AUTOBIOGRAFÍA DE ÁNIMO


 

Para MJ, dona marinera

 

Llevo una vida complicada y algo contradictoria; mi existencia es más un deseo que se regala que una presencia que se reclama: quien más me necesita camina atribulada y, la mayoría de las veces, ni se acuerda de mí, y quien me convoca para regalo no sabe cómo ha de ser el envoltorio que facilite mi llegada hasta el destino.

No me impaciento, no te impacientes.

Eso sí, quiero que sepas dónde me encontraré cuando me llames no vaya a ser que…, bueno, tú insiste un poco; escucha atentamente porque, con seguridad, estaré contemplando esos horizontes de aguamarina que absorben miradas las hechizan por completo y te las devuelven cargadas de sal y de espuma, también, por si no lo sabes, puedo estar observando el prodigio de esas diminutas semillas que luchan contra todo lo imaginable intentando salir adelante aun en las peores condiciones, y, cómo no, me puedes pillar absorta –sí, “absorta”, acaso me pensabas masculino, quizá me confundes con mi hermano Coraje, olvídate, trampas del lenguaje, si no te lo crees, ahí tienes a mi pariente lejana Eco que sufre de lo mismo que yo–, ¿decía?…, ¡ah, sí!, que también puedo estar absorta de cielos y de nubes, atragantándome en su infinito y jugando a poblarlos con toda clase de alicientes y deseos, ya me conoces, movida por esa obstinación risueña que habita conmigo.

Me veo reflejada en la naturaleza, en su capacidad para perseverar y persistir en ese terco continuar , siempre continuar, pase lo que pase. ¿Discurso fácil?, allá cada quien y cada cual, yo ni siquiera me lo he planteado, te hablo desde la voluntad que resiste y resiste antes que ceder a cualquier tristeza acumulada o a los amaneceres infortunados.

Sí, ya te lo has imaginado, soy esa testarudez que no ceja y te dice: sigue, sigue y sigue; como si lo que acontece no te pudiera desviar de un camino que, contrariamente a lo que crees, no está trazado y que yo, en mi persistencia tozuda, te ayudo a construir: A poc a poc.

Me enfrentarás con tus dudas y te empujaré hacia adelante porque no puedes parar; me cargarás con tus miedos y no te diré nada porque, simplemente, miro lo que aún queda y me pongo a andar; a veces, me golpearás con el abatimiento y el desinterés y creerás haberme callado, pero no, encontraré razones, me obcecaré, y de forma silenciosa lo único que haré es poner a tus pies las zapatillas, en tu cuerpo, el vestido y en los ojos, luz y más luz, en pie, vamos.

Sé que puedes con todo o que, por el contrario, no puedes con nada, tú, llámame cuando brochazo tras brochazo la Realidad te pinta un cuadro anodino, sin relieve y sin fondo, como si no existiera el color, el escorzo o la perspectiva, si te decides y lo haces, me aferraré a ti porfiando, resistiendo, con una fe y una fijeza que no te permitirán titubear y mucho menos flaquear, con una confianza que puedes llamar idiota –no me debilita el término–, pero que, no lo dudes, será confianza al fin.

Una última cosa, cuestión de procedimiento, no tengo teléfono, deja, si no te parece mal, un mensaje en un banco cualquiera del parque, una nota al pie de ese castaño de indias que te gusta o una frase grandiosa por su extensión sobre la arena compacta de una playa, no te preocupes, las encontraré.

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