2666 / AMALFITANO SE EXPLICA / #ROBERTOBOLAÑO


 

 

 

Estimado, Manuel:

Desde que localicé tu blog en una de esas búsquedas inútiles mías a través de internet en las que el sentido y el significado de lo buscado se va diluyendo poco a poco ante la anécdota continua que es este medio, y llegué hasta tu Para qué escribimos ─qué título tan paradójico el elegido, da lo mismo si se contesta o no la pregunta, porque siempre está implícita la paralización de la acción de escribir, si la contestas porque te das cuenta de que es inútil seguir haciéndolo y si no lo haces porque entonces para qué seguir escribiendo si no sabes cuál es el objetivo─ y vi que las obras de Roberto Bolaño eran motivo de comentario en una serie de sesiones sin programa llamadas Tertulia Bolaño, siempre temí que yo saliera a colación; me dirigí a ti en este sentido en mi primer correo, hubiera deseado que saltarais la Parte correspondiente a lo que se supone mi persona en la obra póstuma 2666; me diste razones al respecto, las refuté o creo que las refuté por completo, pero nada ha detenido vuestro deseo de análisis y conocimiento ─el árbol del conocimiento y el árbol de la vida continuamente enfrentados, porque mis razones eran y son razones de vida─, no voy a insistir más, únicamente te pido que, hoy, sustituyas la crónica de la reunión que tienes por costumbre escribir, por esta misiva mía donde me he permitido puntualizar algunas cuestiones relativas a mi relación con el autor y esa Parte de la novela dedicada a mi persona.

Conocí a Roberto Bolaño en Blanes; surgieron problemas en el departamento de Filosofía de la universidad de Ciudad Juárez con la acreditación de los cursos impartidos por mí en la Autónoma de Barcelona; me instaron urgentemente a la verificación compulsada de los mismos porque no quedaba claro mi capacitación para la materia impartida, me imagino que detrás de todo ello estaba la larga mano del rector Guerra, aunque más bien tendría que decir la recién inaugurada enemistad de su hijo Marco Antonio hacia mí, está más que comprobado, quién más veces y de forma más enfatizada te llama ¡Maestro!, aquel te traicionará; Sara, compañera mía en la facultad, me habló de un chileno a quien ella conoció y que vivía en Blanes, de su hospitalidad para con los sudamericanos y de que seguramente accedería a acogerme, yo ya no tenía nada en Cataluña y no me apetecía una estancia solitaria en unos lugares con tanto significado sentimental para mí, además la posibilidad de dormir fuera de Barcelona me convenció totalmente, un paseo nocturno por la ciudad hubiera reventado mis escasas defensas emotivas; le escribí y me contestó rápidamente que sin problema; aproveché que los cursos en México se detenían durante unas semanas, me vino bien esta interrupción, para arreglar el problema administrativo y, también, para alejarme de unos críticos europeos infatuados de colonialismo literario que andaban buscando a Archimboldi un escritor alemán al que yo traduje en su día y que, al parecer, no quería ser descubierto ─a mí esto ya me hubiera bastado para no buscarlo, pero ellos se creían la madre de sus libros o algo por el estilo─, unos críticos petulantes que la universidad me había asignado a modo de extraña tutela; llegué a Blanes un lunes por la tarde, cansado y agotado porque fue sentir el aire o quizá mejor dicho el olor de Barcelona al bajarme del avión que me ganaron los deseos de vomitar y acudieron hasta mí un cúmulo de voces que querían abrirse paso en mi cabeza para hablarme todas a la vez, cogí un taxi, me dirigí a la dirección que me había facilitado Roberto y allí me presenté; me recibió con muestras sinceras de alegría, tenía un aspecto desmejorado que yo atribuí al exceso de trabajo porque durante los tres días que estuve con él y su familia, él, nada dijo acerca de su enfermedad; la verdad es que nos vimos muy poco, los dos primeros días no coincidimos casi, yo marchaba pronto a Barcelona y me pasaba el día en la universidad, el primer día solucionando todo lo relacionado con la parte administrativa y el segundo, con todo ya arreglado, saludando a antiguos compañeros que aún quedaban allí, un trámite o una concesión a la educación porque la distancia y el tiempo habían borrado todo lo que en común pudiéramos tener antes, comí con algunos de ellos y despotricamos de la educación, sea en Cataluña, sea en México o en la Antártida, los males son siempre los mismos y si se trataba de Filosofía todo se agudizaba a peor, luego, volvía cenado, y él estaba trabajando o se había acostado, con su mujer y sus hijos las conversaciones eran educadas e intrascendentes, me parecía algo lógico para alguien que estaba de paso; el último día me levanté tarde, me encontré una nota en la cocina, era de Roberto diciéndome que, si me apetecía desayunar con él, estaría en una de las terrazas de un bar frente a la playa que él me había comentado el día de mi llegada; me pareció bien aunque no sabía muy bien de qué podríamos hablar, temí hablar de escritura, no era un escritor que me gustara en exceso, cuando supe que iba a residir en su casa fui a la biblioteca de la universidad para ver si tenía algo de él entre los fondos y saqué los dos únicos libros que encontré, Monsieur Pain y La literatura nazi en América, empecé por este último porque el título me pareció sugerente, pero su lectura fue todo un acto de coraje, he de decir que más allá de un ejercicio prodigioso de imaginación no pude sacarle nada más, me costó llegar al final porque a partir del cuarto o quinto supuesto me ganó el aburrimiento, y en cuanto al primero de los libros no fui capaz de imaginarme a ese Vallejo, poeta, preso de un ataque de hipo que necesita la asistencia de un hipnotizador herido en guerra que es incapaz de declararse a una mujer más bien artificial, excesivamente imaginativo, sí, pero tanto que resultaba difícil de digerir; algo se me ocurriría, algo para salir del paso con más o menos dignidad y no ser grosero con quien había dado esas muestras de hospitalidad; el mar estaba encrespado, las olas no eran muy altas pero llegaban tan juntas que se enredaban las unas con las otras para convertir la mirada en un mareo de espumas; llegué a la terraza y me saludó, luego me preguntó que qué tal me había ido todo, le dije que muy bien, que ya estaba todo solucionado, tenía mi certificado que es lo que quería y que al día siguiente me iría, aproveché para agradecerle su amabilidad y hablamos de todo un poco hasta que la conversación derivó hacia las desapariciones de mujeres en Ciudad Juárez, parecía tener una información actualizada de la situación, poseía muchos más datos de los que yo pudiera conocer aunque yo viviera allí y él a miles de kilómetros, como si estuviera comunicado de una forma intangible con lo que allí sucedía, después me preguntó si tenía esposa y si no estaba preocupado, le dije que no, que no tenía mujer que la tuve cuando viví en Barcelona pero que se marchó, y él en ese momento se quedó mirándome con esos ojos curiosos que te miraban en forma de pregunta y que te impelían a hablar sin pausa y sin decoro y le conté que Lola desapareció un día, sin venir a cuento, que tenía comportamientos megalómanos en relación con el arte, y que muy bien podría haber marchado tras los pasos de alguien a quien ella considerara el súmmum del artista, que no indagué mucho al respecto, pero lo cierto es que nos abandonó ─a Rosa, nuestra hija, y a mí─, seguramente, en pos de algún Segismundo de tres al cuarto, y, sin darme cuenta, tal y como si él fuera un sicólogo de sillón y libreta, me vi hablando de mi vida a unos ojos inquisidores ante los que me confesaba sin ningún pudor y sin ningún miramiento, y le conté, claro que sí, el miedo a perder a mi hija en una de esas misteriosas desapariciones que me impelen a soñar sueños de terror en los que me sumerjo en piscinas sin escapatoria o en los que unos coches negros van tirando cadáveres de mujeres en el desierto, pero que poco o nada podía hacer porque en todo ello había un poco de destino y de imprevisión telúrica y, de repente, justo en ese momento, interrumpiéndome de forma muy brusca me dijo que cómo ante un problema tan grave y doloroso era capaz de comportarme como un filosofillo dogmático y no como un padre, que si pensaba que no podía hacer algo más y que si no me había bastado con la desaparición estrambótica de mi mujer ─que él, por cierto, no se creía─; que no era posible ese distanciamiento ante la vida y la emoción de vivirla salvo que se tratara de un ser insensible y frío; y entonces en el fragor de la batalla dialéctica yo le dije que él era el menos indicado para reprochar nada a nadie porque lo único que hacía era trasladar la realidad a un papel sin mancharse ni implicarse, que qué era lo que él hacía si se podía saber para solucionar el problema y que, además, desde mi cualificado y entendido punto de vista ─me hice pedante y soberbio a propósito, me olvidé de toda hospitalidad─ sus libros eran una solemne estupidez teñida de abundante y profusa imaginación, nada más que eso; él se quedó callado, miró hacia el mar y después me soltó en la cara: «¡chileno, maricón!»; no dije nada, me levanté, fui a su casa, recogí mi equipaje y cogí un taxi que me llevó hasta el aeropuerto, dormir una noche en uno de sus bancos me pareció mejor opción que seguir más tiempo en Blanes.

Regresé a Ciudad Juárez y no tardé en olvidar el incidente entre chilenos, quizá un chileno sea el peor compañero de otro chileno, volví a mi rutina de clases sin ningún problema, además, felizmente, los críticos se marcharon al poco de llegar yo sin despedirse ni nada, y todo volvió a la normalidad; fue tiempo después cuando me enteré de que Roberto Bolaño había muerto y que era un escritor celebrado por todo lo alto, fue Sara quien me habló de 2666, y quien me dijo algo acerca de un Amalfitano que aparecía en el libro en una ciudad llamada Santa Teresa pero que al parecer era la mismísima Ciudad Juárez, y que muy bien pudiera ser yo; quizás el tono que empleó me tenía que haber dado la clave acerca de lo que iba a leer con posterioridad, pero no lo hice y compré la novela; he de reconocer que me admiró la parte primera de los críticos, yo creo que fue poco lo que le comenté al respecto y él, sin necesidad de tomar ninguna nota, lo recogió y lo amplió ligándolo perfectamente con Archimboldi ─el escritor alemán que yo había traducido─ y me sorprendió halagadoramente verme, en un momento dado, como un personaje más, yo de esto había hablado sucintamente, pero él lo escribió con un detalle admirable; llegué un tanto ansioso a la parte que supuestamente podría ser mía, y la leí de un tirón, llevado de la indignación más que nada, había usado los datos que yo le di y había creado una historia en torno a mi persona extravagante y fuera de toda realidad, o es que crees posible que el episodio de Lola fuera así y que yo me comportara de esa forma, y lo del libro de geometría colgado de la cuerda del tendedero, por favor, hacerme a mí pasar por un Duchamp venido a menos, y la voz de mi abuelo en mi cabeza que luego resulta que no es mi abuelo y se transforma en mi padre, pero lo que colmó mi paciencia fue que me hiciera disertar, como si me interesara, sobre un libro inaudito de Lonko Kilapán acerca de cómo desde Chile se había poblado la Grecia Antigua y la Germania y demás excentricidades impropias de mi persona…

Amigo, Manuel, son razones de vida ─me la jodió el pendejo de Bolaño; después de su libro, a ver quién era el guapo que daba clases con cierto crédito si era capaz de dar pábulo a voces y telepatías araucanas─, mi prestigio se fue al carajo, tuve que dejar la universidad, Sara me veía y se reía a mi cara, los alumnos me asaeteaban con preguntas tendenciosas de todo tipo, que si podían dibujar triángulos o cuadriláteros en los exámenes como resúmenes de filosofía y yo que sé que más disparates; me jubilé de forma anticipada y me fui a vivir a un lugar que no quiero decirte, pero cuya cultura libresca es nula, la fama del tal Bolaño va en aumento de forma incomprensible y, con seguridad, me perseguirá de por vida; lamento que no quisieras tomarme en cuenta y obviar cualquier análisis acerca de esa parte del libro, pero al menos permite que dé mi versión de los hechos.

Ha sido un placer poder intercambiar correos contigo, espero que tengas el valor suficiente como para publicar todo lo expuesto anteriormente que aporta un punto de claridad sobre la escritura de ese tu autor admirado sin que yo aún comprenda el porqué.

Atentamente,

Óscar Amalfitano.

(Notas a la sesión del día 31 de marzo)

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