BOLAÑO ENTRE LA GRECIA CLÁSICA Y EL MÉXICO ONÍRICO


 

 

 

AMULETO (2ª Parte)

Esta vez no tengo mucho que decirte, Auxilio de mis desvelos; sabes perfectamente qué dijimos y de qué hablamos ayer, estuviste allí, nos dimos cuenta todos; qué ideas tan peregrinas tienes, mira tú que esconderte bajo el ropaje gris de la televisión gris sin plasma pero con pantalla abombada del fondo, qué te creías que éramos granaderos asesinos de la impronunciable plaza de Tlatelolco e iba a pasar lo mismo que en tu váter de la universidad, en verdad pensaste que no nos íbamos a dar cuenta, ay, madre de los poetas, llevamos alma poética, cada cual a su manera pero la llevamos, –¡cómo si no hemos elegido hablar de la obra de tu Arturito!– y te vimos, pero te dejamos porque sabemos que después del crimen atroz que has contado en AMULETO te gusta pasar inadvertida; a saber qué habrás pensado de lo que allí dijimos, mejor no, mejor no me lo cuentes y sigue escondida donde quiera que estés ahora.

Si en la primera sesión hablamos de tu lenguaje, de tu voz, de los tonos que usas y de los ricos y variados ropajes poéticos que luces, ayer, fueron tus silencios quienes nos ocuparon, lo que no contaste o lo que dijiste pero no aclaraste, porque nada supimos de Erígone, nada nos dijiste de tu relación nocturna de muerte con Carlos, el hijo de Lilian –la otra madre de los poetas mexicanos, que tampoco era mexicana–; nos caían las preguntas como piedras iracundas de honderos menorquines: ¿fuiste partera de ti misma?, ¿dejaste de ser la madre de los poetas para convertirte en la Historia de todas las historias?, ¿morías a la vez que nacías?, ¿ascendiste al cielo para hacerte hielo y lágrima?, qué difícil, no te diste cuenta, o sí, de que te habías pasado toda la novela hablando y hablando y cuando tenías que aclararnos quién era esa Erígone, hermana y madre, te quedaste en silencio –¿te lo pidió tu Arturo Belano?–; ya sé que tampoco ahora dirás nada.

Y de las lágrimas tampoco nos dijiste nada, aunque anunciaste que lo dirías, y yo ahí te dejé que permanecieras muda y sorda a la vez porque, de las pocas que sé de ti, esta sí la sé: puedo decirte por qué las derramas por tus cuencas melancólicas como era el espíritu de Garfias; ¿te extraña?, nos conocemos Auxilio, llorabas y llorarás, estás condenada, porque tú lloras por todas y todos los poetas que mueren en el anonimato de una literatura que los tiene que devorar para alimentar el ego de aquellos que alcanzaron a Fama: nuevos sacrificios sin templos pero con bibliotecas portátiles; lloras por los y las poetas tristes que no encontraron la alegría en la vida y se murieron afligidos como una amapola a la que la hubieran despojado de sus bamboleos rojos; lloras por los poemas que se mueren sin ojos que los oigan mientras nadie lee sus palabras mojadas y derretidas; y lloras porque tú supiste de la suerte de tu Arturito y eso no te lo perdonas, porque se puede viajar por el tiempo para cotillear quiénes son y quiénes serán los que alcanzarán la eternidad, no deja de ser gracioso, pero viajar para descubrir entre los pliegues de un cementerio la lápida de los descuidos vitales de tu hijito, eso no, porque eso no te lo puedes perdonar, y ahora lloras también tus viajes de futuro porque son trágicos de pura tragedia y al descubrirlo decidiste no vivir para viajar y preferiste quedarte con el soso de Carlos Coffenn, que sí, que ya sé que es el diablo de la poesía, el demonio de los vicios secretos y el amante de todas las madres porque a la vez es su hijo también –ay, mira que traer a los griegos hasta tu historia, señorita Lacouture–, y por eso te inventaste ese valle tan tuyo, tan imposible y tan poético, que desemboca justo en un abismo por el que se caen los que se comprometen con todo, con la poesía, con la literatura, y ¡con la supervivencia!

No te digo más, para qué, has adivinado qué cosas te diría, te dejo viajar, seguro que de vez en cuando ves a todos tus poetas y sigues bebiendo cafelitos sin café para que no te dañen las encías desdentadas de tu triste figura.

Hasta pronto, Auxilio Lacouture, ha sido un placer charlar contigo.

Manuel

(Notas de la sesión del jueves 28 de enero de 2016)

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