VIENTO DEL ARENAL


 

Potencias del alma. Memoria. Entendimiento. Voluntad. Si recuerdo lo que sé quiero lo que deseo. Adiós escuela, adiós lenguaje, adiós repetición. Los rostros de los alumnos terminan por deprimirme en la misma medida que los compadezco porque los comprendo. Aristóteles camina por las calles empedradas de Atenas, el Liceo se recorta contra las murallas. Peripatos peripatos peripatos. Teofrasto, Estratón y Licón. El vino de Lesbos es más agradable que el de Rodas. El lavador de paños, ese será el elegido, elocuencia y elegancia en el lenguaje, el tercero de entre ellos acabará con todo, la causa eficiente se perderá. Hay gente por todos los lados, la calle Arenal hormiguea sus adoquines con su presencia continua, dónde estará el hormiguero, ¿línea 1, 2 o 3?, de dónde saldrán. Se han impuesto las comidas fraternales de cordero asado fraternalmente, cebolla acaramelada fraternal y delicias de la tierra aún más fraternales si cabe, rencillas e intrigas, olvidadas para la ocasión, pongamos rumbo hacia la ternura y el cariño gratuito, el año se acaba, otro nuevo y distinto vendrá, muac muac. La mañana del día 24 de diciembre mi madre se levantaba pronto, muy pronto, sobre las 5.30, colocaba el hule de plástico sobre la mesa del comedor e iba poniendo encima bandejas variadas, polvorones, mazapán, turrón del duro, del blando, guirlache, mantecados, alfajores y aquella fruta escarchada que todos los años sobraba pero que todos los años se compraba, dos o tres botellas de anís dulce, vasos como dedales para nosotros y medianos para el resto, café a discreción, y a esperar; a eso de las 6 y cuarto llegaban mis tíos, primas y primos incluidos, caras de sueño y besos repartidos, luego, poco a poco, nuestros vecinos con sus hijos, tirón cariñoso de pelo incluido, y más tarde los empleados de mi padre, colleja con más o menos efusión, y mi padre a mi madre, saca más sillas y más botellas que no hay para todos, a los niños unas palomitas de anís que así aprenden, barullo de pequeños y ruido de mayores, bandejas vacías y voces que van subiendo el tono a medida que los grados de alcohol atizan el alambique del riego sanguíneo, y la lotería que ná, y que seguimos siendo pobres, y este año, ¡cabrito!, la casa por la ventana, y tú ten cuidado con las curdas que los andamios se mueven, y a mí que más me da, total, esto no es vivir, y nuevos besos, y nuevos tirones de pelo y nuevas collejas, estas con más intención, son casi las 9, hay que acabar que llegamos tarde a trabajar o al siguiente bar o a la siguiente casa donde habite Baco y donde los geranios se rieguen con chinchón, del mono, castellana o mariebrizard. Alguien me empuja, un peripatético despistado de belenes y pastores acudiendo hacia el portal de portero automático y vaca con ordeño industrializado, sí, suba, usted, por ahí, Hileras hacia arriba y al poco encontrará la plaza más Mayor, luces y sonrisas a punto de una depresión cíclica y repetida. Madrid es un pueblo irlandés grande donde se guarda una proporción exacta entre iglesias y bares, curas y borrachos, homilías y aceitunas de aperitivo, una ciudad de ira contenida y apariencia formal, lo que no eres eso es lo que tiene que parecer, un poco de museo y colas serpentinas de visitas instructivas, desaparecieron los cafés con suizos y las tabernas de chatos, llegaron los bancos automáticos, el vermut en franquicia y las tiendas de moda de usar y tirar, en algunos callejones el éxtasis y el diseño te actualizan lo posible sin que te muevas del sitio, porteros ineluctables bajo pórticos sin liceo dispensan el derecho de admisión como si sus puertas dieran acceso directo al cielo, al infierno o juntos a los dos. Un extranjero en tu propia ciudad, un extranjero en el mundo. Sin murallas, sin fosos, sin pontones, ¡sin salida! La realidad convertida en una manzana mordida, la carne de ternera avileña saboreada en una app aplicación aplicativa aplicada y la soledad de un irlandés animista que entabla conversación con los objetos, los animales y los árboles. Tasa de alcohol en sangre por debajo de 0.3 gramos por litro en sangre y 0.15 miligramos por litro en aire expirado, usted no puede caminar por la calle, está lúcido, racionalmente es un peligro para la población, no le ponemos multa, pero métase en el primer bar que encuentre y hágase el favor de aumentar la tasa que si no terminará por pensar. Mi madre recogía todo como si el destino la hubiera colocado allí solo para eso, y contra el destino no era posible comentario alguno que hacer, solo una queja, la ensalada con escarola, en esta época no hay lechuga y, anda, cállate ya. El destino no lleva una bata de cola, tampoco sotana, guerrera militar o traje gris de pelo cortado al uno y acciones de gomina capilar, no, el destino está apostado en las esquinas, tendido en las aceras y respirando el vaho que sale de las alcantarillas porque el aire cuanto más enrarecido, mejor. Tengo que hablar con Bloom, me acercaré hasta su casa. Sé lo que sé, lo que he aprendido y se me ha olvidado, lo que aprendo y no entiendo y lo que no quiero aprender porque no merece la pena aprender. Cuánto tiempo llevo aquí, cuánto tiempo se puede aguantar en el mismo sitio sin cambiar. El saber no te garantiza una buena decisión, ni siquiera te facilita que la tomes. Cantaban todos. A la mesa, unas treinta personas, la cena de la noche buena estaba abierta a todo el que nos conociera, en realidad, que conociera a mi padre, los gremios, todos, representados a su alrededor, albañiles, escayolistas, soladores, carpinteros, ferrallistas, fontaneros, electricistas, cada silla era un oficio y cada vaso un trago distinto, las cajas de sidra las subían los aprendices y el vino los oficiales, el maestro, mi padre, ceremoniaba el reparto de alcoholes con justicia y, sotto voce, entre todos jugaban a recordar la última bandera, aquella en la que alguno perdió la vergüenza y terminó desnudo en Guadalajara sin que se sepa todavía cómo ocurrió. Tendría que ir por las cavas, de san miguel a la baja y de allí hasta la alta, Leopold y Molly abrazados en su sillón, abrazados al abrazo de un no te quiero pero no quiero quedarme solo-sola, porque entonces qué haría yo. Un abrazo recurrente, pero acaso no es eso la vida, algo recurrente. No lo sabe, como tampoco sabe qué hacer, porque es más lo que desconocemos, mucho más. Era un fontanero, un buen fontanero, de los de caja de cuero a la espalda y soldador de gasolina en la mano derecha, llevaba la tristeza guardada entre el plomo y el estaño, por eso soldaba tan bien, un atranco continuo de bajadas obturadas por un desengaño de amores muy antiguo y una terraja de media pulgada enroscada en los finales de los nervios templando su lengua para que no dijera nada, pero aquel día tomó una decisión que se demostró errónea, cambió de destino, dejó valdepeñas que siempre había sido el suyo y se fue hasta la rioja por descubrir la vida en el sabor, se levantó tieso y mudo como una botella vacía y se fue hasta el váter, se encerró, nadie se hubiera dado cuenta pero en una noche de fiesta si hay un sitio necesario ese es el váter, tardaba, alguien dijo, se ha subido a la ventana, se quiere tirar, los niños a la terraza, las mujeres que hablen con él y los hombres a beber, mi padre, sabiduría en mano dijo, ¡dadle una copa de coñac!, y ahí acabó todo porque si alguien tarda en conocer de cerca el paraíso ya no lo conocerá hasta que el paraíso llegue hasta él, cuando salió solo dijo que saber para no comprender era una inutilidad, cállate y no digas gilipolleces, vente para acá, todos los fontaneros acabáis igual, vomitar la vida suele ayudar a vivirla, el suelo era una piscina agria. Se ha levantado viento, la lluvia es tan sesgada como sus pensamientos, viento del arenal, no voy a tu casa Leopold, lo he decidido, no sirvo para enseñar inglés a quien no sabe hablar castellano, no sirvo para enseñar inglés porque ni siquiera sé pensarlo, y se emboza en la capucha de su chaqueta polar impermeable porque ha tomado una decisión definitiva, ha desplegado su voluntad en busca de un deseo, voy a escribir, Leopold, voy a escribir todo lo que ocurre en dieciocho horas de la vida de un ser anodino en una ciudad anodina y esa será mi anodina tarea durante los próximos años, es mi voluntad entregada a la representación de mi mundo, eso sí, mándame la liquidación a mi dirección de París, sabes cuál es, nos veremos, estoy seguro, un beso para los dos.

El viento arrecia y una bolsa de plástico carente de voluntad viene a chocar contra él, se le pega por completo, le tapa la cara y le hace trastabillar, la gente se ríe y se ríe, y él los oye reírse de él, los oye, los oye…

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 15 de diciembre de 2016)

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