CONFIANZA EN LA HUMANIDAD


 

Luego vino aquello del niño aquel. Se le caía todo de las manos. Llevaba una bolsa de plástico que dejó tendida a sus pies. Una bolsa ajada, sucia. Viajaba con su hermano mayor. Todo el vagón del metro se fijó en ellos. Él sacaba juguetes y objetos de la bolsa, los manipulaba, indefectiblemente, se le caían. Los ocupantes callábamos. Estación tras estación. Su hermano le suplicaba que parara ya, pero él no le hacía caso. Directos al suelo. A los pies de una pareja. Debajo de un asiento ocupado. Entre los bolsos y las maletas. Y se levantaba para recuperarlos y según los cogía, a veces, se le volvían a caer. Y retirábamos los pies para que no chocara. Y nos removíamos en los asientos. Pero no podíamos hacer nada. Y él no paraba. Iniciaba manipulaciones de forma continua. La bolsa parecía inagotable en su contenido. Un extraño módulo blanco con aspas verdes. Una construcción intercambiable en sus partes. Un puzle en tres dimensiones, endiabladamente complicado. La gente no quería ver, no quería mirar, cualquier lugar era preferible antes que posar los ojos en los dos hermanos. Varias piezas del puzle escaparon a su control repartiéndose a capricho por el suelo. Alguien gritó. Un solo grito. No hicimos caso, estábamos ocupados conteniendo nuestros nervios. Sufríamos. Las recuperó, lo abandonó. No había descanso. Un cubo de rubik apareció entonces. Confiamos en su colorido. Un giro, dos giros, y al suelo. No rodaba. Saltaba sobre sus aristas y rebotaba sobre el suelo negro del vagón. Lo recogió. Más manipulación. Una línea de azules. Otra. Al suelo. Alguien empezó a gemir. Era como si el tren no se moviera. Pero eso es tan relativo. También estaban los que se mesaban los cabellos. Ah, y los dos ancianos que lloraban quedamente. La cara correspondiente a los azules ya estaba terminada. Miró a su hermano. Se sonrieron. Empezó el lado rojo. Y, cómo no, se le escapó. Y, cómo no, se le cayó. Y en el suelo vimos el prisma de colores detenido. Quizá como el tiempo. Corrían los segundos. Y su hermano intentaba retenerlo en el asiento diciéndole que se estuviera quieto, que permaneciera sentado, que, algunas veces, las cosas son así y así hay que dejarlas. Seguían los segundos su marcha, implacables.

Alguien se levantó y pisoteó el cubo. Lo pisoteó como si fuera un bicho repugnante que estuviera a punto de agredir a la humanidad al completo. Punta-tacón, punta-tacón. Lo destrozó.

Y el niño miró a su hermano. Y su hermano le respondió con otra mirada. Cosas de hermanos.

Pero la gente es la gente. Aplaudían. Reían como locos. Delirantes gritaban de supuesto alborozo.

Y entre tanta algarabía, el niño que ya no manipulaba nada vino a caer al suelo. Y coincidió que el tren se detuvo, una voz grabada dijo que habíamos llegado. Y todo el mundo se dispuso a salir. Con urgencia. Y todo el mundo salió. Punta-tacón. Punta-tacón.

Quizá fuera sin saña. Quizá.

Luego, como no podía ser menos, se cerraron las puertas, el metro empezó a moverse lentamente y proseguimos el viaje hasta introducirnos en el túnel. Ese túnel del que veníamos, del que salíamos.

 

 

 

Una respuesta a “CONFIANZA EN LA HUMANIDAD

  1. #Animalidad, sin duda. No es difícil estar en ese tren, de hecho en algún momento todos vamos en ese tren con el peso de la incertidumbre ante un escena así, con el temor de vivir algo que preferiríamos evitar. Alguna vez, alguna escena nos reconcilia con esa humanidad. Alguna vez. Gracias por compartir.

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