SEGUNDO DISCURSO / PERSPECTIVA


De Flaubert, le mot juste.

Los sentimientos más literarios son el amor y el odio, al fondo, paciente como una madre que lleva consigo alimento y consuelo, espera la muerte para otorgarnos silencio por nuestras imperfecciones; cuál de los dos sentimientos inyecta más energía a la escritura, difícil de precisar, depende de lo cerca que se encuentre el escritor del hecho narrado o de lo que quiera implicarse en él, preferible la objetividad que proporciona la distancia, habrá quien nos diga que si el escritor no se mancha con su obra, el frío terminará por helarlo, no-objetable, tan solo recordar el peligro de la palabra, la facilidad con la que se despliega y nos dirige allá donde no pretendemos ir, ¿riesgo asumible?, a decidir; a medio camino de ambos, el desamor, particular y único, en su interior perviven deseo y frustración, se caracteriza por una especial laxitud del sentimiento amatorio, no se entiende o no se quiere entender lo ocurrido, vence el desengaño, se debilitan las ansias de vivir: abandono de fuerzas, impulsos condenados de antemano, fracaso de la esperanza y, en algunos casos, rabia y decepción; no nos es posible hablar de ese otro estado que comúnmente llamamos “amor no correspondido”, su pasión ennoblece a la vez que ciega o, también, haciendo uso de las múltiples definiciones que habitan la escritura, si se prefiere, estotro: su pasión envilece tanto como ciega.

¿Por qué la verosimilitud?, ¿por qué?

Cuando digo una cosa, enseguida pierde su importancia definitivamente; cuando la escribo, también la pierde siempre, pero a veces adquiere una nueva, Kafka, 3 de julio de 1913.

Algo observable y comprobado es que, de vez en cuando, los pensamientos caminan a su antojo por las sendas de la Escritura, marchan sin rumbo, haciendo gala de un deambular gratuito y caprichoso que adoptan sí o sí cuando deciden abandonar la comodidad del cerebro y se dedican a vagar sin destino ni objetivo, y, en esas andanzas, cuando ya no son solo pensamientos sino que se han convertido en realidad literaria, la Literatura busca dar un nombre a aquello que no llega a controlar, que si flujo de conciencia, que si monólogo interior, que si digresión, que si desvarío dramático, no sé, puede que olvide alguno más, no preocupa mucho, el acto de otorgar nombre siempre es posterior al nacimiento y muchas veces aporta muy poco acerca de cómo es y cuál es el carácter de lo nominado.

Intuimos, más que sabemos, que, en la mayoría de los casos, la aparición de estos díscolos pensamientos viene motivada por una obsesión que, habiéndose enquistado entre los sentimientos, los empuja (a los pensamientos) a salir de su confortable cascarón para hacerse visibles, para que se les otorgue el don de la palabra, hablen entre ellos y también con nosotros como si tuvieran entidad propia, para poder mostrarnos cómo son y de qué está compuesta su esencia y su personalidad.

No he escrito nada, Kafka,1 de junio de 1912.

Ejercicio práctico / De Pensamientos, monólogos y perspectivas:

A)

… son las seis de la tarde, no pasa el tiempo, si me hubiera echado un rato otro gallo cantaría, no soporto estar en la cama, quieto, con los ojos plantados en el techo, qué aliciente o qué atractivo puedo encontrar, entonces, para qué, pues para qué va a ser, para que pueda decir no-pasa-el-tiempo, para que pueda quejarme de lo que no hago o lo que no digo, anunciaron lluvia para hoy, de momento, ni gota, ¿llamará?, ruidos en el piso de arriba, ¿los harán sin darse cuenta o a propósito?, no lo sé, pero si lo supiera, qué haría, subir y aporrear la puerta hasta que me despellejara los nudillos, subir y gritarlos, subir y pegarnos, son zapatos de tacón chocando contra suelos de tarima laminada, falsa madera, pretenciosa, prefiero el terrazo y su brillo mantenido, con qué lo pulirán, hay máquinas que lo dejan brillante, incluso, con aguas, hace mucho que no sé nada de mi familia, la casa de mis padres, ahí está y ahí estará, la familia es un accidente forzado, impuesto por el azar y la naturaleza, ¿me desvío o me desboco?, retorno al presente y lo que supone, movimiento y velocidad, ese caminar deprisa para que la realidad no te pase por encima, puro deseo de no quedarte atrás, ¿de qué?, no se sabe, lo único cierto es que no me pueden adelantar, no, no lo permitiré, me vienen nombres, Kant, Rousseau, Beethoven, todos ellos caminaban, lo hacían porque intentaban ordenar su cabeza, precisaban, si es que acaso existe, armonía en el mundo para conseguir paz interior, aún se podía aspirar a ella, en aquellos tiempos el presente duraba tanto que apenas se recordaba el pasado y se tardaba tanto en divisar el futuro que muchos murieron sin reconocerse en él, me alejo, vuelvo al pasado, ¡ayer, nos vimos!, hacía tiempo, se ha cortado el pelo, le propuse hablar con sinceridad, me miró como si yo estuviera tras el cristal de un serpentario, como si mi lengua se hubiera hecho bífida, como si mis colmillos destilaran veneno, como si yo reptara acercándome hasta ella con el peligro propio de un animal letal que quisiera enroscarse sobre su cuerpo, enroscarse y apretar hasta que el aire no cupiera y solo el vacío habitara su interior, volvimos al desencuentro, yo hablaba para intentar que habláramos, me remonté hasta el principio, qué curioso tener que ir hasta allí para poder continuar, lo rememoré, ella, no, aquella sala, aquel museo, aquella pintura, aquellos instantes donde ambos, quietos y detenidos, sin conocernos, nos entendimos, quién era el pintor, se me olvidan los nombres, ella lo recordará, era norteamericano, el de los faros y las casas sombrías, no, creo que era el de los campos helados, los paisajes inquietos y las mujeres dormidas o ensimismadas que nos dan la espalda, sí, puede que fuera él, nos volvimos al mismo tiempo y dijimos, qué dijimos, qué importa, aunque lo intentes no se puede volver al principio, lo que se fue nunca vuelve, repetición del taconeo que viene desde arriba, son composiciones ruidales donde la percusión predomina sobre cualquier otro inexistente instrumento, pasos femeninos decididos, seguros, seguidos de unos masculinos cuyo carácter no sé precisar, no-pasa-el-tiempo, el goteo del grifo del baño, creí que lo había arreglado, pero creo tantas cosas que no son que, al final, termino por sorprenderme, un cuarto de hora, ¿quedamos en llamarnos?, sí, de eso estoy seguro, claro que muchas veces no deja de ser un tópico que sirve para despedirse cuanto antes y evitar esas prolongaciones idiotas que se dan cuando una de las partes, hablo como un notario, quiere marcharse, ¿adónde?, al silencio, a la espera, a lo cotidiano, un cuarto de hora, eso es lo que ha transcurrido, nada más que eso, en realidad, catorce minutos y cuarenta y siete segundos, la precisión es fundamental, qué precisión, la del vocabulario que corta y hiere los sentimientos como un bisturí que detiene gangrenas seccionando miembros, luego, cuando salimos de la exposición, fuimos a una cafetería, porque hacía frío en la calle y cualquier conversación, daba lo mismo el tema que propusiéramos, se congelaba en los labios, los mismos labios donde terminamos por besar palabras y fríos, fríos y palabras, el grifo y la gota, muy bien pudiera ser un título para una película transgresora o un vodevil de teatro, es fácil, aplico tutorial: cojo una llave inglesa, cierro la llave de paso, abro el grifo para que no quede nada en la tubería, y con él abierto, quito el embellecedor y la manivela, procedo a desenroscar el vástago, la junta estará pasada o deforme, la cambio, aplico el teflón sobre la rosca del vástago y vuelvo a enroscarlo, abro la llave de paso y tachán…, de nuevo, la gota, haciendo acto de presencia con esa regularidad que consume la paciencia e impide la serenidad de ánimo, era demasiado fácil, casi de cuento, pues ya sí que no me levanto, en realidad, nunca me he levantado, ocurre en la cabeza, o eso creo…

Malo. Hoy no he escrito nada. Mañana, sin tiempo, Kafka, 7 de junio de 1912.

… tengo la sensación de haberme dormido, quizá no del todo, solo traspuesto, algo ligero, como en una ensoñación, como en esas ocasiones que estás despierto con los ojos cerrados y los párpados son como velos detrás de los cuales algo se mueve, algo que no puedes concretar, sí, efectivamente, cosa de media hora, exactamente, veintisiete minutos, treinta y tres segundos, porque la exactitud puede funcionar como una etiqueta identificativa sobre la que defines tu carácter o forma de ser, ¿habrá sonado el teléfono?, lo habría oído, elegí un tono más bien estridente, cuando suena en algún medio de transporte, el resto de pasajeros me miran como si hubiera interrumpido una liturgia sagrada o quizá lo hacen con evidente envidia porque ellos no han encontrado ese tono que ahora les molesta y desagrada, ¿algún mensaje?, ahí me coges, porque el pitido es menos perceptible, miraré, aquí está: «fue un error volver a vernos», y procede de su teléfono, aún recuerdo su número, a ver cómo interpreto esto, ¿es el inicio de un mensaje que se ha cortado de forma abrupta?, ¿el preludio de una llamada? o, por el contrario, me está dando pie para que yo llame, no se me da bien interpretar intenciones, mejor contesto con otro mensaje: «para mí, no», eso es, claro y conciso, ahora, enviar, ahí está en las ondas, esperando una torreta que lo reciba, lo repita y lo lleve hasta ella, la tecnología en todo su esplendor, ya habrá llegado, ¿demasiado corto, no?, me lo parece, además, con un gusto como impersonal, muestro mi desacuerdo con el error, pero no añado nada más con respecto al encuentro, dejo fuera los sentimientos que crecieron ayer en mí, pura razón, podría enviar otro mensaje, ¿puedo?, no lo tengo tan claro, qué impresión daría, la de alguien inseguro, alguien en quien no se puede confiar, se me había olvidado, Baroja también caminaba, es más hizo suya esa idea del camino y vino a decir que escribir una novela era algo así como pasear sin una senda ya marcada: ahora, si me apetece, giro, ahora, avanzo, allá, me vuelvo, tal cual eso sería la escritura de la novela, es difícil creer que lo dijera él, Baroja el científico, el nórdico, el racional haciendo gala de improvisación, menos mal que lo dejó por escrito, los escritores se esconden detrás de lo que no son o no quieren llegar a ser, Bolaño se escondía detrás de los poetas cuando lo suyo era la novela, se esconden hasta cuando quieren engañarnos y mostrarnos cómo son, se está a gusto en la cama, podría pensarse que lo mío es la inactividad, ese dejar que pasen horas y minutos sin otra cosa que dejarse llevar, pudiera ser, pero no lo es, he estado revisando los últimos pedidos, he comprobado las notas y he cotejado que los precios fueran los pactados, incluso, vislumbro la posibilidad de un inventario próximo, ¿desconfío de los empleados?, que cada cual lo entienda como quiera, doce minutos, cuarenta y dos segundos, ¿me obsesiona el tiempo?, antes, no, debe ser algo propio del ir cumpliendo años, los cuarenta en ciernes, no contesta, claro, cómo va a contestar, vaya porquería de mensaje que he enviado, si lo quisiera haber hecho mal no habría salido peor, como si no me importara nada, como si la indiferencia hubiera ganado por goleada al desasosiego y a la inquietud, a quién se le ocurrió la brillante idea de colocar el ascensor casi pegado a la pared del salón, subida, parada brusca, apertura de puertas, cierre con ganas, violencia, diría yo, otra llamada, bajada o subida, que no se sabe hasta que inicia la marcha, y más de lo mismo, y somos cuarenta habitando el edificio, cuatro por planta, y me ubico en la cuarta, cosas que no percibes cuando vienes a visitar un piso con ánimo de compra, los dos juntos, los dos mirándonos como si la realidad estuviera encerrada en esa mirada, y el vendedor dale que te pego a las bondades y a las inexistentes maldades, que las había, y ella que qué bien, ¿no?, y yo, que una maravilla, vivan los años venideros porque serán por entero de nosotros, de lo que estamos construyendo, aunque, en realidad, lo de los años venideros no lo dije, es un añadido poético para que enfatice y dote con más fuerza expresiva lo que es el sentido de la frase, lo compramos, luego, al separarnos, ella no quiso saber nada, que lo tasara y le diera su parte, claro, ya sabía que las bondades eran mínimas y las maldades se habían disparado, nulos aislamientos, frío excesivo y calor bochornoso, mala orientación, humedades recurrentes, barrio con mala comunicación y, claro, lo del ascensor, maldita la gracia cuando a las dos de la madrugada estás dormido y el sonido se introduce en tu almohada, en tu cabeza, en tus sueños, en tus pestañas, no responde, pero, claro, es que el mensaje no había por donde cogerlo, cuántos minutos, cuántos segundos, no-pasa-el-tiempo…

Día inútil. Perdido durmiendo, acostado (…) He releído viejos pasajes de mis diarios, en vez de apartar de mí esas cosas. Vivo de la forma más insensata posible, Kafka, 15 de agosto de 1912.

B)

… qué difícil y qué fácil es tomar una decisión, puedes dejarte llevar por la intuición o puedes meditar hasta la saciedad, aunque lo más probable es que, en un momento dado, te hartes y la cabeza no dé más de sí, será entonces cuando llegues a la conclusión de que lo mejor es dejarse llevar, convertirte en una inconsciente, aunque sea durante unos segundos, que no está mal hacerlo así, pero qué pasa hoy, ah, sí, cómo lo llaman, no sé, pero cuánta gente, no se puede ni andar, tenía que haber cogido el autobús, total son cuatro paradas, me dije, pero sin darme cuenta de lo del día este tan especial, lo llevan anunciando durante toda la semana, algo de una fecha donde los precios se reinventan, algo de una mentira comercial adornada de sensacionalismo y publicidad engañosa, ¿tengo que llamarlo?, buena pregunta, el pasado gana, aquello que ya vivimos condiciona, el error, también, vaya golpe que me han dado, son las bolsas, pero no son las bolsas porque carecen de voluntad y de movimiento, son quienes llevan las bolsas, menos mal que iba con pantalones que si no las medias a dormir en el cubo de los restos, ¡pero si todavía me estoy echando en cara el haber quedado con él!, en el mismo café donde estuvimos la primera vez, qué cursi, dos años de felicidad, tengo que reconocerlo, felices, muy felices, pero, también, cuatro de desavenencias cada vez más frecuentes y más enconadas, un suplicio, ¿queda algo del sentimiento original cuando llegas a ese punto?, hasta los escaparates viven del diseño, se ha impuesto totalmente, ahora, no puedes exponer el género así tal cual, porque sea de temporada o porque se vaya a llevar, ahora, necesitas que, además, se encuadre en un entorno, que se marquen las diagonales, que la luz cree ambiente, madre mía, cómo se complica todo, el sexo salvó tantos momentos de crisis que, al final, era lo único que quedaba en pie, bueno, en pie, arrodillados, tumbados, me viene a la memoria aquella vez…

A veces, se preguntaba cuáles eran sus cualidades de escritor. No conseguía encontrarse ninguna, Natalia Ginzburg.

… ¡por favor!, ¡tenga cuidado!, es el segundo golpe que me dan en menos de cincuenta metros, que me ha sacado el zapato y todo, será bestia, ni pedir perdón o excusarse se le ha ocurrido, ¿por qué asistí a la cita de ayer?, por qué hacemos lo que hacemos, si lo supiéramos no nos equivocaríamos o nos equivocaríamos a sabiendas, tiene su encanto este bullir de gente, esta aglomeración insensata de personas en torno a los comercios, y digo que tiene su encanto porque es una forma de ver y reconocer aquello en lo que no quieres convertirte, la búsqueda de la satisfacción a través del objeto consumido, somos mercancías que devoran mercancías, ¡me tomaría un café!, sin leche, claro, y sin azúcar, puro, y ahí estábamos los dos, él hablando de un pasado tan glorioso como la Armada Invencible, y de nuestra antigua casa, en la que, por lo visto, aún vive, no hay quien lo entienda, a veces creo que no está bien de la cabeza, todo lo que despotricó, las veces que me echó la culpa de que yo la hubiera elegido, mal, por supuesto, y a mí, la verdad, ni me iba ni me venía, me dejó fría, una casa más, no decía que lo importante éramos nosotros dos, a qué leche viene entonces lo de la casa, en los primeros tiempos, cuando nos fuimos a vivir y nos pasábamos encamados horas y horas no se dio cuenta de nada, ni en cómo era el piso en el que estábamos ni las vistas que tenía o si los vecinos gritaban o no, esta tienda es nueva, por lo menos, no la recuerdo, no hay quien entre, está hasta arriba, con este follón no sé cuándo llegaré a casa, al final, va a cumplirse aquello de que la distancia más corta puede convertirse en algo imposible de recorrer, él apostillaría algo más, con esos conocimientos amplios que no dejaba de mostrar en cuanto la ocasión le daba una oportunidad, ¡pedante!, lo dejé yo, no podía más, sus racionales modos, sus dudas trascendentales y su obsesión por el tiempo y la exactitud, sus cambios de humor, hasta el sexo degeneró, lo convirtió en un intento continuo por reafirmarse, qué bien lo he hecho, ¿no crees?, te he corrido por completo, no lo puedes negar, no dirás que te he acariciado mal, me cansaba tanto comentario después de hacerlo, alguna vez me dieron ganas de aplaudirle para que se callara, me costaba un imperio seguir alimentando sus deseos, los míos se fueron de casa antes de que yo lo hiciera físicamente, mira, le voy a mandar un mensaje, así no hablamos, no tengo ninguna gana de hacerlo, me cansa oír su voz, me repatea su sí pero no y ese rememorar lo que ya no va a volver de ninguna manera, qué pesadilla, ese no querer acordarse de cómo nos fue, me lo dijo una amiga, con tu ex, ni agua, y qué razón tenía, después de una separación todo se tergiversa, si le llamas, que no puedes pasar sin él, si no le llamas, que estás echa polvo por sus huesos, tengo que dejarlo claro, sí, cuanto antes, ahí mismo, debajo de la marquesina, que sea algo contundente, que no dé opción a dobleces o malas interpretaciones: «fue un error volver a vernos», ya está, lo mando y se acabó, espero que no vuelva a darme la murga, además, que yo no quiero tener más compromisos, un poco de aquí, un poco de allá y ya vale, para muestra, un botón, esto va en aumento, de dónde saldrá tanta gente, qué los moverá a comportarse de esa manera tan borreguil, los manipulan, les obligan a hacer lo que quieren y, ellos, sin complejo ninguno, venga, el mismo día, a las mismas horas y en los mismos sitios, la satisfacción del presente compartido, un mensaje, no me jodas, ¡ha contestado!, no me lo puedo creer: «para mí, no», y ahora qué hago, espero hasta llegar a casa, intento salir de aquí y seguir caminando, cada vez hay más gente, pasar se está volviendo imposible, me empujan por todos los lados, ¡tengo que salir de aquí!, como me descuide, me atropellan, lo mejor es que no lo piense más, ahí viene un autobús, son solo dos paradas pero andando no llego, lo cojo sí o sí, va a tope, no importa, aunque sea entro por la puerta del centro, pero no me quedo aquí, ¡no ha parado!, la madre que lo parió, qué hago, si me quedo van a terminar por empujarme contra el cristal, seguir es complicado por no decir imposible y no sé si el próximo autobús hará lo mismo que el que acaba de pasar y tampoco parará, el problema no es cortar, el problema es olvidar, entran como manadas de animales y salen salivando como si hubieran cazado y comido a su gusto, los de seguridad no saben qué hacer, alguno habrá que quiera sacar la porra, seguro, menos mal que la mayoría mirará para otro lado como si no fuera con ellos, me jodiste la vida, sí, me la jodiste, además, lo sabes, lo que ocurre es que soy tonta, me hago la dura, pero tengo la sensibilidad a flor de piel y cuando me da por pensar que puede que sea mi culpa, me vuelves a ganar, ¿lo ves?, ya me está pasando de nuevo, cedo, aunque no quiera, aunque luego me lo restriegue y me lo eche en cara, no te iba a contestar, no, no lo iba a hacer, pero, ahora, sé que lo haré y que tú me mandarás otro mensaje y yo a ti otro más y así empezaremos de nuevo, y yo no quiero, claro que no, es una rueda, a ti no te importa, al revés, te gusta, pero a mí no, dentro de muy poco me arrepentiré y me llamaré de todo, venga, el último: «no sé, quizás…», oiga, vaya empujón que me ha dado, que me ha tirado el móvil y todo, aparten, por favor, no, no lo pisen, eh, cuidado que le ha dado una patada y lo ha mandado a la carretera, el autobús, déjenme, por favor, déjenme, quiero recuperar mi teléfono, tampoco ha parado, lo ha dejado hecho trizas, no ha quedado nada, un amasijo de tecnología sin pantalla, y, ahora, empieza a chispear, solo falta que se ponga a llover, vaya tarde, lo que decía, qué le voy a hacer, era un modelo antiguo…

C)

… cuando se sentaron a la mesa ya noté algo extraño en ellos, soy muy observador, no se me escapa nada, él llegó antes, unos diez minutos o algo más, demasiado, hacer algo así, desde mi punto de vista, indica nervios, inseguridad, no, no soy psicólogo, pero tengo mucho mundo conmigo, anda que no las he vivido yo, si hablara, que no lo voy a hacer claro está porque no estoy aquí para eso, a mí me han llamado y me han dicho que cuente lo que pasó y yo que soy muy obediente, sin problema, me pongo a ello, bueno, también me han dicho que, si esto va como prevén, me daré a conocer, dicen que las expectativas de esta historia son inmensas, se han interesado varias revistas y medios, así que ya veremos cómo acaba, y aquí estoy, y eso que tengo mucho que hacer, que eso no lo he comentado y lo tenía que haber hecho, que no será que no me han dicho que por qué no exijo algo de metálico, unos pocos euros, o un porcentaje de las ganancias, porque si aquí va a ganar dinero todo el mundo yo no voy a ser menos, ah, y que quede bien claro, que si lo estoy haciendo de forma desinteresada es porque soy de naturaleza generosa, pero, claro, si hay que repartir beneficios espero que se acuerden de mí porque yo también sé luchar por lo mío, a ver si se van a creer que soy idiota, venga, mejor, me callo y sigo adelante, luego, llegó ella, digo yo que a cuánto se venderá una historia como esta, solo por hacerme una idea, por cierto, no me han dicho si es una novela o una obra de teatro, si me van a grabar o tengo que aprenderme el texto, esta gente dice lo que quiere decir, se creen que me van a manejar, ni de coña, ya sabemos, el que no llora, no…, no me acuerdo cómo sigue, pero ya me acordaré, lo que es injusto, es injusto, no hay que darle más vueltas, ¡no mama!, me cago en la leche, cuando es que no, no me sale nada, es como si me bloqueara, se me van los nombres, no encuentro palabras y me cuesta enlazar las frases, pero estos me van a oír, y bien, ni un beso se dieron, él inició una especie de abrazo pero ella no se dejó, le puso la mejilla, así muy ladeada, como quien no quiere saber nada de contactos y la retiró con prontitud en cuanto él acercó su rostro, que no creo que llegara a besarla, tendría que haber pedido un contrato, ahora, imposible, ya no me hacen ni puto caso, estas son las cosas que terminan por cabrearme, todo el mundo llenándose los bolsillos y yo, que voy de, cómo se dice, otra vez que se me olvida, bueno de desprendido por la vida, a verlas venir, que, como me descuide, no me dan ni las gracias, si conoceré yo a esta gente, no se me escapa ninguno, los tengo fichados a todos, muchas promesas y luego, nada de nada, ¡altruista!, joder, menos mal, tardan en llegar, pero al final, como un clavo, se quedaron unos cinco minutos en la barra, él creo que pidió algo con alcohol y ella puede que fuera una tónica, por el color, más que nada, porque yo no entiendo mucho de bebidas salvo que sea una cerveza o un cubata, a lo que se acostumbra uno, y es que parezco gilipollas, no tendría que haber comenzado la historia, ahora, ya no puedo parar, lo tenía que haber dicho antes de empezar, ¡y a ver cómo lo arreglo!, el diez por ciento, sí ese es un buen porcentaje, ¿antes o después de impuestos?, no sé cuál será la costumbre en este gremio, seguro que funcionan por libre, estarán a lo que salga, son los peores, no pagan ni queriendo, claro, estoy por dejarlo, di que soy un tipo responsable, más que responsable, consciente, eso es consciente, ahora, me ha salido a la primera, mi mujer dice que a lo mejor es eso del…, ya estamos, otra vez que me quedo colgado, sigo, no sé qué se dirían, me imagino que se saludarían o algo por el estilo, luego, se sentaron justo en la mesa que estaba a mi lado, yo creo que ella me sonrió, él no dijo ni pio, estaba pendiente de mirarla, yo creo que se quedó idiota mirando el escote y de ahí no pasó, era un buen escote, uno de esos que podríamos definir como “generosos”, más de tres botones, de esos que enseñan más que guardan, dejaba ver los bordes del sujetador y lo que no eran los bordes, era negro, ya he dicho que soy muy observador y que no se me escapa una, el tipo estaba enganchado, yo, no, anda que no habré visto yo de esos, ¡y más!, él comenzó a hablar y ella como quien oye llover, mirando para todos los lados menos a la cara de él, no me hagan mucho caso, pero creo que se cerró la blusa un poco, si es que se la estaba comiendo con los ojos, fijo en su canalillo, adivinando lo que daría de sí el recorrido entre sus pechos, y él cada vez hablaba más alto, me pareció oír algo de un museo, tú te crees que puedes conquistar a una tía hablándole de museos, una tía con esas tetas, y ella aguantando ahí, consumida por el aburrimiento, unas se me iban y otras se me venían para haber intervenido, anda que la iba yo a dejar que se aburriera con esas dos tetas llamándome a gritos, pero a gritos, el veinte por ciento, la historia es mía, soy yo quien está contando lo que interesa de verdad, lo tengo claro, hablaron de una casa, ella le dijo que por qué no la vendía, seguro que quería dinero, yo me las sé todas y esa tía era una interesada, y, al poco rato, se fueron, que no habían terminado ni las bebidas, ahí se dejaron más de la mitad del contenido, en él lo entiendo porque no hizo otra cosa que hablar, pero ella podía habérselo bebido entero, total, pagaba el pánfilo, y, mira lo que te digo, que ya no sigo, que a ver cómo os las apañáis sin mí, el veinticinco por ciento y no se habla más…

Cuando escribía tenía la impresión de que debía correr precipitadamente hacia una conclusión. Le había ocurrido muchas veces que no acababa lo que empezaba; por eso, acabar era su principal aspiración, Natalia Ginzburg.

Y D)

… lo mío es la naturaleza del ser humano, observarla como si fuera un científico y sacar conclusiones, a veces, fantaseo, es obligatorio, pero las más, reproduzco realidades: me bastó una primera ojeada, ese ver cómo se saludaban, para saber que ahí había una historia con tintes literarios: relación conflictiva, pasiones elevadas y un desencuentro puntual: se miraban a destiempo, se hablaban a trompicones, él quería justificarse, ella daba golpecitos inquietos sobre la madera, era mucho más lo que callaban que lo que hablaban, en el interior de ambos quedaba la verdad, en el exterior, esas formas educadas que solo sirven para esconderse del amor, incluso, negarlo, me picó la curiosidad y me dije, he aquí una historia con posibilidades: un pasado tormentoso que conviene desenmascarar y un presente con intriga, pidieron las consumiciones en la barra, yo estaba a su lado, había llegado pronto a mi cita, me equivoqué de hora, ese es mi caminar ensimismado por el tiempo, empezaron con una conversación trivial de esas repletas de tópicos del tipo: cómo estás, te veo bien, no cambias, pues anda que tú, y algo por el estilo, parecía que iban a charlar de pie y en la barra, pero, de repente, él la invitó a ir hasta una mesa, ella no puso objeción alguna, recogieron lo pedido y se sentaron, estuvieron hablando, aunque para ser preciso, en realidad, solo habló él, ella parecía ausente, miraba a todos los lados, un poco inquieta, como si tuviera miedo de que la vieran o fuera descubierta, ¿casada?, dato interesante, puede que sí, al poco rato, más o menos quince o veinte minutos, sin haber terminado sus consumiciones, salieron del bar, parecía que les urgía algo, algo había cambiado, yo me quedé en el taburete, no me hizo falta seguirlos para saber qué iba a pasar, estaba muy claro, seguro que el desencuentro los había cazado, seguro que alguna sombra con visos dramáticos había cruzado sus vidas, seguro que veían que se distanciaban, ¿habían quedado para intentar arreglarlo?, ¿querían hacerlo?, buenas preguntas contribuyen a la intriga, ahora, en la calle, caminarían el uno junto al otro, aunque con una mínima distancia de separación, como si les diera miedo chocar y sentir sus cuerpos, como si lo estuvieran deseando pero se negaran a aceptarlo, él se habría callado y ella hablaría acompañando sus palabras con gestos delicados, sobre todo con las manos, unas manos finas y huesudas, dedos largos, uñas cortas, un anillo en el dedo anular de la mano derecha, una piedra verde, pequeña, pero con un brillo intenso, igual que el color de los ojos, nota: recordar que los tiene que tener verdes, y podemos suponer que, en su día, al poco de empezar la relación se lo regaló él, aunque solo se lo pone cuando están juntos, se pararían en un semáforo y se dispondrían a cruzar la calle para dirigirse al Parque, lo harían de forma automática, como si estuvieran transitando un itinerario conocido, como si lo tuvieran interiorizado de antemano, él buscaría su mano, pero ella no estaría dispuesta ¿a olvidar?, ¿a perdonar?, nota: hay que decantarse por una de las dos opciones, le parece demasiado fácil, le molesta la superficialidad de la que él hace gala, nota: conviene crear un motivo convincente para el desencuentro, algo que haya generado una discusión fuerte, tan fuerte que precise de un reencuentro igual de intenso, pero eso después, ahora, los seguiré por el Parque, estamos en el momento de los reproches, sí, sí, muy bien, el lector entenderá y se pondrá entre ellos, tomará partido por uno o por otro, además, el camino por el que van es suficientemente largo, los llevaré a paso lento, muy lento y cuando estén a punto de acabarlo ya no les quedará nada por echarse en cara y, con toda seguridad, en ese instante, se pararán y se mirarán a los ojos, no, esto no, es un topicazo de mucho cuidado, vuelvo atrás, se pararán, a ella se le habrá caído algo, quizá el anillo, estaba jugando con él, ella se asustará, la idea de perder el anillo pasará del objeto al símbolo, está anocheciendo, la luz de las farolas es muy pobre, lo buscan inquietos, encienden las linternas de sus móviles, se mueven nerviosos, intercambian frases muy cortas, casi onomatopeyas, se desesperan, al final, ¿él o ella?, lo encuentra, el ambiente se distiende por completo, se ríen, se miran y ven lo que quieren ver, ojo, nota: este instante hay que describirlo, concretarlo, huyendo de un lenguaje poético que pueda irse hacia lo meloso o sensiblero, él agarrará la mano de ella, sí, es mejor que lo encuentre él, un momento, también puede ser que si es ella quien lo ha encontrado, él se lo quite con suavidad y le coja la mano para ponérselo, sí, mucho mejor, ahora se trata de dilatar el momento de este contacto y que el ambiente, la escasa luz, la falta de gente, el silencio y el deseo de ambos termine por llevarlos hasta una sombra donde darán rienda suelta a una incontenible pasión, me queda lo importante: determinar qué ha hecho que discutan y que hayan estado a punto de separarse: ¿el cansancio o el agotamiento?, ¿un tercero en discordia?, ¿quién está casado?: ¿él o ella?, ¿los dos?, ¿celos?, ¿alguna promesa incumplida?, tengo que detenerme, algo no cuadra, el relato se me ha ido por un lugar demasiado trillado, claro, que puedo darle un giro inesperado mediante un golpe de construcción, tirar de estructura, en esta escena, la del desencuentro, ir intercalando el pasado de ambos: cómo se conocieron, cómo creció y evolucionó la relación, hacia dónde va, ¡alto!, toca detenerse, hay que dejarlo reposar, en caliente no le doy muchas más vueltas, me guardo las notas y en cuanto llegue a casa continúo, ah, que no se me olvide: la parte sexual, sin tapujos porque hay toda una historia sexual detrás, de eso no cabe duda, solo tuve que fijarme en sus miradas, cómo intercambiaban sexo, descaro posesivo, deseo madurado a golpe de imaginación o de frustración, espero que las notas me valgan, hola, qué tal, sí, acabo de llegar, nada, cinco minutos, qué bien te veo…

Se queja Kafka, en sus Diarios, de que su destino es iniciar novelas que nunca acabará.


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