DISTORSIÓN


 

Ante mis ojos.

La mañana. Se alza roja como una cereza que se hubiera apoderado del cielo, de la ciudad y del paisaje. Llora sangre. Los edificios amenazan, los monumentos alardean, las calles se repliegan. Impresiones que capturo desde mi estratégica posición tras la ventana. Entregado a la inactividad, seguro. O a la contemplación, seguro. O a la soledad, seguro.

Si fuera un transeúnte.

Caminaría por caminar. Me centraría en un punto de partida. Por ejemplo, el portal de casa. Y en un momento exacto. Por ejemplo, en el instante de salir. Y justo encima del escalón de mármol blanco que separa el portal de la acera. Tropiezo con el vecino del quinto. No lo recordaba así. Su rostro alargado como una mazorca de maíz. Serio y concentrado. Ausente. Cuando fue presidente de la comunidad desarrolló una especial inquina contra mí. Ejercicio arbitrario del poder. Silencios permisivos y ausencias inexplicables, dijo de mí en una asamblea. Por qué somos así. Incapacitados para encontrarnos en el otro. Es una opinión. Y me tiende la mano. Porque ya lo hacía cuando quiso echarme. Y la costumbre se ha convertido en ley dentro de su cabeza. Ha pasado el tiempo. Soy incapaz de estrecharla. Rechazo estético. Sus dedos son más largos de lo normal, se prolongan de una forma extraña, como si intentaran algo que se me escapa. Indefinible. Inquietante. No, no puedo hacerlo. Los huesos, marcados y prominentes. La carne ha cedido, solo la piel por encima, tal cual un papel envolvente, un celofán sin vida. No le gusta. No lo entiende. No es rencor por mi parte. Puedo asegurarlo. Pero no puedo hacerlo. Las venas de su cuello se dilatan de tal manera que veo sus latidos reflejados. ¿Se puede romper una vena por la cólera y por la ira? En estos tiempos que vivimos, seguro que sí.

Me alejaría con rapidez.

Un autobús en el horizonte. Un manchón azul que se eleva sobre el rojo matinal creando una franja frontal pálida y transparente.

Llegaría. Se detendría.

Y subo. Y saco mi abono. Se lo paso directamente al conductor-cobrador. Me lo devuelve. Perdón, señor conductor-cobrador, lo ha taladrado. Lo ha inutilizado. Lo miro con incredulidad. Pero no contesta. Se ríe, el conductor-cobrador se ríe. Los pasajeros hacen un coro perfecto. Imitan una tragedia griega. Por qué. Con qué parte del destino he de enfrentarme continuamente para forjar mi personalidad. No lo entiendo. ¿Se me habrá hinchado una vena como a mi vecino? No, seguro que no. Hace tiempo que llegué a un pacto con mis emociones, ellas se olvidan de mí y yo no las llamo nunca. Pero esto es pura teoría. El escarnio al que se me somete, no. No se dan cuenta. Nadie se da cuenta. Todo deja su poso de dolor y de frustración. La crueldad de los pequeños detalles. Qué hacer. Si me quedo, seré el hazmerreír, si me voy, no podré mirarme en un espejo durante mucho tiempo. Incluso. Podría darse el caso de que no pudiera ni nombrarme. Y eso es complejo, muy complejo. Nuestra última posibilidad siempre es el nombre, después de todo solo nos queda el nombre, incluso, después de la muerte, solo nos queda el nombre.

Me bajaría.

A toda prisa. Sin pensarlo. Olvidándome de todo futuro. Solo el presente es realidad. Es lo mejor. Ya está hecho. Pero rápidamente me doy cuenta de que no ha sido un buen momento para hacerlo. La mañana ha avanzado. El rojo se ha desvanecido. Todo en derredor se deforma por completo. Los jardines se vuelven imposibles de transitar, se cierran de verjas que los protegen de sí mismos, de ese crecer y crecer que termina por ahogarlos entre raíces descomunales y ramas desproporcionadas. Los semáforos se apagan presos de un daltonismo feroz. Los neones titilan como si fueran un decorado de película de serie B. No me encuentro a gusto. Hay en las ciudades una oculta capacidad para demostrarte que no eres nadie, una nimiedad. Es una sensación inexplicable que te habla de peligros latentes, algo que te dice que no importas mucho, que puedes ser devorado en cualquier instante.

Avanzaría por una avenida grande y amplia.

Qué remedio. Dónde estoy. Si tuviera un teléfono móvil. Qué contaría. Lo que veo no es lo que quiero ver. A quién. Buzón de voz. En espera. ¿Volviendo a casa? No es seguro, queda por demostrar. La estatua del Libertador Único me sirve de referencia. Un Libertador es un gran hombre. Por definición. Un militar. Un héroe. Alguien aclamado. Por qué le cagarán tanto las palomas. La cabeza. La cara. Los hombros. Quizá fue un hijo de puta y solo las aves, con sus poderes adivinatorios, lo saben. La Historia dice lo contrario o no dice nada. Para qué sirve la Historia si se escribe desde la parcialidad o desde la mentira. Me quedo mirando durante un tiempo. Pero no puedo más, el cuello me avisa, mis cervicales están gritando, en fin, dejo el asunto de la contemplación a la colombofilia. Me gustan esas disciplinas que poseen el glamour de la Edad Media, como la cetrería y los libros de horas. No sé, tengo la impresión de que he estado algo cruel con un asunto tan delicado. Puedo herir susceptibilidades. Honor, patria, heroísmo. Vaya temas. ¡Vaya palabras! Injertadas directamente en el a-de-ene de la grandeza histórica. La que se fue. Nunca existió. Palabrería fácil. Hueca. Para henchir banderas y estupidez. Al unísono. Caca, culo, pedo, mierda. Escatología. Patria. Coprología.

Me sentaría en un banco.

La ciudadanía se demuestra haciendo un uso racional del mobiliario urbano. Para compartir. Está un poco sucio, pero después del asunto de la estatua del prócer de la patria no voy a poner más reparos. La madera tiene un mantenimiento complicado. Lijar. Pulir. Barnizar. Más lijar. Más pulir. Y más barnizar. Se acabó la cuestión. Constato. No hay vistas. Solo un plástico enorme que baja desde la terraza de un edificio y cubre toda la fachada. Reformas y Estilo. Letras en negro sobre fondo blanco. No lo entiendo. No sé qué sustantiva qué o qué adjetiva qué. Cómo relacionarlas. Lo pienso. Me doy mi tiempo. Las cuestiones lingüísticas son de una complejidad exagerada. Demasiado tiempo. He tardado mucho. Alguien se ha sentado a mi lado. Es lo que tiene pensar, propicia los acontecimientos. Con tal de que no sea alguien que quiera perpetuarse en la palabra a través de un diálogo insustancial y repleto de opiniones gratuitas. Es una mujer joven. Primera contradicción: Por qué una mujer joven se sentaría en un banco sucio y sin vistas. Me confunde. Pero no me voy. Segunda contradicción: Por qué… Perdón, me dice ella, interrumpiendo mi enumeración de contradicciones, llevo toda la mañana andando y estoy cansada. No molesto, verdad. Sonrío. Y lo hago por puro compromiso, me acaba de destrozar mi teoría de las contradicciones. Está usted en su casa. Respondo. Mal hecho. Es una frase convencional dentro de un contexto equívoco. Me creará problemas. Efectivamente. Ella, a continuación, me dice: ¿Su casa?, ¿mi casa?, ¿vive usted aquí? Y yo respondo que no, y pienso que cómo voy a vivir en un banco público, pero no se lo digo, qué cosas se les ocurren a las mujeres jóvenes. Reaparece de nuevo mi frustrada teoría de las contradicciones: Por qué cuenta todo esto a un desconocido que puede llevar consigo el peor de los propósitos o lo que es aún más grave por qué… Quiere usted invitarme a un café, me ha dicho mirándome a los ojos. Nueva ruptura de mi hilo argumental. Sin un titubeo. Sin mostrar duda alguna. Las mujeres me superan. Suyo tendría que ser el mundo. Los hombres hemos fracasado totalmente. Y no lo digo-pienso por modismo o tendencia más valorada, estoy convencido. Eso sí, con tal de que no sean amazonas pantasileicas. No la he contestado. Me doy cuenta. No tengo dinero, digo sin pensar, recurriendo a lo primero que me sale. Volveré a tener problemas. Ah, dice ella. Y me sonríe. ¿Está decepcionada?, ¿está molesta? Puedo pedirlo, ¡si usted quiere, puedo pedirlo!, le digo para salir de una situación que solo parece conducirnos a un punto muerto. Y para ser complaciente. Vuelve a sonreírme. Qué mujer. Es un tesoro. Alguien se sienta en el otro lado del banco. Parece un joven comercial. Nos dice que está creándose una cartera de clientes. Que su finalidad es la venta programada por fidelidad. Yo le digo que no le entiendo. La mujer me golpea el costado con su codo. Al parecer, he dicho una inconveniencia. Él, continúa. Se trata de clientes que compran por convencimiento y no por capricho, lo hacen desde el reconocimiento de que su voluntad es plena y soberana. Se detiene y me dice que qué me parece. No contesto. Quisiera pensarlo bien: ¿Idealismo?-¿Idealismo fácil?-¿Idealismo trasnochado? No sé qué decir. Si entendiera algo, un poco, acerca de lo comercial seguro que eso me ayudaría. Cuán grande es el desconocimiento. Cuánto. Él se hunde y se lleva los brazos a la cabeza mientras gime. La joven se levanta con decisión y se sienta a su lado. Trata de consolarlo. Luego, me mira con dureza y me dice que no solo no tengo dinero, cosa que ya de por sí resulta más que lamentable, sino que he demostrado ser un hombre despreciable, carente de escrúpulos y de sensibilidad. Se lanza a un abrazo materno-cariñoso con el joven comercial y, sin mirarme, al poco, se van. La sociedad es esto. O algo parecido.

Y me levantaría. Y los seguiría.

No puedo dejar las cosas tal y como están. Tengo que explicarles todo. Todo. Por favor, no se vayan, tengo mis razones. Pero no hacen caso. Una vez que te etiquetan… Intentan alejarse de mí, perderme de vista, se han metido en un café y se han sentado en torno a una mesa que está junto a la cristalera que da a la calle. Los veo. Hablan con un camarero muy servicial. Poco tiempo después. Café con leche y cruasanes con mantequilla y mermelada. Él se la extiende a ella y ella, en justa correspondencia, a él. Qué maravilloso es ser joven. La vida se porta generosamente, te regala días y noches como si no existiera marcado un límite. Eso en cuanto a la vida, pero el mundo ya es otra cosa. Injusto. Egoísta. Se tenga la edad que se tenga. Yo les hablo desde fuera, a gritos. Espero, deseo, que me inviten a pasar. Es preciso recuperar el tiempo pasado. Les explico que solo son malentendidos, palabras que se escapan gracias a la tiranía de un lenguaje que debe más a la educación y al formalismo que a la voluntad, palabras que se niegan al intercambio o a cualquier comprensión, palabras que están por encima de cualquier sentimiento. No me hacen caso. El asunto no les interesa. Se han cogido una mano. La izquierda de él, la derecha de ella. ¿O ha sido al revés? Aparecen las dudas. ¿Están cerrando un pacto? Se miran. ¿Es amor? Si es así, no puedo quedarme, hay temas que me superan. Por complicación. Por imposibilidad. Además está el tema irresoluble del romanticismo. Pura farfolla. Me doy la vuelta. Hay mucha gente, me han rodeado. No me había dado cuenta. Unos pocos me miran con aprensión, el resto me está grabando con sus móviles. Se ríen. ¿Acaso son los mismos del autobús? Me siguen a todas partes. Los encuentras por todos los lados. No cejan hasta que te destruyen o te hacen partícipe de su alienación. Hasta que te integran en la sinrazón dominante. Se enseñan las fotos entre ellos. Los unos a los otros. Me miran y se ríen.

Saldría corriendo.

Con el máximo de velocidad que me permitan mis estilizadas y nerviosas piernas. Pero no estoy en forma. No he sido nunca un atleta. En mi infancia jugué al escondite y al pañuelo. También corría en paralelo a los trenes. Lo más que podía. ¿Servirá de algo? Uno de ellos. El que entró detrás de mí en el autobús. Ha llamado a la policía. Les ha enviado el vídeo y les ha puesto un mensaje en el que les dice que si acaso es este el tipo de ciudadanos que queremos para nuestras ciudades. Y luego, jaleado por todos los demás, ha mandado un segundo mensaje en el que dice que a qué esperan para intervenir. Apela al deber cívico de intervención urgente. Porque una policía que se precie ha de responder con contundencia a las provocaciones de los que quieren vivir al margen. Eso dice el manual. Llega más gente. Surgen por todos los lados. Quién los convoca. Cada vez hay más. Y cada intento mío por explicar que todo es un equívoco es acallado con gritos y más gritos. Me amenazan. Me insultan. Los dos jóvenes, mientras tanto, han terminado el desayuno y ella, según me parece entender a través de los cristales, me dice que ya me había avisado. De qué. Cuándo. Que es mi culpa. Por qué. Alguien dice que seguramente voy armado. Que hay que tener cuidado. Que se me ve muy tranquilo y que eso solo es posible porque tengo esa seguridad que confiere llevar un arma. Y se van alejando de mí. Van desapareciendo. Alguno, llora. Otro, se cae. Se graban entre sí. Se produce la estampida. Se van. Derrotados. Atemorizados. Volverán con más odio. No puedo hacer nada. Viven del miedo. Viven en el miedo. Y no puedo hacer nada. Nada.

Y me iría. Y me iría. ¡Y me iría!

Gritando. Por mí mismo. Desconsolado. Por los demás.

¡Si yo fuera un transeúnte!

 

 

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