UN PASEO


 

La hora en la que salió de casa no queda muy clara. Ni ella miró el reloj ni los otros relojes estaban sincronizados para ello. Se había puesto el vestido rojo. Ajustado, brazos al descubierto, cuello de barco, los zapatos bajos y un adorno de madera, multicolor, prendido en el pelo, justo encima de la oreja izquierda. Improvisado.

El portal. La calle. La acera. El parque.

A la sombra, algo de fresco, al sol, más bien calor.

Un sendero indefinido recibe su vagar difuso. No hacen falta grandes motivos para despacharse a gusto con un recorrido cualquiera. Acacias y castaños de Indias murmuran distintos sonidos, reflejo de sus diferentes hojas. El aire se cuela silbando, los rayos del sol intercalan claridades como si fueran escamas de luz, algún resto de conversación inacabada circula flotando a su alrededor y, al fondo, un ruido de lejanos coches que vuelan a ras de suelo. No está mal. Mejor que quedarse en casa. La naturaleza domeñada por el paisajista se revela en sus múltiples voces y en sus diversas facetas.

Sus muslos rozan entre sí. La piel siempre busca diálogos con otra piel. Su boca espesa saliva. Podríamos pensar que le faltan aportes húmedos, pero eso sería mucho pensar. No habla con nadie. Un lilo le tiende una rama y ella lo acaricia con displicencia. Una hilera de aligustres se recortan tímidos a su paso y ella los obvia. Una pradera de enredaderas retozonas chasquea su presencia a modo de invitación. Ella. Imperturbable.

Ha llegado a una plaza o rotonda donde desembocan varios de los caminos del parque. Cuatro bancos vacíos, una fuente seca en el centro, unas cuantas palomas disputándose algo de comida y una fila interminable de hormigas mostrando lo útil de la servidumbre ciega. Uno de los bancos se encuentra al sol. Se sienta en él. Cruza las piernas. Se pasa el dedo por los labios como si los sentidos nacieran ahí, justo ahí. ¿Cómo se llamaba él? No logra recordar. El nombre garantiza la identidad. Recuerda perfectamente sus dedos, largos y articulados como los de un autómata. Recuerda, también, su mentón prominente. Y recuerda sus continuos pellizcos acompañados de una risa histérica que no sabe por qué, al principio, le gustaron tanto. Pero ¿y su nombre?

Coloca el pie sobre el sendero por el que las hormigas caminan anónimas. Por un instante se descolocan y parecen no saber qué hacer. Todo es breve. Y, como si estuvieran conectadas a un centro de mando invisible a nuestros ojos, deciden unánimemente rodear su pie y su zapato, a la vez y por el mismo lado. Cómo serán capaces de hacer sin ser, o es que acaso para hacer hay que dejar de ser. ¿Empezaba por J?

Descruza las piernas. Recuerda su sexo fuerte, su deseo ardiente, su predisposición continua a penetrarla. Sus nalgas están calientes, la madera bañada por el sol le ha trasladado su calentura. Nota la costura de las bragas. Se remueve. Las hormigas, a lo suyo, las palomas, también. Instinto y teleología.

Era un nombre compuesto. El primero empezaba por J y el segundo pudiera ser por B. Sobre la alfombra, en una silla, contra la pared, en el suelo, tumbada, de pie, agachada, de lado, elevada. Techo, espejo, ojos, piel. Sus dedos como pies de gaviota dejando huellas sobre mi piel de arena, piensa-dice. Almizcle y sal. Semen y sudor.

Se levanta. Se descalza. Quiere sentir la tierra y quiere sentir el contacto de la tierra en sus pies. Solo la piel.

Camina con decisión.

No tenía nombre. Está completamente segura. Ningún nombre.

 

 

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