LA CONDENA


 

Lo mejor de todo es que las casas vinieran sin ventanas. Me asomo y me asomo. Contemplo cómo por allá, a lo lejos, se forma un remolino tras otro y cómo los pasos no dejan sobre el pavimento huella alguna.

Estoy condenado. Me digo a mí mismo.

Y yo no quiero estar condenado. Pero la ventana es un hueco en mi mente. Se abre hacia el mundo sin ningún decoro. Bascula sus batientes sobre mi curiosidad y me reclama de nuevo. Un carrusel. En algún momento de la mañana alguien se incluye dentro de su perspectiva óptica. Toda figura es una posibilidad de vida. Y yo no puedo evitarlo. Y fijo su masa anónima en mi retina. Y la persigo en su movilidad. Y desearía que se mantuviera dentro de los bordes blancos de aluminio. Y aguanto el miedo a lo que se produce fuera.

(Pero estoy condenado.)

Y despejo incógnitas. Y sueño que todavía es posible que las figuras adquieran vida propia en la contemplación. Y sueño que sueño. Y me miro a mí mismo. Y llego siempre a la misma conclusión:

Sería mejor que las casas fueran herméticamente invisibles a la realidad.

Sin ventanas.

Una respuesta a “LA CONDENA

  1. Estamos infinitamente condenados, pero las ventanas me gustan.

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