CAPÍTULO 1


Se llamaba Lucas y guardaba una bala de plata exclusivamente para matar a mi padre. Algunas noches venía a cenar a casa, se sentaba en el lugar de los invitados, justo a la izquierda de él, y si bien, al principio, no decía absolutamente nada, a medida que bebía comenzaba a hablar, primero, frases que intentaban ser graciosas, luego, parrafadas sobre un pasado glorioso y, al final, una mezcla extraña de temas que daban lugar a un discurso inconexo e incoherente; trabajaba en nuestro taller, era oficial ebanista, y las veces que decidía venir a casa, se apostaba en la calle y esperaba apoyado en un portal, y cuando mi padre llegaba a su altura, sin decir nada, mucho menos saludarlo, se unía a él para caminar juntos sin dirigirse la palabra, en silencio los dos; que yo supiera, nunca se le invitaba, pero cuando aparecía por casa mi madre no decía absolutamente nada y de forma sonriente, como siempre, hacía de buena anfitriona y lo atendía tal y como si fuera uno más; mis hermanos y yo le teníamos miedo, su rostro mal afeitado, su aspecto mal encarado, así como una mirada turbia que manchaba todo lo que se hallaba a su alrededor nos prevenía en su contra y era más que suficiente para que mantuviéramos una distancia prudencial, aunque, seguramente, para él, nosotros ni siquiera existíamos; esperaba a que termináramos de cenar y en cuanto mi padre pedía el café, se marchaba, todos respirábamos, incluso la buena de mi madre que tenía por costumbre no meterse en nada lo agradecía y, si hacía buen tiempo, abría el ventanal de par en par para que se fueran los restos amenazadores que había dejado su presencia.

Al parecer, había sido de todo, voluntario en nuestra guerra, contrabandista de géneros legales, traficante de mercancías dudosas, confidente de la policía, matón a sueldo y representante a comisión, se oían tantas cosas, pero lo que sí sabía todo el barrio con certeza es que era un alcohólico y maltrataba a su mujer y a sus hijas, se lo escuché un día a las amigas de mi madre durante una sesión de costura, la máquina eléctrica de coser ocupaba un lugar privilegiado en casa y era lugar obligado de reunión; un ser despreciable en cualquiera de sus facetas, y aunque nunca se lo preguntamos porque no nos atrevíamos, no entendíamos por qué mi padre permitía su presencia en nuestra casa, solo habló de él una vez y fue para decir que tenía unas manos habilidosas y que conocía su oficio, nada más, le creímos, mi padre en cuestiones de trabajo era puntilloso y perfeccionista, no dejaba pasar ningún detalle por muy simple que fuera, su regla era que los detalles hacían el conjunto y que un simple rasguño en el acabado de la madera deterioraba todo el trabajo, aunque, seguramente, era en el barnizado donde más énfasis ponía; el caso era que le mantenía en nómina aunque su asistencia al taller nunca fuera regular y dejara mucho que desear, bien por el alcohol ─tenía preferencia por el vino tinto, si era de garrafón, mucho mejor─ o por sus peleas puntuales, que tampoco faltaban, le daba lo mismo, con cualquiera que se le cruzara le valía; su carácter, violento de por sí, se agudizaba por la presencia del vino, todo en él era un despropósito; debía trabajar bien, pero que muy bien, porque sabíamos que mi padre había despedido a otros por mucho menos.

No me dijeron qué era eso de la “bala de plata” que Lucas repetía en cualquier ocasión engolando su voz grave de barítono mal entonado: «Paco ─así llamaba todo el mundo a mi padre─, yo tengo una bala de plata guardada solo para ti, un día la dispararé y te atravesará el corazón”; mi padre lo miraba y sin darle ninguna importancia, sin dejar de hacer lo que estuviera haciendo, le decía: «Lucas, no digas tonterías; anda, cállate, que estás más guapo callado».

El día que la bala de plata surque el aire yo estaré allí.


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