LORENA


Recuerdos para F.
Éramos jóvenes. Vivíamos sin preocupaciones. Teníamos trabajos estables y sueldos decentes. Participábamos de una ideología sana, reciclable y sin contaminación. Viajábamos una vez al año, siempre a países exóticos, cuanto más alejados, mejor. Nos comprometimos lo justo para que no fuera una condena. Gozábamos de una libertad total que nacía de la despreocupación más que de la fidelidad. Paladeábamos buen vino y estábamos al tanto del último restaurante que abría sus puertas. Leíamos las últimas novedades en novela, veíamos el último estreno en cine y practicábamos bailes de salón. Estábamos solos y éramos felices.

Lorena murió un día del mes de mayo en el que llovió como si no lo hubiera hecho nunca; a Lorena le pasó un coche por encima y el conductor ni siquiera se paró a preguntar. Me avisaron al trabajo, fui corriendo al hospital, pero no pude despedirme de ella, falleció mientras la trasladaban. Opté por la cremación porque es lo que ella siempre dijo: “Si algún día ocurre algo, quema mi cuerpo, no te enganches a una tumba y a una obligación por visitarme cada cierto tiempo”. Me dieron las cenizas en una urna y yo me la llevé a casa con la idea de vaciarla en un mar, daba lo mismo, el primero hasta el que llegaran mis pasos.

Dejé los bailes porque nunca entendí qué me aportaban más allá de unos convulsos movimientos que nunca supe interpretar; dejé de acudir a los estrenos porque tuve la impresión de que visto uno, visto todos; dejé la lectura porque ya no me hizo falta leer para no hablar, y, de repente, ya no me importó estar a la última de todo porque descubrí que estar a la última de todo supone no estar nunca en el principio de nada. Luego, llevado de esta nueva situación, me pregunté qué cosa había sido eso del amor, y no pude por menos que dejar la reflexión a medias porque me invadió cierto aroma de superficialidad y conveniencia. Un día cogí la urna con sus cenizas y la llevé hasta la habitación de invitados, abrí la puerta de uno de los armarios empotrados –aquel en el que guardábamos la ropa usada por si un acaso que, la verdad, nunca se produjo–, y la deposité en el fondo de uno de los estantes, comprobé que estaba perfectamente cerrada y la dejé consumiendo tiempo y oscuridad. Era feliz y estaba solo.

El paso del tiempo devora todo salvo el deseo y la necesidad que se acrecientan de forma directa y proporcional. Fue tener un pensamiento como el anterior y de inmediato tomé la decisión de apuntarme a un curso de algo cuyo nombre no recuerdo; creo que me interesó la materia impartida, pero seguro que fue más la urgencia ligada a la idea de conocer otras personas, en realidad, otras mujeres. Allí estaba M., bastaron cuatro intercambios de miradas intensas y dos sonrisas cómplices para que ambos entendiéramos que habíamos acertado al elegir ese curso, que era el nuestro y que quizás fuéramos almas gemelas, consecuentemente, al acabar la clase, salimos, bebimos, hablamos y terminamos en mi casa y en mi cama; por la mañana, oí un grito, su grito, vi cómo regresaba velozmente a la habitación, recogía su ropa, y decía: “¡qué asco!”, poco más, se fue dando un portazo. Me levanté pesaroso y preguntándome qué parte del curso no había entendido yo para que ocurriera lo que había ocurrido, pero, aún así, consideré que lo más urgente, mientras se aclaraba todo, era desayunar; cuando llegué a la cocina localicé una cucaracha paseando su exhibicionismo negro y provocativo, reconozco que mi primera intención fue pisarla, no solo porque la cocina es de mi propiedad y por ella solo pasea quien yo quiero, sino porque tuve la certeza de que ella era la causante de que tuviera que matricularme de nuevo en algún otro curso sobre no sé qué especialidad; pero no lo hice, y no lo hice porque su conducta me desconcertó por completo, en vez de salir corriendo al percibir mi llegada cual es la costumbre de estos insectos, hizo todo lo contrario, se giró, levantó sus antenas hacia mí y se quedó completamente quieta como si me mirara; dilaté el momento de cualquier decisión, me preparé un café mientras pensaba qué es lo que tendría que hacer con ella; en este ínterin nos contemplábamos –como si eso, el contemplarnos, fuera posible– extrañamente sorprendidos. Yo me fui bebiendo el café a pequeños sorbos y llevado de no sé qué rasgo caritativo que desconozco en mí le lancé un minúsculo fragmento de galleta para que satisficiera su inveterada hambre sin necesidad de que anduviera rebuscando por ahí, ni siquiera lo olisqueó, lo obvió por completo y continuó ¿mirándome?; mi desconcierto iba en aumento y, de verdad, no supe qué procedía hacer; seguimos tal cual, quietos y atentos, y al cabo de un rato –supongo que ella se cansó– dio la vuelta y se marchó por el pasillo adelante como si nada, sin prisas y pausadamente, me picó la curiosidad en la misma medida que seguía pensando en eliminarla por la vía rápida, pero, todo hay que decirlo, pudo más en mí ese saber curioso que cualquier ser anida en su interior que el exterminar instintivo que también nos es natural, la seguí; llegó hasta la habitación de invitados se introdujo por debajo de la puerta y desapareció; hice lo propio, entré en el cuarto, subí la persiana porque no se veía nada y busqué por todos los lados, pero no la encontré, había desaparecido, adiós curiosidad, adiós exterminio; pasaron los días y no volví a verla. Pensé en Lorena, mejor dicho, en sus cenizas, sabía que tenía que hacer algo al respecto, pero no encontré motivo para que abandonara un refugio tan tranquilo y silencioso como ese en el que se encontraba.

Transcurrido un tiempo, insistí en poner en práctica esa idea antigua y ya obsesiva acerca de la necesidad y el deseo. J. apareció casualmente en forma de impreso para matrícula de otro curso, coincidencia de lecturas y tarde tranquila con té a la menta, luego, coherente conmigo mismo, como siempre he pensado que lo intelectual si no se puede encarnar carece de sentido, le propuse seguir la conversación en casa a la vez que intentaba recordar si había cambiado las sábanas, ella dijo que sí yo creo que de forma convencida, aunque, tal vez, también, estuviera guiada de mi misma inquietud y quisiera averiguar si en efecto las había cambiado o no; las palabras fueron languideciendo durante el trayecto de la cafetería hasta casa y dieron paso a un silencio apasionado y vehemente donde el lenguaje era otro, así que nada más cerrar la puerta procedimos a desembarazarnos, el uno al otro, de todo impedimento en forma de ropa, yo me enredé un tanto con la cremallera y ella soltó un grito, iba a pedirle perdón –aun cuando pensara que no había sido para tanto–, pero no pude hacerlo, ella me empujó con brusquedad, saltó veloz sobre una silla y dirigió su dedo acusador hacia la puerta de la cocina; efectivamente allí había algo, la curiana, otra vez, solo que ahora repartía miradas por igual, unas veces a mí y otras a ella: “¡Haz algo!”, dijo J., por supuesto no hacía falta que preguntara qué era ese “algo” que ella me demandaba con urgencia porque quedaba claro el significado que encerraba, pero yo no estaba por la labor, mi curiosidad seguía latente y, como supuse que era la misma de la otra vez, opté por la vía diplomática en vez de la militar e intenté rebajar la tensión: “Déjalo, no ves que es una simple cucaracha, ya verás cómo desaparece”; “¡Qué dices!, ¡o la matas o me voy!” Se fue. “Anda que buena la has liado”, le dije como si pudiera entender y como si pudiera contestar, no dijo nada, claro está, se giró y se marchó pasillo adelante, esta vez caminé con ella y no esperé que se introdujera por debajo de la puerta del cuarto de invitados sino que se la franqueé directamente porque quería estar a su lado y porque quería saber dónde se escondía, entró de forma decidida, trepó por la puerta del armario y se coló a través de una ranura, abrí la puerta con presteza y observé, casi por casualidad, cómo se metía en la urna de Lorena. Complejo asunto, me dio que pensar.

Durante unos cuantos días no volví al cuarto, tampoco ella se dejó ver. Hay momentos en los que las dudas anidan en nosotros para quedarse de continuo y otros en los que se disipan con la misma velocidad con la que aparecen, si ocurre esto último, la mayoría de las veces lo harán de la mano de una decisión impensable o de un gesto insólito: una mañana fui hasta el armario y saqué la urna, la llevé hasta el salón y la deposité con cuidado en la mesa de centro mientras me sentaba en el sofá; por un momento tuve la impresión de que estaba cometiendo una especie de irreverencia, que lo que hacía no era más que una desconsideración hacia Lorena, allí quedaba lo que ella fue, porque quisiera o no, seguía siendo ella; al final, vencieron los deseos más primarios y me acerqué hasta la urna y la abrí, y ahí estaba, en el fondo, sobre las cenizas, la cucaracha, ni se inmutó, daba la impresión de que me estaba esperando; puso sus antenas en línea con mis ojos y, pocos segundos después, salió parsimoniosamente y se instaló sobre la superficie de cristal de la mesita, parecía contenta en su deambular de un lado para otro, sus patas rítmicamente enlazadas, sus pasos ágiles y su aleteo tímido, qué podía decir, parecía encontrarse a gusto sintiéndose observada por mí. Sin mediar estímulo u orden abandonó la mesa, descendió hasta el suelo y, bajo mi atenta mirada, se acercó hasta el sofá, ascendió por un lateral y se instaló en el asiento de al lado, justo el que era de Lorena, y allí permaneció quieta después de mullir la zona central a base de paseos circulares, si digo que me recordó a Lorena puede parecer una insensatez, pero efectivamente fue así porque pensé inmediatamente en ella y encontré un extraño placer en su pensamiento y en su recuerdo. Estábamos juntos y rozábamos la felicidad.

Dejé la urna abierta y encima de la mesa, no quise que hubiera ningún obstáculo entre ella y yo, me propuse trasladarme a dormir en el sofá, pero en cuanto se dio cuenta hizo ese gesto tan conocido de fijar sus antenas en mis ojos reclamando mi atención y se fue directamente hasta nuestra habitación, se subió a la cama y se cobijó en el sitio que fue de Lorena, el del lado de la cama que estaba más cerca de la puerta, se colocó entre la almohada y la sábana, y supe sin ninguna duda que se quedaría allí, conmigo, todo el tiempo que yo permaneciera en la cama; durante el día recorría la casa una y otra vez de la misma forma, en el mismo orden y por los mismos trayectos que yo sabía que Lorena hacía cuando vivíamos juntos, Lorena había vuelto, a su manera, pero había vuelto. Es verdad que las actividades compartidas que podíamos realizar se habían reducido a su mínima expresión, pero a cambio nos sorprendimos con momentos que no teníamos ni idea que pudiéramos construir; un día descubrí que lo que más le gustaba era que le contara historias, que le leyera libros, ella se subía hasta la librería y recorría estante por estante hasta que se detenía en aquel que quería que cogiera; yo lo sacaba, nos sentábamos cómodamente en el sofá y dábamos inicio a una reposada sesión de lectura hasta que alguno de los dos terminaba por dormirse plácida y felizmente.

Pasaban los días y disfrutábamos de la vida como nunca lo habíamos hecho antes; las palabras complicidad, presencia, detalle y gesto se llenaron de contenido, y seguramente podría haber nombrado más, todas aquellas que antes ni siquiera nos planteábamos porque desconocíamos que habitaran en nosotros; cuando no estábamos juntos sentía que algo muy importante me faltaba, algo que daba sentido a mi vida, ella, y fueron sus movimientos, sus delicados gestos y su saber estar lo que convirtió un disfrute gozoso en una necesidad total; había momentos íntimos para cada uno, momentos en los cuales los dos sabíamos que la presencia del otro no ayudaba. Sin hablar nos comunicábamos.

Un día observé cómo sus movimientos carecían de la gracia con que normalmente ella los dotaba, se atropellaban sus patas hasta convertirse en un enrevesado lío de pasos, titubeaban sus antenas y su pecho prácticamente se arrastraba por el suelo; con dificultad salió de la urna, me acerqué hasta ella y puse mi mano para que se subiera encima, apenas podía moverse; me di cuenta de que en el interior del envase quedaban unas pocas cenizas, habían desaparecido casi por completo, es verdad que no le pregunté nunca qué comía ni tampoco me preocupé de su alimentación, pero recordé, de improviso, el día aquel en el que le di la galleta y cómo hizo caso omiso de ella. Supuse lo que supuse, algo que era evidente. Entonces, todo mi yo se agitó preso de un temblor enfermizo, sabía lo que iba a pasar cuando se acabaran las cenizas, ya la había perdido una vez y no estaba dispuesto a que volviera a ocurrir, no iba a consentirlo de nuevo, ahora, compartíamos amor, y, ahora, sí podría contestar perfectamente aquella pregunta que en su día me hice; sus antenas caídas, su temblor convulso, sus estremecimientos periódicos, todo en ella era una petición desesperada de ayuda. Estaba abatido, no podía quedarme de brazos cruzados esperando lo que parecía irremediable, tenía que hacer algo, tenía que encontrar una solución, la que fuera. Éramos felices y estábamos a punto de separarnos definitivamente.

Cómo pasa el tiempo, hoy, Lorena, danza alegre sobre el cristal de la mesa de centro, corretea con ganas las baldosas de la cocina y juega sobre el parquet del pasillo o de las habitaciones, vuelve a ser mi Lorena. Es una pena que no pueda quedarme un poco más para disfrutar de su presencia, es una pena que tenga que marcharme tan pronto, estos cursos a los que me apunto de vez en cuando para entablar relaciones reclaman mi presencia, pero sé que solo le queda comida para unos pocos días más.

Éramos felices y estábamos enamorados.

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Una respuesta a “LORENA

  1. ¡Qué bueno, Manuel! Si las terapias pasaran por un laboratorio farmaceútico, pediría una caja de Lorenas y te aseguro que me harían sentir mucho mejor. Tenga una caja de Lorenas a mano, diría, y un prospecto elaborado por un ocurrente escritor haría las delicias de insustanciales sinsabores. Se lee casi sin respirar, recorriendo la vida, la estancia y los momentos a pequeños pasos.

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