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CAPÍTULO 13

Mi infancia no acabó el día aquel en el que me ahogué, no, fue ese otro en el que conocí la frustración del que no puede hacer nada, entonces, sí, entonces acabó mi vida.

Un día la bala de plata pasó del bolsillo de Lucas, donde siempre se encontraba, a una pistola que él conservaba en casa guardada en una caja de metal; vi perfectamente cómo la desmontó, pieza por pieza, y cómo la limpiaba con una excitación y un ansia que iba más allá de lo que podría obedecer a una mera limpieza.

Yo estaba allí y pude observarlo con toda claridad.

Había llegado a su casa a altas horas de la noche, borracho, como siempre, y dando gritos como si no pudiera escucharse a sí mismo y necesitara vocearlo a los cuatro vientos; nada más entrar tropezó con una silla, la cogió y la lanzó con todas sus fuerzas, primero contra el suelo y luego contra la pared, el yeso de la pared y los restos de la silla quedaron mudos sobre las baldosas; Rosa, su mujer, no se atrevió a salir de la cama, buscó el arrimo de su hija más pequeña a modo de imposible protección y tuvo la certeza de que esa noche, de nuevo, su espalda y su cara aplacarían la ira de él y le dejarían las marcas de su odio y de su frustración. Después de la silla, le tocó el turno a los platos de cristal que albergaban una cena fría que esperaba desde hacía varias horas y que acabaron en el suelo como si este, el suelo, de repente, se hubiera convertido en el único armario de la casa donde depositar todo lo que llegaba hasta sus manos, porque no solo el yeso de la pared, la silla de la entrada o las platos de cristal, pronto, el mantel, el frutero, las carteras de sus hijas o la bolsa de la compra acompañaron lo anterior en una extraña muestra de solidaridad; al final, buscó la caja metálica que guardaba en lo alto de un armario, la puso en la mesa y entonó por lo bajo: «¡Ha llegado tu hora, cabrón»; luego, la desmontó, la limpió con destreza y la cargó con una sola bala, la de plata; se cambió de ropa y volvió a salir.

Supe que iba a matar a mi padre.

Lo acompañé como el que acompaña una res al matadero y sabe que no puede hacer nada, solo que en este caso el matarife iba a mi lado y aunque él no lo supiera yo iba al lado de él.

Se apostó en una esquina próxima a la casa de mis padres, se escondió en el espacio que nacía de las sombras del amanecer y el muro de la casa y sacó un cigarro que ni siquiera pudo encender. Se oyó la puerta del portal de mi casa, esa maldita puerta no la engrasaron nunca jamás, salió mi padre e hizo lo que hacía todos los días, mirar hacia el cielo y pensar en el tiempo y en lo cambiante que se estaba volviendo, comprobó que la puerta se había cerrado de nuevo y cogió la acera hacia adelante buscando, esta vez, un destino que le era totalmente desconocido, llegó hasta la esquina donde estaba Lucas y este le abordó sorpresivamente:

—Qué haces aquí.

—Te estoy esperando.

—No me gusta que merodees por mi casa.

—Me da lo mismo qué es lo que te gusta o no. Paco, no espero más, ha llegado tu día.

—No digas gilipolleces, Lucas, vete a casa a dormir la borrachera; será mejor que hoy no vayas a trabajar.

—¡Te voy a clavar la bala en el corazón!

—¡No sabes lo que dices!

—¡Sí sé lo que digo!, nunca me has hecho caso, nunca me has respetado, nunca; y yo soy alguien, soy Lucas, ¡me oyes!

—Te oigo, claro que te oigo, bastante es que todavía te doy trabajo, y no lo hago por ti, que eres un miserable, lo hago por tu mujer y por tus hijas.

—No digas nada de Rosa, sé que os veis a escondidas.

—No te la mereces, ella sería incapaz de algo así, y yo, tampoco, pero no por ti, porque tú eres un canalla que no te mereces nada, ni a tus hijas ni a tu mujer.

—¡Yo gané la guerra!

—Y yo la perdí, y qué…, acaso te crees que eso vale para toda la vida.

Sacó la pistola y apuntó directamente hacia el corazón de mi padre, mi padre lo miró fijamente y se dio la vuelta, luego se marchó lenta y pausadamente como si lo que iba a pasar no fuera a ocurrir nunca; Lucas lo llamó varias veces, yo quise gritar que acelerara el paso, que saliera corriendo y se alejara cuanto antes, porque había visto el brillo de sus ojos cuando la limpiaba y cuando la cargó, pero era imposible, yo ya no estaba en este mundo; Lucas quitó el seguro, apuntó a la espalda de mi padre, y apretó el gatillo, la bala salió y con el estampido se rompió el silencio de la nacida mañana y el corazón de mi padre se abrió de atrás hacia adelante y cayó de bruces.

Lucas estuvo unos días, no llegó al mes, en la cárcel, luego salió libre y sin cargo alguno, la culpa, según la justicia, fue de mi padre, poseía antecedentes penales, los peores, los políticos, había sido un soldado republicano, qué podía esperarse de alguien así, todas esas infamias y más constaban en el atestado en el que yo no pude testificar lo que ocurrió de verdad, aunque sí que estuve allí tal y como había prometido.

La bala acabó en un juzgado un tanto como curiosidad y otro tanto de manera obligada como prueba de la velocidad con que la vida se hace muerte, de la insensatez fanática de los individuos y de cómo la edad de los metales que era algo propio de la prehistoria y de la animalidad se reproduce continuamente en el ser humano.

De todo aquello solo me quedan vivas las palabras que pronunció mi madre; mi madre que siempre había sido prudencia y discreción no llegó a gritar, rota como estaba por dentro, no lo hizo, solo pudo expresar su frustración y su ira con una frase:

─¡Maldita, España!

Cuánto recuerdo a mis padres.

CAPÍTULO 12

El día del eclipse no pasó absolutamente nada, nos habían dicho que pasaría de todo, que se acabaría el mundo, la vida y la carpintería.

Yo creo que mis padres ni siquiera se enteraron de que ese fenómeno iba a ocurrir, al menos en casa no me dijeron que tuviera cuidado con él, y eso que mi madre siempre me estaba advirtiendo contra todo; por otra parte, quienes lo sabían, cuando llegó el momento, o se olvidaron por completo de él porque estaban enfrascados en sus propios quehaceres o les pareció que un poco de oscuridad no cambiaba nada de lo que llenaba un día cualquiera; yo miré hacia el cielo mientras el sol desaparecía poco a poco, me puse un cristal ahumado tal y como dijeron mis amigos que había que hacer para que no se dañaran los ojos, la gente pasaba por mi lado como si tal, al poco, un compañero me dijo algo de jugar al fútbol y yo asentí, las sombras y el balón rodaban a la misma velocidad, lo demás fue olvido e indiferencia.

Pero de vez en cuando me acordaba de aquel momento en el que sin saber por qué el día y la noche se hicieron amigos y no pasó absolutamente nada.


CAPÍTULO 11

Yolanda.

Yolanda era una mujer extraña que vivía en nuestro barrio y no entendíamos por qué; su marido era el director de la sucursal bancaria donde todos los vecinos tenían cuenta abierta y, si hubiera querido, podría haber vivido en los bloques modernos que se acababan de construir al final de la calle, allí donde el campo dormía su siesta urbana.

Yo la había visto desnuda más de una vez, pero no se lo había dicho a nadie. No sé por qué.

Su dormitorio era visible desde mi ventana, al menos una parte de la cama, la alfombra y la mesilla; dormía sin ropa alguna y cuando se levantaba se paseaba como si necesitara que su cuerpo viviera la libertad del desnudo; al verla, me inquietaba y se producía un cosquilleo en mi interior que, por una parte, pedía  que me alejara de la ventana y sin embargo, por otra, me dejaba pegado contemplándola, era tan bonita su figura que me quedaba extasiado.

Lorenzo y Yolanda se conocieron un día, no sé cómo, pero yo creo que los unió mi mirada cómplice a través de la ventana, al menos así quise pensarlo, los dos participaban de una actividad clandestina y gratificante, se necesitaban, estoy seguro, yo los puse en contacto. Él apareció un día en su casa para devolver su color original a un techo empapado de agua y suciedad procedente de una bajante, Ella le ofreció un café, Él dijo que sí y cuando Ella se lo trajo en una bandeja junto con galletas y bollos Él se bajó de la escalera y ese día ya no volvió a pisar sus escalones ascendentes, ambos se sentaron a la mesa, se miraron y hablaron, mucho, mucho tiempo, Lorenzo se expresaba moviendo los brazos, tal y como si pintara, y Yolanda se erguía en la silla, la espalda completamente recta, como si estuviera a punto de desfilar, compartían tiempo, palabras y alegría, hablarían del mundo, del barrio, de sus respectivas existencias y posiblemente de su soledad.

Después todo fue rodado, a una sesión de posado le siguió otra, Lorenzo agotaba las libretas y sus bocetos se acumulaban porque desaparecieron plantas, flores y pajarillos, no hubo otra cosa que pintar que no fuera Ella; un día se decidió por el caballete y los pinceles, el bancario debió estar de acuerdo porque Él se fue a trabajar y los dejó allí, ella posó y posó hasta que paulatinamente cayeron todas sus prendas y solo su cuerpo blanco y pálido cupo en el cuadro.

Ya lo he dicho, se necesitaban.


CAPÍTULO 10

«Si miras al cielo y no está la Luna, preocúpate», esta voz era la del señor Luciano, un hombre sin edad que parecía haber nacido ya viejo y que se sentaba o le sentaban todas las mañanas del año, hiciera frío o calor, a la puerta de la casa de su hija con quien vivía y que, después de fumar unos cuanto cigarros, se ponía a hablar hubiera gente o no, yo lo escuchaba porque sus palabras encerraban misterio y porque de vez en cuando me preguntaba cosas que nadie hacía: «Y, tú, chaval, qué, ¿has sentido ya las mareas en tu cabeza?», la mayoría de las veces respondía con un encogimiento de hombros, había palabras cuyo significado me era desconocido y no entendía, no me importaba y a él parecía que tampoco, a veces me quedaba haciéndole compañía porque era el único que me llamaba por mi nombre, no empleaba el diminutivo nunca, yo me sentía mayor: «Roberto, ¿has soñado con árboles donde subes y te pierdes?; en cuanto lo hagas, cuéntamelo», y se echaba a reír, tenía una risa limpia, no se reía de nadie como hacíamos nosotros en el colegio o en la calle, se reía de algo que solo él sabía y llevaba en su interior; un día me dijo que para llorar era preciso saber reír y que no me olvidara nunca de que no se puede morir nunca del todo porque siempre nos queda algo por hacer; le he hecho caso en todo.

Decía mi madre que el señor Luciano hacía mucho tiempo había sido catedrático de algo que no había oído nunca, una palabra muy rara que no entendí, que era un hombre muy sabio y que no sabía cómo tenía todavía ganas de reírse porque la vida lo había tratado muy mal, luego se callaba y no decía nada más, pero un día hablando con mi padre le dijo que ella creía que se estaba volviendo loco. Mi padre se quedó callado, como si no pudiera hablar, y yo pensé en Ramón, el hombre de los cartones, estaba en mi camino hacia el colegio, pero mi madre no me dejaba hablar con él y yo, alguna que otra vez, me detenía un rato y le observaba desde lejos, normalmente, Ramón gritaba a los que pasaban por su lado y si le respondían los insultaba y amenazaba con una garrota larga y curvada; se desvivía por un gato tiñoso que se acurrucaba bajo su pantalón y había construido una caseta en un solar vacío y abandonado, había utilizado todo tipo de materiales de desecho, pero más que nada cartones, había veces que cantaba una canción, tarareándola o a gritos: «Dichoso aquel que tiene la casa a flote», y ahí se quedaba y no continuaba, nunca lo hizo, yo al menos nunca lo escuché, sino que lo repetía de continuo, y a mí me parecía que estaba muy bien y que venía que ni a propósito, aunque de vez en cuando cambiaba la frase y se soltaba con un «oliendo a brea, oliendo a brea» que me hacía reír porque no parecía tan apropiado; no sé qué pudo pasar, si se cansaron los vecinos o lo denunció alguien a quien amenazó, pero lo cierto es que un día vino la policía y se lo llevó, él gritaba contra todos y a los policías los llamaba hijos de puta mientras luchaba por soltarse, al final, arrastrándolo lo introdujeron en un coche, un vecino que estaba a mi lado dijo: «¡pobrecillo, está completamente loco!»

El primer día que me topé con el señor Luciano, antes de que él dijera algo, le pregunté si la policía lo iba a detener como a Ramón, él me miró como nunca me había mirado, dejó rápidamente el cigarro que estaba a punto de encender y me dijo con una voz rara que no parecía la de él, que por qué iba a venir la policía a detenerlo; no sé, le dije, pero si usted quiere yo me quedo aquí para ayudarlo; ayudarme a qué, me respondió; a que no lo detengan, con Ramón pudieron porque estaba solo, pero si somos dos, seguro que no pueden; y a Ramón por qué se lo llevaron; pues porque estaba loco; y tú crees que yo estoy loco; eso dice mi madre; y él no dijo nada, solo sonrió, sacó el cigarro de nuevo y se lo puso en la boca y con un mechero de gasolina lo encendió; mira tú que olían mal esos mecheros, seguro que era el único del barrio que todavía lo tenía, ya nadie los utilizaba; ese día ya no dijo nada más, no hizo otra cosa que fumar, mirarme y sonreír. Después de un rato con él, los dos callados, me fui, estaba seguro de que no me necesitaba, él solo podía hacer frente a cualquiera.

 Un día mi madre le dijo a mi padre que el señor Luciano había muerto, que le habían fallado los pulmones y que el médico no pudo hacer nada por él, mi padre dejó de comer, tiró la servilleta sobre la mesa y se levantó, se marchó al salón y se sentó en su sillón, cerró la puerta y no dijo nada más. Cuando volví del colegio fui hasta la casa de Luisa, así se llamaba la hija del señor Luciano, y llamé a la puerta, me abrió una mujer joven que no conocía, iba vestida de luto y me dijo que qué quería; pregunté por Luisa; ella me miró y por un momento no supo qué hacer; insistí, ¡dígale a Luisa que quiero hablar con ella!; ella se giró y volvió al interior, al cabo de un rato salió la hija del señor Luciano, había llorado, tenía los mismos ojos que se le ponían a mi madre cuando volvía del cementerio, y parecía cansada: «¿qué quieres, Roberto?, mi padre ya no está»; no dije nada, de repente, no sabía qué decir; «¡anda, pasa!», terminó por decirme; fui detrás de ella, me llevó hasta una habitación llena de libros, me dijo que me sentara, que si quería un chocolate calentito, asentí, nunca había visto tantos libros juntos, las baldas estaban un poco combadas, pero aguantaban bien, la estantería cubría dos paredes por completo y más de la mitad de una tercera que era donde estaba la puerta, solo quedaba libre la parte de pared donde estaba la ventana que daba a la calle; la librería había sido fabricada en madera de nogal tintada de nogalina, lo sé por el color oscuro, yo le había oído decir muchas veces a mi padre que era la madera más dura, que costaba trabajarla, pero que una vez se consiguiera preparar, el mueble duraría más que el propietario, una vez más mi padre tenía razón; en algunos estantes había objetos diversos, tinteros de cristal, cofres que parecían de plata y, también, bolígrafos y plumas que parecían antiguos, algunos marcos con fotos, seguramente de su familia aunque en ninguna de ellas aparecía el señor Luciano, debajo de la ventana había un escritorio fabricado en la misma madera que toda la librería, cuatro o cinco folios sueltos y una silla con un cojín gastado, era su habitación, me volvió a pasar lo que me ocurrió con la silla, llegaron las voces, noté cómo los libros querían hablar, en muchas lenguas distintas, con tonos graves, delicados e incluso intrascendentes, recitaban, declamaban, leían su contenido y yo no podía escuchar todo, me aturdía tanta palabra desordenada y descontrolada, quería irme de allí, me superaba, Luisa llegó con una taza y un plato, pero yo no podía quedarme, me dolía la cabeza, Luisa, le dije, me tengo que ir, todo me habla; y ella me miró complacida, como si hubiera escuchado esas mismas palabras antes y no se enfadó y no me regañó sino que se volvió y de un cajón sacó una fotografía donde estaba el señor Luciano rodeado por un grupo de niños: «toma, dásela a tu padre, él reconocerá a los que están con mi padre, dile, que de vez en cuando, se quedaba tiempo mirándola, le gustaba, venga, vete».

Cuando volví a casa esperé a que llegara mi padre, no le dije nada de lo que Luisa me dijo, pero le di la fotografía, él la miró y se quedó callado, al poco, se levantó y le dijo a mi madre que se acostara, que volvería tarde, que marchaba de nuevo al taller.

Cuando nos levantamos por la mañana, mi padre todavía no había vuelto, mi madre no dijo nada, desayunamos en silencio y me dijo que me fuera para el colegio, me pasé antes por el taller, allí estaba mi padre, trabajando sobre una plancha de madera de roble, en silencio, sin apercibirse de nada ni de nadie, los oficiales y los aprendices a su alrededor, todo el taller en silencio observando lo que hacía; nunca le había visto así de concentrado, salvo cuando le mostraba a alguien cómo había que hacer un trabajo; los oficiales más viejos dijeron que estaba haciendo una “lápida” —yo no sabía qué significaba esa palabra, pero no me atreví a preguntar—, había dado forma a la madera y había grabado el nombre y los apellidos del señor Luciano, la fecha de su nacimiento y la de su muerte, y debajo, de forma rápida y con seguridad, estaba tallando algo, su cuerpo nos tapaba lo que ponía, cuando se retiró pudimos ver el mensaje:

Miró en el tiempo el porvenir vacío,

Vacío ya de ensueños y de gloria,

¡Y se entregó a ese sueño sin memoria,

Que nos lleva a otro mundo a despertar!

¡A MI MAESTRO,

UN MAESTRO REPUBLICANO!

La dejó en basto, no la lijó y tampoco la barnizó; la envolvió en papel y la guardó en una bolsa de tela, luego, se dio la vuelta y salió de la carpintería al mismo tiempo que le oímos decir «¡Ojalá, pueda descansar, maestro!»

Cuando salió mi padre, los obreros decían de todo, que de dónde había sacado lo que había escrito, que era raro, otros, que no le dejarían colocarla, que seguro que tendría problemas y que a ver si lo iban a detener, y otros, que había hecho bien y que así teníamos que hacer todos, aunque, el resto, la mayoría, asentían en silencio a la vez que marchaban detrás de él para acompañarlo al cementerio…

Yo me marché del taller, tenía tantas cosas que preguntar a mi madre.


CAPÍTULO 9

Mi pequeño mundo lo constituía un entramado de calles más bien cortas en torno a una larga y principal donde asomaban comercios muy distintos y por donde pasaban y paseaban personas conocidas con las que intercambiábamos palabras, favores y mercancías:

La carnicería de Eliseo y Clara era el lugar donde la carne se exhibía roja y desnuda para que los clientes eligieran a su gusto y las moscas camparan haciendo caso omiso de unas horribles tiras, asquerosamente marrones, que las llamaban a gritos para que se posaran pegajosamente en ellas, las moscas, por supuesto, para desconsuelo del matrimonio carnicero, hacían caso omiso y, llevadas de su capricho por el color, se posaban allí donde la carne era más roja; Eliseo, el carnicero, miope y delgado en extremo se esmeraba en el corte, su ley de la medida no resistía comparación alguna porque era completamente suya, si le decían que “grueso” él extendía este concepto hasta que el cliente asustado le decía “¡basta!” y si, por el contrario, le reclamaban un corte “fino” él no hacía ni caso, como si esa palabra no existiera, y lo más que hacía era responder que la carne nunca había sido ni será transparente, con lo que daba por zanjada cualquier posible discusión; su mujer llevaba siempre una bata blanca impoluta con unos manguitos azul marino y, con muy buenas maneras y pocas palabras, envolvía los pedidos, cobraba y hacía gala de su oronda redondez.

El estanco era un comercio vivo, desde sus orígenes dedicados a la venta en exclusiva de tabaco, había ido ampliando sus productos mediante relaciones complejas, un día descubrió la relación entre los cigarros y el papel y se hizo papelería, luego comprendió que los mecheros eran motivo de regalo y decidió ampliarse por un costado en tienda de regalos y por último parece que está en vías de encontrar una amistad comercial entre el humo y el combustible, cuando lo hagan venderán lo necesario para cocinas y chimeneas; pero los viernes por la tarde era su fiesta mayor, ese era el día en el que se desbordaba de gente hasta cubrir la acera dibujando un reguero de hormigas esperanzadas en el azar, el juego y el destino; los dos hermanos que la regentaban agrandaban sus arcas ojos vista con «esa inútil esperanza para pobres» que decía mi padre refiriéndose a cualquier juego que llevara dinero de por medio; curiosos estos hermanos también en sus formas, a cual más igual y a cual menos distinto, si no fuera por el género sería difícil identificarlos, mismos andares, mismos  gestos, mismos comentarios, incluso en el nombre: José María y María José; caprichos paternales.

Una panadería con horno propio donde las barras salían tan vivas que hablaban del calor que acaban de pasar mediante crujidos: una de medio, una pistola, un candeal, un mollete, un colín, las estanterías de madera y las banastas de finos listones entrelazados: harina blanca y calor, en invierno se agradecía entrar allí, en verano, menos.

Y un muestrario más de tiendas y comercios, una huevería de delantales inmaculados, huevos blancos y morenos, pollos destazados, codornices durmientes y conejos colgantes; por supuesto, no faltaban los múltiples bares estrechos, sucios y malolientes donde se encerraban las cuadrillas de trabajo al iniciar y acabar la jornada, allí, se discutía acaloradamente por cualquier cosa, se intercambiaban banales conversaciones, se mataban las tardes al dominó o al tute y nunca entraban las mujeres, el suelo daba cuenta de todo ello, se acumulaban restos de todo tipo, pero eso poco nos importaba a nosotros porque si no a ver de dónde íbamos a sacar nuestras chapas

Y el cine, ¡el cine!, al final de la calle, una sala oscura con un gran pasillo central y butacas sin relleno, dos acomodadores sacados del reparto de una película de miedo y toda una serie de nombres impronunciables que retrasaban el inicio de la película o prolongaban su final, sesión doble, entre medias una bolsa de palomitas y un refresco, en la oscuridad, rostros inmensos con voces grandiosas que te rodeaban aún más que la silla donde te sentabas, caras que procedían de personajes alargados como gigantes que te superaban en vivencias y en dimensión, quizá por eso también las risas eran superiores a las de la realidad y las emociones superaban toda expectativa.

            Nuestra carpintería también estaba presente en este mosaico vital y comercial, aparte del taller teníamos tienda abierta al público que daba directamente a la calle, y estaba en la planta superior; no se vendía prácticamente nada porque entonces nadie tenía dinero para comprar y los muebles aguantaban lo que no está escrito, pero mi padre decía que así se sabía dónde estábamos y dónde nos podían encontrar; aparte del escaparate sin nada que exponer, en el interior, solo había listones y planchas de maderas por todos los lados, una pequeña oficina al fondo que disponía de lo elemental para ser algo más que oficina: una pila-lavabo, una pequeña cocina de gas, e incluso una cama turca que había tenido y tendría todo tipo de moradores, desde mis hermanos cuando eran pequeños, yo mismo, algún que otro trabajador que necesitó dormir allí, Nina, por supuesto, y mi padre cuando le entraba el presentimiento de que nos iban a robar y se quedaba toda la noche velando maderas como si fuera el salón de armas de una familia noble; para entrar en la tienda era necesario salvar dos peldaños pues estaba elevada sobre el nivel de la acera, allí me sentaba horas y horas para observar el movimiento incesante de gente durante las horas de comercio, por las noches el hueco de la puerta y los dos peldaños eran ocupados por alguna que otra pareja joven que quería descubrir las caricias que el amor precisa o algún mendigo que se refugiaba a su manera de los rigores de la noche.

            Nunca me pregunté si fuera de estas calles podría existir algo más, para mí, el mundo se encerraba en ellas.


CAPÍTULO 8

Los descubrimientos eran continuos, en aquel tiempo pensaba que nacíamos para aprender, para sorprendernos continuamente y, también, para equivocarse sabiendo que por ser crío ibas a ser perdonado. Desde el día aquel en el que la silla me habló descubrí que la vida no era solo mirar sino que el resto de los sentidos aportaban su granito de arena para conocerla; ya he hablado de los olores, también me fue necesario escuchar así que me pasaba parte del tiempo aguzando el oído, no hacía otra cosa, primero, fueron ruidos, luego, los sonidos más dispares hasta que supe diferenciarlos, bendita aparición de la música, y por último las palabras, tenía la impresión de que había mundos por descubrir en boca de los demás, yo sabía que no había vivido aún, que no sabía nada al respecto, así que a mi manera decidí que tenía que aprender escuchando a los demás; me detenía sin ningún disimulo a oír lo que decían unos y otros, no les importaba, me veían tan pequeño que pensaban que no entendía nada: “Son unos hijos de puta, aquí no se puede decir nada, te encarcelan después de apalearte”, no sé si la frase fue exactamente así, yo he juntado las palabras que caían con rabia desde la boca de los trabajadores de mi padre y me ha salido esta, también, alguna otra más: “Y si no consiguen lo que quieren, sacarán a sus perros para mordernos hasta que nos callemos”, “no lloraré ni una lágrima con su desaparición, anda, y que se muera”, “la vida, para ellos, es un puto negocio, la religión para atontar y embrutecer y el trabajo para sacar beneficio tras beneficio, para nosotros miseria y puta caridad”, “si hubiéramos ganado…”; pero de lo que más hablaban era de fútbol y de mujeres, ahí escuché palabras que me sonrojaron sin que supiera su significado: “follar”, “coño”, polla”, “chuparla” y unas cuantas más, pero lo que me llamaba más la atención era cómo las pronunciaban, parecía como si todo eso de lo que hablaban saliera de su interior porque estuviera con ellos, cerca, muy cerca y a mano, y sin embargo no lo pudieran coger porque no podían acceder, había mucho de deseo, sí, pero también bastante de frustración.

En este tiempo escuché a uno de los oficiales más mayores, Tomás, la historia de Lucas porque su historia, como toda historia, estaba hecha de palabras, al parecer, mi padre y él crecieron juntos, fueron muy amigos y tuvieron el mismo maestro carpintero que enseñó a los dos y con el cual estaban muy unidos, al parecer, Rosa, la hija del maestro, fue novia de mi padre y estaban prometidos en el interior de un noviazgo de esos que duraban años, a la antigua, pero llegó la guerra y lo cambió todo, los dos amigos se alistaron en bandos distintos, a Lucas le gustó más la mano abierta fascista que el puño levantado y a mi padre, justo al revés, tres años de horror que trastocaron todo; cuando acabó la guerra, Lucas volvió vestido de azul y gloria, rodeado por un paquete de amigos pistoleros como él y con una considerable poca afición por el trabajo, se acostumbró al dinero fácil, y de paso fue a casa del maestro para que este le viera triunfador, no pudo ser así porque ya lo habían enterrado, una bomba destrozó la carpintería y su cuerpo; Rosa le preguntó por Paco, su amigo, y Lucas le dijo que había muerto, pero que no se preocupara que él la ayudaría siempre, empezó a cortejarla, y Rosa, más por miedo que por necesidad se casó con él; cuando al poco tiempo apareció mi padre que volvía de un campo de concentración, ella lo miró avergonzada, apenada por un silencio culpable, y mi padre no dijo nada pero sintió que todo su mundo había desaparecido; se entregó a su trabajo, se casó con mi madre y nunca más vio a Rosa; Lucas empezó a beber, no se sabe si por las amistades y los ambientes que frecuentaba o porque supo mejor que nadie que su mujer seguía queriendo a su antiguo amigo, de borrachera en borrachera terminó por perder prácticamente todo, un día mi padre lo recogió de la calle donde estaba tirado, le dijo que si quería en su carpintería siempre tendría trabajo, pero que cuando fuera, tenía que estar sobrio y ahí se acabó todo.

Escuché esta historia unas cuantas veces más, Tomás no tenía problema en contarla a todo aquel que la quisiera escuchar, es verdad que alguna que otra vez se producían pequeñas variaciones, pero lo importante se mantenía. Era lo mágico de las palabras, transmitían ese tipo de conocimiento que otorga el saber que las cosas son así porque el presente tuvo un pasado que lo explica y lo justifica, por eso las escuchaba y detenía mi menudo cuerpo para ser abrazado por ellas.


CAPÍTULO 7

Poca gente puede presumir de vivir al lado de la vía del tren, nosotros no estábamos a doscientos o trescientos metros de distancia, no, nos bastaba salir del portal de casa y apenas andábamos unos cinco metros para toparnos con la vía; en plena ciudad y ahí estaba el tren.

            Yo creo que este hecho, sin querer o sin darte cuenta, te marca; lo cierto era que cuando pasaba el tren un trozo de mi imaginación se iba con él hasta lugares que no habían sido visitados nunca.

            El barrio era un tanto indiferente a este hecho, se había acostumbrado, la gente conocía, más o menos, las horas de paso y estaba al tanto, no había una vigilancia estricta ni mucho menos pasos obligados, se cruzaban los raíles por donde querías y como querías, es más si estábamos jugando, no nos deteníamos, lo seguíamos haciendo a su paso, el maquinista pitaba y pitaba pero nadie le hacía caso; claro que había accidentes, pero la mayoría eran eso, accidentes, algún borracho ocasional, algún despistado y el más sonado que vivimos fue cuando se quedó un camión de reparto parado en mitad de la vía y el tren no pudo parar, el estruendo fue descomunal, nos acercamos hasta allí, no es que hiciéramos mucho, solo observar, mirar y comentar qué podría haber pasado; a la hora de ir al colegio mi madre me llevaba de la mano porque coincidía con el paso de uno de los trenes, me agarraba con fuerza y no me soltaba aunque ya hubiera pasado o todavía no estuviera a la vista, según ella, con el tren, todo era posible.

            La mayoría de las veces iba vacío, pero en el verano se llenaba por completo, en realidad, desde la primavera aumentaban los pasajeros, servía de tren mercancías para los que traían productos de las huertas de los pueblos más cercanos, y luego ya, en el verano, iba hasta arriba, la gente viajaba incluso en el techo, el domingo por la noche esperábamos en el balcón de casa el paso del último de los trenes, era el que venía más lleno y disfrutábamos viendo a la gente arracimada a lo largo y ancho, cualquier espacio valía, en el techo, en las plataformas y me imagino que en los pasillos, lo que no entendíamos era por qué nos causaba tanta risa, pero el caso es que era verlo aparecer al fondo y empezar a reírnos, era verdad: «con el tren, todo podía pasar».

            Los vagones eran de madera y los asientos incómodos a más no poder, sus bancos de listones se te clavaban en las piernas y en la espalda, la mayoría de las ventanas no se podían subir porque estaban completamente enganchadas, y lo sé porque lo usamos unas cuantas veces para ir al río antes de que mi padre comprara su primer coche.    

            Luego fueron reduciendo el servicio poco a poco, y, al final, sin que nadie nos avisara o nos dijera nada, un día ya dejamos de ver su paso, solo las vías, los travesaños y la piedra machacada recordaban un pasado que se difuminaba rápidamente, claro que esto era lo normal en esa época, nada parecía digno de permanecer.

            El tren se fue y muchas cosas ya no fueron posibles.


CAPÍTULO 6

Me llamaban los olores del taller y en cuanto disponía de algo de tiempo me marchaba para allá sin dudarlo: serrín, barniz, pino joven, colas, tintes, betunes y pegamentos de todo tipo componían un universo en el que me detenía como si cada uno de esos olores tuviera la capacidad para transportarme hasta sitios en los que nunca había estado, pero en los que mi sentido del olfato pareciera haber vivido antes, mucho antes.

Estaba ubicado en una especie de sótano que no era tal aunque estuviera situado por debajo del nivel de la calle, cuestión esta que lo condenaba a inundaciones continuas en cuanto las alcantarillas se cegaban, algo que ocurría con cierta regularidad porque nadie limpiaba nada y se vertía casi de todo. Varios talleres —una cerrajería, una cristalería y la carpintería de mi padre— comunicaban sus puertas a un patio común alargado y con, más o menos, unos cinco metros de anchura; a veces, se mezclaban los ruidos, las voces y casi las actividades, las chispas de la cerrajería se lanzaban sin llegar a chocar contra los cristales donde de forma ladeada se reflejaban las maderas recién barnizadas y puestas a secar cuando el buen tiempo lo permitía.

En su interior reinaba un orden práctico, cada uno sabía qué debía hacer y cómo, y si alguien dudaba ahí estaba mi padre quien, a modo de faro o de guía, desde una garita elevada sobre el suelo contemplaba la vida del taller como si de un dios antiguo se tratara e intervenía raudo para cortar de raíz cualquier duda o desviación, no le hacía falta estar pendiente, el sonido le traía el momento en el cual una sierra se torcía, una lija devastaba por demás o un berbiquí se atoraba, entonces, levantaba la cabeza y su voz se convertía en orden tajante que nadie ponía en duda, tenía el respeto de los que han demostrado que saben lo que hacen; al decir de la gente del gremio conocía su oficio mejor que nadie y, por lo que se refiere a la autoridad, podría decirse que nacía del poder para decidir sobre sus personas y sobre sus salarios, pero no era así porque para él cualquier decisión tenía que ser argumentada y justificada y, en ese punto, las personas que conformaban el taller podrían hacer lo que él decía porque lo comprendían; y allí estaba Lucas, al fondo, en un banco para él solo, callado, sudoroso y cabizbajo, aislado de todos; parecía no ver ni conocer a nadie, y el resto, en justa correspondencia también lo ignoraba, como si no existiera, por supuesto, mientras estaba allí no bebía una gota de vino y parecía estar completamente sereno, sabía cómo era mi padre con ese tema, de todas formas, yo, por si acaso, nunca me acercaba hasta donde él estaba, su mirada me seguía dando miedo.

Los encargos se sucedían uno tras otro, su prestigio crecía, y, por lo poco que oía a mis padres, llegaban desde lugares cada vez más lejanos, después venían las quejas apagadas y lastimosas de mi padre acerca de los morosos y de los cobros pendientes, de los trabajos empantanados y de la poca preparación de los obreros, de lo difícil que era encontrar profesionales hoy en día y lo que a su juicio era lo peor: los aprendices estaban desapareciendo; cosa que, sinceramente, a mí no solo no me preocupaba como a mi padre, sino que, incluso, me alegraba porque cuando iba al taller era a estos a los que más temía, eran chavales unos tres o cuatro años mayores que yo, habían abandonado el colegio hacía poco y todavía eran niños aunque ya jugaban a ser adultos, todos los golpes iban para ellos, si no aparecía la gubia, si el serrucho estaba tirado en el suelo, si no se había barrido el serrín, cualquier cosa bastaba y sobraba para descargar golpes en su cabeza y patadas en su culo, ellos, por su parte, buscaban entonces un chivo expiatorio en quien repetir el proceso y siempre procuraban que fuera yo o, en su defecto, los múltiples gatos que se acercaban hasta el patio, la crueldad de estos chicos era proverbial y yo los temía porque hasta mi padre hacía la vista gorda con sus  travesuras que yo no veía tales, como si para él eso formara parte de mi aprendizaje y fuera algo bueno, la única que se salvaba de cualquier agresión o maltrato en el taller era Nina, la perra, vivía en el taller y, por las noches, dormía en su interior velando la madera o acompañando a mi padre cuando él se quedaba a dormir, la cuidábamos y la queríamos por igual, podría decirse que pertenecía al conjunto del taller, de raza indefinida, mezcla de decenas de esos perros callejeros que han adquirido personalidad a costa de ir perdiendo pureza, parecía representar el único rastro de humanidad que habitaba el taller, esa es la verdad; nos buscábamos para jugar o para estar sentado mirando la vida pasar, ella había asistido a mi nacimiento y yo a su cada día más avanzada vejez, en cuanto llegaba al taller venía conmigo, luego, después de las caricias y de las palabras cariñosas, yo iba a lo mío y ella a su rincón, con el tiempo quise probar con ella lo que me ocurrió con la silla de anea, pero Nina ni siquiera me miró, abrió la boca, sacó la lengua y creo que, dándose la vuelta, simplemente, me ignoró con la displicencia del que perdona los desvaríos de alguien al que quiere: sé que cuando me ahogué, a su manera, lloró.

Echo de menos el taller, sus silencios de herramientas quietas y perfectamente colocadas, dispuestas para ser usadas, y sus olores profundos, aún recuerdo mis manos deslizándose sobre los listones de pino o el sonido crujiente que hace la madera al ensamblarse para dejar de ser solo madera y pasar a convertirse en puerta, ventana o cualquier otro mueble de los que allí fabricábamos.

Sin lugar a dudas, el taller de mi padre encerraba la vida.


CAPÍTULO 5

Lorenzo pintaba paredes y techos, casas y despachos, naves y todo lo que le encargaban; lo que no dijo nunca a nadie era que también pintaba naturalezas vivas y, en especial, de forma privada y casi escondida, bocetos y retratos de mujeres que conocía y a las que nunca se hubiera atrevido a pedir que posaran para él.

Yo lo observaba desde la ventana de mi cuarto, él vivía en una casita baja muy antigua que era como un islote entre edificios de cuatro y cinco alturas y que venía a recordar al nuevo barrio que nacía cuáles habían sido sus orígenes humildes de chabola y casas sin otra pretensión que dar cobijo; en primavera, o simplemente con que hiciera buen tiempo, sacaba una silla al patio, un bloc más grande que los que yo tenía para usar en el colegio y unos cuantos lapiceros, miraba sus jilgueros o sus canarios enjaulados y los reproducía desde cualquier ángulo y en cualquier posición, a veces, cuando la parra ya tenía sus racimos completamente hechos, era a ellos a los que dedicaba su esfuerzo y su atención para capturar ese golpe luminoso que se da del encuentro entre el sol y la uva reventona; él sabía que muchas de las veces yo observaba atentamente lo que hacía y, cuando descansaba, se volvía hacia mí y me saludaba; en aquel entonces, todavía, nos conocíamos todos, además, alguna que otra vez, trabajaba para mi padre y venía a casa para tratar de los encargos que recibía de él; cuando se pusieron de moda las puertas pintadas y no barnizadas, él se pasaba por el taller o directamente mi padre le llevaba los pedidos hasta el garaje de su casa, pero de su bloc y de lo que en él pintaba, de eso, estoy seguro de que solo yo sabía de su existencia.

Su habilidad despertaba mi admiración continua, no entendía muy bien qué cualidad poseía en sus manos y en sus ojos para poder pintar con esa destreza, yo era incapaz de trasladar una simple casa hasta un papel y él no solo reproducía lo que veía, sino que además lo dotaba de una vida que en algunos casos superaba a lo retratado, pensé en magia o en algo por el estilo, porque cine no era, en su libreta nadie se movía, al contrario, ahí se quedaban suspendidas las sonrisas, las miradas perdidas o las alas desplegadas; las flores completaban su obsesión, las que tenía en su propio jardín porque allí estaban y apresaban su mirada, geranios, hortensias, clavellinas, rosas blancas y unas calas inmensas que mi mente infantil pensaba que no cabrían dentro de su cuaderno, y cuando se cansaba de pintarlas buscaba aquellas otras que no tenía delante, y que seguramente no conocía, sacaba un libro antiguo que sabe quién dónde encontró y las reproducía igual que si fueran modelos quietas y disciplinadas: orquídeas, petunias, cinias…

Blocs, su mundo estaba encerrado en esos blocs donde guardaba su esfuerzo por dar sentido a su vida; el resto era sencillo, no tenía familia, sus padres habían muerto y no tenía hermanos ni hermanas, todo el barrio lo apreciaba y lo quería, y nadie que tuviera que hacer reformas en casa y necesitara pintar dejaba de acudir a él.

Lorenzo trabajaba con brochas y rodillos, sin embargo, únicamente era capaz de vivir entre sus lápices y sus pinceles, de la figura, del color y de la reproducción de la vida.

Pero yo sabía algo sobre él que nadie más conocía.


CAPÍTULO 4

Mi madre caminaba de puntillas por el silencio y la discreción. Que se llamaba Dolores lo supe pasado el tiempo, para mí, simplemente, era “mamá”, con cariño y, para todos los demás, Doña Lola, con deferencia y respeto.

            En su horizonte no existía otra cosa que su familia, su marido y sus hijos, anteponía nuestro bienestar a cualquier otra cosa, quería a mi padre de forma especial, habían unido sus destinos y ella era la encargada de que no se separaran nunca, cualquier acto, incluso los más cotidianos, lavar, planchar, cocinar o limpiar la casa, no tenían otro objetivo que el que su unión se mantuviera firme, sentía especial orgullo de su familia. En los momentos de tranquilidad, cuando hacíamos los deberes y mi padre leía el periódico o escuchaba la radio, ella lo miraba de forma furtiva, como si no quisiera que nadie se diera cuenta, y lo hacía como apurando el conocimiento de su rostro, descubriendo cualquier posible señal de inquietud o malestar que precisara de su intervención o de su ayuda. Mi madre era una mujer feliz que pensaba que el mundo se reducía a las cuatro paredes de nuestra casa, desde su punto de vista, no había nada que mereciera la pena que no fueran su amado Paco y sus queridos hijos. Y a ello se entregaba en cuerpo y alma, desde que se levantaba hasta que se acostaba, siempre la primera, siempre la última.

Mi madre no poseía una belleza deslumbrante que llamara la atención en exceso, pero sus rasgos sencillos, nada destacados, casi comunes, poseían un algo extraño, la dotaban de una serenidad que llamaba la atención de aquellos que la conocían por primera vez; transmitía su persona y su trato dos sensaciones difíciles de conjugar: confianza y distancia, no conozco a nadie que se encontrara a disgusto en su presencia y tampoco a nadie que se confundiera con cualquiera de los mensajes que ella emitía, es como si la primera vez que la vieras ella te diera las claves con un mensaje nunca emitido, pero muy claro: «aquí tiene usted mi sonrisa, si quiere compartirla, encantada, pero no espere otra cosa que buenos modales y trato educado, usted verá lo que hace».

Ella conocía todo sobre mi padre, pero a nosotros nunca nos contó nada, esquivaba todas nuestras preguntas al respecto, fue necesario que, pasado un cierto tiempo, nos enteráramos por otras personas de su pasado. Se conocieron como sin querer ─esto sí que nos lo contaba, no ponía ningún reparo, lo hacía con palabras vivas y el brillo encendido de sus ojos─, ella estaba convencida de que el destino había jugado a su favor para que se produjera aquel primer encuentro, ella iba a llevar un encargo, en aquel tiempo trabajaba de costurera en una sastrería del centro, él caminaba la acera porque no sabía dónde ir y no podía estarse quieto, en esa época carecía de empleo, «pero vuestro padre es muy trabajador, no os vayáis a creer, lo habían señalado». Cuántas veces me quedé con las ganas de preguntarla qué era eso de “estar señalado”, pero no lo hice porque al oír a mi madre sentía que el cariño por mi padre era mayor, y en mi cabeza, él crecía como un héroe que se enfrentaba a todo tipo de adversidades, y a partir de ahí, el resto se lo dejaba a mi imaginación. La narración de ese primer encuentro entre mi padre y mi madre era siempre la misma, en el tiempo que yo pude oír la historia mi madre no cambió nunca ningún detalle, ella lo vio primero, y a continuación lo describía: con su pelo corto y cortado a navaja, peinado hacia atrás y sin raya, el gesto serio y la mirada concentrada, paso firme y un traje gastado, pero limpio, una camisa blanca con los picos del cuello levantados y una corbata azul con el nudo un poco suelto, tuvo que pararse sin saber por qué, no podía dejar de mirar su rostro recién afeitado, el encargo se le cayó al suelo como si las fuerzas le hubieran abandonado y entonces él reparó en ella y se agachó a recogerlo, se levantó y en vez de ofrecérselo la miró en silencio y a los ojos, profundamente, y, al cabo de un rato, él le dijo, «me llamo Paco» y ella solo acertó a contestar, «y yo, Lola», y en este punto siempre acababa su historia, se levantaba rápido, hacía como que tenía que solventar algo urgente y se marchaba feliz.

Esa era mi madre.


CAPÍTULO 3

Semanas antes del ahogamiento me ocurrió algo extraño, un día, la silla de anea que estaba guardada en un rincón y que solo la utilizaba mi madre para hacer las labores de costura empezó a hablarme, primero, me dijo: «Apártate, no ves que tapas la luz», y, luego, en un tono más bien desabrido y no exento de reproche: «¡Niños!, ¡no aprenderán nunca!»,

No dije nada a nadie, para qué, quién va a creer a un niño que dice que la silla habla; sin embargo, desde ese momento tuve conciencia de que había objetos con vida, objetos que podían comunicarse conmigo.

Y ya todo fue rodado, el azucarero con voz dulce me invitó a meter los dedos, el tubo de leche condensada a sorberlo golosamente y la cama a quejarse como si fuera tan delicada que cualquier peso la dañara; mis conversaciones favoritas eran con los espejos, distintas voces, cada uno con su propia personalidad, daba lo mismo dónde estuvieran y, también, con las maderas del taller.

Es verdad que no siempre funcionaba, y yo no sabía cuándo sí o cuándo no, pero sirvió para que supiera que algo distinto a lo normal podría tener vida más allá de la apariencia.

Por eso, cuando me ahogué, no me extrañó seguir aquí presente.


CAPÍTULO 2

Yo me ahogué una mañana del mes de julio, era domingo y habíamos ido a pasar el día en el río; llegamos muy temprano, la consigna era clara: «¡cuanto antes, mejor!», había que coger un buen sitio al lado de la orilla y además aprovechar los escasos chopos que garantizaban sombra y ese poco de viento que aliviaba la solanera, porque llegado el mediodía no se podía estar sin algo que te cubriera debido al calor excesivo que hacía.

Íbamos al río como se va de excursión, vestidos de aire festivo y con el rostro feliz de los días especiales: salíamos muy pronto de casa, quedábamos en un punto de reunión que normalmente era un bar, y allí, degustando un copioso desayuno, se intercambiaban frases y frases que eran siempre las mismas, al final, partíamos todos juntos: mis padres y mis dos hermanos, el mayor y el pequeño, una pareja sin hijos amigos de mis padres desde la infancia y dos matrimonios más con tres y cuatro hijos cada uno, en total conformábamos una buena troupe ─bulliciosa y bastante gritona, también hay que reconocerlo─ que no bajaba ni un decibelio de su volumen hasta que no se producía la obligada siesta que, por fin, lograba aplacar el vocerío que llevábamos con nosotros.

El río no era tal, estábamos en julio y su caudal no era algo serio, el nivel te llegaba como mucho hasta las rodillas, pero era un río traicionero, tenía unas pozas extrañas que se formaron debido a las extracciones de arena que se habían hecho años atrás y que se seguían haciendo de forma ilegal; a todo ello había que añadir la cantidad de ramas y restos que habían sido arrastrados en la primavera y que terminaban tejiendo una red amenazadora y peligrosa; había que andarse con cuidado, lo normal era que los mayores se metieran primero, inspeccionaran una zona y nos obligaran a estar en ella prohibiéndonos cualquier otro sitio que se saliera de ella, claro que bastaba eso, la prohibición, para que nos interesara mucho más todo lo que se encontraba fuera de ese área libre de mal.

Yo decía que sabía nadar, pero la verdad es que braceaba sin ton ni son y me agotaba fácilmente, durante un minuto o dos lograba flotar, luego descansaba haciéndome el muerto y así lograba mantenerme a flote aunque avanzaba poco, la técnica era mitad mía y mitad imitación de la de los perros, pero lo cierto es que me bastaba para continuar en el agua aunque cubriera y eso me bastaba.

Una jornada en el río era excesiva en todo, los gritos, el calor, la preparación de la comida y, por supuesto, la cantidad de bebida; nosotros nos bañábamos sin tino y sin medida y nuestros padres y sus amigos a lo suyo, y lo suyo no era otra cosa que la comida, la bebida, preparar el fuego, mantenerlo cuanto más vivo, mejor, evitar las hormigas, y cocinar la única y más auténtica de las paellas que se pudieran cocinar, y todo ello aderezado con unas conversaciones que solo entendían ellos y en las que la risa surgía sin venir a cuento; cada poco había que refrescarse por dentro y por fuera, todo era inmoderado; después de comer, si la siesta para nosotros era un castigo, para ellos era una suerte de liberación de gases y vapores, mi madre, como todas la madres, trabajaba en el anonimato, es decir, el doble que cualquiera.

No puedo decir que me hundí sin darme cuenta porque todo ocurrió de forma clara, la corriente me fue llevando poco a poco, no hice nada por salirme de ella, estaba a gusto porque avanzaba con facilidad, apareció un desnivel que le dio al agua un poco de velocidad y en esas me volteó por completo, me hundí hasta el fondo y allí enredé uno de mis pies en un entramado de ramas y cintas verdes como juncos que no eran tal, braceé lo que pude, no encontraba oxígeno y al abrir la boca entró el agua inundando mis pulmones, supe que había muerto porque entre el fango del lecho descubrí peces pequeños que se me quedaron mirando sin miedo alguno y como si ya hubieran visto esto con anterioridad.

Recogieron mi cuerpo un poco más tarde, me habían echado en falta, dieron la voz de alarma y se organizaron para buscarme, yo oía sus voces: ¡Roberto!, ¡Roberto!, sobre todo la de mi madre cargada de miedo y de angustia: ¡Robertito, hijo!; avanzaban a lo largo del río y tanteaban el fondo con palos largos o directamente con las manos si la profundidad lo permitía, los oía llegar, se gritaban entre sí, estaban nerviosos y se mostraban preocupados, no tardaron, me encontraron al poco rato, no había tantos sitios donde buscar, era un río que no merecía tal nombre, como mucho un riachuelo.

Mi cuerpo se fue, yo me quedé.


CAPÍTULO 1

Se llamaba Lucas y guardaba una bala de plata exclusivamente para matar a mi padre. Algunas noches venía a cenar a casa, se sentaba en el lugar de los invitados, justo a la izquierda de él, y si bien, al principio, no decía absolutamente nada, a medida que bebía comenzaba a hablar, primero, frases que intentaban ser graciosas, luego, parrafadas sobre un pasado glorioso y, al final, una mezcla extraña de temas que daban lugar a un discurso inconexo e incoherente; trabajaba en nuestro taller, era oficial ebanista, y las veces que decidía venir a casa, se apostaba en la calle y esperaba apoyado en un portal, y cuando mi padre llegaba a su altura, sin decir nada, mucho menos saludarlo, se unía a él para caminar juntos sin dirigirse la palabra, en silencio los dos; que yo supiera, nunca se le invitaba, pero cuando aparecía por casa mi madre no decía absolutamente nada y de forma sonriente, como siempre, hacía de buena anfitriona y lo atendía tal y como si fuera uno más; mis hermanos y yo le teníamos miedo, su rostro mal afeitado, su aspecto mal encarado, así como una mirada turbia que manchaba todo lo que se hallaba a su alrededor nos prevenía en su contra y era más que suficiente para que mantuviéramos una distancia prudencial, aunque, seguramente, para él, nosotros ni siquiera existíamos; esperaba a que termináramos de cenar y en cuanto mi padre pedía el café, se marchaba, todos respirábamos, incluso la buena de mi madre que tenía por costumbre no meterse en nada lo agradecía y, si hacía buen tiempo, abría el ventanal de par en par para que se fueran los restos amenazadores que había dejado su presencia.

Al parecer, había sido de todo, voluntario en nuestra guerra, contrabandista de géneros legales, traficante de mercancías dudosas, confidente de la policía, matón a sueldo y representante a comisión, se oían tantas cosas, pero lo que sí sabía todo el barrio con certeza es que era un alcohólico y maltrataba a su mujer y a sus hijas, se lo escuché un día a las amigas de mi madre durante una sesión de costura, la máquina eléctrica de coser ocupaba un lugar privilegiado en casa y era lugar obligado de reunión; un ser despreciable en cualquiera de sus facetas, y aunque nunca se lo preguntamos porque no nos atrevíamos, no entendíamos por qué mi padre permitía su presencia en nuestra casa, solo habló de él una vez y fue para decir que tenía unas manos habilidosas y que conocía su oficio, nada más, le creímos, mi padre en cuestiones de trabajo era puntilloso y perfeccionista, no dejaba pasar ningún detalle por muy simple que fuera, su regla era que los detalles hacían el conjunto y que un simple rasguño en el acabado de la madera deterioraba todo el trabajo, aunque, seguramente, era en el barnizado donde más énfasis ponía; el caso era que le mantenía en nómina aunque su asistencia al taller nunca fuera regular y dejara mucho que desear, bien por el alcohol ─tenía preferencia por el vino tinto, si era de garrafón, mucho mejor─ o por sus peleas puntuales, que tampoco faltaban, le daba lo mismo, con cualquiera que se le cruzara le valía; su carácter, violento de por sí, se agudizaba por la presencia del vino, todo en él era un despropósito; debía trabajar bien, pero que muy bien, porque sabíamos que mi padre había despedido a otros por mucho menos.

No me dijeron qué era eso de la “bala de plata” que Lucas repetía en cualquier ocasión engolando su voz grave de barítono mal entonado: «Paco ─así llamaba todo el mundo a mi padre─, yo tengo una bala de plata guardada solo para ti, un día la dispararé y te atravesará el corazón”; mi padre lo miraba y sin darle ninguna importancia, sin dejar de hacer lo que estuviera haciendo, le decía: «Lucas, no digas tonterías; anda, cállate, que estás más guapo callado».

El día que la bala de plata surque el aire yo estaré allí.