CAPÍTULO 5


Lorenzo pintaba paredes y techos, casas y despachos, naves y todo lo que le encargaban; lo que no dijo nunca a nadie era que también pintaba naturalezas vivas y, en especial, de forma privada y casi escondida, bocetos y retratos de mujeres que conocía y a las que nunca se hubiera atrevido a pedir que posaran para él.

Yo lo observaba desde la ventana de mi cuarto, él vivía en una casita baja muy antigua que era como un islote entre edificios de cuatro y cinco alturas y que venía a recordar al nuevo barrio que nacía cuáles habían sido sus orígenes humildes de chabola y casas sin otra pretensión que dar cobijo; en primavera, o simplemente con que hiciera buen tiempo, sacaba una silla al patio, un bloc más grande que los que yo tenía para usar en el colegio y unos cuantos lapiceros, miraba sus jilgueros o sus canarios enjaulados y los reproducía desde cualquier ángulo y en cualquier posición, a veces, cuando la parra ya tenía sus racimos completamente hechos, era a ellos a los que dedicaba su esfuerzo y su atención para capturar ese golpe luminoso que se da del encuentro entre el sol y la uva reventona; él sabía que muchas de las veces yo observaba atentamente lo que hacía y, cuando descansaba, se volvía hacia mí y me saludaba; en aquel entonces, todavía, nos conocíamos todos, además, alguna que otra vez, trabajaba para mi padre y venía a casa para tratar de los encargos que recibía de él; cuando se pusieron de moda las puertas pintadas y no barnizadas, él se pasaba por el taller o directamente mi padre le llevaba los pedidos hasta el garaje de su casa, pero de su bloc y de lo que en él pintaba, de eso, estoy seguro de que solo yo sabía de su existencia.

Su habilidad despertaba mi admiración continua, no entendía muy bien qué cualidad poseía en sus manos y en sus ojos para poder pintar con esa destreza, yo era incapaz de trasladar una simple casa hasta un papel y él no solo reproducía lo que veía, sino que además lo dotaba de una vida que en algunos casos superaba a lo retratado, pensé en magia o en algo por el estilo, porque cine no era, en su libreta nadie se movía, al contrario, ahí se quedaban suspendidas las sonrisas, las miradas perdidas o las alas desplegadas; las flores completaban su obsesión, las que tenía en su propio jardín porque allí estaban y apresaban su mirada, geranios, hortensias, clavellinas, rosas blancas y unas calas inmensas que mi mente infantil pensaba que no cabrían dentro de su cuaderno, y cuando se cansaba de pintarlas buscaba aquellas otras que no tenía delante, y que seguramente no conocía, sacaba un libro antiguo que sabe quién dónde encontró y las reproducía igual que si fueran modelos quietas y disciplinadas: orquídeas, petunias, cinias…

Blocs, su mundo estaba encerrado en esos blocs donde guardaba su esfuerzo por dar sentido a su vida; el resto era sencillo, no tenía familia, sus padres habían muerto y no tenía hermanos ni hermanas, todo el barrio lo apreciaba y lo quería, y nadie que tuviera que hacer reformas en casa y necesitara pintar dejaba de acudir a él.

Lorenzo trabajaba con brochas y rodillos, sin embargo, únicamente era capaz de vivir entre sus lápices y sus pinceles, de la figura, del color y de la reproducción de la vida.

Pero yo sabía algo sobre él que nadie más conocía.


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