FRATRICIDIO


 

El paisaje ha desaparecido. Para alguien perspicaz quizá, todavía, sean visibles unas lomas silueteadas o algunos relieves en el horizonte. Pero no mucho más. Secuelas de tiempos anodinos y repetitivos, agotan los lugares y los espacios.

Esta es una historia de buenos y de malos. El bueno es A y el malo es B. Que quede claro desde el principio quién es quién en esta historia. No nos llamemos a engaño.

A prepara el cuchillo. Gesto concentrado. Los labios alineados, la cara escorada. No corren buenos tiempos para las intenciones. Torcidas. Aviesas. Su mirada se funde con el filo. Lo ha sacado de una caja de cartón oculta en un cuarto oscuro que hace las veces de desván para ocultar todo aquello que hay que mantener en perfecto estado de revista. Objetos con un valor añadido. Pasa el dedo por el filo. Esboza una sonrisa de placer. Se reencuentra con el pasado. Podría cortarse la piel con suma facilidad, un corte fino por donde dejar que la sangre fluya roja y caliente. No es el caso. Hoy el cuchillo tiene un destinatario claro, B.

Recordemos que B es el malo.

I, se ha asomado al balcón de su casa. Vive justo enfrente de A. Se ríe abiertamente, quién sabe, puede que sea feliz. En otras casas de la calle donde vive A se perciben otros rostros pegados a los cristales, son los de N, F y M. Esperan. Esperan. Esperan.

Más allá de los rostros, de las ventanas, de las casas, de los portales de las casas, solo viandantes puntuales y un silencio de ciudad. Son las seis de la mañana. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Hay que ver la seguridad que da tener un cuchillo agazapado entre la vestimenta, piensa A. Siente la fina punta en su muslo derecho. No es zurdo. Lo ha dejado allí donde su mano decidida lo pueda asir con rapidez. La seguridad nace del control y el control va ligado a la precisión. B, mientras tanto, respira el aire dulce y tranquilo del interior de su casa, se mira en el espejo, no percibe ningún rasgo de singularidad, se siente uno más. Satisfecho. Día normal. Día de esperanza.

B sale de su casa puntual. Ha oído en su cabeza las seis campanadas de alerta. Le espera el autobús de las seis y cuarto. Doscientos metros, más o menos, hasta la marquesina. Línea 31. Trayecto: Arrabal-Centro. Frecuencia: Diez minutos. Como todas las mañanas se despide temporalmente de su mundo. Alegre. Confiado. Lo que le espera es imperfecto y, a veces, injusto, pero, entre todos, se puede ir mejorando. Lucha decidido por ello. Por qué, no. Luego, cuando vuelva, besará a su mujer y a sus hijos, feliz por el reencuentro. Es un malvado.

A, escondido en el anonimato oscuro de su portal, escucha el ruido seco de unas pisadas. B está llegando. A se prepara. La mano busca el instrumento. Se aferra a la empuñadura porque allí encuentra la decisión. Le escuecen los ojos. El corazón es un músculo al servicio de una intención. Se siente ángel portador de llama purificadora, adalid de la venganza. Iluminado en su oscuridad. Uno. Dos. Tres. Ya queda poco. Deja que su mirada se alce sobre su cabeza y observa: N se ha separado del cristal, le saluda con el brazo y la mano extendida tal y como si perteneciera a una de esas legiones asesinas que cayeron dentro del saco podrido de la Historia del siglo XX. F le guiña un ojo tuerto, parcheado de violencia. M grita puñetazos al aire y consignas de saliva fanática tras un cristal imperturbable.

B está tan cerca que A oye su respiración y el roce que produce la gabardina sobre su cuerpo. A sale bruscamente a su encuentro y se coloca justo enfrente de él, quiere ser visto, fugazmente, lo justo para que la mirada del otro se paralice y sus ojos no piensen, que solo sientan la inminencia de lo inevitable y proyecten el desconcierto de la incertidumbre. Llegó el tiempo del acuchillamiento. Una y otra vez. Perforando su carne hasta que el cuerpo caiga sin fuerzas. Profesional ensañamiento. Le brillan los ojos, la boca se le ha torcido totalmente por el esfuerzo. Contempla cómo la sangre de B, un reguero, tiñe la acera, ahora, gris y roja. Su cuerpo, el de B, ha caído desmadejado hasta el suelo. Su rostro exangüe parece preguntarse qué ha ocurrido y por qué.

En el mismo momento en el que A suelta el cuchillo y lo deja caer al suelo se oyen los vítores de sus aliados vecinos. Aplauden y gritan. Gritan y aplauden. La sangre y la muerte:

–¡Nunca nos fuimos! ─gritan al unísono.

Hay otros que callan. Los que se niegan a mirar, los pusilánimes, y los que se niegan a denunciar y combatir, los cobardes y resignados.

–¡Hecho está! –dice A.

La policía no aparece, está buscando nuevos malos.

 

 

 

 

2 Respuestas a “FRATRICIDIO

  1. Joaquín Pérez

    Efectivamente nunca se han ido, sólo se disfrazaron un tiempo. Un placer leerte.

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