CÁLCULOS CEREBRALES / NURIA PRADILLA


                                         

Salí de aquel bar con un pensamiento arenoso. Me costaba recordar los detalles de lo que allí estuvimos hablando. Para colmo alguien había vomitado en el autobús y al taparme la nariz empecé a escuchar con mayor intensidad aquel runrún que me perseguía (se ve que al anular un sentido,  potencié otro), algo así como el sonido rasposo de la arena dentro de mi cabeza.  A duras penas rememoré algunos retazos  de lo sucedido. En la sala no había más clientes, aunque el frecuente ir y venir de los camareros parecía indicar otra cosa. Nosotros intentábamos que no nos distrajeran –lo que parecía ser su propósito–, ya que creíamos estar muy cerca de encontrar a la desconocida de R.B., pero esta, con ardides sofisticados, siempre nos ganaba la partida. Un, dos, Tres, al escondite inglés, no cesaba de repetir para reírse de nosotros.  Otra vez aparecieron los camareros y ahora nos tentaban con varias de las tapas que figuraban en la carta. Había aflojado los dedos que presionaban mi nariz y el aliento podrido me provocó una arcada, los apreté con más fuerza y esa especie de crujido producido por el caminar de la arena a través de mis circunvalaciones cerebrales se magnificó, y allí, en el asiento del autobús maloliente,  boqueando como un pez para atrapar el aire infecto, fue donde el recuerdo de esa carta gastronómica me llevó a otras cartas, y con ellas, a otras desconocidas. Se me vino a la cabeza el poema de Nicanor y después pensé en la cantidad de desconocidas que había:  la de Ophüls, la de Zweig, la de Rilke o Nabokov (que era la misma, la del Sena) y también en las desconocidas –¿anónimas?– que deben pulular por ahí como ectoplasmas, agazapadas y exhaustas de tanto aparecer y desaparecer, de ser y no ser, como atlántidas.

Y la Universidad ¿no es también desconocida? ¡Venga, Roberto, danos una pista!, supliqué exclamando o exclamé suplicando, y según lo hacía me di cuenta de mi error, ya que ahora era otro ruido el que escuchaba, el de los patines arañando el Hielo de la Pista. Parecía cosa de locos. ¿Pero a qué Roberto había invocado? ¿A Zucco, que según parece rondaba cerca de aquel bar?

Fue una sesión extraña. Era el mismo lugar, pero aquella tarde los elementos de la escena parecían verse a través de un sfumato. Todo era diferente, todo menos la actitud de M., que, como el personaje,  una vez más espantaba moscas (o mosquitos) con su mano izquierda.

    Ya en la calle, cuando por fin pude liberar las fosas nasales, otro pensamiento me asaltó. ¿Podrá el cerebro expulsar los granos de arena igual que hacen los riñones con las piedras? ¿Por dónde? Y, sobre todo, ¿será doloroso?

   Nuria Pradilla

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