CAPÍTULO 11


Yolanda.

Yolanda era una mujer extraña que vivía en nuestro barrio y no entendíamos por qué; su marido era el director de la sucursal bancaria donde todos los vecinos tenían cuenta abierta y, si hubiera querido, podría haber vivido en los bloques modernos que se acababan de construir al final de la calle, allí donde el campo dormía su siesta urbana.

Yo la había visto desnuda más de una vez, pero no se lo había dicho a nadie. No sé por qué.

Su dormitorio era visible desde mi ventana, al menos una parte de la cama, la alfombra y la mesilla; dormía sin ropa alguna y cuando se levantaba se paseaba como si necesitara que su cuerpo viviera la libertad del desnudo; al verla, me inquietaba y se producía un cosquilleo en mi interior que, por una parte, pedía  que me alejara de la ventana y sin embargo, por otra, me dejaba pegado contemplándola, era tan bonita su figura que me quedaba extasiado.

Lorenzo y Yolanda se conocieron un día, no sé cómo, pero yo creo que los unió mi mirada cómplice a través de la ventana, al menos así quise pensarlo, los dos participaban de una actividad clandestina y gratificante, se necesitaban, estoy seguro, yo los puse en contacto. Él apareció un día en su casa para devolver su color original a un techo empapado de agua y suciedad procedente de una bajante, Ella le ofreció un café, Él dijo que sí y cuando Ella se lo trajo en una bandeja junto con galletas y bollos Él se bajó de la escalera y ese día ya no volvió a pisar sus escalones ascendentes, ambos se sentaron a la mesa, se miraron y hablaron, mucho, mucho tiempo, Lorenzo se expresaba moviendo los brazos, tal y como si pintara, y Yolanda se erguía en la silla, la espalda completamente recta, como si estuviera a punto de desfilar, compartían tiempo, palabras y alegría, hablarían del mundo, del barrio, de sus respectivas existencias y posiblemente de su soledad.

Después todo fue rodado, a una sesión de posado le siguió otra, Lorenzo agotaba las libretas y sus bocetos se acumulaban porque desaparecieron plantas, flores y pajarillos, no hubo otra cosa que pintar que no fuera Ella; un día se decidió por el caballete y los pinceles, el bancario debió estar de acuerdo porque Él se fue a trabajar y los dejó allí, ella posó y posó hasta que paulatinamente cayeron todas sus prendas y solo su cuerpo blanco y pálido cupo en el cuadro.

Ya lo he dicho, se necesitaban.


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