2666 Y LOS CRÍTICOS; BOLAÑO Y VERDADES INCONFESABLES


(Notas a la sesión del 10 de marzo)

Fue en el verano de 1994. Lo recuerdo perfectamente porque en esa época estaba trabajando sobre la obra Mann is mann de Bertolt Brecht, en concreto, recababa toda la información previa a la puesta en escena; la intención era empezar los ensayos en octubre y estrenarla a principios del año siguiente; se trataba de un Brecht primerizo que si bien ya se había representado en España varias veces, a mí me pareció adecuado y totalmente acorde a las condiciones de lo que vivíamos entonces; temáticamente, me interesaba resaltar la pérdida de identidad del ser humano derivada de las condiciones económicas en las que se maneja la sociedad, o, para ser más concreto, demostrar cómo la voluntad y el carácter del individuo son manipulados a su antojo por el capital; aunque, también, lo que realmente me fascinaba de ese montaje era representar la obra desde una clave de clown que consiguiera aunar crítica implícita del texto y objetividad lúcida del espectador con los aspectos más cómicos que iban a predominar en la puesta en escena.

Pasaba las mañanas en la biblioteca del Instituto Goethe, en la calle de Zurbarán –sin lugar a dudas, el mejor lugar de Madrid para documentarse sobre Brecht–, llegaba a las 10 y me marchaba sobre las 4 de la tarde, así de lunes a jueves. A finales de julio estaba buscando antecedentes sobre Ludwig Archiermeyer, compañero de teatro, mejor dicho de francachelas, de Bertolt, pero que escribió un Diario de los pequeños burgueses muy interesante donde quedan reflejadas las inquietudes teatrales de este Brecht a medio camino entre el expresionismo, el cabaret de Karl Valentin y esa nueva concepción antiburguesa y revolucionaria del teatro que estaba pronta a desarrollar. No sé cómo ocurrió pero dentro de las tres volúmenes que componen el extenso y agotador Diario de Archiermeyer iba otro libro que nada tenía que ver con mi trabajo, se trataba de Lüdicke, una novela corta de un autor que no había oído nunca, Beno von Archimboldi; pertenecía el libro a la prestigiosa Editorial JotaKele y estaba traducido por Ulises Lima, y recuerdo todo esto perfectamente porque por aquella época yo no estaba muy conforme con la traducción al castellano que poseía –una traducción hecha en Argentina partiendo de un texto en francés– y lo apunté todo entre mis notas para contactar con el traductor y encargarle una versión de la obra de Brecht; sí, efectivamente, aquí tengo la nota de aquel montaje que, por cierto, al final no se pudo realizar porque no recuerdo bien si es que no se llegó a un acuerdo con los derechos de autor o porque en esa época el Berliner Ensemble iba a realizar el montaje de la pieza y quería una exclusiva que le garantizara una gira por toda Europa toda vez que hacía poco que el muro de Berlín había caído y ellos estaban interesados en mostrar que su trabajo seguía siendo fiel a las ideas estéticas brechtianas, por lo menos tal y como lo habían sido en vida del autor.

Siempre he pensado en el azar como un elemento más a tener en cuenta en el proceso creativo, seguramente sea algo que me viene de mi experiencia teatral donde hay que aprovechar todo lo que aparece sin estar preparado de antemano si es que sirve para alentar la creación de los actores; así que la aparición de ese libro me hizo pensar en la posibilidad imprevista de encontrar algo que enriqueciera la obra o el montaje y, en consecuencia, me dispuse a leerlo, sin interés, pero obligado por mi marcada superstición teatrera.

Según puedo comprobar en las notas que saqué durante la lectura, la novela tenía 175 páginas y estaba dividida en cinco partes diferenciadas con títulos muy explícitos para cada una de ellas:

Inactivo joven, la primera

Contemplativo, la segunda

El viento de la tarde, la tercera

Madre, la cuarta, y

Mujer con collar, la quinta y última

El argumento es simple –desde mi punto de vista la historia no tiene nada de original, es más, yo diría que obedece literalmente al tópico de redención por el arte–: Ernst Lüdicke es un joven desorientado y perdido entre las ruinas de una ciudad, Dresde, que se encuentra completamente devastada, desconoce el paradero de su familia –solo en la parte cuarta se reencuentra con su madre– y al final se dirige a Frankfurt porque en el reverso de una fotografía de su madre y de su hermana que ha podido salvar de las ruinas está anotada una dirección que corresponde a esa ciudad; la parte más dramática es la tercera, el personaje se ve zarandeado por diversos episodios con las tropas de ocupación y las mafias de las cartillas de racionamiento y en un momento dado se ve obligado a cometer un crimen, lo que le obliga a cambiar su identidad; terminan sus andanzas en el taller de un escultor que ha vuelto de la guerra completamente ciego, quien le guiará por el mundo del arte donde finalmente encontrará su verdadera vocación; el triunfo le llegará con su obra Mujer con collar que rápidamente es aclamada como genuina representación del nuevo arte plástico alemán de posguerra, aunque ligado a este triunfo va aparejado el peligro de ser reconocido en su verdadera identidad de asesino.

Pero como ya he dicho el argumento no tiene poder por sí mismo, la atracción de esta obra, lo que me fascinó de ella, es la mezcla de técnicas que son usadas indistintamente y con maestría por el escritor Beno von Archimboldi:

Inactivo joven, la primera parte, es el diario del protagonista escrito a tiempo real de tal forma que se inicia con la novela en 1947, Ernst tiene en esa época 16 años, y se acaba el mismo día que acaba la novela en 1961 y con 30 años; las elipsis son algo recurrente de tal forma que de algunos años prácticamente no dice nada y en otros se explaya, pero lo más impresionante es que siendo un diario que va paralelo a la narración no anticipa el desenlace de los hechos que se contarán después creando un interés añadido en forma de intriga debido a una ambigüedad muy bien trabajada; Contemplativo está planteado en forma de diálogo, el que mantienen el protagonista y un extraño personaje con el que se encuentra en un refugio derruido, transcurre en una sola noche y es la constatación de la derrota total, no hay edad para el optimismo solo queda dejarse llevar, hay un momento dramático, de una expresividad muy marcada, que es aquel en el que callan sus voces porque el único trozo de pan que les queda se cae al interior de una cloaca e inician una pelea entre ellos rodeados de mierda e inmersos en ella; El viento de la tarde, prácticamente ya lo he contado, hoy en día se llamaría realismo sucio, cuando el autor lo escribió no existía esa acepción; la cuarta, Madre, es quizás la menos conseguida porque la sensibilidad de la narración parece poco creíble y un tanto forzada, quizás está escrito para dotar a la obra de un registro, el sensible, del cual hasta el momento ha carecido; la quinta y última, Mujer con collar, más allá de la intriga que genera es toda una declaración estética acerca de cuál es la relación del Arte con la Realidad -para el artista, ¡inexistente!-, en su escultura ni es reconocible la mujer ni existe el collar, un bloque de granito completamente horadado por multitud de sitios, como si hubiera sido atravesado por disparos hechos a bocajarro, que puede ser observado desde cualquier sitio con el agravante de que al mirar es posible que te encuentres con los ojos de otro espectador si acaso ambos coinciden en los agujeros elegidos para observar; desde el punto de vista del novelista, la realidad vislumbrada es un imposible de acotar porque o bien tiene más de un espectador con el que siempre te encuentras y desvirtúa la observación, aunque miren desde perspectivas distintas, o bien la mirada se pierde entre los agujeros de esa realidad, y, en definitiva, solo cabe la desaparición por los agujeros de esa realidad porque los agujeros son lo único constatable.

He tenido que recuperar estos apuntes para recordar la impresión que me causó la novela, es verdad que no pude seguir leyendo las otras obras que la biblioteca guardaba de este autor –si no recuerdo mal algo más de una docena– porque el montaje era prioritario y yo necesitaba todas las horas, las que tenía y las que no para sacarlo adelante, pero también es cierto que me hice la promesa de que más tarde, cuando dispusiera de tiempo, obligatoriamente, tendría que volver a él; la verdad es que no lo hice, pero eso sí confeccioné un posible orden de lecturas en el cual La Rosa ilimitada iba a ser el siguiente título a abordar.

Pero, de todo lo anterior, yo no podía decir nada ayer. Haberlo hecho sería incurrir en una pedantería excesiva porque nada me permitía demostrar todo lo anterior; cuando ayer mismo me acerqué por la mañana al Instituto Goethe para sacar el libro y poder mostrárselo a mis compañeros de tertulia como si de un trofeo se tratara, no lo encontré, y cuando pregunté al respecto me dijeron que todos los libros de ese autor fueron robados por un chileno llamado Arturo Belano según consta en una denuncia presentada en el año 2003 y cuya copia me mostraron.

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