¿BOLAÑO? (Versión LUIS VINUESA)


UN VIAJE EN S

He ido a Londres a ver a una amiga que vive con su hija mientras espera encontrar trabajo. La hija es camarera y aloja a Teresa en un húmedo piso de Canning Town. Inversión generacional, pero es lo que hay y si vienes me haces un favor: no pagas hospedaje y la comida y la bebida corren de mi cuenta, dijo mi amiga. Llevaban ya dos meses conviviendo y mi presencia aliviaría unos roces in crescendo y a punto de llegar a la bronca. Yo vendría a ser algo así como un puente entre ambas, pues mi edad se encuentra en el medio. 22, 35 y 48 es la secuencia. Teresa fue mi jefa en una imprenta y fraguamos la amistad a base de coraje cuando pleiteamos contra el empresario que nos dejó en la calle. Por otro lado, una vez sorprendí a Nerea fumándose un porro y le di a entender que nunca se lo diría a su madre.

Volé en low-cost. No daban bebidas y desembarqué con el estómago revuelto. Teresa me arremolinó en un abrazo que tuvo la virtud de devolverme la estabilidad gástrica. En una taberna nos pusimos al día, yo le dije que últimamente Bolaño giraba alrededor de mí como un electrón, y mi amiga me dijo que sobre ella gravitaba un vecino a quien daba largas. Reconocí ciertos celos que me indujeron a pedir otra ronda. Pero la vi torcer el gesto y bajé la mano. Su situación económica no es precaria, pero tampoco es boyante. Finalmente mi amiga –tan observadora de mí como yo de ella–, llamó al barman y ordenó dos pintas más. De cualquier forma dejamos de ir a las tabernas a iniciativa mía y entramos de lleno en una vorágine turística. El British Museum impresiona además de ser gratis; en la Torre de Londres vimos los cuervos, cuyas alas son cortadas, pues su presencia en la Torre asegura la de la monarquía, ¿superstición o humor inglés?; en la cripta de St. Paul, ante el memorial a Blake –ARTISTA, POETA Y MÍSTICO– cerré los ojos y una especie de embudo extático me succionó hasta las profundidades, hasta los restos de Philip Sidney, perdidos allí en la catedral tras el incendio de 1666. (Bolaño me acompaña milenio arriba, milenio abajo) Ascendimos a la calle, a un puesto de fish & chips y Teresa y yo merendamos. Luego nos encapsulamos en esa noria mastodóntica del London Eye. Cuando bajamos me asomé al Támesis de aguas oscuras y vomité. Un policía de paisano, tras identificarse como en las películas, quiso llevarme a comisaría para hacerme unas preguntas. Yo apenas podía articular palabra, Teresa protestaba diciéndole al tío que era tan zoquete como su jefe, el tal Lestrade. El agente observó con toda su flema británica que si conocíamos la obra Sherlock Holmes, no éramos peligrosos y nos dejó en paz.

Han sido días de no parar, días en espiral de la mañana a la noche. Yo dormía en el sofá y en seis días no vi a Nerea, que llegaba tarde de trabajar y tan sigilosa, que nunca me despertó. De vez en cuando, en la duermevela percibía la estela de un perfume desasosegante y luego tenía sueños audaces. Mi misión de mediar entre madre e hija no tuvo mucho sentido, o sí, a lo mejor solo bastaba con que a Teresa le diera el aire acompañada por un amigo. Acaso el aire nocturno del martes cuando improvisamos y fuimos a los aledaños del estadio de Wembley, por palpar el ambiente y escuchar la Marsellesa por megafonía antes del partido entre Francia e Inglaterra. Fue una burbuja emocionante, rota al final por unos militares, más realistas que nosotros, al no quitarnos ojo. El miércoles empezamos en la Tate Britain, contemplando a Turner durante media mañana. Yo hubiera estado el día entero y por asociación romántica una semana en la región de los Lagos. Pero mi presupuesto era limitado y además tenía la vuelta cerrada para el jueves. Así que el miércoles noche y como despedida montamos una fiesta en casa. Nerea apareció con unos amigos. Estaba arrebatadora y fumaba canutos delante de su madre como quien fuma tabaco. En una ocasión me echó el humo a la cara y tuve la certeza de que eso hacía cuando llegaba por las noches. Bebimos latas de cerveza negra y chupitos de whisky. Yo puse a los Iron Maiden, The Rime of the Ancient Mariner, la canción basada en el poema del mismo nombre de Coleridge, poeta lakista, apuntó Teresa a los chicos que nos miraban. Yo les hice los cuernos heavys y mi amiga se marcó un punteo con su guitarra imaginaria. Nerea y sus colegas se descojonaban y nos sacaban fotos. Pensé que quedaríamos retratados en alguna red social, pero no era cuestión de aguar la fiesta, aunque recordé a Bolaño y dije con ebria solemnidad: “La perdurabilidad ha sido vencida por la velocidad de las imágenes vacías”. No sé si venía a cuento, pero me aplaudieron, mitad en serio, mitad en broma. En fin, fue una noche estupenda y preveo que se limarán los roces entre madre e hija, o por lo menos tendrán un extra de otros dos meses de llevadera convivencia. Yo lo que tenía a la vuelta era una resaca de turbina asemejada técnica-mente a los motores del Boeing 737. Entre fríos sudores evoqué nuestra visita a la British Library, donde Teresa y yo vimos el First Folio de Shakespeare. Shakespeare, gran “S” de la biblioteca universal. Luego me adormecí ideando estrategias para conquistar a madre e hija, sin una preferencia clara. Pero ellas descubrían mis intenciones avisadas por los manes de la cripta de St Paul, y como las alegres comadres de Windsor se las ingeniaban para meterme, igual que a Falstaff, en una canasta de ropa que arrojaban a la ciénaga de Datchet, junto al Támesis, con la diferencia de que Falstaff salía y yo era tragado por el Maelstrom de las islas Lofoten, donde se localiza un relato de Poe. Ya lo dijo Bolaño, para los cuentos debería bastarnos con Poe, creador de Auguste Dupin, detective inspirador de Sherlock Holmes, el detective de detectives, vaya un remolino salvaje, pensé cuando aterricé.

2 Respuestas a “¿BOLAÑO? (Versión LUIS VINUESA)

  1. A ti, Ana. Tremenda la variación tectónica cuando el meridiano de Greenwich se fija en las Canarias

  2. Buenísimo. Me ha ocurrido lo que tenía que ocurrir: leía a Manuel con la imagen y la voz de Luis. Menos mal que me mantengo al margen de esto, no sé si Bolaño acabaría conmigo…
    Gracias por compartir esos ratos.

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