Archivo de la categoría: LA LARGA CALLE DE LOS CUENTOS DEL EXTRAÑAMIENTO

EL EFECTO VENTURI

Si el miércoles no hubiéramos charlado…

 

Estrechamiento. Presión. Velocidad.

Va a sonar raro. Quizás, incluso, no se me crea. Fue así. Un vibrador. Sí, ese fue el regalo que me hicieron cuando me echaron de aquella empresa.

Ocurrió tal y como voy a contar.

Había firmado el finiquito hacía pocos minutos. En Recursos Humanos me señalaron la puerta. No me dijeron nada más. Puede que se quedaran con ganas de hacerlo. Incluso, insultarme. Ya se sabe cómo funciona esta gente que se encuentra tan ligada a los círculos del poder laboral. La ansiedad los colma. Se creen que son, pero no lo son. Están tan cerca de las alturas que su mente se despeña altiva y altanera contra aquellos que no están dentro de su espacio privilegiado. Llegué hasta mi mesa, mejor dicho, mi exmesa. Recogí mis pertenencias. Los ya excompañeros seguían mis movimientos y miraban sin ningún reparo y de forma descarada lo que hacía, como si yo les importara nada o menos que nada; para ellos, mentes preclaras, era un algo que pertenecía a un pasado resuelto.

No supe qué decir.

Pero esto me pasa tan a menudo que no lo tuve en cuenta, me resultó hasta anecdótico. Se levantaron dos o tres de ellos y vinieron hacia mí, su mirada tenía una fijeza extraña. Me dieron una caja de tamaño mediano, envuelta en un papel de regalo rojo. Así que sabían, antes que yo, que la empresa me iba a echar. Es curioso constatar cómo funciona el tejido laboral. Fui el último en enterarme. Si te paras a pensarlo, la muerte puede que sea algo así. Poco a poco se fueron acercando todos los demás y me rodearon. Un papel para envolver que se veía a las claras que habían comprado por compromiso, de forma rápida, sin gusto, y en cualquier lugar. Sonreían. Lo abrí allí mismo. Miré el contenido. Esperaban mi reacción. Las emociones no son mi fuerte. Algunos me dieron una palmada en la espalda, otros, los más, se decantaron por una mirada cómplice. Luego, risas; al principio, disimuladas y, poco después, abiertas y sonoras. ¿Se alegraban de mi marcha? Por qué. ¿Mala gente?

No aguanté mucho más, me fui. Que no esperaran nada de mí. Nada.

Una polla de látex descomunal. Desproporcionada, pilas aparte. Vaya ambiente laboral. Gente muy preparada. Envidiables en sus amplios conocimientos. Capacitados hasta la saciedad. Títulos de todo tipo, másteres de cualquier factura. Teóricos en busca de una teoría. Pero acerca de qué. Llevaban años inmersos en un aura de misterio que, al final, terminó por concederles existencia y credibilidad. No hay atracción sin enigma por resolver. Yo llegué hasta la médula. Rompí sus rutinas de aparente comodidad. Algo accidental. Fue con motivo de una sustitución. Un empleo para sumar puntos cara a una hipotética oposición. Objetivo esencial, según contrato firmado, “concretar las interminables divagaciones de los empleados dedicados a la Teoría, un personal que, a partir de ahora, y en todo a lo que se refiere a este contrato, designaremos como ‘los teóricos, investigadores de Teoría’…”. En el horizonte, una urgencia: había que cumplir unos mínimos resultados, preestablecidos de antemano, derivados de subvenciones recibidas. Mi tarea no sería nada gratificante. Mi antecesor lo padeció en sus carnes. Abandono por depresión. Parecía necesario que retuviera conmigo este dato si no quería vivir idéntica experiencia.

¡Abandono por depresión!, no se me olvidaría.

Ya sabemos cómo funciona esto. Primero lo demostrado. Y desde ahí, desde el dato seguro y contrastado, a lo improbable, a lo que todavía se desconoce. Luego, unirlo por esa parte en la que encajan los datos unos con otros perfectamente, eliminando lo aleatorio y excluyendo toda subjetividad y capricho. Adiós intuiciones, adiós presentimientos. No soy ningún iluminado, pero sabía perfectamente que para hacer bien este trabajo tenía que huir de cualquier intento de elevación que pudiera apartarme de lo más terrenal. Exclusión de la vanidad. Tiré de manual. Pasé una circular en la que, entre otras cuestiones, me presentaba a los teóricos, investigadores de Teoría, les explicaba quién era yo y qué pretendía, pedía su colaboración, y, además, emplazaba a la totalidad de los destinatarios y destinatarias a la contestación de un fácil cuestionario cuyas respuestas harían posible que mi trabajo fuera eficaz y, en consecuencia, de la misma manera, contribuyera a que el suyo, en un futuro cercano, fuera más eficiente.

¿El regalo endemoniado que me hicieron era una metáfora o el resultado de una concienzuda teorización psicológica de mi persona? Esto último me preocupaba. Habían detectado alguna falla, grieta o agujero negro en mi armazón psíquico.

Cuántas variantes surgieron a raíz de la encuesta. Cuántas inquietudes planearon sobre el tranquilo ambiente laboral. Forzamientos. De todo tipo. Notaba la presión sobre mi espalda, aparecieron mensajes en contra. El váter recogió la mayoría de ellos, una muestra: «J. ─ese, soy yo─, olvídanos y métete en lo tuyo, capullo», (¿qué era lo mío?, no me ayudaban con sus rimas fáciles); «administrativos-encuestas: carroña laboral!», (qué despectivo sonaba ese “administrativos-encuestas”, ¿era yo un administrativo nada más?, y además, horror, faltaba el signo de admiración inicial), «chúpame el culo» (este mensaje como se puede apreciar era algo indefinido en cuanto a quién iba dirigido, yo entendí que era para mí, ¿complejo de culpabilidad?). Descubrí que los teóricos, investigadores de Teoría, no estaban reñidos con la vulgaridad. Desde su pedestal, claro está. Más datos a tener en cuenta.

Resumiendo: cuando el ambiente se enrarece, la comunicación se torna imposible.

Comenzaron los desencuentros, ellos, los teóricos, investigadores de Teoría, se aferraron a la parte más etérea y menos comprensible de su trabajo y yo, por mi parte, a la seguridad de una Estadística aplicada que aunaba experiencia y necesidad de cambio. Confiaba en cumplir mi trabajo hasta el final. Pero varios días después ninguna encuesta había sido entregada. Seguí los canales pertinentes y consulté con la dirección. ¡Me apoyaron sine díe! Me quedaron dudas, qué pasaría si llegaba el “díe” y nadie me avisaba de que había llegado. Se puede suponer: no dije nada.

Dónde estaba el libro de instrucciones.

Porque me supongo que un aparato tan sofisticado tendría el correspondiente prontuario de buen uso y correcto mantenimiento. Un fabricante no se puede arriesgar a una demanda así como así. Un usuario, tampoco. Si te descuidas en su uso, por desconocimiento o por imprudencia, puedes acabar en las urgencias de un hospital de la mano de una historia inverosímil que intente justificar tu anómalo proceder. Sí, ahí. Una hoja. Un doblamiento casi perfecto. Varios idiomas. Algún que otro dibujo aclaratorio. Los teóricos, investigadores de Teoría, estaban divididos por grupos y no por secciones, cada grupo llevaba un proyecto concreto e independiente del resto, los proyectos eran letras mayúsculas asépticas e innominadas. La suma de todos ellos tendría que haber constituido el grial de la santísima Teoría. El alfa y el omega. El aleph y el tav. Pero no era así, claro. Departamentos estancos, sin comunicación entre ellos. Avances mínimos. La especialización aturde las mentes. Da seguridad a las manos, pero enturbia el pensamiento. Lo sabe todo el mundo, pero se sigue repitiendo una y otra vez. El taylorismo antes del fordismo, la Historia ya había tratado este tema así que no me extiendo al respecto. Dentro de mis competencias, apreté las tuercas, pasé un memorándum recordatorio donde exhortaba a recibir las encuestas debidamente cumplimentadas en el término de un plazo más que prudencial. Adujeron que el secretismo formaba parte de la labor de investigación teórica. Que la encuesta era una intromisión inaceptable. ¿Sabían hacia dónde iban?, ¿sabían lo que querían? Ni siquiera se lo preguntaban, su mundo era una muestra de lo que significa una teoría perfectamente construida. ¿Necesitaban ayuda?, ¿lo reconocerían?

Era de color azul. Un azul violento, eléctrico. El interruptor sutilmente escondido. Tenía la belleza intrínseca de lo oculto, del tabú y de lo desconocido. Un prodigio de aerodinámica sensual creado para la penetración.

La pregunta que levantó más ampollas era de corte sencillo:

¿Encuentras placer en lo que haces?

¿Tendría que haber sido más extensa?, ¿más explícita?, ¿incluir algún ejemplo? No entendía nada, ¿qué es lo que tanto molestaba?, ¿o es que acaso en una estructura empresarial moderna no es obligatorio saber si tus empleados, los teóricos, investigadores de Teoría, están a gusto o no? Era de libro. También ellos, los teóricos, investigadores de Teoría, se podrían haber dirigido a mí, pedido aclaraciones al respecto. Nunca me negué a dar explicaciones. No hubo ninguna posibilidad. Los teóricos, investigadores de Teoría, decretaron el silencio activo. El más agresivo de los silencios, el que te aísla por completo. La situación se volvió angustiosa. Paralizaron su trabajo aduciendo ¡agresión manifiesta! y ¡atentado intencionado contra su hábitat! La tensión crecía. Unieron todas las encuestas, sin orden alguno, sin colocación previa, y las tiraron al contenedor de lo orgánico, si al menos hubiera sido al del papel se podría haber entendido como un gesto positivo. Todo vino rodado. Dentro de esta dialéctica enconada solo quedaba por descubrir dónde se hallaría el eslabón más débil. La dirección, clarividencia incluida, lo tuvo claro, llegó el día de la desaparición del “sine”. Lo decidieron por su cuenta. ¡Eran y son la dirección!

¿Dejarlo en la caja?, ¿mostrarlo?, ¿aplicarlo?

Más o menos, siempre ocurre de la misma forma, hay un momento, un instante de lucidez en el que te das cuenta de todo con una claridad que hasta ese momento te había sido negada, y justo a partir de ese instante todo es distinto. Pero esto vino después. Me habían echado, qué hacer. Salí a la calle. Recorrí acera tras acera. Los semáforos, de forma extraña, fueron más verdes que rojos. Detecté miradas amables. Tropecé con frases de disculpa. Algún saludo ocasional por parte de gente desconocida. Ocurría todo de forma tan vertiginosa: Fui consciente de que mi tiempo estaba pasando. Y salí corriendo. Todo lo que mis piernas fueron capaces. La caja y yo. Formando un conjunto inseparable. Llegar a casa tuvo un punto de liberación. El encuentro con lo tangible más cotidiano. Allí las cosas fueron diferentes. Alejado de la rigidez de las hipótesis, aliviado de la pérdida de la suposición fácil y ajeno al enredo que llevan consigo las conjeturas mantenidas. Una bebida estimulante. Dividir su contenido en múltiples sorbos. Uno. Otro. Otro más.

El vibrador fuera de la caja, tentación de lo oculto que vive en nuestro interior. El vibrador sobre el aparador restallando sus potenciales ondas en busca de piel. El vibrador repitiendo incansable el mensaje de un posible placer que alivie la soledad.

En uno de los lados, pegado con celo, un sobre pequeño y dentro una dedicatoria:

“Para J:

Solo dentro de ti el dolor oscuro, la frustración del conocimiento, se convertirá en placer luminoso, no pares nunca, mantenlo en tu interior, deja que gire y gire, no lo dejes salir.

Fdo. Los teóricos, investigadores de Teoría”

Qué hijos de puta: ¿habían contestado por fin a mi pregunta?

Qué hijos de puta: ¡me veían como a un igual!

Qué hijos de puta: ¿me querían?

Anagnórisis. Pues aquel que mirándose a sí mismo busca la redención en el otro, ese será a quien debas seguir. Me invitaban a ser uno de los suyos. Y solo tras sus pasos inextricables hallarás el consuelo que la luz no otorga a aquellos videntes, los otros, que ciegos se niegan a ver. Todos teóricos, todos sabios. Ese era el destino al que sutilmente me citaban. Abrazados al reflejo lóbrego de las palabras. Perdidos en los pasillos sin salida del laberinto de la mente. Enganchados a la grandilocuencia de un discurso elitista como única salida. Solos y únicos.

¡Todos parásitos e inútiles!

Una pequeña duda vino hasta mí: ¿a lo orgánico?, sí, ¡a lo orgánico!

Todo lo demás, Realidad y Voluntad.

 

 

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UNA VIDA SANA

 

Para ti, prosista desganado, perseverante poemista

 

6.30 a. m.

Suena el despertador. Con ganas. Es lógico, lleva toda la noche esperando su momento. De plano, en toda la oreja. Apropiándose del pabellón auditivo. Da lo mismo que sea manual, electrónico o de última generación. Todos proceden de la misma forma, irrumpen con violencia, al modo de un puñetero taladro que cayera sobre la cabeza para trepanarla. Comprobado, no falla, cuando duermes poco y mal, siempre ladra a destiempo.

Ruido de fondo.

Recuerdos.

Paraísos perdidos.

Imágenes vívidas, espacios habitados, sentimientos prendidos. Ilusión de algo que supuestamente fue mejor. No te puedes acostar con ellos, no descansan, se aplican al runrún de presencias imposibles. Nostalgia de tiempos y añoranza de instantes.

6.32 a. m.

En pie. Hechos constatados: uno, las zapatillas nunca están donde pones los pies y, dos, urge aliviar necesidades relativas a una fisiología no evolucionada. Cuándo se inventará el riñón auto evacuador. Que destile un pasado que se fue, por favor. Filtrar sin sentir. Y la vejiga auto reciclable. Que diluya todo tipo de evocación. Eliminar sin percibir.

Insiste la realidad.

Todos los días a primera hora, delante del inodoro, diálisis de loza blanca, bostezos, rascamientos varios y, de acompañamiento, miradas perdidas con fondo de azulejos mudos, inmutables. Qué decir.

6.36 a. m.

Por un momento, piensas en el olvido. Como posibilidad, como remedio. Quizá sea posible aplicarse a ello como si en ese hacer te fuera la vida. Y, de paso, mientras piensas en ello y vas de vuelta hacia la habitación, pasillo adelante, recoges recetas del tipo: “El antídoto contra la decepción se llama empezar de nuevo”, “Se acabó”, “No camines rápido, no te hace falta, simplemente, no mires hacia atrás”. Las compraste en un bazar de oportunidades, todo a un euro, y ahí siguen, en su original envoltorio.

Si las abrieras, si las aplicaras, entonces, qué quedaría.

6.40 a. m.

Has tropezado, una zapatilla se ha salido, se ha quedado quieta sobre la tarima, como si tuviera vida propia y hubiera decidido no andar más, esperar otros tiempos u otros pies. Ojo con el armario, en su interior habitan sentencias con pretensiones intelectualizadas: “Eres el producto de tu pasado.”, por ejemplo. No hay por donde cogerla. Sin embargo, erre que erre, creando costra. En el tiempo de las legañas prendidas conviven la aspiración a lo sublime, la ropa interior sucia y ese desperezarse sin sentido que mezcla piel muerta con ser y existir. Los minutos se dejan caer. El tiempo avanza repleto de incertidumbres, pero sin novedades. Repetitivo. Un café descafeinado, templado, leche desnatada, templada, y galletas desglutenizadas y desglucosadas sin templar.

6.50 a. m.

El parque antes de. Ejercitando el ejercicio. Avanzando por un camino de arena. A buen ritmo. Combinando pasos con imágenes, combinando obsesiones con atolondramientos. Las amenazas se llaman ─todo tiene un nombre─ asociaciones libres, gratuitas y sin control. Añoranzas y evocaciones por igual. Un persistente olor a romero tiene la culpa, ha desbloqueado resistencias. O un mirlo punteando su amarillo pico antes de emitir su canto sobre las praderas. O los cuchicheos de los gorriones a pie de rama. Todo tan inocente. Todo tan ingenuo. Se desbocan los recuerdos. Muy a tu pesar. Y se lanzan a por ti. Y te gustaría preguntar a alguien cómo inutilizarlos. Y te gustaría pedir ayuda a un tiempo que está por llegar. Pero no haces nada, basta con atenerse a una agenda estricta, un horario prefijado y a una dieta sana que combine alimentos sin saturar y ejercicios saturados. Y sigues. Hay que seguir. Aferrado a un pasado. Hasta finalizar el camino. Cualquier camino. Menos el de la pérdida. Menos el de la inseguridad.

7.30 a. m.

Qué vacíos están los columpios, qué vacíos. Y los toboganes relucientes de galvanizado y soledad. Balancearse. Deslizarse. Caer. Balancearse. Deslizarse. Caer.

7.35 a.m.

La verdad es que si nada dices, no puedes esperar que alguien te comprenda.

7.38 a. m.

Y aun así insistes…  Zancada a zancada. Hasta romper a sudar.

7.50 a. m.

Una ducha.

Ablución.

Limpieza momentánea.

Nunca purificación.

Nunca olvido.

8.00 a. m.

La calle extiende una vista amplia de posibilidades por construir. Las escaleras marcan el descenso hacia la normal normalidad. Un autobús abre y cierra sus puertas hidráulicas de imperfección. Te tragan. Aceras, andenes, gente. Te mezclas. Calles, aceras y más gente. El trayecto acabará allí donde otra puerta se cierre a tus espaldas.

Al final.

Horas flexibles marcadas por contratos rígidos.

(…)

Sopa fría de pepino. Ensalada verde con guarnición de arroz integral. Pechuga de pavo con setas al vapor. Pera.

(…)

Placentero laborar, crispación bendita. El presente conjuga verbos artificiales, de esos de usar y tirar, y como, además, está de promoción, hora tras hora, va repartiendo palabras envasadas al vacío, la mayoría de ellas, de significado intercambiable, superficial. Bendito laborar, placentera crispación.

(…)

¿Podrías hacer algo?

(…)

Camino de vuelta. Los mismos andenes, las mismas calles, los mismos asientos gastados. Una música de otro tiempo dulcifica y atenúa la incipiente parálisis. Poco a poco, retorna la plácida añoranza. El refugio fácil, los puertos cómodos.

Consuelo a su manera.

(…)

Zanahoria hervida. Pan de centeno. Salmón a la plancha. Yogur.

(…)

11.25 p. m.

¡Una vida sana!

 

DISTORSIÓN

 

Ante mis ojos.

La mañana. Se alza roja como una cereza que se hubiera apoderado del cielo, de la ciudad y del paisaje. Llora sangre. Los edificios amenazan, los monumentos alardean, las calles se repliegan. Impresiones que capturo desde mi estratégica posición tras la ventana. Entregado a la inactividad, seguro. O a la contemplación, seguro. O a la soledad, seguro.

Si fuera un transeúnte.

Caminaría por caminar. Me centraría en un punto de partida. Por ejemplo, el portal de casa. Y en un momento exacto. Por ejemplo, en el instante de salir. Y justo encima del escalón de mármol blanco que separa el portal de la acera. Tropiezo con el vecino del quinto. No lo recordaba así. Su rostro alargado como una mazorca de maíz. Serio y concentrado. Ausente. Cuando fue presidente de la comunidad desarrolló una especial inquina contra mí. Ejercicio arbitrario del poder. Silencios permisivos y ausencias inexplicables, dijo de mí en una asamblea. Por qué somos así. Incapacitados para encontrarnos en el otro. Es una opinión. Y me tiende la mano. Porque ya lo hacía cuando quiso echarme. Y la costumbre se ha convertido en ley dentro de su cabeza. Ha pasado el tiempo. Soy incapaz de estrecharla. Rechazo estético. Sus dedos son más largos de lo normal, se prolongan de una forma extraña, como si intentaran algo que se me escapa. Indefinible. Inquietante. No, no puedo hacerlo. Los huesos, marcados y prominentes. La carne ha cedido, solo la piel por encima, tal cual un papel envolvente, un celofán sin vida. No le gusta. No lo entiende. No es rencor por mi parte. Puedo asegurarlo. Pero no puedo hacerlo. Las venas de su cuello se dilatan de tal manera que veo sus latidos reflejados. ¿Se puede romper una vena por la cólera y por la ira? En estos tiempos que vivimos, seguro que sí.

Me alejaría con rapidez.

Un autobús en el horizonte. Un manchón azul que se eleva sobre el rojo matinal creando una franja frontal pálida y transparente.

Llegaría. Se detendría.

Y subo. Y saco mi abono. Se lo paso directamente al conductor-cobrador. Me lo devuelve. Perdón, señor conductor-cobrador, lo ha taladrado. Lo ha inutilizado. Lo miro con incredulidad. Pero no contesta. Se ríe, el conductor-cobrador se ríe. Los pasajeros hacen un coro perfecto. Imitan una tragedia griega. Por qué. Con qué parte del destino he de enfrentarme continuamente para forjar mi personalidad. No lo entiendo. ¿Se me habrá hinchado una vena como a mi vecino? No, seguro que no. Hace tiempo que llegué a un pacto con mis emociones, ellas se olvidan de mí y yo no las llamo nunca. Pero esto es pura teoría. El escarnio al que se me somete, no. No se dan cuenta. Nadie se da cuenta. Todo deja su poso de dolor y de frustración. La crueldad de los pequeños detalles. Qué hacer. Si me quedo, seré el hazmerreír, si me voy, no podré mirarme en un espejo durante mucho tiempo. Incluso. Podría darse el caso de que no pudiera ni nombrarme. Y eso es complejo, muy complejo. Nuestra última posibilidad siempre es el nombre, después de todo solo nos queda el nombre, incluso, después de la muerte, solo nos queda el nombre.

Me bajaría.

A toda prisa. Sin pensarlo. Olvidándome de todo futuro. Solo el presente es realidad. Es lo mejor. Ya está hecho. Pero rápidamente me doy cuenta de que no ha sido un buen momento para hacerlo. La mañana ha avanzado. El rojo se ha desvanecido. Todo en derredor se deforma por completo. Los jardines se vuelven imposibles de transitar, se cierran de verjas que los protegen de sí mismos, de ese crecer y crecer que termina por ahogarlos entre raíces descomunales y ramas desproporcionadas. Los semáforos se apagan presos de un daltonismo feroz. Los neones titilan como si fueran un decorado de película de serie B. No me encuentro a gusto. Hay en las ciudades una oculta capacidad para demostrarte que no eres nadie, una nimiedad. Es una sensación inexplicable que te habla de peligros latentes, algo que te dice que no importas mucho, que puedes ser devorado en cualquier instante.

Avanzaría por una avenida grande y amplia.

Qué remedio. Dónde estoy. Si tuviera un teléfono móvil. Qué contaría. Lo que veo no es lo que quiero ver. A quién. Buzón de voz. En espera. ¿Volviendo a casa? No es seguro, queda por demostrar. La estatua del Libertador Único me sirve de referencia. Un Libertador es un gran hombre. Por definición. Un militar. Un héroe. Alguien aclamado. Por qué le cagarán tanto las palomas. La cabeza. La cara. Los hombros. Quizá fue un hijo de puta y solo las aves, con sus poderes adivinatorios, lo saben. La Historia dice lo contrario o no dice nada. Para qué sirve la Historia si se escribe desde la parcialidad o desde la mentira. Me quedo mirando durante un tiempo. Pero no puedo más, el cuello me avisa, mis cervicales están gritando, en fin, dejo el asunto de la contemplación a la colombofilia. Me gustan esas disciplinas que poseen el glamour de la Edad Media, como la cetrería y los libros de horas. No sé, tengo la impresión de que he estado algo cruel con un asunto tan delicado. Puedo herir susceptibilidades. Honor, patria, heroísmo. Vaya temas. ¡Vaya palabras! Injertadas directamente en el a-de-ene de la grandeza histórica. La que se fue. Nunca existió. Palabrería fácil. Hueca. Para henchir banderas y estupidez. Al unísono. Caca, culo, pedo, mierda. Escatología. Patria. Coprología.

Me sentaría en un banco.

La ciudadanía se demuestra haciendo un uso racional del mobiliario urbano. Para compartir. Está un poco sucio, pero después del asunto de la estatua del prócer de la patria no voy a poner más reparos. La madera tiene un mantenimiento complicado. Lijar. Pulir. Barnizar. Más lijar. Más pulir. Y más barnizar. Se acabó la cuestión. Constato. No hay vistas. Solo un plástico enorme que baja desde la terraza de un edificio y cubre toda la fachada. Reformas y Estilo. Letras en negro sobre fondo blanco. No lo entiendo. No sé qué sustantiva qué o qué adjetiva qué. Cómo relacionarlas. Lo pienso. Me doy mi tiempo. Las cuestiones lingüísticas son de una complejidad exagerada. Demasiado tiempo. He tardado mucho. Alguien se ha sentado a mi lado. Es lo que tiene pensar, propicia los acontecimientos. Con tal de que no sea alguien que quiera perpetuarse en la palabra a través de un diálogo insustancial y repleto de opiniones gratuitas. Es una mujer joven. Primera contradicción: Por qué una mujer joven se sentaría en un banco sucio y sin vistas. Me confunde. Pero no me voy. Segunda contradicción: Por qué… Perdón, me dice ella, interrumpiendo mi enumeración de contradicciones, llevo toda la mañana andando y estoy cansada. No molesto, verdad. Sonrío. Y lo hago por puro compromiso, me acaba de destrozar mi teoría de las contradicciones. Está usted en su casa. Respondo. Mal hecho. Es una frase convencional dentro de un contexto equívoco. Me creará problemas. Efectivamente. Ella, a continuación, me dice: ¿Su casa?, ¿mi casa?, ¿vive usted aquí? Y yo respondo que no, y pienso que cómo voy a vivir en un banco público, pero no se lo digo, qué cosas se les ocurren a las mujeres jóvenes. Reaparece de nuevo mi frustrada teoría de las contradicciones: Por qué cuenta todo esto a un desconocido que puede llevar consigo el peor de los propósitos o lo que es aún más grave por qué… Quiere usted invitarme a un café, me ha dicho mirándome a los ojos. Nueva ruptura de mi hilo argumental. Sin un titubeo. Sin mostrar duda alguna. Las mujeres me superan. Suyo tendría que ser el mundo. Los hombres hemos fracasado totalmente. Y no lo digo-pienso por modismo o tendencia más valorada, estoy convencido. Eso sí, con tal de que no sean amazonas pantasileicas. No la he contestado. Me doy cuenta. No tengo dinero, digo sin pensar, recurriendo a lo primero que me sale. Volveré a tener problemas. Ah, dice ella. Y me sonríe. ¿Está decepcionada?, ¿está molesta? Puedo pedirlo, ¡si usted quiere, puedo pedirlo!, le digo para salir de una situación que solo parece conducirnos a un punto muerto. Y para ser complaciente. Vuelve a sonreírme. Qué mujer. Es un tesoro. Alguien se sienta en el otro lado del banco. Parece un joven comercial. Nos dice que está creándose una cartera de clientes. Que su finalidad es la venta programada por fidelidad. Yo le digo que no le entiendo. La mujer me golpea el costado con su codo. Al parecer, he dicho una inconveniencia. Él, continúa. Se trata de clientes que compran por convencimiento y no por capricho, lo hacen desde el reconocimiento de que su voluntad es plena y soberana. Se detiene y me dice que qué me parece. No contesto. Quisiera pensarlo bien: ¿Idealismo?-¿Idealismo fácil?-¿Idealismo trasnochado? No sé qué decir. Si entendiera algo, un poco, acerca de lo comercial seguro que eso me ayudaría. Cuán grande es el desconocimiento. Cuánto. Él se hunde y se lleva los brazos a la cabeza mientras gime. La joven se levanta con decisión y se sienta a su lado. Trata de consolarlo. Luego, me mira con dureza y me dice que no solo no tengo dinero, cosa que ya de por sí resulta más que lamentable, sino que he demostrado ser un hombre despreciable, carente de escrúpulos y de sensibilidad. Se lanza a un abrazo materno-cariñoso con el joven comercial y, sin mirarme, al poco, se van. La sociedad es esto. O algo parecido.

Y me levantaría. Y los seguiría.

No puedo dejar las cosas tal y como están. Tengo que explicarles todo. Todo. Por favor, no se vayan, tengo mis razones. Pero no hacen caso. Una vez que te etiquetan… Intentan alejarse de mí, perderme de vista, se han metido en un café y se han sentado en torno a una mesa que está junto a la cristalera que da a la calle. Los veo. Hablan con un camarero muy servicial. Poco tiempo después. Café con leche y cruasanes con mantequilla y mermelada. Él se la extiende a ella y ella, en justa correspondencia, a él. Qué maravilloso es ser joven. La vida se porta generosamente, te regala días y noches como si no existiera marcado un límite. Eso en cuanto a la vida, pero el mundo ya es otra cosa. Injusto. Egoísta. Se tenga la edad que se tenga. Yo les hablo desde fuera, a gritos. Espero, deseo, que me inviten a pasar. Es preciso recuperar el tiempo pasado. Les explico que solo son malentendidos, palabras que se escapan gracias a la tiranía de un lenguaje que debe más a la educación y al formalismo que a la voluntad, palabras que se niegan al intercambio o a cualquier comprensión, palabras que están por encima de cualquier sentimiento. No me hacen caso. El asunto no les interesa. Se han cogido una mano. La izquierda de él, la derecha de ella. ¿O ha sido al revés? Aparecen las dudas. ¿Están cerrando un pacto? Se miran. ¿Es amor? Si es así, no puedo quedarme, hay temas que me superan. Por complicación. Por imposibilidad. Además está el tema irresoluble del romanticismo. Pura farfolla. Me doy la vuelta. Hay mucha gente, me han rodeado. No me había dado cuenta. Unos pocos me miran con aprensión, el resto me está grabando con sus móviles. Se ríen. ¿Acaso son los mismos del autobús? Me siguen a todas partes. Los encuentras por todos los lados. No cejan hasta que te destruyen o te hacen partícipe de su alienación. Hasta que te integran en la sinrazón dominante. Se enseñan las fotos entre ellos. Los unos a los otros. Me miran y se ríen.

Saldría corriendo.

Con el máximo de velocidad que me permitan mis estilizadas y nerviosas piernas. Pero no estoy en forma. No he sido nunca un atleta. En mi infancia jugué al escondite y al pañuelo. También corría en paralelo a los trenes. Lo más que podía. ¿Servirá de algo? Uno de ellos. El que entró detrás de mí en el autobús. Ha llamado a la policía. Les ha enviado el vídeo y les ha puesto un mensaje en el que les dice que si acaso es este el tipo de ciudadanos que queremos para nuestras ciudades. Y luego, jaleado por todos los demás, ha mandado un segundo mensaje en el que dice que a qué esperan para intervenir. Apela al deber cívico de intervención urgente. Porque una policía que se precie ha de responder con contundencia a las provocaciones de los que quieren vivir al margen. Eso dice el manual. Llega más gente. Surgen por todos los lados. Quién los convoca. Cada vez hay más. Y cada intento mío por explicar que todo es un equívoco es acallado con gritos y más gritos. Me amenazan. Me insultan. Los dos jóvenes, mientras tanto, han terminado el desayuno y ella, según me parece entender a través de los cristales, me dice que ya me había avisado. De qué. Cuándo. Que es mi culpa. Por qué. Alguien dice que seguramente voy armado. Que hay que tener cuidado. Que se me ve muy tranquilo y que eso solo es posible porque tengo esa seguridad que confiere llevar un arma. Y se van alejando de mí. Van desapareciendo. Alguno, llora. Otro, se cae. Se graban entre sí. Se produce la estampida. Se van. Derrotados. Atemorizados. Volverán con más odio. No puedo hacer nada. Viven del miedo. Viven en el miedo. Y no puedo hacer nada. Nada.

Y me iría. Y me iría. ¡Y me iría!

Gritando. Por mí mismo. Desconsolado. Por los demás.

¡Si yo fuera un transeúnte!

 

 

CREPÚSCULO

 

 

A G. T., por ese universo suyo de azules y de sintaxis rotas, puro sentimiento.

 

Comencé la noche buceando historias que aliviaran mi desvelo. Pensaba. Pensaba. Y pensaba. Como si mi cabeza se hubiera enganchado a una maroma invisible en la que no cabía otra cosa que subir o bajar a lo largo de ella. Imposible desasirse. Hacia arriba, la intrascendencia. Hacia abajo, la densidad. Y, por fin, fijado a unas hebras sueltas de la cuerda, encontré un esbozo de relato. Ahí estaba. Ahí lo dejé. Postrado en mi cabeza. A lo largo. A lo ancho. Como un pez recién pescado que se tira sobre la arena de una playa solitaria. Como un pez que se estremece respirando violentamente por sus branquias. Como un pez que espera un destino incierto. Ninguna ola. Ningún ruido. Ningún aliento.

Mientras. La noche. Instalada, real. Noche blanca del alma.

Cuánto tiempo se puede llegar a pensar sobre un mismo hecho o un mismo tema. Cuántas son las variaciones posibles alrededor de una idea hasta que se consume su pábilo. Cómo se mide ese vacío en el que nada ocurre. Cuándo se puede decir ya basta. Cómo se puede detener el discurso interno sin que te eches en cara no haber reflexionado bastante.

Insomne.

Cierto es que nada podía conjugar que no hubiera conjugado ya hace tiempo. El combate con las palabras, insuficientes y bastardas. Lo irrelevante de la historia ante una realidad cambiante, descontrolada. La fatalidad del personaje, abocado a la desaparición entre tantas páginas leídas y tantas olvidadas. Y aun así, a pesar de todo, seguí porfiando. Desoyendo razones y franqueando obstáculos.

La obsesión como norma creativa.

El relato se fue construyendo como un cuadro que se dibuja a sí mismo desde los dedos y desde el silencio. Sin mensaje y sin moralina. Con sangre. Con carne. Rechinando rabia. Ira. Decepción. Retorciendo su claridad en la indefinición. Los volúmenes de los sentimientos proyectándose a través de las letras y de las palabras. Y estas. Unidas sintácticamente a una experiencia nocturna única. Fábula en estado puro. Palabra. Frase. Párrafo. Palabra. Frase. Párrafo. Escrito estaba.

La noche, negra, plateada.

Y el relato se removía inquieto, cobraba vida. No se resignaba a su suerte, necesitaba ojos donde mirarse. Un futuro. Y se encabritó, y pidió vida pública y enfrentamiento. Su epifanía. Aparecieron las dudas, las de su supuesta finalidad y las de su incierta validez. Tiempo crítico. El sueño de la perfección. Un sueño que despierta miedos siempre al acecho, alertas, dispuestos al asalto.

Demonios.

Y la noche, dócil, se dejaba llevar en la misma medida en la que se convertía en destino. Perfilándose en las sombras. Enfrentándose a la luz y al tiempo. Agotándose en su propio transcurrir. Lenta. Quedaba poco. Inexorable. Boqueando como si exhalara suspiros negros. Pendiendo de un hilo.

Que se rompió.

La fatalidad es fatal porque siempre se cumple. Llegó la luz y el ruido. Contrapunto obligado, indeseado. El ruido rabioso de una sociedad que se oscurece cada mañana enganchada a sus dosis de indiferencia y de egoísmo. Burda realidad.

Entonces.

Cuando la noche desapareció huérfana de oscuridades y de estrellas. Cuando ya clareaba el sol. Cuando los rayos de luz iluminaban la profundidad de lo escrito. Cuando el relato podía ser leído fácilmente. Cuando se desvelaba su posible misterio. Cuando lo escrito clamaba por la luz y por la vida.

Entonces, lo destruí. Lo eliminé.

 

¡Desaparecida la sintaxis!, nada merecía la pena.

REFLEXIONES DE UN AGRIMENSOR

 

A mis compañer@s de tertulia

 

Quién quiere estudiar una carrera universitaria.

Habrá gente, por supuesto. Me parece bien. Aunque para mí, a día de hoy, las urgencias son otras. Viajante. Calibrador. Engastador. Pero nada de estudiar una carrera. Cualquier estudio prolongado tendría que contener, en paralelo o al mismo tiempo, una aplicación provechosa. Generar una experiencia completa.

Pienso en Mongolia. En la cetrería. En los pequeños caballos. En las inmensas estepas.

Y luego, en aquel momento en el que sus frustraciones como pueblo se convirtieron en algo insoportable, y, todos, al unísono, decidieron cabalgar en busca de la gloria o de la muerte.

Desiertos. Cordilleras. Valles.

Llegaron ante la Gran Muralla. Y caracolearon alrededor de ella. Y amenazaron. E insultaron. Somos mongoles. O es que no os habéis dado cuenta. Nadie contestó. Todo eran cámaras. Sensores. Drones. Ojos panópticos. Acechando sus silencios. Vigilando sus movimientos. Calculando sus dudas.

Se sucedían los días. Apelaron a un pasado glorioso. A la memoria del Khan Temuyin. A la de su nieto Kublai. Un pueblo con historia no puede esperar.

Pero no pasaba nada. Nada.

Algunos, los insensatos, buscaron cabalgar por su base para ver dónde acababa. Desaparecieron. Otros, los prácticos, construyeron provisionales campamentos y, con el tiempo, allí se quedaron. Se consumieron. Por último, los menos, los visionarios, se situaron frente a la muralla y fijando su absorta mirada sobre los sillares de granito, soñaron imposibles. Del tipo. Un águila. Un caballo. Una porción de estepa.

Que alguien me diga, por favor, quién, en su sano juicio, quiere, hoy en día, estudiar una carrera universitaria.

 

 

CONFIANZA EN LA HUMANIDAD

 

Luego vino aquello del niño aquel. Se le caía todo de las manos. Llevaba una bolsa de plástico que dejó tendida a sus pies. Una bolsa ajada, sucia. Viajaba con su hermano mayor. Todo el vagón del metro se fijó en ellos. Él sacaba juguetes y objetos de la bolsa, los manipulaba, indefectiblemente, se le caían. Los ocupantes callábamos. Estación tras estación. Su hermano le suplicaba que parara ya, pero él no le hacía caso. Directos al suelo. A los pies de una pareja. Debajo de un asiento ocupado. Entre los bolsos y las maletas. Y se levantaba para recuperarlos y según los cogía, a veces, se le volvían a caer. Y retirábamos los pies para que no chocara. Y nos removíamos en los asientos. Pero no podíamos hacer nada. Y él no paraba. Iniciaba manipulaciones de forma continua. La bolsa parecía inagotable en su contenido. Un extraño módulo blanco con aspas verdes. Una construcción intercambiable en sus partes. Un puzle en tres dimensiones, endiabladamente complicado. La gente no quería ver, no quería mirar, cualquier lugar era preferible antes que posar los ojos en los dos hermanos. Varias piezas del puzle escaparon a su control repartiéndose a capricho por el suelo. Alguien gritó. Un solo grito. No hicimos caso, estábamos ocupados conteniendo nuestros nervios. Sufríamos. Las recuperó, lo abandonó. No había descanso. Un cubo de rubik apareció entonces. Confiamos en su colorido. Un giro, dos giros, y al suelo. No rodaba. Saltaba sobre sus aristas y rebotaba sobre el suelo negro del vagón. Lo recogió. Más manipulación. Una línea de azules. Otra. Al suelo. Alguien empezó a gemir. Era como si el tren no se moviera. Pero eso es tan relativo. También estaban los que se mesaban los cabellos. Ah, y los dos ancianos que lloraban quedamente. La cara correspondiente a los azules ya estaba terminada. Miró a su hermano. Se sonrieron. Empezó el lado rojo. Y, cómo no, se le escapó. Y, cómo no, se le cayó. Y en el suelo vimos el prisma de colores detenido. Quizá como el tiempo. Corrían los segundos. Y su hermano intentaba retenerlo en el asiento diciéndole que se estuviera quieto, que permaneciera sentado, que, algunas veces, las cosas son así y así hay que dejarlas. Seguían los segundos su marcha, implacables.

Alguien se levantó y pisoteó el cubo. Lo pisoteó como si fuera un bicho repugnante que estuviera a punto de agredir a la humanidad al completo. Punta-tacón, punta-tacón. Lo destrozó.

Y el niño miró a su hermano. Y su hermano le respondió con otra mirada. Cosas de hermanos.

Pero la gente es la gente. Aplaudían. Reían como locos. Delirantes gritaban de supuesto alborozo.

Y entre tanta algarabía, el niño que ya no manipulaba nada vino a caer al suelo. Y coincidió que el tren se detuvo, una voz grabada dijo que habíamos llegado. Y todo el mundo se dispuso a salir. Con urgencia. Y todo el mundo salió. Punta-tacón. Punta-tacón.

Quizá fuera sin saña. Quizá.

Luego, como no podía ser menos, se cerraron las puertas, el metro empezó a moverse lentamente y proseguimos el viaje hasta introducirnos en el túnel. Ese túnel del que veníamos, del que salíamos.

 

 

 

¡MALDITO ESPÍRITU NACIONAL!

 

A J. G., pura admiración.

 

Lo están buscando. Oye pasos agitados. Idas y venidas continuas. Su casa es un hervidero de ruidos y murmullos. Los vecinos inquietos, los curiosos apostados en la acera de enfrente esperando no se sabe muy bien el qué. Pero él no entiende nada, él está en su estudio, enfrascado en su última escritura, en su última traducción. Lleva días encerrado y no se ha movido de la silla. El plazo expira, ha de entregarla, todo es urgente. Muy urgente. Dicen que salió por la mañana. Dicen que el sol apuntaba rayos en el horizonte. Dicen que iba vestido con una camisa blanca, un pantalón de pana y unas zapatillas azules de paño, de esas de estar por casa. Dicen tantas cosas.

Entró una mariposa. Hecho raro. Se coló en el estudio. Revoloteó. Llegó hasta el libro. Aleteó de palabra en palabra. Como si estuviera leyendo. Hice ademán de levantar la mano para ahuyentarla. Hice ademán de levantar la mano para echarla. Hice ademán de levantar la mano para demostrarla quién mandaba allí. Los intrusos se cuelan y no se marchan. El describirla llevaría demasiado tiempo, blanca y poco más.

Él oye las preguntas que hace la policía. ¿Algún familiar? ¿Cuándo llegó? ¿En qué momento se instaló? ¿Les pareció sospechoso? ¿Tiene algún trabajo reconocido? ¿Es autónomo? ¿Qué tipo de visitas recibe?

Están molestando. Una cosa es que llevados de su lógica real indaguen dentro de casa sin que medie una orden o un permiso judicial y otra muy distinta es que impidan que él avance en su trabajo, en esa traducción urgente. Si el discurrir de la gente ya de por sí le es incomprensible, el de la policía se le hace misterioso y no exento de peligro, siempre acechando, siempre sospechando. La búsqueda de un culpable dota a sus pesquisas de un punto obsesivo que distorsiona el acto de la investigación en sí mismo.

Están en el sótano. Tropiezan. Oye sus insultos y sus maldiciones. No habrán podido encender la luz. Hay veces que el interruptor no funciona correctamente, no hace contacto. Les pasa a casi todos los de la casa. Tendría que haberlos arreglado en su momento. Están dándose golpes con todo. Se enfadarán aún más. Esta gente es así, colérica por naturaleza. Hay demasiadas cosas apiladas sin ningún orden o propósito, lo sabe, todo manga por hombro. Y no será por las veces que se ha propuesto limpiarlo y ordenarlo. Pero siempre surgía algo, una excusa, un impedimento mayor. Hay cosas que no puedes dejar de hacer, tarde o temprano te terminan atropellando. Maldicen una y otra vez. De todas formas. Qué pensarán encontrar ahí. Lo dicho, la obsesión y la estrechez de miras los aboca directamente hacia el ridículo.

No es un buen hombre, no. Esa que habla es mi vecina, la del adosado de la derecha, aún me debe una docena de huevos, un bote de tomate y un paquete de macarrones. No saben ustedes lo difícil que ha sido vivir aquí los últimos años. Y ese, su marido, un vago con aires místicos, se compró un telescopio única y exclusivamente para ver el interior de las casas, no el cielo, eso no, lo que hay justo enfrente o más abajo. Eso tiene un nombre.

Seguro que poseía mascotas. Oh, cielos, qué será de sus pobres mascotas. Es la gente de la calle quien habla. Respondo. ¡No, yo no tengo animales de ningún tipo! ¡Soy escritor! Continúan, no me oyen. ¿Han dado de beber ya a su perro? ¿De qué raza dicen que es? Que alguien haga algo. ¡Que no, que he dicho que no poseo ningún animal de compañía! Ahora dicen que se trata de un loro y añaden que, al parecer, está expirando lastimosamente en su jaula. Voces que no identifico. Hablan por hablar. Es todo tan gratuito. ¿Les exigirá la autoridad un mínimo de verdad? Puede alguien acabar con esta cuestión y dejar que me concentre en mi traducción:

Drenstre maolberg ans mitj klombstadt.

Frase sin verbo. Las frases sin verbo siempre, siempre, son un engorro.

No me hizo ni caso. Voló ingrávidamente hasta que se dejó caer sobre otro de los libros pendientes de traducir, y allí que se quedó. Expectante. Contemplando mi nula actividad. Ella, detenida, como si se tratara de un faro que acusa simplemente observando. Quise levantar la mano, pero mis neuronas no se plegaron a la orden. De cerca, resultaba fascinante. Quién podría pensar que unas antenas tan finas y tan livianas pudieran generar un hechizo tan perturbador. Por qué me miras así. Qué quieres decirme.

Hay una muchedumbre congregada ante la puerta. Hablan entre sí y sacan fotos con el móvil. Se las envían entre ellos, las cuelgan en redes sociales, las eliminan sin más, vuelven a sacarlas de nuevo. Su tono de voz va elevándose por momentos. Ellos no se dan cuenta del ruido que provocan, yo, sí. ¡Creo que al final voy a tener que intervenir! Aquí nadie piensa en nadie. Pobre editor, puede que este retraso, del cual no soy culpable, sea su ruina. Alguien que ha levantado una empresa gracias a un esfuerzo ímprobo verá cómo de la noche a la mañana, auspiciado por el proceder irresponsable de las autoridades y de una gente que alimenta su ego acechando intimidades, se irá al garete una trayectoria profesional labrada en el tiempo. Es penoso. Seguro que ya no cobraré nunca los seis meses atrasados que me deben. Tampoco me mandarán el contrato que prometieron enviarme hace más de dos años. ¿Dónde guardará la comida para los gatos? Insisten. Seguro que no los da de comer. Responde otra voz anónima. Qué barbaridad. Me dan ganas de salir y gritar lo primero que me venga en gana. La razón me asiste y a ellos, sin embargo, la impunidad de la distancia los hace desvariar en sus comentarios.

La policía ya está cerca, muy cerca. Ahora, quieren acceder a la buhardilla. No encuentran la escalera. La tiré hace años. Para qué. Los gorriones se habían adueñado del espacio por completo. Aprovecharon una teja levantada. Primero llegó una pareja despistada y luego fueron muchas más. No me importó. Desde que se fue mi familia me sobraba casa. Claro que si hubieran sido palomas o urracas, entonces, sí que hubiera hecho algo, no las soporto. Insisto, entonces, sí que hubiera hecho algo. Se están apoyando en la barandilla de la escalera. Que tengan cuidado no se vayan a caer. La han roto. Se han caído. No quiero parecer un listillo, pero ya lo había dicho hace muy poco. La carcoma, eso ha sido la carcoma. Anobium punctatum. Un día mientras estaba en la cama sin posibilidad alguna de dormir oí su clásico sonido taladrador. Miré posibles remedios en internet. Compré un bote con un producto estrella. Remedio eficaz contra xilófagos. Pero fue en una época en la que las traducciones me acechaban por todos los lados. Me llovían los encargos. En este país de ignorantes quién, aparte de mí, sabe suabo-danés, ¡nadie!:

Ekbs, mutja ekbs.

La tenía ahí, delante de mí, y no veía otra cosa que fragilidad y esencia. Sus dos ojos multifacetados observándome como si se trataran de miles de televisores en funcionamiento, todos a la vez. Me vería ella tal y como yo la estaba viendo. Qué gracia en el movimiento de las alas. Y yo ahí quieto. Qué fragilidad la de su patas como hilos. Y yo abotargado. Qué composición la de sus escamas aladas. Y yo entregado a mis brazos rígidos. Mariposa, llévame contigo, le dije. Qué cosas.

La policía, siguiendo órdenes y aplicando tácticas preconcebidas, se ha dividido en dos grupos, uno, el de arriba, sigue intentando subir a la buhardilla y el otro, el de abajo, anda investigando por el resto de la casa. Se acaba de caer el porche de la entrada, seguro que han dado un portazo. Estaba que no sé ni cómo se mantenía. Tendrían que haber sido más cuidadosos. Ha llegado un camión de bomberos, se bajan el conductor y el acompañante, la policía no los deja pasar, discuten, los bomberos señalan los escombros del porche y la policía dice que lo importante es lo importante, que están buscando, que se trata de culpabilidades, que no molesten más. Se envuelven en sus capotes ignífugos y se van con su rojo camión, sus blancas mangueras y sus cascos relucientes. Los de las mascotas, que los habían llamado, lo están grabando. Hay pruebas de todo. Los policías del segundo grupo, ajenos a lo que pasa fuera, están en el váter de abajo, el mecanismo de la cisterna no funciona, si tiráis… ¡ya lo han hecho! Se desbordará. No ahora, pero sí dentro de un rato. No cierra. El agua saldrá y saldrá. Ya veremos qué pasa si llega a la tarima flotante, hay una parte que está colocada de forma provisional, está tapando un agujero de grandes dimensiones que comunica con el forjado, y si se moja, y se hincha o se desliza, puede que os caigáis. Mejor no aventurar, se darán cuenta, son policías. Ya han echado a los vecinos. No hay más preguntas.

Ha llegado el momento. Extendido sobre tus alas. Montado sobre tu abdomen. Sintiendo a través de tus antenas. Mariposa. Fuera de este discurrir lento y monótono que se llama día a día.

Los dos grupos de policías están aislados. El agua ha anegado la planta baja por completo, el sillón se ha desplazado y ha bloqueado la entrada al salón, los restos de la escalera flotan en el vestíbulo. Lo avisé. Lo avisé. Pensaron que los desagües absorberían todo, pero llevan mucho tiempo obturados, muchísimo, lo que se expulsa no necesariamente tiene por qué marcharse. Los policías de los bajos gritan como niños, los de arriba gritan como ancianos. He aquí cómo un acontecimiento nimio puede ofrecernos las versiones más variopintas de las viriles y animosas fuerzas del estado. Lo que no sé es cómo van a bajar o a subir si se han cargado toda la escalera. No los veo. Pero deduzco por los gritos entusiasmados de la muchedumbre que los de abajo se están ahogando, y en cuanto a los de arriba, da la impresión de que han accedido por fin a la buhardilla. Yo ya no voy a decir nada porque no quiero parecer un iluminado, pero… ¡efectivamente!, ¡eso es lo que podía pasar! El tejado se ha venido abajo. Y es que aquello que en su día fue una teja suelta, poco a poco, se convirtió en un coladero cada vez más grande. La lluvia, el granizo y la nieve han hecho el resto. Y con toda la cantidad de excrementos que tiene que haber ahí. Se habrán puesto guapos.

Movió sus alas. Balanceó su fino cuerpo. Nos fuimos elevando.  Huimos ventana arriba. Volamos hacia el horizonte. Lo desconocido.

Un crujido. Lo dije. La casa se desmorona. Agorero.

Desde el aire una sola visión, una columna de polvo que se eleva densa e impenetrable, luego, poco a poco, desciende para inundar y manchar a todos por igual, a vecinos y a mirones. Solo un par de alas blancas agitándose como si fueran cometas habitadas por el viento. En zigzag.

Lo dicho:

¡Imanstrujk cassm guttrenblok!

 

¿POR QUÉ SON CAROS LOS LIBROS?

 

Para N. L., por todo lo que no he leído de él

 

El superintendente J anota concienzudamente todos los pormenores del día. Un Libro de Registro es un documento oficial. Categoría: Mercantil. Esfera: Empresarial. Allí está reflejado el trasiego diario de su Sección. Juega con las letras. Para cada actividad, un tipo distinto. Cambria, para las entradas de productos manufacturados. Times New Roman, para permisos y ausencias puntuales. Tahoma, para imprevistos de producción y distribución. Arial, para valoraciones acerca del rendimiento y de la dedicación del personal. Odia los ordenadores, pero se deleita en sus posibilidades.

Hoy, de nuevo, dormirá en su despacho. Hace días que no va por casa. Su mujer le trae la cena en una tartera de plástico procurando que no se mezclen los platos. Con sus cubiertos, con su servilleta, con su vaso. Ama tanto a su mujer que sería capaz de besar su sombra. No tienen hijos. Fue una decisión, la respuesta a un dilema.

El superintendente ha detectado un fallo grave. No tiene pruebas, solo sospechas. Pero él sabe que es así. No puede emitir un informe al respecto. No, no puede hacerlo. Su alto concepto de la profesionalidad le impide dar pábulo a lo indemostrable. Se trata de encontrar el hilo que desenrede la madeja y seguirlo hasta el final. Duerme en la silla. De mala manera. Retorciendo la columna y forzando el cuello. Le da miedo el suelo. Los peligros siempre se arrastran.

Ha decidido escribirlo todo. Pormenorizadamente. Para él la escritura traza el sendero por el que la mente circula sin perderse. La lentitud y el detalle aportan la lucidez necesaria a su labor. No puede usar el ordenador, el fantasma de la sospecha navegaría con toda rapidez por el intranet y se descubriría todo antes de tener pruebas creíbles e irrefutables. Necesitará una letra, un tipo de letra. La Caligrafía es el soporte indispensable del mensaje, lo aprendió en su niñez y hoy sabe con certeza que la eficacia de un mensaje debe mucho a la excelencia de la Caligrafía.

Lo hará de forma manual. Más lento. Lo sabe. No le importa. Crea un Diario especial donde reflejará todo lo concerniente a esta oculta actividad. Se entrega a la deducción. Tenaz, implacable. Se consagra al arte de la letra. Menuda, clara, elaborada. Poco a poco y noche tras noche va desgranando todos los detalles de lo que constituirá su largo informe: Exposición de motivos, Consideraciones generales, Hechos, Cronología, Últimos y cruciales acontecimientos.

El refinamiento y el esmero en la letra lo es todo. Con cada frase, en cada párrafo y en cada uno de los folios que va escribiendo se depura más y más. Quizá no se da cuenta, pero en su persistente labor se encierra una profunda aspiración a la perfección.

Le cuesta mantenerse lúcido. La tarea es inconmensurable. Se encuentra sobrepasado. Echa de menos la presencia animosa de su esposa. Lleva demasiado tiempo encerrado. Pero sabe que su compañía no le ayudaría. Necesita concentración y técnica. Ya son varios los tomos acumulados. Ahí se encuentran apilados, por orden, el volumen primero, el volumen segundo, el volumen…

Letra tras letra, palabra tras palabra, ha ido consignando todo lo que su poder de observación y síntesis le han dictado. Y he aquí cómo la claridad ha terminado por imponerse. De la simple sospecha ha pasado a los hechos probados. Le queda poco, muy poco. Simplemente, escribir la conclusión. Una última frase que dará fin a su laborioso informe. Si pudiera compartir con su mujer uno solo de estos logros. Si pudiera apoyarse en su aquiescencia delicada. Cuánto la ama.

¿Triunfo? ¿Fama? El superintendente nada espera, observa la vida como un ejercicio callado que precisa de una dedicación virtuosa y abnegada. En el buen hacer se halla la recompensa.

Cuando terminó sus estudios pensó que el azar y la casualidad dominarían sus próximos años. Por qué no. Él era joven y sentía latir la sangre como un potro asomándose por primera vez a las praderas. En toda juventud siempre hay una pasión insatisfecha que pugna por ser colmada. Qué época. Los tipos de letras cambiaban caprichosos de acuerdo con sus volubles mañanas. Demasiada intemperancia. Afortunadamente las aguas encuentran su cauce lógico. Fue entonces cuando aprendió que la Caligrafía sin un fin claro no es más que tinta doblegada.

La conclusión se demora. Le queda tan poco. Cinco palabras nada más. Todo un mundo de perfección y de belleza. No llega a letra por noche. No come. Tiene la impresión de que su mujer lo ha abandonado. Es difícil explicar la entrega a una tarea superior sin que esa tarea termine por devorar tu propia vida. No duerme nada. Su cuerpo es un puro escorzo cada vez más deforme. Veintiséis letras que requieren su último y más denodado esfuerzo.

La empresa se lo agradecerá. ¿Sus compañeros?, quién sabe.

La pluma le pesa. Los dedos, rígidos. La tinta, casi agotada.

Una noche, un día, un minuto, un segundo, y, por fin, sabe que ha terminado. He ahí escrita su conclusión:

 

NUESTRA ACTIVIDAD YA NO EXISTE

 

 

SENTENCIA

 

El Gran Arquitecto se siente cansado de tanta indiferencia. ¿Por qué nadie es capaz de ensalzar sus grandes logros?, ¿por qué esa displicencia para con su obra?

La mesa llena de planos. Multitud de líneas creando espacios concretos dentro de espacios abstractos. Proyecciones todas de su mente al papel. Lo que no existía previamente y que solo él ha sido capaz de diseñar.

¿Es que acaso ya nadie recuerda cómo es el vacío?

Desde su despacho su mirada traspasa la cristalera azul. Aquel vacío que nos dominaba por completo y sobre el que no quiere volver.

¿Se han preguntado por qué en mis construcciones siempre hay miradas posibles?

Una mirada es imposible de definir. Hay que facilitar su aparición y su destino, solo eso. Y la gente pensará que una mirada tiene conclusión, poso y entidad. Pero todo el mundo sabe que una mirada no es más que la respuesta instintiva a nuestro ancestral miedo al vacío.

Lo ha intentado con perseverancia. Aprendió bien de su maestro. Dotar de fisicidad la abstracción: formas de la ausencia, de la melancolía, del delirio. Y lo ha hecho como remedio, incluso como revulsivo, frente a la pérdida. Una vida no tiene sentido si no somos capaces de enfrentarnos a nuestro vacío, piensa él, mientras juguetea con su lápiz de grafito #2 HB entre los dedos.

Ha rellenado la vida con la densidad de los materiales: adobe, ladrillo, cristal y acero. Ha unido orillas distantes doblegando lo aéreo entre tirantes de hierro y pilares de hormigón. Ha encerrado mundos que se creen únicos y especiales con paredes enlucidas que se levantan para detener la intemperie, el desierto y los páramos.

Ahora, viejo, se enfrenta a otro reto.

El lápiz cae al suelo trazando una línea perpendicular de ahogo y angustia. Eje de ordenada sobre un suelo de abscisa. Choca, se despunta, rebota unas cuantas veces, rueda por el suelo y, al final, entre las patas retorcidas de su silla, se detiene, ese y no otro es su estado natural.

Le echan en cara que se ha servido de su obra nada más que para calmar su propia inquietud, para ahogar su ahogo. Narcisismo. Lo acusan de haber usado el exquisito Arte de la ocupación del espacio en beneficio propio. Egoísmo. Que su grandeza es espuria. Mitad fingida, mitad falsamente creada. Que ha desvirtuado su profesión apoyándose en un discurso malintencionado y equivocado. Manipulación.

No, no, eso es mentira. ¡Ved mis obras!, ellas hablan por mí. Aduce en su descargo. ¡Soy el Gran Arquitecto!, grita.

Seguramente se encuentra agotado. Puede que se haya encontrado de frente con la línea imposible, esa que no une nada, o puede que haya sido con el ángulo imperfecto, ese que separa en vez de facilitar la confluencia, o con el espacio aprisionado que se ubica en el interior de unas paralelas, o, lo más probable, puede que haya vislumbrado en su cabeza la arrogante posibilidad de dibujar el infinito.

Se aferra a la geometría del pensamiento, esa parte tangente con la realidad que le ha dado tantas soluciones a sus cíclicas y artísticas crisis. Solo la relación con el espacio como algo posible y mensurable le es válida, el resto, divagaciones que convocan hacia su mente la perdición y el abandono.

Pero hoy, su mirada azul no logra traspasar las líneas de su edificio y se queda encerrada con él. ¡Farsante! Alguien se lo ha dicho directamente y a la cara. Gritando, con los ojos desencajados. Tanta determinación le confunde. Con qué rapidez olvida la gente. Pero él no olvida. Él sabe contra qué lucha y cuál es su objetivo principal. Y qué más da qué es lo que construye. El Gran Arquitecto no se cuestiona los encargos, los realiza.

Una muralla. Puede que sea su última construcción. Su gran legado. Al parecer, hay noticias que indican que los tártaros están ahí, y, quizá, puede que acampados a pocas leguas del recinto, y, quizás, ahora, se calienten alrededor de sus poderosas hogueras comentando cómo será el botín y, quizás, en cualquier momento puedan aparecer. Nadie lo sabe con certeza. Una gran muralla. Miles de kilómetros. De un mar a otro. Ancha. Descomunal. Para alimentar el miedo. Para que circulen ejércitos por su adarve. Para exaltar la mentira y el ego. El Emperador, el mismísimo Emperador, se la ha encargado.

Presiente que este es un mundo sin geometrías posibles y que el vacío emergerá de nuevo.

Y será su último trabajo. Y lo hará.

Aún sabiendo perfectamente que esta construcción es inútil, toda línea, por muy firme que se construya y mejores materiales que se utilicen, tiende, por lógica, a descomponerse, y busca, por necesidad, su desaparición en el tiempo.

No hay vacío, solo mentira.

Farsante, dictaminaron.

 

 

 

UN PASEO

 

La hora en la que salió de casa no queda muy clara. Ni ella miró el reloj ni los otros relojes estaban sincronizados para ello. Se había puesto el vestido rojo. Ajustado, brazos al descubierto, cuello de barco, los zapatos bajos y un adorno de madera, multicolor, prendido en el pelo, justo encima de la oreja izquierda. Improvisado.

El portal. La calle. La acera. El parque.

A la sombra, algo de fresco, al sol, más bien calor.

Un sendero indefinido recibe su vagar difuso. No hacen falta grandes motivos para despacharse a gusto con un recorrido cualquiera. Acacias y castaños de Indias murmuran distintos sonidos, reflejo de sus diferentes hojas. El aire se cuela silbando, los rayos del sol intercalan claridades como si fueran escamas de luz, algún resto de conversación inacabada circula flotando a su alrededor y, al fondo, un ruido de lejanos coches que vuelan a ras de suelo. No está mal. Mejor que quedarse en casa. La naturaleza domeñada por el paisajista se revela en sus múltiples voces y en sus diversas facetas.

Sus muslos rozan entre sí. La piel siempre busca diálogos con otra piel. Su boca espesa saliva. Podríamos pensar que le faltan aportes húmedos, pero eso sería mucho pensar. No habla con nadie. Un lilo le tiende una rama y ella lo acaricia con displicencia. Una hilera de aligustres se recortan tímidos a su paso y ella los obvia. Una pradera de enredaderas retozonas chasquea su presencia a modo de invitación. Ella. Imperturbable.

Ha llegado a una plaza o rotonda donde desembocan varios de los caminos del parque. Cuatro bancos vacíos, una fuente seca en el centro, unas cuantas palomas disputándose algo de comida y una fila interminable de hormigas mostrando lo útil de la servidumbre ciega. Uno de los bancos se encuentra al sol. Se sienta en él. Cruza las piernas. Se pasa el dedo por los labios como si los sentidos nacieran ahí, justo ahí. ¿Cómo se llamaba él? No logra recordar. El nombre garantiza la identidad. Recuerda perfectamente sus dedos, largos y articulados como los de un autómata. Recuerda, también, su mentón prominente. Y recuerda sus continuos pellizcos acompañados de una risa histérica que no sabe por qué, al principio, le gustaron tanto. Pero ¿y su nombre?

Coloca el pie sobre el sendero por el que las hormigas caminan anónimas. Por un instante se descolocan y parecen no saber qué hacer. Todo es breve. Y, como si estuvieran conectadas a un centro de mando invisible a nuestros ojos, deciden unánimemente rodear su pie y su zapato, a la vez y por el mismo lado. Cómo serán capaces de hacer sin ser, o es que acaso para hacer hay que dejar de ser. ¿Empezaba por J?

Descruza las piernas. Recuerda su sexo fuerte, su deseo ardiente, su predisposición continua a penetrarla. Sus nalgas están calientes, la madera bañada por el sol le ha trasladado su calentura. Nota la costura de las bragas. Se remueve. Las hormigas, a lo suyo, las palomas, también. Instinto y teleología.

Era un nombre compuesto. El primero empezaba por J y el segundo pudiera ser por B. Sobre la alfombra, en una silla, contra la pared, en el suelo, tumbada, de pie, agachada, de lado, elevada. Techo, espejo, ojos, piel. Sus dedos como pies de gaviota dejando huellas sobre mi piel de arena, piensa-dice. Almizcle y sal. Semen y sudor.

Se levanta. Se descalza. Quiere sentir la tierra y quiere sentir el contacto de la tierra en sus pies. Solo la piel.

Camina con decisión.

No tenía nombre. Está completamente segura. Ningún nombre.

 

 

RUIDOS

 

Abandonó la tranquilidad reparadora de las sábanas y el placer confortable de una buena almohada, la noche anterior le hablaron de un futuro mejor. ¿Quién no desea un futuro mejor?

En consecuencia, había rumiado un sueño de horizontes limpios y paisajes tropicales. Aquí una palmera que se inclina sobre las aguas verdeazuladas, allá un coco caído sobre la suave arena blanca. Por ejemplo.

Y llegó el momento en el que amaneció tal y como estaba previsto desde hacía millones de años.

En principio, no sintió mejores sensaciones. La vida, por definición, se resiste a cualquier cambio. Los pies en las zapatillas calmaron ese conteo de los segundos que el interior de su cabeza llevaba a cabo por costumbre. No aportaba nada. Pero él lo hacía como si fuera un ritual imprescindible para adentrarse en el ritmo interno del mundo.

Luego.

Rascarse el costado ayudaba a tomar conciencia del ser. La mano izquierda girada en el mismo sentido que la línea sobaco-cadera y los dedos en forma de garra, arriba y abajo, una y otra vez. Placer. Todo es un problema entre idealismo y materialismo. Él procuraba no decantarse por ninguno, su padre le habló hace tiempo de las fuerzas antagónicas de la sociedad: «No cometas las mismas tonterías que yo, evita los silencios», le dijo una noche antes de acostarse, tres días después de que su madre desapareciera sin dejar nota alguna. Una nota hubiera bastado. Una nota, mamá. Una nota en la que indicaras cómo se compone un poema o cómo funciona la lavadora, dónde encuentro las sonrisas y los ajos o cuánto tiempo tarda en dorarse un bizcocho. Y mi padre hablaba y hablaba sin parar.

Por cosas como estas es por lo que ella se fue. Estaba completamente seguro. Y este era el motivo principal de reproche entre el padre, su padre, y el hijo, él. Un reproche profundo e insalvable. Un reproche de hijo a padre y de padre a hijo. Tal y como la vida nos enseña continuamente y hasta la saciedad cómo son este tipo de reproches.

Ser hijo tiene bastantes problemas.

Si te han reconocido como tal y te han consignado en un documento oficial es un estigma de por vida. Quizá podrías abandonar la tutela de las extravagancias paternales, pero siempre habría un funcionario que te recordaría quiénes son tus padres administrativos y las deudas contraídas al respecto. Deudas insalvables, casi eternas. Mi madre entendió que en determinado momento tenía que dejar de ser madre y por eso se fue. Las madres están hechas de otra pasta, desconfían de las palabras y buscan otros caminos para hacerse presentes. Mi padre es un bicho autoritario que solo planea venganzas.

Pero el hijo lo quiere. O eso quiere creer. Así funciona todo cariño, instalado a medio camino entre la inseguridad y la indefinición.

Y ya que se ha levantado y ha de esperar en qué acaba todo esto. Dentro de la casa, el baño es un lugar especial, y contradictorio. Está convencido. Estás aislado. Pulcritud e inmundicia conviven a la par. Sonidos amables con sonidos repulsivos. Visiones de altura con visiones envilecidas. Cierras el pestillo y el mundo se alicata de claridad artificial y productos dermatológicos. ¡Un pestillo! Madre mía, qué no puede conseguir un pestillo.

«El descreimiento y el escepticismo se adueñan del mundo, algo hay que hacer», otra de las frases favoritas de mi padre. Siempre al atardecer y con una copa en la mano, disfrutando de oírse, de saberse centro telúrico, centro reproductor. El ruido de los terremotos no es nada comparado con el eco de las palabras grandilocuentes que acuden a la boca de su padre. No hay forma de taparse los oídos. No hay manera de percibir el silencio. Todo es firmamento y trascendencia a su alrededor.

Y también su obsesión por la Biblia. Golpes dialécticos sobre el origen divino del error y la maravillosa providencia. Mi padre es un hombre sin piedad. Viste un traje gris y una camisa blanca inmaculada. A juego, una corbata impersonal de puntos negros sobre un mar gris, propia de un consejo de administración y, para terminar, un sombrero borsalino que solo usa para estar en casa. Camina descalzo, quiere levitar, su cerrazón se lo impide. De Ezequiel a Daniel. De Salomón a Iokanaán. Cuántos diluvios soberbios, cuántas torres arrogantes, cuántos mares divididos. Venga mandamientos, venga maná. Su visión totalitaria refleja su prepotencia natural. Y más ahora que anda obsesionado con las posibilidades de la tecnología y el alcance futuro de la Red.

El dentífrico. Las cerdas artificiales del cepillo. Las gárgaras. El escupitajo sanguinolento. El agua corriendo. El tapón cromado del lavabo. El cierre rígido del desagüe. ¡Todo y todos gritando a la vez!

¡Calla, calla, por favor! ¡Cállate, de una vez!

Y Judas. Y los romanos. Y los fariseos. Y Getsemaní. Y el Vía Crucis. Y el Gólgota. Y Longinos. Y Dimas. Y Gestas. Y la corona de zarcillos. Y la lanza. Y la sábana. Y la tormenta. Y el sepulcro. Y los llantos. Y los tres días. Y los tres días. Y los tres días:

¿En la carne de quién?

¿Para salvar a quién?

¿Quién a quién?

Pero el padre sigue hablando de Redención y Sacrificio. No para de hablar.

Se otorgó a sí mismo esta posibilidad y la utiliza sin decoro y sin pudor. Hasta la destrucción.

Y el hijo, aturdido, piensa que el trecho que va de la palabra ininteligible al ruido devastador no es el espacio adecuado para que se produzcan el tiempo y el movimiento sino un filo cortante sobre el que es fácil deslizarse más allá de la vida. Y piensa en cómo serían sus propios ruidos: necesarios, inevitables: saliendo orgulloso del hogar, caminando libre su propia brújula, adentrándose feliz en la noche, trazando sus propias palabras, intercambiando identidades, dibujando sus días, enloqueciendo de gusto y de placer en las pieles y en los contactos ajenos.

Y despestilla el pestillo. Todos los pestillos.

Y, a continuación, con la mano abierta facilitando la longitud expresiva de sus dedos, y con su antebrazo y su codo efectuando un semigiro continuo, dicta su particular gesto de adiós a las sombras.

 

 

LA CONDENA

 

Lo mejor de todo es que las casas vinieran sin ventanas. Me asomo y me asomo. Contemplo cómo por allá, a lo lejos, se forma un remolino tras otro y cómo los pasos no dejan sobre el pavimento huella alguna.

Estoy condenado. Me digo a mí mismo.

Y yo no quiero estar condenado. Pero la ventana es un hueco en mi mente. Se abre hacia el mundo sin ningún decoro. Bascula sus batientes sobre mi curiosidad y me reclama de nuevo. Un carrusel. En algún momento de la mañana alguien se incluye dentro de su perspectiva óptica. Toda figura es una posibilidad de vida. Y yo no puedo evitarlo. Y fijo su masa anónima en mi retina. Y la persigo en su movilidad. Y desearía que se mantuviera dentro de los bordes blancos de aluminio. Y aguanto el miedo a lo que se produce fuera.

(Pero estoy condenado.)

Y despejo incógnitas. Y sueño que todavía es posible que las figuras adquieran vida propia en la contemplación. Y sueño que sueño. Y me miro a mí mismo. Y llego siempre a la misma conclusión:

Sería mejor que las casas fueran herméticamente invisibles a la realidad.

Sin ventanas.

CONSIDERACIONES ACERCA DE CUALQUIER EXPECTATIVA

 

La muchacha de la cara pálida ha reservado para mí un gesto tierno. Lo sé. Desde el interior más profundo de mi ser, lo sé. Con una particularidad. No quiere que nadie que no sea yo, lo vea. Lo guarda para mí y espera ese momento que aún no ha llegado.

¿Llegará?

Nos cruzamos diariamente. Nuestros caminos están ligados y nuestra calle es estrecha como un viejo rencor. Pero siempre nos acompaña alguien. Anónimos seres que interrumpen la exhibición de ese sentimiento íntimo que ella alimenta y que ha destinado para mí.

Ella pasa por mi lado, ni siquiera me mira, pero sé lo que sé.

Desde mi balcón veo su casa. Pasea desnuda por el interior de su casa. ¡Coinciden tantas veces nuestras miradas! Sin embargo son tantos los que miran que difícilmente me puede dedicar en exclusiva lo que ambos esperamos. Su cuerpo es lúcido y pulido. Menudo y absorto. Solo las muñecas de porcelana se le pueden comparar. El vello de su sexo es frondoso como la pérdida. Sus pechos suspendidos apuntan hacia la infinitud. Sus piernas amazonas cabalgan sobre el suelo alfombrado.

Pasa el tiempo. Sin remedio. Condenado a perseverar en el imposible.

Y se van apagando las luces poco a poco. Primero, la del estudio donde se ha dedicado a sombrear páginas con palabras. Luego, la del pasillo donde se fragmenta su paso por las sucesivas puertas abiertas. La cocina. El salón. Y, al final, la habitación donde sé que ella aloja su último intento por mostrarme su amor y su ternura.

Imposible, siempre hay alguien más.

 

 

 

 

FRATRICIDIO

 

El paisaje ha desaparecido. Para alguien perspicaz quizá, todavía, sean visibles unas lomas silueteadas o algunos relieves en el horizonte. Pero no mucho más. Secuelas de tiempos anodinos y repetitivos, agotan los lugares y los espacios.

Esta es una historia de buenos y de malos. El bueno es A y el malo es B. Que quede claro desde el principio quién es quién en esta historia. No nos llamemos a engaño.

A prepara el cuchillo. Gesto concentrado. Los labios alineados, la cara escorada. No corren buenos tiempos para las intenciones. Torcidas. Aviesas. Su mirada se funde con el filo. Lo ha sacado de una caja de cartón oculta en un cuarto oscuro que hace las veces de desván para ocultar todo aquello que hay que mantener en perfecto estado de revista. Objetos con un valor añadido. Pasa el dedo por el filo. Esboza una sonrisa de placer. Se reencuentra con el pasado. Podría cortarse la piel con suma facilidad, un corte fino por donde dejar que la sangre fluya roja y caliente. No es el caso. Hoy el cuchillo tiene un destinatario claro, B.

Recordemos que B es el malo.

I, se ha asomado al balcón de su casa. Vive justo enfrente de A. Se ríe abiertamente, quién sabe, puede que sea feliz. En otras casas de la calle donde vive A se perciben otros rostros pegados a los cristales, son los de N, F y M. Esperan. Esperan. Esperan.

Más allá de los rostros, de las ventanas, de las casas, de los portales de las casas, solo viandantes puntuales y un silencio de ciudad. Son las seis de la mañana. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Hay que ver la seguridad que da tener un cuchillo agazapado entre la vestimenta, piensa A. Siente la fina punta en su muslo derecho. No es zurdo. Lo ha dejado allí donde su mano decidida lo pueda asir con rapidez. La seguridad nace del control y el control va ligado a la precisión. B, mientras tanto, respira el aire dulce y tranquilo del interior de su casa, se mira en el espejo, no percibe ningún rasgo de singularidad, se siente uno más. Satisfecho. Día normal. Día de esperanza.

B sale de su casa puntual. Ha oído en su cabeza las seis campanadas de alerta. Le espera el autobús de las seis y cuarto. Doscientos metros, más o menos, hasta la marquesina. Línea 31. Trayecto: Arrabal-Centro. Frecuencia: Diez minutos. Como todas las mañanas se despide temporalmente de su mundo. Alegre. Confiado. Lo que le espera es imperfecto y, a veces, injusto, pero, entre todos, se puede ir mejorando. Lucha decidido por ello. Por qué, no. Luego, cuando vuelva, besará a su mujer y a sus hijos, feliz por el reencuentro. Es un malvado.

A, escondido en el anonimato oscuro de su portal, escucha el ruido seco de unas pisadas. B está llegando. A se prepara. La mano busca el instrumento. Se aferra a la empuñadura porque allí encuentra la decisión. Le escuecen los ojos. El corazón es un músculo al servicio de una intención. Se siente ángel portador de llama purificadora, adalid de la venganza. Iluminado en su oscuridad. Uno. Dos. Tres. Ya queda poco. Deja que su mirada se alce sobre su cabeza y observa: N se ha separado del cristal, le saluda con el brazo y la mano extendida tal y como si perteneciera a una de esas legiones asesinas que cayeron dentro del saco podrido de la Historia del siglo XX. F le guiña un ojo tuerto, parcheado de violencia. M grita puñetazos al aire y consignas de saliva fanática tras un cristal imperturbable.

B está tan cerca que A oye su respiración y el roce que produce la gabardina sobre su cuerpo. A sale bruscamente a su encuentro y se coloca justo enfrente de él, quiere ser visto, fugazmente, lo justo para que la mirada del otro se paralice y sus ojos no piensen, que solo sientan la inminencia de lo inevitable y proyecten el desconcierto de la incertidumbre. Llegó el tiempo del acuchillamiento. Una y otra vez. Perforando su carne hasta que el cuerpo caiga sin fuerzas. Profesional ensañamiento. Le brillan los ojos, la boca se le ha torcido totalmente por el esfuerzo. Contempla cómo la sangre de B, un reguero, tiñe la acera, ahora, gris y roja. Su cuerpo, el de B, ha caído desmadejado hasta el suelo. Su rostro exangüe parece preguntarse qué ha ocurrido y por qué.

En el mismo momento en el que A suelta el cuchillo y lo deja caer al suelo se oyen los vítores de sus aliados vecinos. Aplauden y gritan. Gritan y aplauden. La sangre y la muerte:

–¡Nunca nos fuimos! ─gritan al unísono.

Hay otros que callan. Los que se niegan a mirar, los pusilánimes, y los que se niegan a denunciar y combatir, los cobardes y resignados.

–¡Hecho está! –dice A.

La policía no aparece, está buscando nuevos malos.