PALABRAS COMO LÁGRIMAS


I’m Spanish

─I’m from Madrid

─I’m 30

La clase caminaba directa hacia una clonación de sí misma en las voces corales de los alumnos repitiendo frases una y otra vez, en unos con cara de esfuerzo incomprendido, y en otros, por el contrario, con un rostro que parecía decir que sabían mucho más que cuando habían entrado en el aula una hora antes. La lengua inglesa se había apoderado de la estancia en la misma medida que Stephen vocalizaba teatralmente la pronunciación continua del verbo ovejero to be. Bises incesantes. Estribillos cansinos. El desaliento derivado de la inutilidad le llevó hacia la tecnología enlatada, todo más fácil, todo más llevadero, un vídeo programado, y el vídeo, solución ejemplar, mansamente, llevó a los alumnos hasta la boca perfecta de un inglés perfecto. Nadie sabía nada salvo que era español, que vivía en Madrid y que tenía los años suficientes como para entender que el inglés como lengua era puro colonialismo.

Stephen se acercó hasta la ventana como si tras ella hubiera algo por entender, miraba la calle Vergara como el que estudia un resto arqueológico, edad, huellas significativas, sedimentos añadidos, tipo de sociedad, uso y función. Nada. Un silencio otoñal despreocupado estaba regando sus aceras y la calle no entendía por qué tendría que responder. Un poco más allá, jardines cuadriculados de palacio, el mismo silencio, pero este naciendo en la mirada pétrea de eminentes godos, bestias pardas, representantes de una fuerza bruta que nos invadió y se repite siglo a siglo porque algo quedó en el gen, más muertos que vivos, procedentes todos de mi memoria infantil, Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico I, Turismundo…

My name is

My name is

My name is

El vídeo, prodigio de la tecnología, se acababa de rallar a base de rayas imperceptibles pero reales, las voces eran nombres y los nombres de tanto repetirlos no aportaban nada. Botón, rewind play, maravillas de la lengua, el inglés desplegando su arrogancia y su preeminencia una y otra vez.

I’m tired

I’m angry

Torre Martello. Capítulo primero del libro de Stephen y no del que escribió Joyce. Mulligan preparándose para ir en busca de la noche como el que va en busca del tiempo perdido, su gabán amplio de segunda mano y su bombín fuera de época le darán ese aspecto extravagante que él pretende, Dublín a sus pies por la apariencia terminará totalmente entregado a su elocuencia. Pero él no está allí. ¿Por qué me fui? La opresión en el pecho es razón médica nada más, la angustia que nace de la mediocridad que te rodea, razón existencial, y el hastío ante el fanatismo y la incultura, religión más estulticia, simple aprensión de espíritus débiles. Las sombras de la calle seguían mudas, pero qué se podía esperar de las sombras. Nada. La ventana le otorgó más posibilidades a su pensamiento, irse, caminar, volar, sorprender, atender, descubrir, detenerse, caer. Y cayó. La geografía de una ciudad se puede resumir en cuatro o cinco postales, y en una de ellas detuvo su mirada, la casa-no vivienda de los borbones generados en Francia, degenerados en Madrid, versión ilustrada, breve, vía Italia, un piso de cientos de habitaciones que miran al todo Madrid, jardines aristócratas de Sabattini, plaza diplomática de la armería, campo del moro en patera, carabancheles que fueron obreros y la ópera que no opera nada, otra vez los nombres, Felipe, Carlos, Fernando, Alfonso e Isabel, repetición hereditaria de la tara promiscua y de la inutilidad, mi profesor de historia me puso un diez y el peso de mi familia republicana cayó sobre mi cabeza imberbe como si hubiera cometido un delito culposo.

Cuántas historias encierra un cristal, Stephen respiraba vaho y el cristal le devolvía manchas. Su historia. No pude aguantar más, Irlanda se me caía de la boca como un idioma que te traiciona porque no te aporta nuevas palabras. san patricio san columbano santa brígida de kildare san lorenzo o’toole. La tradición sobre los hombros como una coraza que no quieres y te obliga a ir recto, eso es el bien, y malvado de ti si abominas de ella, algún arcángel acudirá, los hay de todo tipo, justos, protectores, resucitados y vengadores, generales de un ejército antiguo entregado a la noche y al mensaje cuando menos te lo esperas. Un escalofrío sin frío puede resumirlo todo. La calle Vergara se va con espartero, el general, y dice que no quiere ser carlista, allí, al fondo, la escuela de música la reclama, tiempo de zarzuela, tachán y tachán.

Se apartó de la ventana porque ella, sin venir a cuento, se refugió en un silencio liso y translúcido y a él no le quedó otra que pasear su figura de magister cum laude entre sus discipulus sine laude, ¿corregir su errada dicción o no corregirla?, si se tratara de gaélico, seguro que sí, pero ¡el inglés!, Shakespeare, siempre atento, le envía un mensaje de bruja escocesa acechando un primer acto, él se arrepiente, los mira con detenimiento y les pide que escuchen el inglés perfecto porque ellos son imperfectos y ese es el verdadero camino hacia las alturas, y ahí está la verdadera aspiración, y porque, en definitiva, ahí se encuentra la trascendencia de un idioma, en su pronunciación, angry hungry ham hang, gesticula, coloca los labios tal y como las vocales demandan y las consonantes prefieren, los alumnos imitan a los monos y se rascan la lengua sobre el sobaco si acaso llegaran hasta él. Desiste. Lo ha intentado como intentó ser irlandés en Irlanda hasta que se convenció de que tenía que salir cuanto antes porque la metafísica del Atlántico Norte le estaba llenando de brumas y necesitaba la calidez de un sol que alimentara su tendencia natural hacia la claridad que sabe que anida entre los luminosos gusanos de su cabeza, le gustaban más lo epítetos clásicos que los adjetivos con tendencia a la grandilocuencia, Homero más que la otan. ¿Es la repetición de la Historia?, ¿llegará el fascismo que todo lo fusila y todo lo gasea?, ¿estamos ya en él? Aquí tampoco ha encontrado su luminosa luz, tendría que irse de nuevo, pero dónde va un espíritu tan mal avenido con su tiempo como él, qué lugar puede acoger la insatisfacción y el asco. isabel dos palitos se rodeó de  tantos amantes que los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo, acuarelaron 89 veces su depravación antes de que se inventaran las revistas de viñetas y sátira dibujada, alfonso trece palitos creó un marquesado específico, el de la bastardía para adjudicárselo a perpetuidad, juan carlos un palito, bribón que surca las aguas, mujer a proa, mujer a popa, la moral es palabra para la plebe nada más. Misas con entrada bajo palio la debilidad de los tiranos. Stephen suda hastío de calefacción y radiador de agua caliente, la clase reclama su atención, ahí va, queridos alumnos un último ejercicio que nos sirva para ser sin estar, versión larga:

I am, You are, He / She / it is, We are, You are, They are

O version más corta, para andar por casa desnudo y sin reparar en más, como prefiráis, en el elegir está el libre albedrío escondido:

 I’m, You’re, He’s / She’s / it’s, We’re, You’re, They¡re

Stephen finaliza la clase sabiendo que solo el lenguaje le salva de sí mismo en la misma medida que lo condena a un uso vulgar y devaluado para hacerse entender, infierno hell, Wilde, Shaw, Joyce, Beckett, yo soy, tú eres, él ¿es?, las palabras como lágrimas desprendidas de una lámpara que aportan claridad a su oscura soledad, las acaricia con cuidado, las frota aladinescamente, las exprime zumo desayuno y café, las inventa mago contratado fiesta para infantes, las insufla Prometeo condenado y, como siempre, las instala en su cabeza por si encuentran algún pensamiento donde establecerse.

Apaga la luz, cierra la puerta, camina por el pasillo, persigue ecos. Como todos.

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 17 de noviembre de 2016)

 

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