CONDUCTOR BOLAÑO / LUIS VINUESA


Íbamos a hablar de las opiniones del escritor R.B. acerca de la Literatura y de otros escritores. Literatura al cuadrado o al cubo o a lo que sea lo exponencial: La suma tautológica. Pero por razones logísticas tuvimos que cambiar de sitio y llegamos a un establecimiento cuyo nombre no quiero promocionar, pues yo ahí no vuelvo, ¡ni por pienso! Una dosis de realidad aumentada con cada consumición que el camarero nos servía, de forma arisca y como si te arrojara un guante de vidrio sonoro, cortante, sobre la mesa que lo rebotaba hacia arriba con ecos de desafío… Nosotros habíamos desembarcado con nuestros libros y tampoco es que hubiéramos llegado con una actitud altiva, no sé, esa de filosofar a hombros de esclavos según se decía de los antiguos. Acaso el camarero era una persona inhabituada a la lectura y simplemente nos percibía como viejos profesores que le removían la conciencia de no haber abierto un libro. ¡Ja!, si ahora los fracasados somos los que vamos con un libro en el metro. Así me dijo una nínfula en un vagón a hora punta y a quien entré con la excusa de la aglomeración –mi libro en su busto–. Ella desconocía toda la carga de la palabra “sátiro”, pero se había descargado una aplicación de móvil que me colocaba en los huevos para calcular los parámetros de temperatura, volumen y densidad: Discurso del método tecnológico.

Mientras tratábamos de sacar adelante la sesión Bolaño, pensé que la cuestión del camarero ríspido, con quien parecías jugarte el honor con cada petición de ronda, podría tener una raíz sociológica. Aquí no hubo Reforma, apenas burguesía (acaso la catalana) y perduró esa nobleza que hace gala de no someterse al trabajo. De esto deriva eso de pasearse uno los domingos, acicalado con las ropas elegantes que constatan la distinción, o exhibiendo a la mujer del brazo como prueba de una virtud a salvo del mozo de cuadra. Ya saben, los códigos del honor. Otro atributo de este sería el del sentido aristocrático del tiempo, es decir, la impuntualidad, a ningún español se le puede atar con horarios que coarten su libertad y la disposición que de ella hace. Con semejante acervo no sé por qué muchos de mis compatriotas deciden montar un bar: La fenomenología del espíritu alcohólico. Aunque he de decir que yo también fui expulsado del palacio y trabajé en una cafetería del aeropuerto, que es un buen lugar para no tener líos con borrachos, escritores pedantes y donde el cliente, fuera de su país, suele comportarse como no lo hace en el suyo. Así he visto a franceses reservándose su típico exceso de cortesía, cuyo origen se remonta a los tiempos del rey Sol, comportándose con la llaneza del estadounidense acostumbrado a forjarse su propio destino allí por donde va, acaso por las grandes llanuras en esos vagones de tren donde solidariamente comparte su whisky con el compañero, en este caso yo, el camarero de aeropuerto al que los franceses, sí, ellos, dejan buenas propinas tras advertirlos sobre la existencia de taxis piratas e informarles de las tarifas del taxi legal. Resumiendo, a veces cambió de idiosincrasia como quien cambia de corbata y adopto actitudes de súbitos extranjeros al enfrentarme con paisanos hostiles. En esta ocasión opté por la frialdad inglesa que de teatro tiene mucho. Tras retirarnos el mozo un botellín helado, de donde la espuma salía solidificada como por un volcán lunar, y dejarse, deliberadamente, en el olvido la renovación, me levanté y le pedí al camarero de barra, tan ríspido como su colega, un nuevo botellín. Cuando me lo entregó lo levanté y lo observé largo rato, al botellín, simulando, por miopía o por falta de luz, yo qué sé, el no lograr discernir sobre su estado líquido o sólido: Crítica de la razón pura y congelada. Y tanto tiempo me mantuve así, tal que Estatua de la Libertad, ¡de mi libertad!, ¡la mía como consumidor que paga!, ¡como dipsomaniaco que solo quiere bebida y no reverencias!, que el camarero de barra se agachó, ¡ah, y este es el verbo!, sobre la cámara frigorífica a comprobar otros botellines y fue ahí cuando el camarero de mesa capituló e intervino, para que no se esforzara su jefe, ¡ah, y este es el nombre, este es el argumento de todo enrevesamiento!, y dijo que el que yo miraba no estaba hecho hielo, porque se había cerciorado cuando retiró el anterior y confesó que se había olvidado de servirnos el siguiente. “¡Ni lo uno ni lo otro!”, pensé, “pero me has hablado, hidalgo de cafetera.”

Me fui para casa pensando en que si escribía lo de arriba no iba a profundizar en Bolaño, pero, al menos, me ceñiría a la realidad sin apoyarme en una intertextualidad que no iba más allá de la mención de cuatro títulos y un guiño (tuerto) al Quijote. Dejaba así de mirarme en el espejo de la Literatura para mirarme en el cristal de un taxi, que a punto estuvo de saltarse el semáforo, cortándome el paso con la impunidad del más fuerte: El mundo como voluntad y representación automóvil. De modo que le metí un golpe al cristal y le llamé gilipollas. Al instante salió un tío grande como un teutón, amenazando con darme una hostia. Yo me quedé apátrida perdido cuando por detrás pitaron: el semáforo se había abierto. Porque el taxi no era suyo, dijo, que si no me la llevaba.

Lisa Nuve, 12-12-2015

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