UNA BOTELLA DE MEZCAL / BOLAÑO / MONSIEUR PAIN


 

 

 

En esta noche pluviosa,

ya lejos de ambos dos, salto de pronto…

Son dos puertas abriéndose cerrándose,

dos puertas que al viento van y vienen

sombra          a          sombra

 

César Vallejo – Trilce

 

_ _ _

 

 

Sobre la mesa una botella de mezcal. Ondas, reverberaciones, sensaciones indefinibles y un embriagador aire de ocultismo. Un libro de Bolaño en la cabeza de todos y vasos que van y vienen como si fueran mensajes indistintos de alcohol o zumo, algo así como pases de manos adivinatorios que nos vamos haciendo mutuamente –¡trileros literarios!–, sin darnos cuenta de que en esta liturgia improvisada y solo por eso caemos en el libro directamente. Tomás, geógrafo de todo lo posible, viajero entusiasta por definición, había decidido que hablar de Bolaño sin crear un ambiente a base de México y sus derivados era como hablar de ingeniería portátil a náufragos descoyuntados, la botella vino de su mano, pero está claro que surgió como una necesidad literaria y no como un vicio descontrolado.

No necesité del mezcal para perderme en mis propias ideas –aunque ayudó, que todo hay que decirlo– porque fue bajar y sentirme invadido de una extraña sensación, mezcla de visión y mezcla de ficción; me resultaba complicado centrarme en la discusión literaria: en la mesa de al lado, y sentados frente a frente, Pierre Pain y Bolaño dialogaban en un aparte inquisitivo, y por lo que pude entender, Monsieur Pain pedía explicaciones al escritor acerca de su pobre papel en la obra:

–Para hablar de lo inefable, de lo indecible o de lo que no se puede percibir podías haber cogido a otro; me condenaste desde el principio: porque si de todo eso no se puede hablar, entonces, qué podía decir…

Pierre hablaba con voz dolorida pero algo elevada y todavía no sé cómo el resto no le oía, claro que si tampoco los veían, qué podía decir yo, ¿me creerían?, seguro que no.

–Está Bolaño…

Oí que decía María José y me vi libre de cargas porque pensé que lo veía como yo, me hice ilusiones…

–… el mismo Bolaño que se percibe en los Detectives, con todas esas voces que generan múltiples visiones y múltiples interpretaciones.

–¡Y las arañas! –comentaba Charo a renglón seguido–, esas arañas tripresentes que articulan el surrealismo de la obra de tal forma que cuanto más caminas por ella más te enredas.

Y Bolaño le decía a Pierre que, joder, qué quejica era, que si no tenía suficiente con ser el protagonista y con haber sobrevivido a tanto misterio y a tanta persecución…

–¡Los elefantes! –dijo Nuria como si el cielorraso de la novela se hubiera despejado de golpe–, ahí está la clave, lo inexplicable del comportamiento que va más allá de toda explicación científica; además –apostilló–, enlaza directamente con la escena de los disfraces.

Y el pasivo de Pain cabeceaba de un lado para otro como si lo que fuera a decir no se pudiera decir pero no tuviera más remedio que hacerlo.

–Expresionismo puro, escenas desmesuradas de luces y de sombras que devoran a los personajes quienes, por un exceso de proyección, se ven anulados y , para el resto, son imposibles de definir –Jesús está consultando sus notas, le oigo, pero su boca-voz va a otra velocidad y no sé si me pierdo yo por el mezcal o me pierden las sicofonías de los ladrillos rojizos–. ¿Recordáis las películas alemanas de principios de siglo…?

–¡Vete a la mierda, chileno, cabrón! –Monsieur Pain ha sacado fuerzas de no se sabe dónde y se lo ha soltado a Bolaño en su propia cara.

–Pues yo he estado a punto de mandar la novela al séptimo infierno de la literatura miniaturista –es Juanma, sí, seguro–, allí donde arden las novelas que van empequeñeciéndose a medida que pasa el tiempo o su lectura, ahí junto a los mellizos constructores de peceras y trenes descarrilados y el barman urémico que no acierta nunca a orinar…

Y ahora aparece Isma con unos que miden el espacio y señalan hacia Bolaño y Pain, y ganas me dan de preguntarles si ellos lo ven como yo los estoy viendo, pero no me salen las palabras, y no me salen porque se han marchado todas a conversar con el mezcal aguardentoso, además ellos han dejado de mirar hacia Bolaño y Pain y se centran en la botella que se muestra ante sus ojos como una hechicera majestuosa y bella.

–¿Por qué no cogiste a Terzeff, por qué?

–Tus quemados pulmones tuvieron la culpa, me parecieron más apropiados para hacer de protagonista que un cuello ensogado colgante de un puente, y qué decir del atropellado radioactivo que se niega a la evidencia.

–Pero a mí me condenaste…

Miro a Luis, apelo a su capacidad por y para el simbolismo: “Dime si tú los oyes como yo los veo”, pensé con intención de trasladárselo sotto voce y vía médium.

–Prefiero hablar de Vallejo o, mejor dicho, de Pain –explica Luis como si no quisiera meterse en mi fregao porque bastante tiene con el suyo–, el alma de uno en el cuerpo del otro o ambas almas vagando de hipo en hipo hasta la salvación, hipnotizados por la realidad de una lluvia persistente.

–… sí, me condenaste, eso es lo que hiciste, no entiendes que durante toda la novela soy incapaz de concretar una personalidad: perseguí cuando yo no quería hacerlo y así salió lo que salió, acabé durmiendo en una bañera; tuve que comer carne cuando cuatro líneas antes me declaraste vegetariano, y encima me gustó; me hiciste amar a la sosa de Mme Reynaud cuando yo no quería otra cosa que pasar mis manos inocentes sobre las auras de las niñas que hablaban a los oídos sordos de ese ciego mudo que las tenía sentadas sobre sus piernas –hace una pausa porque sabe que Bolaño en una actitud propia de escritores no le oye y, además, en el colmo del desdén, se ha levantado para oler el vaso de mezcal de Tomás, poniendo cara de: ¡joder, lo que daría por poder echar un trago!–: … Pero, ¡escúchame, aprendiz de escritor!, no te das cuenta de que he sido el hazmerreír de esta farsa tragicómica que te has construido nada más que para alimentar tu ego –termina por decir gritando sin gritar.

–¿Y el laberinto, qué me decís del laberinto? ¿Y la escena del cine? ¿Y el fascismo?

Unos alguien dicen algo a otros alguien, pero para entonces la sinfonía de voces me había superado y ya no supe quién lo decía porque mis tímpanos impermeables pusieron freno a tamaño despropósito y decidieron desconectar por completo y otorgarme la clásica cara de aquel que parece oír pero no oye nada, y solo mira, y solo ve, y solo se ve a sí mismo, y Monsieur Pain solloza, y Bolaño aplaude tras unas gafas risueñas, y Juanma y Charo hablan de la tiranía de los premios literarios a los que Bolaño claudicó, y Tomás y Jesús y Luis se preguntan si los edificios como el de la clínica donde estaba internado César Vallejo, que giran sobre sí mismos en una suerte de pasillos interminables, son helicoidales o elipsoides, y Mª José y Nuria se informan mutuamente de la mejor opción posible en la elección salomónica que se nos llega porque llaman a la puerta nuestros posibles invitados Amalfitano y Cesárea Tinajero, y la botella de mezcal creo que me sonríe desde la sabiduría cierta de que todo arte literario pasa por el alcohol, aunque no nos atrevamos a decirlo, ni siquiera a considerarlo, porque es un tópico tan tópico que no merece la pena.

Firmin, solo faltaste tú, es una pena que no te hables con Lowry porque a él sí que lo invité, aún a sabiendas de que no asistiría porque los jueves tiene las reuniones de alcohólicos anónimos a las que nunca va, otra vez será; mientras, nosotros, todos y todas, viajábamos bajo el volcán de una novela de indefinibles aromas que nos hizo apreciar aún más a un escritor que en esta, su primera novela, se declara valiente y no va a asegurar, arriesga –y mucho–, una novela donde ya se aprecian algunas de las constantes de su escritura: los poetas omnipresentes como héroes modernos, la intriga que va de la mano con una investigación, la fuerza de los personajes secundarios –en este caso ahogan incluso al protagonista–, lo onírico intentando explicar o sobrevolando la realidad, la poesía escondida en lo incomprensible, ¡los espacios! y el juego múltiple de espejos entre personajes históricos y personajes de ficción como si también la Historia y la Realidad necesitaran mirarse la una en la otra para crearse.

Manuel

(Notas a la sesión del 11 de febrero)

 

 

 

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