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CAPÍTULO 2

Yo me ahogué una mañana del mes de julio, era domingo y habíamos ido a pasar el día en el río; llegamos muy temprano, la consigna era clara: «¡cuanto antes, mejor!», había que coger un buen sitio al lado de la orilla y además aprovechar los escasos chopos que garantizaban sombra y ese poco de viento que aliviaba la solanera, porque llegado el mediodía no se podía estar sin algo que te cubriera debido al calor excesivo que hacía.

Íbamos al río como se va de excursión, vestidos de aire festivo y con el rostro feliz de los días especiales: salíamos muy pronto de casa, quedábamos en un punto de reunión que normalmente era un bar, y allí, degustando un copioso desayuno, se intercambiaban frases y frases que eran siempre las mismas, al final, partíamos todos juntos: mis padres y mis dos hermanos, el mayor y el pequeño, una pareja sin hijos amigos de mis padres desde la infancia y dos matrimonios más con tres y cuatro hijos cada uno, en total conformábamos una buena troupe ─bulliciosa y bastante gritona, también hay que reconocerlo─ que no bajaba ni un decibelio de su volumen hasta que no se producía la obligada siesta que, por fin, lograba aplacar el vocerío que llevábamos con nosotros.

El río no era tal, estábamos en julio y su caudal no era algo serio, el nivel te llegaba como mucho hasta las rodillas, pero era un río traicionero, tenía unas pozas extrañas que se formaron debido a las extracciones de arena que se habían hecho años atrás y que se seguían haciendo de forma ilegal; a todo ello había que añadir la cantidad de ramas y restos que habían sido arrastrados en la primavera y que terminaban tejiendo una red amenazadora y peligrosa; había que andarse con cuidado, lo normal era que los mayores se metieran primero, inspeccionaran una zona y nos obligaran a estar en ella prohibiéndonos cualquier otro sitio que se saliera de ella, claro que bastaba eso, la prohibición, para que nos interesara mucho más todo lo que se encontraba fuera de ese área libre de mal.

Yo decía que sabía nadar, pero la verdad es que braceaba sin ton ni son y me agotaba fácilmente, durante un minuto o dos lograba flotar, luego descansaba haciéndome el muerto y así lograba mantenerme a flote aunque avanzaba poco, la técnica era mitad mía y mitad imitación de la de los perros, pero lo cierto es que me bastaba para continuar en el agua aunque cubriera y eso me bastaba.

Una jornada en el río era excesiva en todo, los gritos, el calor, la preparación de la comida y, por supuesto, la cantidad de bebida; nosotros nos bañábamos sin tino y sin medida y nuestros padres y sus amigos a lo suyo, y lo suyo no era otra cosa que la comida, la bebida, preparar el fuego, mantenerlo cuanto más vivo, mejor, evitar las hormigas, y cocinar la única y más auténtica de las paellas que se pudieran cocinar, y todo ello aderezado con unas conversaciones que solo entendían ellos y en las que la risa surgía sin venir a cuento; cada poco había que refrescarse por dentro y por fuera, todo era inmoderado; después de comer, si la siesta para nosotros era un castigo, para ellos era una suerte de liberación de gases y vapores, mi madre, como todas la madres, trabajaba en el anonimato, es decir, el doble que cualquiera.

No puedo decir que me hundí sin darme cuenta porque todo ocurrió de forma clara, la corriente me fue llevando poco a poco, no hice nada por salirme de ella, estaba a gusto porque avanzaba con facilidad, apareció un desnivel que le dio al agua un poco de velocidad y en esas me volteó por completo, me hundí hasta el fondo y allí enredé uno de mis pies en un entramado de ramas y cintas verdes como juncos que no eran tal, braceé lo que pude, no encontraba oxígeno y al abrir la boca entró el agua inundando mis pulmones, supe que había muerto porque entre el fango del lecho descubrí peces pequeños que se me quedaron mirando sin miedo alguno y como si ya hubieran visto esto con anterioridad.

Recogieron mi cuerpo un poco más tarde, me habían echado en falta, dieron la voz de alarma y se organizaron para buscarme, yo oía sus voces: ¡Roberto!, ¡Roberto!, sobre todo la de mi madre cargada de miedo y de angustia: ¡Robertito, hijo!; avanzaban a lo largo del río y tanteaban el fondo con palos largos o directamente con las manos si la profundidad lo permitía, los oía llegar, se gritaban entre sí, estaban nerviosos y se mostraban preocupados, no tardaron, me encontraron al poco rato, no había tantos sitios donde buscar, era un río que no merecía tal nombre, como mucho un riachuelo.

Mi cuerpo se fue, yo me quedé.


CAPÍTULO 1

Se llamaba Lucas y guardaba una bala de plata exclusivamente para matar a mi padre. Algunas noches venía a cenar a casa, se sentaba en el lugar de los invitados, justo a la izquierda de él, y si bien, al principio, no decía absolutamente nada, a medida que bebía comenzaba a hablar, primero, frases que intentaban ser graciosas, luego, parrafadas sobre un pasado glorioso y, al final, una mezcla extraña de temas que daban lugar a un discurso inconexo e incoherente; trabajaba en nuestro taller, era oficial ebanista, y las veces que decidía venir a casa, se apostaba en la calle y esperaba apoyado en un portal, y cuando mi padre llegaba a su altura, sin decir nada, mucho menos saludarlo, se unía a él para caminar juntos sin dirigirse la palabra, en silencio los dos; que yo supiera, nunca se le invitaba, pero cuando aparecía por casa mi madre no decía absolutamente nada y de forma sonriente, como siempre, hacía de buena anfitriona y lo atendía tal y como si fuera uno más; mis hermanos y yo le teníamos miedo, su rostro mal afeitado, su aspecto mal encarado, así como una mirada turbia que manchaba todo lo que se hallaba a su alrededor nos prevenía en su contra y era más que suficiente para que mantuviéramos una distancia prudencial, aunque, seguramente, para él, nosotros ni siquiera existíamos; esperaba a que termináramos de cenar y en cuanto mi padre pedía el café, se marchaba, todos respirábamos, incluso la buena de mi madre que tenía por costumbre no meterse en nada lo agradecía y, si hacía buen tiempo, abría el ventanal de par en par para que se fueran los restos amenazadores que había dejado su presencia.

Al parecer, había sido de todo, voluntario en nuestra guerra, contrabandista de géneros legales, traficante de mercancías dudosas, confidente de la policía, matón a sueldo y representante a comisión, se oían tantas cosas, pero lo que sí sabía todo el barrio con certeza es que era un alcohólico y maltrataba a su mujer y a sus hijas, se lo escuché un día a las amigas de mi madre durante una sesión de costura, la máquina eléctrica de coser ocupaba un lugar privilegiado en casa y era lugar obligado de reunión; un ser despreciable en cualquiera de sus facetas, y aunque nunca se lo preguntamos porque no nos atrevíamos, no entendíamos por qué mi padre permitía su presencia en nuestra casa, solo habló de él una vez y fue para decir que tenía unas manos habilidosas y que conocía su oficio, nada más, le creímos, mi padre en cuestiones de trabajo era puntilloso y perfeccionista, no dejaba pasar ningún detalle por muy simple que fuera, su regla era que los detalles hacían el conjunto y que un simple rasguño en el acabado de la madera deterioraba todo el trabajo, aunque, seguramente, era en el barnizado donde más énfasis ponía; el caso era que le mantenía en nómina aunque su asistencia al taller nunca fuera regular y dejara mucho que desear, bien por el alcohol ─tenía preferencia por el vino tinto, si era de garrafón, mucho mejor─ o por sus peleas puntuales, que tampoco faltaban, le daba lo mismo, con cualquiera que se le cruzara le valía; su carácter, violento de por sí, se agudizaba por la presencia del vino, todo en él era un despropósito; debía trabajar bien, pero que muy bien, porque sabíamos que mi padre había despedido a otros por mucho menos.

No me dijeron qué era eso de la “bala de plata” que Lucas repetía en cualquier ocasión engolando su voz grave de barítono mal entonado: «Paco ─así llamaba todo el mundo a mi padre─, yo tengo una bala de plata guardada solo para ti, un día la dispararé y te atravesará el corazón”; mi padre lo miraba y sin darle ninguna importancia, sin dejar de hacer lo que estuviera haciendo, le decía: «Lucas, no digas tonterías; anda, cállate, que estás más guapo callado».

El día que la bala de plata surque el aire yo estaré allí.