CAPÍTULO 13


Mi infancia no acabó el día aquel en el que me ahogué, no, fue ese otro en el que conocí la frustración del que no puede hacer nada, entonces, sí, entonces acabó mi vida.

Un día la bala de plata pasó del bolsillo de Lucas, donde siempre se encontraba, a una pistola que él conservaba en casa guardada en una caja de metal; vi perfectamente cómo la desmontó, pieza por pieza, y cómo la limpiaba con una excitación y un ansia que iba más allá de lo que podría obedecer a una mera limpieza.

Yo estaba allí y pude observarlo con toda claridad.

Había llegado a su casa a altas horas de la noche, borracho, como siempre, y dando gritos como si no pudiera escucharse a sí mismo y necesitara vocearlo a los cuatro vientos; nada más entrar tropezó con una silla, la cogió y la lanzó con todas sus fuerzas, primero contra el suelo y luego contra la pared, el yeso de la pared y los restos de la silla quedaron mudos sobre las baldosas; Rosa, su mujer, no se atrevió a salir de la cama, buscó el arrimo de su hija más pequeña a modo de imposible protección y tuvo la certeza de que esa noche, de nuevo, su espalda y su cara aplacarían la ira de él y le dejarían las marcas de su odio y de su frustración. Después de la silla, le tocó el turno a los platos de cristal que albergaban una cena fría que esperaba desde hacía varias horas y que acabaron en el suelo como si este, el suelo, de repente, se hubiera convertido en el único armario de la casa donde depositar todo lo que llegaba hasta sus manos, porque no solo el yeso de la pared, la silla de la entrada o las platos de cristal, pronto, el mantel, el frutero, las carteras de sus hijas o la bolsa de la compra acompañaron lo anterior en una extraña muestra de solidaridad; al final, buscó la caja metálica que guardaba en lo alto de un armario, la puso en la mesa y entonó por lo bajo: «¡Ha llegado tu hora, cabrón»; luego, la desmontó, la limpió con destreza y la cargó con una sola bala, la de plata; se cambió de ropa y volvió a salir.

Supe que iba a matar a mi padre.

Lo acompañé como el que acompaña una res al matadero y sabe que no puede hacer nada, solo que en este caso el matarife iba a mi lado y aunque él no lo supiera yo iba al lado de él.

Se apostó en una esquina próxima a la casa de mis padres, se escondió en el espacio que nacía de las sombras del amanecer y el muro de la casa y sacó un cigarro que ni siquiera pudo encender. Se oyó la puerta del portal de mi casa, esa maldita puerta no la engrasaron nunca jamás, salió mi padre e hizo lo que hacía todos los días, mirar hacia el cielo y pensar en el tiempo y en lo cambiante que se estaba volviendo, comprobó que la puerta se había cerrado de nuevo y cogió la acera hacia adelante buscando, esta vez, un destino que le era totalmente desconocido, llegó hasta la esquina donde estaba Lucas y este le abordó sorpresivamente:

—Qué haces aquí.

—Te estoy esperando.

—No me gusta que merodees por mi casa.

—Me da lo mismo qué es lo que te gusta o no. Paco, no espero más, ha llegado tu día.

—No digas gilipolleces, Lucas, vete a casa a dormir la borrachera; será mejor que hoy no vayas a trabajar.

—¡Te voy a clavar la bala en el corazón!

—¡No sabes lo que dices!

—¡Sí sé lo que digo!, nunca me has hecho caso, nunca me has respetado, nunca; y yo soy alguien, soy Lucas, ¡me oyes!

—Te oigo, claro que te oigo, bastante es que todavía te doy trabajo, y no lo hago por ti, que eres un miserable, lo hago por tu mujer y por tus hijas.

—No digas nada de Rosa, sé que os veis a escondidas.

—No te la mereces, ella sería incapaz de algo así, y yo, tampoco, pero no por ti, porque tú eres un canalla que no te mereces nada, ni a tus hijas ni a tu mujer.

—¡Yo gané la guerra!

—Y yo la perdí, y qué…, acaso te crees que eso vale para toda la vida.

Sacó la pistola y apuntó directamente hacia el corazón de mi padre, mi padre lo miró fijamente y se dio la vuelta, luego se marchó lenta y pausadamente como si lo que iba a pasar no fuera a ocurrir nunca; Lucas lo llamó varias veces, yo quise gritar que acelerara el paso, que saliera corriendo y se alejara cuanto antes, porque había visto el brillo de sus ojos cuando la limpiaba y cuando la cargó, pero era imposible, yo ya no estaba en este mundo; Lucas quitó el seguro, apuntó a la espalda de mi padre, y apretó el gatillo, la bala salió y con el estampido se rompió el silencio de la nacida mañana y el corazón de mi padre se abrió de atrás hacia adelante y cayó de bruces.

Lucas estuvo unos días, no llegó al mes, en la cárcel, luego salió libre y sin cargo alguno, la culpa, según la justicia, fue de mi padre, poseía antecedentes penales, los peores, los políticos, había sido un soldado republicano, qué podía esperarse de alguien así, todas esas infamias y más constaban en el atestado en el que yo no pude testificar lo que ocurrió de verdad, aunque sí que estuve allí tal y como había prometido.

La bala acabó en un juzgado un tanto como curiosidad y otro tanto de manera obligada como prueba de la velocidad con que la vida se hace muerte, de la insensatez fanática de los individuos y de cómo la edad de los metales que era algo propio de la prehistoria y de la animalidad se reproduce continuamente en el ser humano.

De todo aquello solo me quedan vivas las palabras que pronunció mi madre; mi madre que siempre había sido prudencia y discreción no llegó a gritar, rota como estaba por dentro, no lo hizo, solo pudo expresar su frustración y su ira con una frase:

─¡Maldita, España!

Cuánto recuerdo a mis padres.

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