CAPÍTULO 8


Los descubrimientos eran continuos, en aquel tiempo pensaba que nacíamos para aprender, para sorprendernos continuamente y, también, para equivocarse sabiendo que por ser crío ibas a ser perdonado. Desde el día aquel en el que la silla me habló descubrí que la vida no era solo mirar sino que el resto de los sentidos aportaban su granito de arena para conocerla; ya he hablado de los olores, también me fue necesario escuchar así que me pasaba parte del tiempo aguzando el oído, no hacía otra cosa, primero, fueron ruidos, luego, los sonidos más dispares hasta que supe diferenciarlos, bendita aparición de la música, y por último las palabras, tenía la impresión de que había mundos por descubrir en boca de los demás, yo sabía que no había vivido aún, que no sabía nada al respecto, así que a mi manera decidí que tenía que aprender escuchando a los demás; me detenía sin ningún disimulo a oír lo que decían unos y otros, no les importaba, me veían tan pequeño que pensaban que no entendía nada: “Son unos hijos de puta, aquí no se puede decir nada, te encarcelan después de apalearte”, no sé si la frase fue exactamente así, yo he juntado las palabras que caían con rabia desde la boca de los trabajadores de mi padre y me ha salido esta, también, alguna otra más: “Y si no consiguen lo que quieren, sacarán a sus perros para mordernos hasta que nos callemos”, “no lloraré ni una lágrima con su desaparición, anda, y que se muera”, “la vida, para ellos, es un puto negocio, la religión para atontar y embrutecer y el trabajo para sacar beneficio tras beneficio, para nosotros miseria y puta caridad”, “si hubiéramos ganado…”; pero de lo que más hablaban era de fútbol y de mujeres, ahí escuché palabras que me sonrojaron sin que supiera su significado: “follar”, “coño”, polla”, “chuparla” y unas cuantas más, pero lo que me llamaba más la atención era cómo las pronunciaban, parecía como si todo eso de lo que hablaban saliera de su interior porque estuviera con ellos, cerca, muy cerca y a mano, y sin embargo no lo pudieran coger porque no podían acceder, había mucho de deseo, sí, pero también bastante de frustración.

En este tiempo escuché a uno de los oficiales más mayores, Tomás, la historia de Lucas porque su historia, como toda historia, estaba hecha de palabras, al parecer, mi padre y él crecieron juntos, fueron muy amigos y tuvieron el mismo maestro carpintero que enseñó a los dos y con el cual estaban muy unidos, al parecer, Rosa, la hija del maestro, fue novia de mi padre y estaban prometidos en el interior de un noviazgo de esos que duraban años, a la antigua, pero llegó la guerra y lo cambió todo, los dos amigos se alistaron en bandos distintos, a Lucas le gustó más la mano abierta fascista que el puño levantado y a mi padre, justo al revés, tres años de horror que trastocaron todo; cuando acabó la guerra, Lucas volvió vestido de azul y gloria, rodeado por un paquete de amigos pistoleros como él y con una considerable poca afición por el trabajo, se acostumbró al dinero fácil, y de paso fue a casa del maestro para que este le viera triunfador, no pudo ser así porque ya lo habían enterrado, una bomba destrozó la carpintería y su cuerpo; Rosa le preguntó por Paco, su amigo, y Lucas le dijo que había muerto, pero que no se preocupara que él la ayudaría siempre, empezó a cortejarla, y Rosa, más por miedo que por necesidad se casó con él; cuando al poco tiempo apareció mi padre que volvía de un campo de concentración, ella lo miró avergonzada, apenada por un silencio culpable, y mi padre no dijo nada pero sintió que todo su mundo había desaparecido; se entregó a su trabajo, se casó con mi madre y nunca más vio a Rosa; Lucas empezó a beber, no se sabe si por las amistades y los ambientes que frecuentaba o porque supo mejor que nadie que su mujer seguía queriendo a su antiguo amigo, de borrachera en borrachera terminó por perder prácticamente todo, un día mi padre lo recogió de la calle donde estaba tirado, le dijo que si quería en su carpintería siempre tendría trabajo, pero que cuando fuera, tenía que estar sobrio y ahí se acabó todo.

Escuché esta historia unas cuantas veces más, Tomás no tenía problema en contarla a todo aquel que la quisiera escuchar, es verdad que alguna que otra vez se producían pequeñas variaciones, pero lo importante se mantenía. Era lo mágico de las palabras, transmitían ese tipo de conocimiento que otorga el saber que las cosas son así porque el presente tuvo un pasado que lo explica y lo justifica, por eso las escuchaba y detenía mi menudo cuerpo para ser abrazado por ellas.


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