MONSIEUR PAIN Y LAS SOMBRAS / (Crónica de JUANMA CUERDA s/sesión 11-2)


Debo de haber dormido toda la noche y parte del día. Cuando he despertado y he descorrido las cortinas, la luz opaca de febrero me ha dejado ver el mobiliario destrozado y las ropas amontonadas al pie de la cama. La señorita X. se va a enfadar. O no, con ella nunca se sabe.

Anoche es Mezcal. Lo recuerdo. Nos recuerdo sentados en torno a la mesa pequeña. Tomás saca una botella de la gabardina, la ha traído todo el camino envuelta en harapos, en restos de prendas otrora prendas enteras, y la deja en el centro para que nos caliente, para que observe y nos refleje polvorientos, exhaustos, ambarinos. No tiene etiqueta. Tomás se resguarda del frío y se recuesta en su rincón, en las sombras, desapareciendo todo él excepto su respiración, que me llega mezclada con la de los demás, y yo sé que sonríe o que está llorando. Quiero decirle que se acerque, que  venga con los demás al fuego destilado, pero ya ha desaparecido y a mí me duele la cabeza.

Distingo en la penumbra a Charo, concentrada en el Informe Anual de la Ponencia de la Subsecretaría del Vicerrectorado con el que ha ocultado a Pain durante semanas, escucho las voces de arriba, que llegan desde la bajante como lo hacen todas las conversaciones desechadas, que bajan desde la planta baja, donde se encuentra la librería, o desde el segundo piso de viviendas, donde un grupo de poetas conspira en torno a la mesa camilla, ultimando los detalles necesarios para viajar a Tombuctú, a Nueva Orleans o a El Paso.

—En barco te digo.

—En barco es muy caro

—Pues en barco mercante

Pregunto a Nuria, que está a mi lado, hombro con hombro, si ella oye las voces. Ella me dice que no, pero que, de cualquier manera, viajar a México, en esta época del siglo, es peligroso, y que ella, siempre que puede, prefiere tomar el transporte público. María José asiente y dice que sí, que ella va todos los días a Pueblo Nuevo en bus y que no hay comparación, no señor.

—En barco mercante es más caro aún. Pero hay un día, un sólo día en el año, en el que puedes viajar barato.

Jesús se rellena de nuevo su vaso, debe de llevar ya media docena, y me susurra.

—¿Año nuevo, quizás?

Yo le miro y pregunto si él también piensa ir a México. Él dice que no, que de qué estoy hablando.

Pero juzgamos a Pain y eso termina concentrando toda mi atención. Yo acuso. Saco mi cuaderno de las acusaciones y paso las hojas, que ya amarillean. Encuentro al vuelo a Tanizaki, a Machado, a Díaz de Galarreta, encuentro a Machado, el otro, y a Lowry, a Cooper y a Arturo Lacouture. La letra es confusa, todos los postulados tienen sentido, pero los finales no los entiendo. Los argumentos derivan en riachuelos hacia el suelo, gotean nombres hacia el final de la hoja, como vidas que van a morir al sitio donde todo empezó. El llanto de hoy es el cementerio de mañana, digo en voz alta. Encuentro a Pain al final, cerca de las hojas en blanco y releo mis anotaciones: intriga, una vela, no hablo español, morir de hipo, un callejón, morir de tanto respirar, matar al poeta, matarlo entre todos, los fascistas o los españoles. Arañas, aperitivos mejicanos.

Arrojo el cuaderno a Pain y le golpea a la altura de los ojos. Pain, piedra o papel. Pain, que lo sabes todo, que sabes que los españoles quieren matar al poeta, como siempre han querido, y te quedas mirando desde el café. Ah, Pain, todo te asusta. Así no vamos a ninguna parte, Pain; así, como mucho, vamos al cine o a exposiciones ahogadas, estáticas, terminadas. Nos dejamos acomodar en butacas para ver cómo otros que son como tú continúan nuestras tramas. Levanta la vista, Pain, porque alguien te sigue o tú sigues a alguien, da igual. Así que te acuso, Pain, de ser pusilánime, inconsistente, mentiroso y tramposo. Charlatán. Te acuso de no estar a la altura, se está a la altura o no se está, y sobre todo, te acuso de no ser todo lo bueno que podrías haber sido.

—A caballo. Cogemos un vuelo, bajamos en Texas y hacemos el resto del camino a caballo. Espaldas mojadas de nuevo cuño, joder.

Termino de leer mis acusaciones y se hace un silencio pegajoso. Un silencio que no sale de mí, un silencio que no puedo ver, pero que me envuelve y me atraviesa. Levanto la vista. Todos callan y me miran con los ojos abiertos o cerrados, está muy oscuro aquí abajo. El mezcal ilumina menos o más, ahora que su contenido está repartido entre todos. Algo se mueve a mi espalda, no me quiero girar, pero leo en los ojos de María José el furor y, en su parpadeo, la tensión a mi espalda. No me quiero girar porque si lo hago, me digo, materializaré la realidad y entonces tendré que enfrentarme a ella. No me giro, decido, y veo en las expresiones tranquilas de Nuria y de Manuel el espanto que viene a buscarme. Un escalón, dos, y Luis se levanta y grita ¡el doble! ¡el doble de Pain! Señala con el dedo hacia mí y durante un segundo mi corazón se detiene, pero después, una eternidad más tarde, ese dedo me atraviesa y comprendo que Luis no me ve, no puede verme y que apunta hacia las figuras que bajan la escalera. Veo en las notas de Jesús que se acercan tres siluetas y que hasta que no lleguen a mí, a la breve gota de luz que destila mi vasito de ámbar, no podré verlos y que entonces será ya tarde.

—Si uno no puede llegar en superficie a los sitios, no tiene sentido viajar.

Las figuras, siniestras, tal como llegan se van.

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