Archivo de la categoría: COLUMNA DÓRICA

En torno a una escritura del presente.

SIN TÍTULO

 

 

La palabra lleva consigo un latido,

Tenue, delicado, leve. A veces, evidente, y a veces, tan débil que llegamos a pensar que ha desaparecido,

Ahí sigue,

Ligado a su origen, aquel mágico momento en el que, por primera vez, ella fue pronunciada, aquel instante crucial en el que la incipiente conciencia del ser humano y la realidad incomprensible que le rodeaba necesitaron descubrirla para intercambiar significados: tiempo en el que un yo desorientado y un tú absorto coincidieron en comprenderse compartiendo experiencias con un mismo nombre,

Aprendíamos

A relacionarnos más allá del gruñido, del gesto o del grito,

 Aprendíamos

A intercambiar dudas y certezas,

Aprendíamos

El sutil ejercicio del diálogo;

La palabra es nostalgia sobrevenida,

Eco de aquella su primera manifestación cuando dijimos gruta para ahuyentar el miedo a vivir a la intemperie y, a continuación, convocamos en nuestra garganta la palabra fuego para doblegar su oscuridad y su frío, y más tarde, o al mismo tiempo, vocalizamos viento, sin saber muy bien qué era eso, aunque, al instante, sentimos sobre la piel roce y agitación; Sin darnos cuenta, estábamos girando una de las múltiples esquinas de la historia de la humanidad ─una más dentro de todas las que tendríamos y tendremos que dejar atrás─, evolucionábamos hacia algo que nos alejara de la animalidad, hasta entonces todo había sido silencio de almas,

La palabra nace de la necesidad y se produce en el encuentro,

La Realidad exigió sentido y el Sentimiento, precisión: el sentido permite que hiel y miel naveguen por el mismo mar sin encontrarse y la precisión facilita que el sentimiento se instale en el interior de ella de tal forma que se perciba en su sola pronunciación: afecto, ternura o en su interiorización: confidencia, intimidad, y quizá, por eso, la palabra, mirándose en el espejo de la realidad invocada, se exigió a sí misma, para ser palabra, nunca ser gratuita, banal o innecesaria, nunca carecer de sentido y precisión,

La escritura es campo abierto a la palabra,

Mirada clara y horizonte amplio, raíz que nos fija a nuestro tiempo, se hunde en nuestro pasado y se aventura en el futuro; Los escritores, artesanos de la imaginación y de la palabra, estamos obligados a usarla para reproducir su vitalidad y recuperar su pulso, para trasladárselo al lector de forma tal que él lo escuche nítido y claro tal y como si al leernos pudiera sentir de nuevo ese primer palpitar y reconociera lo esencial:

Su latido.

Manuel Cardeñas Aguirre

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JOYCE Y BECKETT. PARÍS, 1938

 

ACTO ÚNICO

 

Joyce.─ Las gaviotas de Sandymount son bellas, pero voraces.

Beckett.─ (Silencio.)

Joyce.─ ¡Recuerdos! Uffff. Punzada en el costado. Maldita sea, esa amalgama agria y coagulada está anidando allí donde las costillas son simplégades… ¿Me has oído?

Beckett.─ (Se remueve en la silla: como un ser humano. Quiere ventosear: como un ser humano. ¡Males del espíritu! El Aquino irlandés, seguro: ¡Ah, por fin!)

Joyce.─ ¿Qué ha sido eso?

Beckett.─ Primera y segunda Vía.

Joyce.─ ¿Aurora boreal o alto horno? En el lado sur, gran fulgor y pestilente hedor. París se quema, Sam, ¡París se quema!

Beckett.─ (Coge una cuerda a modo de manguera. Lo intenta, pero no sale nada. Frustración. El alma ahogada se encuentra seca. Se siente ridículo. La disfunción genera el sentimiento. Si sus dimensiones de cuello no fueran tan exageradas, quizás, ahorcaría algo de su ser: el teatro, por ejemplo. Deja caer la cuerda, lentamente y con cuidado la extiende a lo largo del suelo y se coloca en uno de sus extremos, de pie, mirando al frente, y con los brazos extendidos.)

James.─ (Canta.)

O se ciò negherammi 

empio destino,

rimarrò teco

in compagnia di morte

 

(Silencio)

Orfeo. Acto II. Destino y dulce canto mortal. Va cayendo la noche sin dañar los pensamientos. Se instala sobre la geometría plana de los tejados. Es pronto para emitir juicios de valor. Algo es seguro, vivimos vivieron tiempos de clown y cabaret.

 

Samuel.─ ¿Qué hemos hecho durante todo este tiempo?

James.─ (No contesta. Se quita el parche del ojo, lo limpia y se lo vuelve a colocar.)

Samuel.─ ¡Qué hemos hecho…!

James.─ Perder y perder. ¡Venga, inténtalo de nuevo! ¡No nos rindamos!

Samuel.─ (Efectúa una serie de ejercicios de calentamiento. Qué difícil es discernir dónde acaba el músculo, dónde se muestra la intención.) Allá voy. (Un salto y cae encima de la cuerda. Equilibrios con los brazos extendidos para compensar desvaríos.) En el primer día de la nueva era literaria, en el feliz momento del Nacimiento del artista Neonato cuatro grados del chivo estaban en creciente, siendo sus atributos supremos el Alma… (Salto) … la Emoción… (Salto) … la Clariaudiencia… (Salto) … y el Silencio … (Salto y giro.)

James.─ ¡Maldito bribón!: La gran Comedia de los muertos: Riñones y pintas, pintas y riñones. ¿Dónde has dejado tu nariz roja de alcohólico irlandés?

Samuel.─ (A duras penas se mantiene sobre la cuerda.) La Luna en la Serpiente es lo que llamamos gran Habilidad Mágica del Ojo: Ojo único, Ojo central, Ojo divino… (Se agacha como si fuera a sentarse; una vez en cuclillas extiende la pierna derecha y luego la encoge; repite el movimiento varias veces alternando piernas.) Este es el Ojo que equilibra el Mundo… Este es el Ojo que desde la oscuridad expele Unidad, Olor, Verdad, Sonoridad y Bondad.

James.─ ¡Tommaso de Roccasecca!: De los Principia: Aquel que alcance la luz desde la oscuridad esfintérica… Trillado, muy trillado. Toma nota, Sam, esto te va a gustar: Estudiantes de medicina de Trinity. Trompa de Falopio. Todos polla y ni un penique.

Samuel.─ (Se levanta bruscamente. Sigue encima de la cuerda. Brazos en cruz.) Eso ya está escrito…

James.─ Estudiantes de medicina de Trinity. Trompa de…

Samuel.─ (Interrumpiendo. Con mucha rapidez efectúa un doble salto con giro.) Circe, el episodio de la mamaga. Esperando en el burdel. Luego, glub y más glub. (Salto, flexión y giro.)

James.─ No se te escapa una: La epifanfanía de la entrepierna: Un caracol y una fresa: Roce baboso y fresca sustancia.

Samuel.─ (Navega sobre la cuerda. Trayecto Southampton-Calais. Viento de babor. Marejada a fuerte marejada.) El viejo verde del mar comió su ración de algas (…) En el agua nada, en la playa descansa (…) El viejo verde de Erín se agarra el falo y son las nalgas (…) Se agarra el falo y son son son: ¡las nalgas! (Cae al suelo. Grita y grita. Quizá llore. Aunque lo cierto es que sigue gritando.)

James.─ Calla de una vez, imberbe carcamal, entrégate a la ternura, envuélvete de acedía, haz lo que quieras, pero calla. ¡Por Pedro Nolasco, no te das cuenta de que somos expatriados! ¡Que vivimos en el filo de la expulsión y del abandono!

Samuel.─ (Preparativos para una voltereta. Diversos intentos. Desiste, no se atreve. Temor. Miedo. Terror.) Si no tenemos patria, si el Primer Motor necesitó a su vez otro Primer Motor, si la Causa Eficiente carece de tiempo porque no alberga en sí la idea de futuro, entonces, qué tenemos.

James.─ (Rascándose el bajo vientre.) La Poesía, Sam, la Poesía… Vela que nos izará de este velatorio presente en el que nos hallamos; eso es, ¡una gran vela!… (Vuelve a cantar.)

A Dio terra,

à Dio cielo, e Sole, à Dio.

 

Samuel.─ (Coge la cuerda, la enrolla y la tira por la ventana.) No necesitamos lo que nos es negado.

James.─ Vas a conseguir que nos echen del mundo ahora que empezábamos a llegar.

Samuel.─ Liberados del fuego, entregados al infierno de la palabra. Qué poco nos queda.

James.─ Sigamos, pues…

Samuel.─ ¿Escrimuriendo?

James.─ Somos poetas, no sabemos hacer otra cosa que disolvernos en la pavelabratorio.

Samuel.─ ¿Buen día, entonces?

James Joyce.─ ¡No sabemos hacer otra cosa!

Samuel Beckett.─ Condenados.

(Silencio)

El negro cielo se derrama sobre las voluntades, las envuelve de noche cerrada y las convierte en sombras que vagan y vagan. En el proscenio de la vida real un foco de luz azul ilumina dos cuerpos que se enganchan al carro de la Es-cricricrí-tura por el único lugar posible donde la Carne se convierte en Espíritu, y al revés, ves vés: La palabra en el culo. Amén.

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 11 de mayo de 2018.

KAFKA EN PRIMAVERA

El año de 1913 trajo lo que trajo.

De nada sirvió que las últimas semanas de marzo fueran en extremo lluviosas, que los ríos caminaran colmados, que las riberas se lavaran la cara al paso del agua, tampoco, que los pozos se hartaran y que los estanques nadaran en la abundancia, que las praderas rebosaran de hierba y que las flores gritaran insectos y color; no, no sirvió para nada:

«Soy responsable, y con razón, de todos los golpes contra las puertas, contra las tablas de las mesas, soy responsable de todos los brindis, de todas las parejas en sus camas…»

Todo le inquietaba. Encontrar paz y sosiego a su respirar resultaba tarea imposible.

Los personajes habitaban su cabeza con una libertad tal que el hecho en sí le llenaba de temor, las historias se cruzaban como si no existiera la palabra orden, nacían a su antojo e iban caprichosas de un lado para otro, su mundo interior se había desbocado, marchaba hacia su propia condena.

El tiempo como sinrazón y destino había decidido lo que había decidido, poco podía hacer, y allí, en lo más profundo de su ser, no cabía otra cosa que no fuera encontrar solución al dilema que corroía su existir: decidir entre la sangría paulatina de la escritura o la enfermedad mortal de vivir la vida.

«¡Se ve la fuerza de convicción del aire después de la tormenta! Aparecen mis méritos y me dominan, aunque tampoco me resisto.»

Primero perdió el nombre, lo que le era más querido, dejó de llamarse ─solo a ellas, sus acompañantes femeninas, las imposibles de conciliar, les era permitido pronunciarlo─, después, el apellido se contrajo de culpabilidad asumida y tornó a su mínima expresión: K., y ahí quedó como símbolo de frustración y como refugio para la negación, nombre para existir a la vez que nombre para no ser, y luego, desde ese no ser, hablaba consigo mismo:

«Marcho y mi ritmo es el ritmo de esta acera de la calle, de esta calle, de este barrio.»

Cuánta ironía encierran sus textos, cuánta distancia existe entre su vivir y su escribir, ¡y cuánta contradicción!

La realidad es que él iba de un lado para otro sin caminar, encerrado en las celdas de su cabeza; crecía como escritor en la misma medida que menguaba como hombre; se convencía a sí mismo con idéntica fuerza con la que se destruía, y, al final, las preguntas que habitaban su cerebro las fue contestando su corazón.

La escritura se liberó para destruirlo, K. fue apoderándose de Franz, apareció el ser físicamente frágil, moralmente culpable, humanamente atormentado que se dejaba minar por la tisis, y, por el contrario, en justa correspondencia, dejó marchar al joven enamoradizo, al risueño, al soñador, ese que una vez quiso encontrar el paraíso en la tierra.

«Solo debo censurar la injusticia de la providencia que tanto me favorece»

Se mentía, nos mentía.

Nada le favoreció, nada. Él no quiso encontrar el beneficio simple que otros encuentran en la vida porque ese “vivir”, para Kafka, encerraba un dilema perverso: estar en la vida como si fuéramos un accidente grotesco condenado a la tragedia o consumirnos lentamente en la visión de la desolación.

Tal vez podría haberse dejado llevar instalado en la seguridad del empleo en la aseguradora y la complacencia de un matrimonio formal, pero no supo; “dejarse llevar” no figuraba en su pequeño manual para afrontar vidas.

Además, para entonces, la escritura había decidido por él.

«¿Qué haremos en los días de primavera que ya llegan?»

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 2 de abril de 2018

(Textos de Franz Kafka: El camino a casa y Contemplación dispersa)

 

HABLEMOS DE SINÉCDOQUE

 

“Cuando los artistas no mantienen una relación de tensión con la sociedad, se paralizan con rapidez. No pueden dejarse mimar por ella, porque entonces se sienten obligados a plegarse a las circunstancias dadas. Nunca, ni siquiera en los periodos de mayor pobreza, me dejé comprar por la sociedad”.

Robert Walser.

Se ha instalado en mi voluntad de escritura. La influencia de lo que no controlas.

Y me digo a mí mismo: «no pienses, no especules, ¡solo escribe!»

Pero no puedo, me gana esa reflexión en la que indefectiblemente caigo al leer sus obras, su aparente facilidad para escribir como si estuviera inventando la escritura, como si él fuera el primer escritor de todos los tiempos, como si viviera en ese momento primigenio en el que aún no existían ni la escritura ni las formas literarias y el ser humano solo tuviera la imperiosa necesidad de narrar historias que trajeran luz a su larga noche de sombras y silencio.

Es Robert Walser

Saliendo del interior de la cueva de la Escritura, paseando desde la nada, trayendo consigo muchas de las novedades que se están gestando a principios del siglo XX; el resto de los escritores está pensando, él escribe.

El inicio de su obra EL PASEO es algo gozoso:

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle.

Aquí está el escritor paseante de realidades, Aquí está la “escritura-formato legal” que será tan propia de Kafka, con ese Declaro que…, Aquí está la atemporalidad o la relatividad con ese ya no sé exactamente a qué hora, Aquí está la lírica de la prosa, metáfora de la neurosis escrituril, en forma de abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus (los que nos habitan, los que llevamos con nosotros, los que no sabemos expresar, los que nos devoran, los que…), Y aquí está, para que no falte de nada, el tópico más tópico, hermosa mañana, expresado con la misma naturalidad con la que luego ─si sigues leyendo─ disfrutarás de su complejo tratamiento de los ritmos, tanto binarios como ternarios, la divagación envolvente, la ironía en todo su esplendor, sus asfixiantes adjetivos y el juego imposible con los tiempos verbales.

Pero no creo que lo complejo o lo tópico le inquietara en demasía a Walser, él escribe sin preocupaciones ─acaso como debe ser el acto de la escritura─, él mira la realidad como un paseante de la vida que solo sabe escribir lo que percibe como poeta, eso sí, un poeta de la prosa que se permite todas las licencias posibles porque para eso están ahí, seguramente, cuando escribía, vibraba en su cabeza el famoso verso de su espejo vital Hölderlin:

Lo que permanece lo fundan los poetas

El lenguaje de los poetas no solo vive en lo visionario de su percibir sino que tiene esa única cualidad que lo relaciona directamente con la persistencia en el tiempo. La palabra del poeta no te aleja de los límites, te pierde de nuevas posibilidades, porque crea límites distintos a los conocidos y trillados.

Os dejo con un poema de Walser, Al lado, que contiene a todo Robert Walser:

Tomo un paseo; me lleva

Un poco lejos, un poco ancho

Y a casa; entonces sin

Sonido ni palabra, solo,

Estoy al lado de mí mismo.

Hasta aquí todo lo que quería decir sobre la sinécdoque, figura retórica propia de estos tiempos que vivimos; no importa que Robert Walser se haya interpuesto, que no le haya podido evitar, que me haya ido paseando con él, ni tampoco que, finalmente, solo hablara de “paseos” y de él, porque, en realidad, todo es lo mismo.

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 16 de marzo de 2018

AL PIE DEL HELICÓN

 

Wittgenstein, Tractatus, 5.6. «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo»

El filósofo merodeando por el territorio de la poesía. La palabra-razón asediando la palabra-símbolo. El Tratado sistemático mirando cara a cara a la Metáfora ilusoria.

¿Los límites de mi lenguaje?: ¿cuáles son?, ¿dónde están?: ¿en el nombrar?, ¿en la sintaxis?, ¿en la incapacidad para verbalizar lo pensado y lo imaginado?, ¿en el desconocimiento del propio lenguaje?

Los Momentos de Dominio

Que le sobrevienen al Alma,

Y la dejan con una Insatisfacción

Demasiado exquisita para expresarla.

Emily Dickinson nos lo cuenta en el poema anterior, los límites (la no expresión) los provocan los sentimientos al caer sobre una conciencia desprevenida.

Escribo (Yo) como el que lava su piel después de una lluvia de barro, restregando costrones, arrancando pegotes, (escribo y escribo), limpiándome para ensuciarme cuanto antes, compulsión y vehemencia, azul sobre azul; la página en blanco se abre a mis ojos como si fuera un escaparate donde mostrarme y a la vez permanecer oculto de la Realidad. Diáfano. Acristalado. Sin fronteras.

(Escribo. Yo.) La voz del alma es un cabello suelto que habla a la Luna. La voz de la Luna son gotas de hielo repicando en las Estrellas. La voz de las Estrellas es el Eco de una mirada en la Noche. La voz de la Noche…

Y así, indefinidamente, la Poesía (siempre fronteriza con el lenguaje, siempre limítrofe con la expresión) puebla el Yo de razones para imaginar.

No hay límites para el lenguaje (Salvo los que le imponga la ignorancia asumida o el ahogo desenfrenado que causan los sentimientos) ¡No hay límites!

(¿Y “los límites de mi mundo”?, insiste el filósofo)

“La derrota de tu cuerpo”, le oigo decir al maestro Gelman en una grabación antigua.

Me persigue la frase-verso, augurio de carta de tarot. (¿Se han puesto en contacto el filósofo con el poeta?) Su contenido es inapelable. Cae en mi interior. Navega por mis venas como coágulo que se desprendiera cada poco de mi cerebro. (Asumir el no asumir, pensar el no pensar) Intento burlar su aparición. No puedo, sigue ahí.

Lo único que conjura el vacío de la pérdida es la escritura, me respondo. Beatus ille.

La Escritura es Silencio expresado (La Derrota sería la imposibilidad de imaginar) es Movimiento de la Conciencia (Sentimiento que abraza Mundo y Razón) es el Cuerpo que lucha para no ser derrotado…

Y luego (Seguir acariciando) la palabra

Y luego (Seguir escribiendo) la vida

Y luego (Seguir poemando) deseos y frustraciones

Y luego (Seguir luchando contra) La derrota de (Tu) cuerpo.

 

Lo único que me tranquiliza es escribir. (Con pasión)

“Yo sé dónde nacen los Manantiales, Manantiales Constantes”,

Emily Dickinson

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 26 de febrero de 2018

 

MUJERES TROYANAS

 

Partimos de una necesidad común, nos unimos en un mismo objetivo.

Si fuera pintor tendría muy claro qué tipo de pintura refleja mejor los tiempos que vivimos: la acuarela. Rápida, nerviosa, instantánea, colorista si se quiere y sin capacidad para detenerse y recrearse en el retoque.

Pero soy escritor y no encuentro tratamiento formal que cuadre con mi tiempo. Indago, experimento, no me conformo. Siempre queda el Realismo, nos dicen, aplicarse en todas las gamas y tonos del Realismo. No es malo, es limitado. Al final, la escritura-mercancía vence en su particular contienda con la escritura-precipicio.

La derrota es buen sustrato para acoger semillas.

Casandra,

Hécuba,

Andrómaca.

Mujeres, Derrotadas, Troyanas:

La adivina, la madre, la infortunada. Tres rostros de mujer habitando la historia de 3000 años para acá.

La incomprendida, la arrinconada, la maltratada. Tres rostros de mujer que se repiten porque el repetir es lo más fácil y sencillo para que todo permanezca sin cambios.

La sacerdotisa doncella, la parturienta continua, la venus pendula. Tres modelos de mujer masculinamente interesados, tres rostros a modelar de nuevo.

Troya ardiendo de sangre, rojo sobre rojo, ellas, despojadas de cualquier adorno, caminan como cuerda de presos hacia el reparto, piel cansada, túnicas ajadas y peplos deshilachados. Acuarela de la derrota.

Pero hablaba de escritura.

Me he desviado. Me pasa siempre. Lo que no puedo capturar me hace divagar.

Vuelvo a ello. Dado que los temas se mantienen a través de los siglos, Eclesiastés, la forma pasa a ser tan importante como el tema. A través de ella expresa la escritoraescritor su inquietud por superar herencias recibidas y adecuarse a su tiempo. Y, por eso, cada tiempo tendría que hacer su particular aportación a la evolución, nunca a la involución como desearían muchosmuchas.

¿Confusión de géneros?

¡Eso está inventado! Lo sé. ¿Pero se han agotado sus posibilidades? No. Hay una relación sintáctica de semejanza posible: Confusión de géneros es a confusión de tiempos como escritura de presente es a… Dejemos volar la imaginación y recreémonos en lo lúdico de la propuesta, exploremos las variantes que unos puntos suspensivos abren siempre:

¡Bienvenida la poeprosía!;

La novela no se comprime en un solo mundo, ¡se expande!, universo de universos: ¡loas al vacío como meta narrativa!;

El relato corto se hace pesadilla de lugar en el tiempo, metafórico: ¡ha de cantar lo irreconocible para que nos reconozcamos en él!;

(El teatro, a lo suyo, museo y llanto.)

Casandra saborea mañanas como agente literario de Carson McCullers; Hécuba lee a Fitgerald y cruza email tras email con un tal @jay.gatsby; y Andrómaca, a lo Anaïs Nin, da clases de caballo hectóreo porque para eso lo inventó y no está cobrando derechos de autora.

Pero hablaba de escritura.

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 9 de febrero de 2018

AQUÍ Y AHORA DE UN JARRY PERDIDO

 

Hay veces que sabes dónde tienes que ir y otras en las que lo único que sabes con certeza es que te tienes que marchar aunque no sepas dónde. No hay planeta habitable más allá de la palabra. Al menos durante el tiempo que has de usarla para nombrarlo, ese tiempo que yo llamo

LAS HORAS QUE LE FALTAN AL DÍA.

 

En escritura, todo pasa por el lenguaje, es su origen y es su límite.

Dialogar, contar, narrar, relatar, describir, divagar, expresar, todos son verbos de la palabra, infinitivos del escribir. Claro que no están contemplados digresionar, flujoconcienciar, patafisiquear o perogrullear. No hay sistema perfecto.

Una regla: Para crear una imagen que no existe es preciso unir dos sustantivos, facilitan la expresión de aquello que sin nombre asalta la imaginación y que convendremos denominar como imprevisto: el paraguas pájaro, la sonrisa sueño, la brújula bisturí, el mar maleta,

ELOGIO DE LA IMAGINACIÓN.

 

Una experiencia: Los libros que me importan me han encontrado ellos a mí, nunca yo a ellos. Con el tiempo he aprendido a diferenciar los libros-erudición de los libros-asombro, aquellos que surgen de mi búsqueda voluntaria y que devienen en conocimiento y aquellos otros que vienen a mí de forma brusca o inesperada como cuando estoy

PENSANDO EL PRESENTE.

 

En la red se navega, todo existe y todo se pierde a la vez; En la red, concreción y relatividad se han dado la mano; En la red, nos ahogamos y nadamos; En la red vivimos el naufragio colectivo de todos los que pretendemos emerger para ser visualizados.

En la red se está creando

Un océano que alimentamos día a día nosotros mismos; Un océano sin faros, sin rutas, solo puntos referenciales a los que dirigirse, en los cuales descansar para, después de un rato, volver a lanzarse al mar de la pérdida que ya no es anonimato;

Un océano donde

Aumenta lo escrito de forma exponencial; Aumentan las posibilidades de copia; Aumentan las posibilidades de no ser nadie; Aumenta la condena a la pérdida tal y como si fueras otra gota más que forma el mar de los mares; Aumenta el miedo a ser parte de lo aumentado,

Mientras tanto, continúo con mi particular

TRATADO DE LA ANÁFORA.

 

Hic et nunc

 

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 3 de febrero de 2018

UNIDAD, PROPORCIÓN Y ARMONÍA

 

OY que el rastro de las vanguardias solo lo encontramos en las tiendas de regalos de los museos,

OY que los manifiestos literarios alimentan los estómagos de los gerentes culturales creando monstruos exposicionados y esponsorizados,

OY que la Escritura es la regla y no la excepción,

OY que la originalidad ha sucumbido al “copia y pega”,

OY que la imaginación ha abierto cuentas en las redes sociales,

OY que las realidades del confort sustituyen a las del horror,

OY que el pensamiento ya no es fronterizo sino centralizado,

OY que una mayoría de la sociedad se define en sus actos como dócil, sumisa y obediente,

OY que quizá solo nos queda lo conceptual de un desayuno con amianto, la reflexión al hilo de las tapas de alcantarilla o la solución siempre desesperada, siempre terapéutica, del canal del tiempo o la teletienda,

Invocaría a Alfred Jarry

Recurriría a su ciencia de las soluciones imaginarias y las patáforas, me dedicaría al retorcimiento y al encuentro de las palabras hasta que perdieran su total identidad y nos propusieran una nueva, completamente distinta, algo en cuya lectura se regeneraran nuestras neuronas y pudiéramos engarzar pensamientos originales:

¡El epifenómeno!

Un epifenómeno que se colgara del brazo del sustantivo Escritura como paraguas inservible, tal y como lo haría un adjetivo, para explicarla nuevamente en una propuesta de presente de indicativo y sujeto colectivo, e inventaría epifenómenos dedicados a la Escritura como, por ejemplo:

Ciborgenésica (o explicocientífica)

Broncosinusoidadaísta (o de la pandemia escrituril como amenaza contrastada)

Constructurista (relativa única y exclusivamente al pasado)

Robóticoapocalíptica (de futuro, según Juan, ingeniero domótico por catálogo)

Fantásticoverosimilítica (cuasi cuasi real y literaria)

Ultrasurreinfraísta (que viva Horacio y su uc pictura poesis tan citado hoy en día)

Sexopuripreservativa (o de la masturbación como arte figurativo y abstracto)

Drónicopalatal (de venta en farmacias)

Pero esto no sería otra cosa más que un juego formal, así que me detendría antes de emborracharme de significados insignificantes, y aplicándome al glissando chirriante, adorno musical y poético por excelencia, me calzaría la máscara de Ubú y me llenaría con la desproporción de esa su aparición de primer acto gritando:

¡Mierdra!

Y como a partir de aquí, todo sería posible, abandonaría el condicional para constatar que la insumisión del presente que vivimos nace en el cuestionamiento que lleva consigo la pregunta, que hay que encontrarla, que hay que verbalizarla y que hay que convertirla en hecho real internáutico:

¿HACIA DÓNDE VAS ESCRITURA?

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 19-1-2018