NURIA PRADILLA / ES LO QUE TIENE


 

Allí estábamos de nuevo, dispuestos a seguir con la investigación, pero los del bar no nos permitieron usar “nuestra sala” con el pretexto de estar esta reservada.

Es lo que tiene utilizar esos rincones polivalentes donde lo mismo te celebran un cumpleaños, que, sin quitar aún la guirnalda que a modo de sonrisa multicolor se carcajeaba de nosotros, esperan recibir a los propietarios de la comunidad de vecinos para que discutan sobre la próxima derrama.

El caso es que tuvimos que improvisar otro lugar para poder sentarnos y empezar a divagar sobre el texto, el intertexto, o, en general el pretexto de cada uno para afrontar la escritura, que creo que, en definitiva, era la cuestión.

Aquel lugar estaba poco iluminado como por momentos también lo parecíamos nosotros, que libros en mano y notas en pie, intentábamos devanarnos los sesos —y de paso dejarnos los ojos— en elucubraciones sobre autores soñados, significados precoces, y desvaríos diversos.

Es lo que tiene embarcarse en este tipo de tertulias. ¡Que empiece a nevar de una puta vez!, creo que pensé.

Nevar no nevó, pero de pronto se hizo la luz, literal, que no literariamente. Al principio lo identifiqué con una señal de R.B., qué majo, que venía a echarnos una mano, aunque pronto nos dimos cuenta de que se trataba de una deferencia hacia otros clientes recién llegados. Que nosotros estuviésemos forzando la vista sobre las líneas a causa de la pobre iluminación parecía no importarle a los propietarios, pero que los de la mesa de al lado no vieran bien los chopitos de la ración para ensartarlos en los tenedores, parecía ser algo que no estaban dispuestos a consentir.

Es lo que tiene no pedir raciones y ocupar una mesa, que al final estás tocando los cojones a los dueños, y, a su manera, te lo hacen notar.

La cosa no dio para mucho más. Solo para concluir que la próxima vez deberíamos reunirnos en otro tipo de local.

El caso es que no había vuelto a pensar en ello, hasta hoy (quizás porque es jueves), que he soñado que estábamos en otra de nuestras reuniones, pero por fin en una sala bien iluminada de un agradable local. Allí nos servían los botellines a su adecuada temperatura, y, aunque no estaba muy claro donde nos encontrábamos, todos estuvimos de acuerdo en que ese era el lugar ideal para nuestros encuentros. Uno de nosotros, creo que era Tomás, se levantó y recitó unos versos frente a un gran caldero que de repente apareció sobre la mesa. Echaba páginas de un libro en su interior que avivaban unas llamas azuladas, “Fórmulas magistrales no propongo/ Esto es el recetario de la abuela / Cada uno a su gusto lo sazona /si no le gusta cambia la receta”, dijo, con solemnidad. Y

alguien, al fondo de la sala, replicó a voz en grito: “Salamanca, Salamanca / renaciente maravilla / académica palanca de mi visión de Castilla”. A continuación nos tomamos el brebaje y la música lo empapó todo.

Es lo que tiene cenar demasiado.

Nuria Pradilla

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