CAPÍTULO 3


Semanas antes del ahogamiento me ocurrió algo extraño, un día, la silla de anea que estaba guardada en un rincón y que solo la utilizaba mi madre para hacer las labores de costura empezó a hablarme, primero, me dijo: «Apártate, no ves que tapas la luz», y, luego, en un tono más bien desabrido y no exento de reproche: «¡Niños!, ¡no aprenderán nunca!»,

No dije nada a nadie, para qué, quién va a creer a un niño que dice que la silla habla; sin embargo, desde ese momento tuve conciencia de que había objetos con vida, objetos que podían comunicarse conmigo.

Y ya todo fue rodado, el azucarero con voz dulce me invitó a meter los dedos, el tubo de leche condensada a sorberlo golosamente y la cama a quejarse como si fuera tan delicada que cualquier peso la dañara; mis conversaciones favoritas eran con los espejos, distintas voces, cada uno con su propia personalidad, daba lo mismo dónde estuvieran y, también, con las maderas del taller.

Es verdad que no siempre funcionaba, y yo no sabía cuándo sí o cuándo no, pero sirvió para que supiera que algo distinto a lo normal podría tener vida más allá de la apariencia.

Por eso, cuando me ahogué, no me extrañó seguir aquí presente.


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