CAPÍTULO 7


Poca gente puede presumir de vivir al lado de la vía del tren, nosotros no estábamos a doscientos o trescientos metros de distancia, no, nos bastaba salir del portal de casa y apenas andábamos unos cinco metros para toparnos con la vía; en plena ciudad y ahí estaba el tren.

            Yo creo que este hecho, sin querer o sin darte cuenta, te marca; lo cierto era que cuando pasaba el tren un trozo de mi imaginación se iba con él hasta lugares que no habían sido visitados nunca.

            El barrio era un tanto indiferente a este hecho, se había acostumbrado, la gente conocía, más o menos, las horas de paso y estaba al tanto, no había una vigilancia estricta ni mucho menos pasos obligados, se cruzaban los raíles por donde querías y como querías, es más si estábamos jugando, no nos deteníamos, lo seguíamos haciendo a su paso, el maquinista pitaba y pitaba pero nadie le hacía caso; claro que había accidentes, pero la mayoría eran eso, accidentes, algún borracho ocasional, algún despistado y el más sonado que vivimos fue cuando se quedó un camión de reparto parado en mitad de la vía y el tren no pudo parar, el estruendo fue descomunal, nos acercamos hasta allí, no es que hiciéramos mucho, solo observar, mirar y comentar qué podría haber pasado; a la hora de ir al colegio mi madre me llevaba de la mano porque coincidía con el paso de uno de los trenes, me agarraba con fuerza y no me soltaba aunque ya hubiera pasado o todavía no estuviera a la vista, según ella, con el tren, todo era posible.

            La mayoría de las veces iba vacío, pero en el verano se llenaba por completo, en realidad, desde la primavera aumentaban los pasajeros, servía de tren mercancías para los que traían productos de las huertas de los pueblos más cercanos, y luego ya, en el verano, iba hasta arriba, la gente viajaba incluso en el techo, el domingo por la noche esperábamos en el balcón de casa el paso del último de los trenes, era el que venía más lleno y disfrutábamos viendo a la gente arracimada a lo largo y ancho, cualquier espacio valía, en el techo, en las plataformas y me imagino que en los pasillos, lo que no entendíamos era por qué nos causaba tanta risa, pero el caso es que era verlo aparecer al fondo y empezar a reírnos, era verdad: «con el tren, todo podía pasar».

            Los vagones eran de madera y los asientos incómodos a más no poder, sus bancos de listones se te clavaban en las piernas y en la espalda, la mayoría de las ventanas no se podían subir porque estaban completamente enganchadas, y lo sé porque lo usamos unas cuantas veces para ir al río antes de que mi padre comprara su primer coche.    

            Luego fueron reduciendo el servicio poco a poco, y, al final, sin que nadie nos avisara o nos dijera nada, un día ya dejamos de ver su paso, solo las vías, los travesaños y la piedra machacada recordaban un pasado que se difuminaba rápidamente, claro que esto era lo normal en esa época, nada parecía digno de permanecer.

            El tren se fue y muchas cosas ya no fueron posibles.


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