te hice un favor quitándotela, estabas más bonita así, como yo te tenía, y también matándote, porque lo hice cuando aún eras joven.
–…
–¡Di algo!
–…
–Si no vas a decirme nada, ¡vete!, ¡desaparece de mi vista!

Amelia quisiera apretar el crisantemo, y olerlo y perfumarse con él, pero se levanta y se pone de pie justo al lado de él:
–Sabes que me quedaré contigo todo el tiempo que haga falta, mi presencia es tu castigo; vendré a verte cada poco y no te dejaré en paz; no, no lo haré hasta que me digas dónde puedo encontrar mi ropa.

Los dos inspectores que no ven a Amelia ni saben de su presencia, están pidiendo juntos y a la vez que no se vaya, que siga allí, porque sin saber lo que ocurre asisten a sus consecuencias.
–¡Tus ropas!, ¡siempre lo mismo!
–…

Amelia se agacha hasta la altura de los ojos de él y le mira de frente. Él aguanta unos segundos, pero al final desiste y acaba bajando la cara.
–¡Está bien, está bien!
–…
–Pero tienes que dejarme, tienes que desaparecer, no aparezcas nunca más.

Amelia asiente.
-Están en una granja abandonada que hay en el cruce de la carretera de J. con la de C., en lo que fue una caseta para herramientas; allí están todas, hay que levantar una trampilla que hay justo debajo de la mesa donde está el torno, ahí encontrarás tu ropa.
–…
–Ahora, ¡vete!, ¡vete de una vez!

V
Amelia se ha levantado tan pronto como ha podido, sabe que ya no volverá a dormir ahí, que su estancia ha terminado, todas las flores se han marchitado con la esperanza de que lleguen otras nuevas que rocíen más olor, pero ella ya no tiene fuerzas para esperarlas.

Da unos pasos y se pierde en el horizonte, camina con sus sandalias de cuero liso y tira sencilla anudada en torno al tobillo, un pantalón pirata azul cielo y una camisa blanca de manga corta.

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2 Respuestas a “LA DIGNIDAD DE LAS FLORES

  1. Gracias por compartir este exquisito relato de manera gratuita

  2. Curiosa alianza de flores en el esclarecimiento del delito y original manera de depositar la dignidad en esas sandalias que se alejan, por fin, con su dignidad recuperada.

    Un placer leerte.

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