BOLAÑO / TRES QUE NO FUERON MÁS QUE UNO


Morte villana, di pietá nemica,
di dolor madre antica,
giudizio incontrastabile gravoso,
di te biasmar la lingua s’affatica

Eran las 6 de la tarde del día 26 de noviembre de 2015 y yo llevaba estos versos preparados, quería soltarlos cuanto antes, sin venir a cuento, no importaba; los aprendí hace tiempo durante una velada de té verde y galletas secas donde además se salteaban, de vez en cuando, poemas líquidos de nata y chocolate: coqueteos antiguos con la vanidad y el intelectualismo. El día era hoy, libres de cónsules y de visitantes femeninas del Rhin, era mi oportunidad, había llegado el momento de lucirme con un toque extravagante y sofisticado de danTismo…

Imposible, no pude hacerlo; de repente, como si el aire se espesara todo él cargado de presagios no solicitados, nos llegó un revuelo lumínico y sonoro en forma de gritos, luces azules y carreras incontroladas que tiñeron la calle con una confusión casi casi kandinskiana:

–¡Se ha escapado Roberto Zucco!

¡Increíble, pero cierto! –este país cada día sorprende más, está abocado a algo, no sé el qué, pero seguro que ese algo es tragicómico–; como podéis suponer a partir de ese instante ya nada fue lo mismo, imposible intentar otra cosa que no fuera dar razones al revuelo o especular sobre las causas del caos; la tarde se solidificó como un ladrillo y ya parecía condenada al orden desproporcionado y a la sensatez más insensata: adiós borrachos ilustres, adiós depravados literatos que os sonáis las narices con un soneto petrarquista y os limpiáis la cara con una ejemplar novela de Zayas, adiós esquimales sin gulf stream…

Fue difícil recuperar la compostura, tampoco sé cómo lo hicimos pero, al final, volvimos a lo nuestro, seguramente el aliento metafórico de Bolaño se hizo notar y nos llevó al heroísmo de los tópicos creados con cerveza, croquetas congeladas y cacahuetes revenidos; los camareros, conscientes de nuestra tenacidad a prueba de todo no se quisieron quedar a solas con su miedo y se unieron a la tertulia, pensaban que si el proscrito Roberto Zucco aparecía por el bar era mejor estar acompañados de vates anónimos e invisibles que de policías propuestos a una supuesta orden y a un supuesto mérito ganado por el uso de un gatillo fácil; no les costó mucho ponerse al día, enseguida se reconocieron en el tema y lo que, en principio nos pareció un engorro, muy pronto se demostró un acierto, es más, si no llega a ser por ellos aún estaríamos dando vueltas alrededor de una supuesta alegoría o quitando el polvo a un inexistente símbolo:

-Por supuesto que me acuerdo de ella, sí, claro, la llamaban la Desconocida porque nunca dijo nada acerca de ella, ¿te acuerdas? –dijo mirando hacia el otro camarero, aunque prosiguió sin esperar su respuesta–, era aquella chica rubia que vino desde Girona acompañando a un jovencito barbilampiño que, obligado por su familia, iba para notario pero que de verdad lo que quería ser era inspector de abastos y mercados, lo estoy viendo, sentado ahí mismo y tomando carajillos: “para entonarse”, decía, porque aquí… –el que está hablando es el camarero cachas que nos ha traído las cervezas, un tipo fornido y de piel tan morena como una calle de las Antillas repleta de gente, habla con la facilidad de un locutor de radio avezado…

-Más que guapa: enigmática –intervino el del pelo cano cortando bruscamente al otro, lo cual agradecimos, todo hay que decirlo–, su presencia física no era todo, es verdad que su tipo y su figura llamaban la atención, mujer atractiva donde las haya, pero lo que de verdad impresionaba era su mirada, te golpeaba sin quererlo, esa mirada verde y licuada que te conectaba directamente con lo más profundo de tu yo, con lo más inseguro y dubitativo de tu vivir.

Lo vimos con claridad, los dos fámulos de la barística representaban las dos interpretaciones posibles de la realidad: la objetiva y la subjetiva; por supuesto nos guardamos muy mucho de decírselo no fuera a ser que en la próxima ronda nos tiraran directamente las cervezas por la entrepierna.

–No llevaba ni dos meses por aquí cuando abandonó al notario quien cayó directamente y sin mediación en brazos de los carajillos –habla de nuevo el “Cachas”–, luego, se fue a vivir con un músico camerunés que era malo malísimo con el djembé pero que dominaba como nadie el arte de la adivinación ligado a las arrugas de las sábanas… –-aquí se interrumpió sonriendo, a la vez que buscaba nuestra complicidad ante su arriesgada metáfora, por supuesto, sonreímos y asentimos–; al poco tiempo el negro fue descubriendo su nula relación con el arte y fue languideciendo de tambores hasta que perdió por completo la música, se secó como un baobab cristalizado mientras ella se vestía de anís dulce y miel…

Cuando esperábamos la intervención del otro dando su versión más idealizada de las estancias compartidas de cuerpos entre el músico y la musa, de repente, apareció, como si fuera una sombra que hubiera vivido entre nosotros aunque bien camuflada de yeso y pegada a la pared, un Inspector de policía que se identificó por su pistola en la mano izquierda –dedujimos que era zurdo o que venía de mear–:

–¿Qué hacen ustedes aquí?
–¡Son poetas! –dijo el “Cachas”.
–¿Y de eso se puede vivir sin delinquir? –no nos dio opción a responder, era una pregunta retórica e intimidante–. Está bien, pero no salgan a la calle, ¿entendido?

Nuevo acercamiento a la retoricidad como arma disuasoria, nada que decir.

–¿Quiere usted tomar algo? –inquirió “Pelocano”
–¡Estoy de servicio!
–Hombre, señor comisario, se trata de un pequeño alto para coger fuerzas –este cabrón del “Pelocano” tenía su aquel subjetivo que enganchaba a todo el que caía entre sus palabras.
–¡Inspector! –murmuró de forma apenas audible el poli-halagado–. Venga, vale, un whisquito, pero rápido.

Puto otoño de Madrid. Hoy no íbamos a hacer nada, y no sería porque no nos quedaban aún temas y significados pendientes de tratar; lo cierto era que la semiótica se iba a ir por el retrete lo mismo que había pasado con mis versos aprendidos para la ocasión. El “Cachas”, obedeciendo una orden muda de “Pelocano”, se fue hasta la barra para preparar la bebida:

–Y cómo va la cosa, comisario –inquirió “Pelocano”.
–Lo tenemos rodeado, justo ahí enfrente, en la tienda de muebles–contestó, sin que esta vez rectificara el grado–; estamos comprobando los alrededores para localizar posibles amistades o cómplices –joder, ¡volvió a mirarnos!, bajamos la cabeza, claro está–, hay que evitar ayudas desde fuera como sea y, también, por qué no, una encerrona.
–¿Han contactado con él?
–Sí, el hijoputa dice tonterías, una tras otra, la última, que quiere ir a África porque conoce “unas montañas tan altas que siempre nieva en ellas, que nadie sabe que en África nieva”
–“Me gustaría ver la nieve en África. Me gustaría patinar sobre los lagos helados” –dijo alguien de nosotros, posiblemente N.

Se hizo el silencio, pero no cualquiera sino ese tan denso que machaca desde la incertidumbre.
–¿Seguro que son poetas? –preguntó directamente a los camareros quienes asintieron a la vez–. Lo que os decía: ¡como una cabra!, luego de lo anterior, va y se descuelga conque “también hay rinocerontes blancos que atraviesan el lago bajo la nieve”.

L. miró sus notas y yo las mías, ambos sabíamos que ahí estaba la clave poética, la que explicaba la vida entera de Roberto, la de alguien que solo buscaba los espacios abiertos, allí donde es más fácil luchar contra las balas, esas que buscan impactar sobre los blancos móviles de los inadaptados, pero a ver quién se atrevía; T., mientras tanto, tira de iphone amanzanado y le muestra al poli todas las variantes posibles del apellido Zucco, mano de santo –es lo que tienen los datos en estos tiempos nuestros: acogotan–, porque esto desconcierta por completo al inspecomisario quien sin decir nada y todavía más mosqueado si cabe se bebe el güisqui de un solo trago: inmediatamente supimos que tenía el estómago de un macaco o bien el hígado de un mosquito, y que, además, por lógica, tendría ardores, se fue sin darnos la espalda y sin añadir nada más.

Nos miramos cómplices y en silencio buscando la anuencia de voluntades, la idea era aislarnos e intentar arreglar el desaguisado estético que teníamos encima, era urgente aclarar, al menos, la identidad de la Desconocida que habitó con Bolaño en Girona. “Pelocano”, sorpresivamente, como si adivinara todo, se adelantó por completo:

–Ella desvelaba tu oscuridad como si te mirara a través de un caleidoscopio con espejos intercambiables que no eran otra cosa que tus propios sentimientos; Ella te inundaba con todas las imágenes que poblaban tus ojos, las ya vistas y las que no; Ella te ofrecía su cuerpo para que descubrieras lo que no te atreverías nunca a descubrir si no fuera en ese momento del amor en el que se funde lo espiritual con lo carnal; Ella te mostraba todas las sombras que llevas contigo aunque no lo sepas, la de la frustración, la del delirio, la del vacío, la del éxtasis, todas; Ella no era una musa, era…

Justo en ese momento, justo cuando “Pelocano” se había vestido de anafórico y elevaba el tono de la sesión en ese su desvelar misterios artísticos se oyen disparos y gritos que nos llegan pletóricos a través de las ventanas:

–¡Cuidado, que ha salido!
–¡Que no, que sigue dentro!
–¿Quién ha disparado?
–Ramírez, ¡ha sido el inspector Ramírez!
–Me cago en la inutilidad de ese hombre, pero es que está borracho o qué.
–¡Alguien se mueve en la tienda!
–¡Desplegaros, desplegaros!, ¡no os quedéis quietos!: ¡Va armado!

(Disparos. Fuego cruzado.)

–¡Está malherido!, ¡está malherido!
–Con cuidado, vamos a cogerlo, venga, ¡a por él!
–¡Está gritando…!
–¿Gritando?, pero ¿qué grita?
–¡Callaros, hostias!

Desde el interior de la tienda de muebles sale una voz clara y nítida, la de Roberto Zucco:
Morte villana, di pietá nemica,
di dolor madre antica…

¡Maldito otoño de Madrid!


(Notas a la sesión literaria del 26-11 sobre Prosa del otoño en Gerona, de Roberto Bolaño)
Manuel Cardeñas Aguirre

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