CAPÍTULO 6


Me llamaban los olores del taller y en cuanto disponía de algo de tiempo me marchaba para allá sin dudarlo: serrín, barniz, pino joven, colas, tintes, betunes y pegamentos de todo tipo componían un universo en el que me detenía como si cada uno de esos olores tuviera la capacidad para transportarme hasta sitios en los que nunca había estado, pero en los que mi sentido del olfato pareciera haber vivido antes, mucho antes.

Estaba ubicado en una especie de sótano que no era tal aunque estuviera situado por debajo del nivel de la calle, cuestión esta que lo condenaba a inundaciones continuas en cuanto las alcantarillas se cegaban, algo que ocurría con cierta regularidad porque nadie limpiaba nada y se vertía casi de todo. Varios talleres —una cerrajería, una cristalería y la carpintería de mi padre— comunicaban sus puertas a un patio común alargado y con, más o menos, unos cinco metros de anchura; a veces, se mezclaban los ruidos, las voces y casi las actividades, las chispas de la cerrajería se lanzaban sin llegar a chocar contra los cristales donde de forma ladeada se reflejaban las maderas recién barnizadas y puestas a secar cuando el buen tiempo lo permitía.

En su interior reinaba un orden práctico, cada uno sabía qué debía hacer y cómo, y si alguien dudaba ahí estaba mi padre quien, a modo de faro o de guía, desde una garita elevada sobre el suelo contemplaba la vida del taller como si de un dios antiguo se tratara e intervenía raudo para cortar de raíz cualquier duda o desviación, no le hacía falta estar pendiente, el sonido le traía el momento en el cual una sierra se torcía, una lija devastaba por demás o un berbiquí se atoraba, entonces, levantaba la cabeza y su voz se convertía en orden tajante que nadie ponía en duda, tenía el respeto de los que han demostrado que saben lo que hacen; al decir de la gente del gremio conocía su oficio mejor que nadie y, por lo que se refiere a la autoridad, podría decirse que nacía del poder para decidir sobre sus personas y sobre sus salarios, pero no era así porque para él cualquier decisión tenía que ser argumentada y justificada y, en ese punto, las personas que conformaban el taller podrían hacer lo que él decía porque lo comprendían; y allí estaba Lucas, al fondo, en un banco para él solo, callado, sudoroso y cabizbajo, aislado de todos; parecía no ver ni conocer a nadie, y el resto, en justa correspondencia también lo ignoraba, como si no existiera, por supuesto, mientras estaba allí no bebía una gota de vino y parecía estar completamente sereno, sabía cómo era mi padre con ese tema, de todas formas, yo, por si acaso, nunca me acercaba hasta donde él estaba, su mirada me seguía dando miedo.

Los encargos se sucedían uno tras otro, su prestigio crecía, y, por lo poco que oía a mis padres, llegaban desde lugares cada vez más lejanos, después venían las quejas apagadas y lastimosas de mi padre acerca de los morosos y de los cobros pendientes, de los trabajos empantanados y de la poca preparación de los obreros, de lo difícil que era encontrar profesionales hoy en día y lo que a su juicio era lo peor: los aprendices estaban desapareciendo; cosa que, sinceramente, a mí no solo no me preocupaba como a mi padre, sino que, incluso, me alegraba porque cuando iba al taller era a estos a los que más temía, eran chavales unos tres o cuatro años mayores que yo, habían abandonado el colegio hacía poco y todavía eran niños aunque ya jugaban a ser adultos, todos los golpes iban para ellos, si no aparecía la gubia, si el serrucho estaba tirado en el suelo, si no se había barrido el serrín, cualquier cosa bastaba y sobraba para descargar golpes en su cabeza y patadas en su culo, ellos, por su parte, buscaban entonces un chivo expiatorio en quien repetir el proceso y siempre procuraban que fuera yo o, en su defecto, los múltiples gatos que se acercaban hasta el patio, la crueldad de estos chicos era proverbial y yo los temía porque hasta mi padre hacía la vista gorda con sus  travesuras que yo no veía tales, como si para él eso formara parte de mi aprendizaje y fuera algo bueno, la única que se salvaba de cualquier agresión o maltrato en el taller era Nina, la perra, vivía en el taller y, por las noches, dormía en su interior velando la madera o acompañando a mi padre cuando él se quedaba a dormir, la cuidábamos y la queríamos por igual, podría decirse que pertenecía al conjunto del taller, de raza indefinida, mezcla de decenas de esos perros callejeros que han adquirido personalidad a costa de ir perdiendo pureza, parecía representar el único rastro de humanidad que habitaba el taller, esa es la verdad; nos buscábamos para jugar o para estar sentado mirando la vida pasar, ella había asistido a mi nacimiento y yo a su cada día más avanzada vejez, en cuanto llegaba al taller venía conmigo, luego, después de las caricias y de las palabras cariñosas, yo iba a lo mío y ella a su rincón, con el tiempo quise probar con ella lo que me ocurrió con la silla de anea, pero Nina ni siquiera me miró, abrió la boca, sacó la lengua y creo que, dándose la vuelta, simplemente, me ignoró con la displicencia del que perdona los desvaríos de alguien al que quiere: sé que cuando me ahogué, a su manera, lloró.

Echo de menos el taller, sus silencios de herramientas quietas y perfectamente colocadas, dispuestas para ser usadas, y sus olores profundos, aún recuerdo mis manos deslizándose sobre los listones de pino o el sonido crujiente que hace la madera al ensamblarse para dejar de ser solo madera y pasar a convertirse en puerta, ventana o cualquier otro mueble de los que allí fabricábamos.

Sin lugar a dudas, el taller de mi padre encerraba la vida.


Tu opinión importa

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s