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TRIGÉSIMO NOVENA VOZ, 12 de diciembre

Difícil saber quién emite la voz y de dónde procede. Predomina la confusión y el barullo. Son, más o menos, las 11 de la noche. Un bar de copas repleto de gente, calle de La Nave de los Locos s/n, justo donde se estrecha la calzada antes de llegar a la plaza.

… el fin del mundo ya no es noticia…

… ¡es una realidad!…

… se multiplican las señales… no queda otra… sentémonos a esperar… estemos atentos y levantemos acta con las imágenes resultantes… ¡cuánta expectación!… ¿serán originales?… cosa difícil porque Juan, el apocalíptico, se anticipó y nos suministró todo un caudal de ellas… y luego está lo de los cuatro jinetes… todo un acierto literario… ¡insuperable!… pero por intentarlo que no quede…

… un caracol baboso caminando por el suelo… una pila de libros al pie de un contenedor de basura orgánica… un niño que apenas llega con su mano hasta el mundo coge una piedra y la lanza contra un gorrión que lee la acera a picotazos… un indigente camina por la calle, va oyendo una radio portátil a la vez que arrastra un carrito metálico de supermercado, cada poco, grita con todas sus fuerzas maldiciones, insultos y palabras malsonantes… la madre del niño, a más de cinco pasos de distancia, sigue su estela y se dedica a soltar serrín en los lugares donde han caído las piedras que ha tirado su hijo, llora con ganas…

… ¿debo anotar todo esto?…

… no hay instrucciones claras al respecto, pero creo que sí… debo hacerlo… no vaya a ser que, una vez pasado el tiempo, la posteridad quiera saber cómo ocurrió realmente y con todo lujo de detalles… aunque, ahora que lo pienso, puede que ya se haya escrito esto mismo o algo parecido y me ahorre el hacerlo…

… los surrealistas, quizás…

… y si ellos no lo hicieron, seguro que Rimbaud ya lo poetizó, eso y mucho más… no es que me decante interesadamente por él, pero lo cierto es que él anticipó la confusión inherente a la modernidad e iluminó algo del desvarío de nuestros tiempos… qué gran poeta… qué capacidad para convertir groseras palabras en palabras visionarias y las palabras visionarias en imágenes poéticas…

… pero esto qué es, ¡no puede ser!…

… lo estoy viendo, sí, allí, en el horizonte, levantando nubes y serrando cerebros, ¡el mismísimo Rimbaud!… le preguntaré algo que tiene que ver con la didáctica: «Arthur, ¿qué tengo que hacer para convertirme en poeta, sí, algo así como un payaso de cara blanca sobre fondo azul?»… no contesta, como si no me hubiera oído… me está haciendo gestos que no entiendo, se acerca hasta un antiguo camión aparcado en la zona de residentes, la verde, lo van a multar, seguro… el camión tiene tapada la carga con una lona sucia y descolorida, entre gris y negra, aunque en su día pudo ser blanca, tira de la lona con brusquedad y muestra un cargamento de armas… «Arthur, tranquilo, ya sé que lo tuyo era, más que nada, el contrabando de armas, lo leí en una biografía larguísima que escribieron sobre ti», le digo a gritos… pero cómo he podido contestar semejante memez… se está acercando… lógico, se habrá enfadado, a nadie le gusta que lo tilden de mercenario a voz en grito… con el prestigio que tiene este hombre… trae algo, no lo distingo bien… mira tú, ¡si es una pierna pútrida!… ¿será la suya?… seguro, porque cojea… ¿cómo habrá aguantado sin corromperse?… ¿y qué le habrá llevado a cargar con ella tanto tiempo?… Rimbaud siempre te genera preguntas insondables… también trae cuatro pensamientos infernales en el interior de un bote de cristal con tapa… qué va a hacer… ha abierto el bote, uno de los pensamientos me taladra la garganta y ya no puedo hablar… es lo que tienen los pensamientos de poetas… sale sangre del orificio, muchísima sangre… cómo podemos cargar con tanta sangre en nuestro interior… Rimbaud me grita: «no te preocupes solo son pensamientos, písalos, písalos antes de que se vuelvan contra ti o generen una epidemia», pero no lo hago… sí, ya sé que los poetas anticipan los tiempos, pero no tengo por qué hacer caso a cada poeta que llegue hasta mí ejerciendo de tal, apañado estaría… «lo pagarás caro», me dice y desaparece… creo que se ha enfadado, siempre fue muy susceptible, en algunas ocasiones, hasta violento, que se lo digan a… vaya, ahora, no me acuerdo de su nombre… sí, ese otro poeta francés, Vermaine, Vertaine o algo parecido… con la conversación, la sangre se ha coagulado, ha dejado de manar, pero la epidemia de pensamientos se desplaza con una rapidez inusitada… por simple contacto… los infestados van cayendo uno tras otro… en principio, no muestran señales preocupantes… así, a simple vista, parece, incluso, que viven normalmente, sin embargo, ellos no lo saben: ¡están muertos!…

…¡queda inaugurado el tiempo de los cadáveres que no saben que son cadáveres y llevan vida normal!…

… los hay de todo tipo, de cualquier pelaje y condición, la mayoría son perfectamente distinguibles, llevan en su cara los rasgos indelebles que otorga la falta de criterio propio: mirada vacía, ceño fruncido, mentón apretado… todo deja huella aunque creamos que no… la epidemia de pensamientos los ha cogido en la inopia… pero no les importa, siguen viviendo como si no pasara nada, son refractarios a la poesía de la sangre y de las grandes tragedias, a su manera son idiotas y felices… pero por qué digo “son” y no “somos”, qué arrogancia la mía, di que ya está escrito y me cuesta mucho rectificar, bueno, eso, y, más que nada, que tendría que volver a escribir todo el pasaje… qué pesadez… lo dejo así…

… anda, qué curioso, ¡un equipo de la Cruz Roja!

… van en una furgoneta blanca de esas grandes de reparto, puede que no sea suya y que se la hayan prestado de forma generosa, como colaboración desinteresada, es lo que tiene ser una organización para… ¿para qué?… se me ha olvidado… los laterales de la furgona están rotulados con frases del tipo: PINTURAS Y REFORMAS en el lado izquierdo y REFORMAS Y PINTURAS en el derecho… la vida y sus contradicciones… se bajan tres personas y hacen intención de acercarse hasta mí, van equipadas con trajes especiales para evitar el contagio, y en la cabeza, máscaras antigás, además, llevan una botella de oxígeno y un maletín reglamentario que intuyo va repleto de instrumental médico… una muchacha de edad indefinida, la máscara tapa casi por completo sus rasgos, me pregunta que cómo me encuentro y si necesito ayuda… puede que sea la anestesista o la enfermera, también podría ser la conductora porque de todos es sabido que el contacto con determinadas profesiones te da el conocimiento de las mismas… le digo que no puedo contestar esa pregunta porque no soy médico y, en consecuencia, sería muy atrevido por mi parte dar una respuesta… no dice nada, me observa… de repente, me tira la botella de oxígeno y me pide que la coja porque, en un futuro, si esto se agrava, puedo necesitarla, luego me da una tarjeta de visita donde puedo leer sus datos personales… se lo agradezco con educación y le pregunto si sabe cuándo caduca el oxígeno porque tengo entendido que su periodo de validez es muy corto… no le da tiempo a contestarme porque de un interfono minúsculo que lleva pegado en la solapa de su traje amarillo se oye una voz irritada que la impele a volver urgentemente… nos miramos con cariño, estamos seguros de que algo muy profundo ha nacido entre nosotros… cosas que solo ocurren ante la inminencia del fin del mundo… tengo tanto que decirla que no puedo articular palabra… la emoción sujeta mis labios como si estuvieran herméticamente pegados al silencio… ¿qué hago con la botella de oxígeno?… ¡se va!… ¿nos hemos enamorado?… seguro que sí… de vez en cuando vuelve la cabeza, me insiste en la necesidad de aplicarme el oxígeno… me gustaría decirle que no me ha dejado mascarilla, pero no sé hacer otra cosa que mover mi mano en señal de adiós, a la vez que mentalmente voy construyendo un poema donde la figura de la amada intangible se eleva hacia el cielo mientras el amor muere boqueando tendido sobre la tierra… esta sí que es una imagen apocalíptica, la derrota del amor por falta de oxígeno … madre mía, estoy destrozado… si estuviera Rimbaud podríamos irnos a una cafetería y hablar de sus negocios africanos… de poesía se niega a hacerlo… pero él no está… tengo que apañármelas yo solito en esto de ir tomando nota de las imágenes que preludian y acompañan el fin del mundo…

… recapitulo: Resurrección de los poetas muertos; Epidemia de pensamientos asesinos; Cadáveres vivientes y Derrota del amor por falta de oxígeno…

… no está mal… y eso que no llevo ni dos horas… de todas formas, tengo que estar más atento, no se me puede pasar nada por alto…

… qué más, qué más…

… alguien se me acerca por detrás y me susurra al oído: La sed infinita… ¡vaya frase!… me vuelvo y reconozco a uno de mis más queridos amigos de la infancia: «qué tal, Eduardo, cómo estás, mira que hacía tiempo que no nos veíamos»… «la vida», me contesta… y es verdad, tiene toda la razón, es así… me alegra su presencia, viene bien encontrarse con gente de nuestro pasado, nos ayuda a entender de dónde venimos… me apetece seguir hablando con él: «qué haces por aquí»… «vivir», contesta de nuevo… no le digo que eso me parece una obviedad porque no creo que sea momento para tiranteces, así que lo intento otra vez con una pregunta más prosaica: «¿a qué te dedicas?»… «vivo socorriendo vidas que viven a lomos de carcajadas fáciles y vacías»… «¿y qué es eso aparte de una reiteración continuada de vocablos de la misma familia semántica?», pregunto… la verdad es que no me he enterado de nada… «personas que se encuentran durmiendo la trampa del miedo», responde… «joder, Eduardo, pareces un pastor evangélico, me estás acojonando, pero tú ¿no querías ser mecánico ajustador?»… ni siquiera me escucha, está decidido a terminar su incipiente discurso y no hay forma humana de pararlo, sigue adelante de una manera lenguaraz y desatada: «personas que hace tiempo se instalaron en una especie de verano eterno, en ese tiempo fácil donde pueden acunar sus egos arrogantes entre sombrillas playeras y diálogos vaporosos de cremas blancuzcas, allí donde la palabra se ha refugiado para dejar de ser palabra y los pensamientos se extinguen agostados sobre la arena, allí donde sus broncíneos cuerpos se iluminan de rayos solares fríos como la oscuridad ardiente de los muertos y sufren de sed infinita, de esa condenada sed infinita que les hace sentirse insatisfechos y pedir más y más estupidez…»… cómo decirle que su discurso me está generando una desesperanza tremenda… desisto de cualquier contienda dialéctica… me marcho, me hubiera gustado preguntarle si sabe algo de lo del fin del mundo… pero no, mejor que no… ahí lo dejo, como un falso profeta, interpelando al vacío, graznando palabras acerca de esa sed infinita que nace de la estulticia… no era mal chico este Eduardo, sacaba muy buenas notas, qué le habrá podido pasar, puede que algún golpe en frío, son los peores, o alguna oposición frustrada, vaya usted a saber… seguramente, ni siquiera él sabría contestar esa pregunta del mismo modo que tampoco nosotros somos capaces de contestar acerca del sentido último de nuestra existencia… uf, demasiado profundo… yo estoy aquí únicamente para constatar las señales que anteceden el fin del mundo y no para otros menesteres… cuánto antes levante el vuelo, mejor…

… pero la verdad es que no me apetece andar por ahí dando vueltas y vueltas como el que mueve un guiso…

… total, si esto está a punto de petar, lo que menos se me antoja es pegarme una calcetinada de esas que te dejan baldado… allí hay un bar, beberé algo: «camarero, por favor, puede traerme una cerveza»… «qué tipo de cerveza quiere: para no pensar, para olvidar, para convertirse en alguien distinto»… «oiga, no sabía que existiera tanta variedad de cervezas, me deja usted de piedra»… «de eso se trata, señor, de eso se trata»… qué mala suerte, con todos los bares que hay en esta ciudad, he ido a parar al único donde ejerce sus labores el camarero enigmático… ¿será otra señal?… ¿una nueva, de un perfil más complicado de entender y de advertir?… ¿el fin del mundo vendrá precedido de uno o varios enigmas al modo clásico?… ¿tendrá este camarero más de griego edípico que de urbanita posmillenial?…

… qué difícil…

… por qué habré aceptado algo que está empezando a superarme… son ganas de complicarme la vida… o lo poco que queda de vida… le preguntaré otra vez, parece saber mucho más de lo que ha dejado entrever… «oiga, estoy viendo a bastante gente beber cerveza y no veo que ninguno de ellos se haya convertido en estatua de piedra»… «en esencia, no deja de ser alcohol, los efectos no son inmediatos, se requiere una ingesta elevada y no conozco a nadie que con la primera copa enferme de cirrosis o padezca una rápida y acelerada embriaguez»… habla con propiedad este individuo… ¡cómo ha diferenciado esencia de existencia!… si no fuera por la libreta que porta indolentemente en el bolsillo trasero del pantalón y el lápiz en la oreja, diríase que estudió Metafísica en Friburgo… insisto, necesito información más precisa: «me podría decir dónde pueden verse algunos ejemplos de esos individuos convertidos en estatuas por haber querido olvidar, convertirse en alguien distinto o no pensar»… «¡o pide algo de beber o se va!, ¡esto es un establecimiento reputado y no un cabaret filosófico al uso!»… «usted perdone, solo son preguntas inocentes, mi intención no era molestar, pero esto del fin del mundo… en fin, que me lo voy a pensar, es una decisión complicada»… «el fin del mundo, el fin del mundo… llámeme cuando se haya decidido»… otro que se ha enfadado… hoy estoy que lo tiro… no sé, el camarero da miedo y lo de las estatuas de piedra es apocalíptico total, pero sin tener pruebas de su existencia cómo creer en ello… el peso de la responsabilidad para con el futuro me abruma, indicar como señal algo que no pudiera ser otra cosa que una anécdota desmedida y calenturienta sería lamentable para mi libro de notas… si se demostrara la falsedad, me llevaría a una depresión profunda de la que sería casi imposible salir… claro que para qué quiero una depresión si estamos ante las puertas del fin del mundo…

… hay que seguir adelante…

… poco más puedo hacer en este tugurio… me voy cuanto antes, no tengo ganas de encontrarme de nuevo con el camarero atemporal… ¡la calle!… veamos qué nos da de nuevo, examinemos posibilidades… ¿hacia arriba o hacia abajo?… algo más sencillo, allí, al resguardo de aquella acacia, hay un banco vacío… qué hará la gente normal para sobrellevar momentos tan cruciales como estos… ¿ver la televisión por cable y esperar?, ¿leer novelas de entretenimiento y esperar?, ¿atiborrarse de frutos secos y esperar?, ¿acumular fármacos: antibióticos de amplio espectro y esperar, jarabes mucolíticos con propiedades expectorantes y esperar?… cualquier intento por sobrevivir choca con la cruda realidad, ese conjunto de leyes no escritas que se han confabulado para hacer claudicar a los espíritus más rebeldes, eso que podíamos llamar azar o destino…

… me pregunto cómo ocurrirá: una explosión, un terremoto, un terremoto y una explosión a la vez, los arsenales de las potencias estallando todos al mismo tiempo como si estuvieran sincronizados por una mano diabólica…

… las señales se han producido, eso es un hecho y así lo he anotado… y si además, a todas ellas, sumamos lo de la “sed infinita” y también, aunque tenga mis dudas, lo de las “estatuas de piedra”… ya serían seis, una cantidad nada desdeñable… habría que tomarlas en cuenta… parece una tontería pensar que no va a ocurrir nada… no recuerdo cuántas usó Juan, el apocalíptico… sería cuestión de parar un momento y consultar…aunque podría ser que estuviéramos ya metidos de lleno en ello y no nos hubiéramos dado cuenta… el caso es que de ocurrir algo, tendría que haber ocurrido ya… no sé, como poco, una luz cegadora o un eclipse total de sol o una tormenta de arena angustiosa … ¡nada!… ¿será algo más fácil de percibir?… ¿incendios por todos los lados y adiós a la naturaleza tal y como la conocemos ahora?… si es así, desechemos la idea de migrar, esa opción está masificada, ya se produce en todo tiempo y en cualquier lugar… millares y millares de personas… esto no pinta bien… de todas formas, se percibe en la atmósfera algo distinto… no se puede describir, pero es así… por ejemplo, es muy raro que hoy no me haya llamado nadie por teléfono…

… ¡ninguna llamada!…

… no me lo puedo creer, hay días que mejor… perdone, ¿a usted le funciona el móvil?, ¿sabe si hay cobertura en esta zona?… es que no sé qué le pasa al mío, será por lo del fin del mundo… que usted también está enterado de ello… qué casualidad… ah, claro, porque usted es periodista… si quiere, yo le puedo decir las señales que he ido apuntando… que le importa una mierda lo que tengo apuntado… perdone, pero está siendo usted un poco grosero… que ya lo sé, no hace falta que se ponga como se está poniendo y mucho menos gritarme, que sí, que ya lo sé, ¡que se va a acabar el mundo!… y por qué tengo yo que escuchar las señales que usted tiene anotadas y usted no quiere saber nada de las mías… que porque es periodista y lo suyo es la verdad… y dale molino, ya me la ha dicho antes, no voy a discutir, venga, léame sus señales, y deje de hablarme de su carrera, que sí que han sido cuatro años muy duros, bien, vale, que eso le da derecho… pero ¡quiere empezar de una vez!… le oigo: los asesinatos selectivos, uno, los bombardeos indiscriminados, dos, la tensión nuclear, tres, las guerras comerciales, cuatro… no veo yo la importancia de todo lo que me cuenta… eso está ocurriendo todos los días… como periodista lo tendría que saber… añada si quiere lo del calentamiento global y lo de la amenaza robótica, ah, y también lo de lo de las pandemias y las mafias dedicadas al tráfico de seres humanos… pero vamos que no le veo yo la trascendencia que usted le está dando, convivimos a diario con ello… en cambio, espere que yo le cuente las seis señales que tengo apuntadas, eso sí que tiene su miga… ¿qué?… que me vaya a tomar por el culo con mis especulaciones gratuitas y mi discurso barato… oiga, mucha carrera de periodismo y mucha experiencia como periodista profesional, pero su falta de rigor es tan inexistente como su educación… merezco un poco de respeto y de atención, ¿no cree?… y ahora va y se enfada: que él tiene la exclusiva y que lo mejor es que me calle… pero qué quiere que haga si se me han presentado seis señales como seis catedrales: ¿dejarlas pasar?… ¡no se vaya todavía!… no se puede ir, tiene que oír mi relación de hechos apocalípticos… seis, son seis, ya se lo he dicho… pues nada… adiós, hombre, adiós… qué tipo tan chocante … malpensado y suspicaz, muy suspicaz…

… siguen sin llamarme…

… tanta tecnología, para qué… ¿vivirá el móvil?… sí, está operativo… tenía una notificación, se trata de un mensaje de texto, y yo sin enterarme, con tanto ruido, no me extraña:…

¿Qué?, la Eternidad

… de nuevo Arthur y sus crípticos versos… los reconocería en cualquier lugar… no lo puede evitar, seguro que aparece de nuevo… y verás cómo lo hace de forma sorpresiva y por donde menos se le espere… va por libre, se ha erigido, motu proprio, en poeta del fin del mundo… ¿cuándo se habrá comprado un teléfono móvil?… ¿llamará desde Abisinia o desde Francia?… ¿en qué temporada en el infierno estará?: ¿la primera?, ¿la segunda?, ¿la tercera?… y lo que es más preocupante: ¿para qué necesita un poeta un móvil?…

… lo dicho… no ha tardado nada… ¡ahí está!…

 … ¡Arthur, escucha, estoy aquí!… ¡qué bien que hayas vuelto!… desde el asunto de los pensamientos infernales creí que no nos volveríamos a ver… me vienes de miedo ahora que el absurdo impera por doquier… por cierto, ¿piensas tú que esto del absurdo será otra señal?… se repite tanto… déjalo, no te preocupes, has llegado a tiempo, fíjate qué cosa más curiosa: ¡ahí están mostrando un código QR!… mira qué tieso y qué orgulloso reposa en la cristalera de un escaparate… puede que se crea que es uno de los protagonistas principales de esta representación finis mundi… me voy a acercar hasta él… anda, ¡vente conmigo!… hacemos una lectura rápida, solo quiero saber qué tipo de información lleva entre su cartografía de sombreados aleatorios…

… ¡el fin del mundo!…

… vaya historia… ¡y toda la información con gran lujo de detalles en un pantallazo!… se confirman las señales… ¡y de acceso libre y para todos los usuarios!… para eso tanto trabajo anotando y anotando… mejor, no pensarlo…

… entonces… ¡es seguro que desapareceremos!… ¡va en serio!…

… ¡el fin del mundo!… ¡quién lo iba a decir!…

… ¿y si no son más que palabras?… palabras repetidas hasta la saciedad, siglo tras siglo…

… ¿no dices nada?… ¿no es ahora cuando los poetas tienen que alumbrarnos con sus palabras proféticamente luminosas?…

… ¿queda poco, verdad?…

… ¿dará tiempo a decir algo más?…

… hemos visto el sol, hemos visto la lluvia… hemos compartido lágrimas y sonrisas… hemos viajado sueños y pesadillas… hemos…

(Silencio)

Manuel Cardeñas Aguirre

SÉPTIMA VOZ

(Fecha indefinida: ¿finales de febrero? Voz que fluctúa, va y viene, quiere convertirse en ficción, que la fijen en un papel. El no-lugar.)

 

… yo le dije que quería escribir… escribir en serio… que quería dedicarme por entero a ello… que necesitaba su ayuda…

… ella me miró fijamente durante un buen rato… ¿qué quería ver?… se me escapaba… daba la impresión de que con esa mirada quería radiografiar mi interior, ver si había algún doblez inapreciable a simple vista, o quizás algo roto, o quizás algo en mal estado… no lo sé…

… conocí a Mireia en unas jornadas que, hace ya tiempo, organizó mi antigua empresa… quizá seis o siete años… ¡una lata!… se trataba de esos encuentros que algunas empresas, de forma periódica y con carácter obligatorio, se plantean realizar para impartir/compartir conocimientos y, a la vez, fomentar supuestas amistades y fraternales camaraderías, vaya usted a saber… algunos exquisitos no se cortan y hasta las llaman convivencias… estaban destinadas a todo el personal que manejara y/o fuera responsable de cuentas consideradas importantes, bien por la cuantía o por el tipo de clientes… el contenido versaba sobre temas técnicos y legales, la nueva legislación sobre capitales de procedencia dudosa y no contrastada nos estaba creando problemas, había que dar respuestas satisfactorias a los clientes y, más que nada, unificar criterios… nos reunieron en un hotel de la sierra de Madrid, estuvimos encerrados allí durante tres días, no había posibilidad alguna de salir, pasábamos de sala en sala, de charla a coloquio, de coloquio a charla… nos veíamos a cualquier hora, coincidíamos en los mismos sitios, nos cruzábamos en los mismos pasillos… vistas con la lejanía del tiempo, solo cabe decir que fueron reuniones molestas y agotadoras… desde el inicio supimos que caminábamos de forma irremediable hacia el aburrimiento… Mireia apareció el primer día, estaba programada a última hora, cuando más cansados estábamos, cuando nuestras cabezas ya no admitían mucho más… escasas expectativas y, en la mente de todos, un deseo, acabar y descansar… pero, de pronto… cómo decirlo… algo distinto…  como si la noche se hubiera iluminado bruscamente de soles inesperados y un torrente de luz se colara a raudales entre tanto tecnicismo muerto… según el programa, iba a impartir un cursillo intensivo de tres sesiones, de una hora y media cada una, sobre CREATIVIDAD Y LENGUAJE CONTABLE… sí, así, todo con mayúsculas… cuando lo leí pensé que se trataba de una errata o algo parecido, desde mi punto de vista, esto era tan imposible como encontrar las afinidades entre una escoba y un portátil de última generación…

… después de aquella mirada escrutadora con la que me obsequió nos quedamos en silencio alrededor de un café que se enfriaba lentamente… me dijo que aceptaba, que me ayudaría, pero que no tenía ganas de darme una clase al uso, que estaba pensando en algo diferente… quedaríamos cada quince días a tomarnos un café y durante las dos horas que estuviéramos juntos solo hablaríamos de literatura, única y exclusivamente de literatura… y enfatizó tanto la palabra que, por un momento, me dio reparo… ella elegiría el tema de cada cita y yo investigaría, escribiría o haría lo que considerara oportuno al respecto… que, por supuesto, tendría que abonarle la cantidad normal que ella cobraba por hora de clase y que le dedicaríamos las sesiones que ella, siempre ella, creyera oportunas… «si te parece bien, mándame un correo, si, por el contrario, piensas que no es esto lo que tú quieres, sin problema, encantada de haber tomado un café contigo, disfruto con tu compañía… estás guapo, muy guapo»…

… y se levantó…

… y desde su altura de diosa y poeta fue recogiendo lo poco que había sacado del bolso, el móvil, la agenda, el bolígrafo…

… y se dio la vuelta…

… y dejó su espalda llenando mis ojos…

… y se alejó tal y como se alejan los sueños, sin la certeza de haberlos tenido…

… la primera sesión que impartió durante aquella reclusión obligada en el hotel de la sierra tuvo la firma de lo extraño que golpea sin preaviso… apareció puntualmente, llegó hasta la mesa de conferencias, se sentó en la silla, abrió su maletín, sacó unos cuantos folios, los dejó en un lateral, a su izquierda, y se presentó… «me llamo Mireia Barral y durante la próxima hora y media estoy obligada a mostrarles las diferencias entre un lenguaje para hablar y otro para escribir, entre lo que es hablar sin saber lo que se dice y hablar para convencer, entre lenguaje que distancia y lenguaje que facilita la aproximación… no me interrumpan, las preguntas para el final… si quieren, apúntenlas en su libreta y cuando acabe la clase las dejan encima de mi mesa, en la próxima sesión, las contestaré con gusto… ¿ustedes saben qué es el “activo circulante”?… sí, claro que lo saben… pero si yo les dijera que además de eso que ustedes saben, en realidad, es un sentimiento diferido, una emoción aplazada que podríamos definir como la capacidad que posee un sentimiento para hacerse presente en un momento determinado…»… ese fue su inicio, y ya no paró de hablar… no puedo dejar de recordar cómo, en este punto, el relativo al “activo circulante”, empezamos a mirarnos entre nosotros como si, de repente, no supiéramos qué pasaba o qué ocurría… ella, mientras tanto, sin inmutarse, seguía hablando, exponiendo razones y argumentos sobre ese lenguaje que expresa contenidos y busca persuadir… una parte de los asistentes, pocos, muy pocos, nos preguntábamos si esto estaba sucediendo o, por el contrario, estábamos imaginando que sucedía… su objetivo prioritario era que nos replanteáramos lo que ella llamaba el deficiente uso de los conocimientos adquiridos… que redujéramos a cenizas nuestros afianzados esquemas de pensamiento profesional para abordar un nuevo enfoque que tenía como vehículo un nuevo lenguaje… y creo que lo hacía sin que le importara nada cómo nos afectaría en un futuro o sus posibles consecuencias a corto plazo, pero sabiendo perfectamente la carga de profundidad que nos estaba trasladando y a lo que nos estaba enfrentando…

… la escribí, claro que la escribí… sin pensarlo… le dije que sin problema… que como ella quisiera, que, por mí, no había inconveniente… y, sobre la marcha, recibí su contestación: “Amanecer”…

… y, poco a poco, sin dejar de hablar, fue proyectando sobre la pantalla imágenes donde veíamos reflejado el mapa de las voces contables y económicas más usuales emparentado mediante una columna paralela con el de los sentimientos… y los fue emparejando, y los fue relacionando como si llevaran ligados desde siempre y nosotros hubiéramos vivido de espaldas a algo tan elemental como eso durante toda nuestra vida laboral… de vez en cuando, miraba a mi alrededor, observaba la cara de estupor de muchos de mis compañeros, no sabían qué hacer, dudaban si levantarse a toda prisa y de forma desconsiderada o seguir de manera educada el tiempo que fuera necesario… a medida que avanzaba la clase, lógicamente, nos dividimos en dos bandos, aquellos que deseaban que acabara el suplicio cuanto antes, los más, y aquellos, los menos, que pedíamos que el tiempo prolongara esta sensación de epifanía liberadora… que se detuviera el reloj, que no finalizara nunca en su lento e inacabable pasar… por lo demás, no pude detectar ningún rostro indiferente… el Plan General Contable se desvanecía ante nosotros, perdía su apariencia hermética de libro inmutable para convertirse en un prontuario de sentimientos a flor de piel y emociones latentes…

… «Cuando quieras, ¡te escucho!»… dijo, nada más sentarse… y yo le hablé de un amanecer llamado Bolaño, de mis búsquedas salvajes y de mis 2666 desvelos matutinos, también, de los cientos de tumbas de mujeres asesinadas que pueblan la tierra salpicando su rostro antiguo y planetario como si se viera afectado por un brote de nichos y de viruela, y de cómo esas tumbas amanecen sin rayos porque brillan de por sí con la luz de los fuegos fatuos que emanan de los cuerpos que encierran en su interior… y de lo que no es amanecer porque el amanecer es algo imposible en un lugar tan trágico… y de cómo ese mismo amanecer se niega a ser nada más que presencia porque no quiere convertirse en un simple y repetitivo acontecer que diferencie el día de la noche… también… de cómo las sombras construyen desiertos en torno a Sonora a medida que las montañas las desparraman sobre sus laderas… y del cansancio que produce la búsqueda de una poeta que no existió más que en el deseo de unos jóvenes poetas que necesitaban perentoriamente que la luz les llegara como fuera para ahuyentar la oscuridad… y de cómo cualquier amanecer es trasunto de un anochecer violento…

… Mireia acabó aquella primera clase de aquel cursillo de locos proyectando sobre la pantalla una fórmula conocida por todos:

Utilidad bruta – Gastos de operación = Utilidad de operación

… «reconocen la fórmula, ¿verdad?, bueno, pues ahí late una historia… encuéntrenla… el próximo día me la cuentan, si quieren escribirla, háganlo, si no lo hacen, no pasa nada, pero han de ser convincentes… no olviden que detrás de esa fría fórmula existirá un cliente-protagonista atribulado, o avaricioso, o contumaz, o inocente, o… ustedes deciden… mañana, será su turno»… pero ya no hubo más clases… esa parte mayoritaria del curso que miraba hacia el techo durante el discurso de Mireia o hacía gestos que ponían en duda su lucidez o su buen juicio se quejó… con vehemencia, con acritud… como si les hubieran ofendido gravemente, como si no hubiera derecho a ser tratados de esa forma… y ahí se acabaron nuestras sesiones con Mireia… seguramente, los Gastos de la operación que nos planteó como ejercicio creativo habían acabado con cualquiera de las Utilidades posibles que vinieran de ella… me faltó tiempo para mirar en internet, para buscarla, para saber cómo encontrarla… y lo hice… y me apunté a sus cursos… y le hablé de escribir y escribir… y, al final, nos conocimos tanto que un día, al amparo de una cama compartida, mientras desenvolvíamos nuestros cuerpos de sus rigideces diarias, ella sus clases y yo mis operaciones contables, me dijo de forma brusca que si sabía a qué estaba jugando… que la escritura no es novia ocasional para tiempos perdidos o algo por el estilo… que jugar es un verbo útil para negar sentimientos… y no sé cuántas cosas más que me parecieron inapropiadas y fuera de lugar… y ya se sabe qué pasa con las palabras que se dicen a modo de parapeto agresivo… separan… me fui, no nos volvimos a ver, no volvimos a decirnos nada… pero lo cierto es que, desde aquel día, no he podido dejar de oír su voz dejando caer aquella última frase con la que nos despedimos: «la decisión está en tu tejado, avísame cuando la tomes»…

… fue justo al terminar de hablarle de desiertos, del hipo de César Vallejo en París, de Pedrito Garfias en México y, cómo no, de poetas olvidadas, poetas eternas, como Auxilio o Cesárea, cuando le entregué un folio con algo escrito por mí en este nuevo tiempo de voces y fábulas:

En aquel pueblo los hombres y las mujeres desaparecían poco a poco, nadie decía nada, algunos echaban la culpa a las carroñeras, otros, a los depredadores, y los menos, hablaban de venganza y de justicia divina.

La noche los absorbía sin dejar huella, nos dábamos cuenta al amanecer.

Solo hoy, justo en este instante en el que los rayos del sol han disuelto la oscuridad de una nueva noche de desapariciones y los cuatro sonidos sueltos del día se han hecho con la mañana, ha sido cuando hemos podido desvelar el misterio que envuelve nuestro pueblo:

Son los silencios, los silencios nos están devorando…

… lo leyó y me lo devolvió… me hubiera gustado oír su opinión, pero no, me reclamó el importe de la inusual clase… se lo entregué en un sobre y me dijo… “Olvido”… luego, dio la vuelta y se marchó sin más…

… así era Mireia…

Manuel Cardeñas Aguirre

 

 

 

 

 

 

TRIGÉSIMO PRIMERA VOZ

 

 

(13 de agosto. Una voz que llega desde dentro. A borbotones, imparable. Tan cercana que la siento como mía. Un día de tanto calor que parece que hace frío.)

… canales de vídeo, canales de audio, canales de opinión, canales de imágenes propias, canales de fotografías compartidas, canales de aplicaciones tecnológicas, canales y más canales… hay algo obsceno en las relaciones que se crean en la red… entubadas, viajando a toda velocidad, consumiendo el tiempo antes de que el tiempo se produzca… olvidándose con prontitud, tanto o más rápido de cómo se han producido…

… un argumento posible: dos mujeres senegalesas, jóvenes para Occidente, mujeres para ser mujeres en África, acuden al mercado de Matam, caminan por una especie de carretera polvorienta y bacheada, su aldea ha quedado muy atrás, una vez a la semana hacen y deshacen el mismo camino, ellas llevan sobre su cabeza un recipiente con objetos de artesanía que esperan vender y, con lo que saquen, a la vuelta, traerán consigo algo de comida, fruta fresca y cereales, hace rato que han agotado todas las conversaciones posibles, frente a ellas una loma rompe la rectitud limpia de su horizonte, una vez que la pasen, la ciudad gritona y caótica hará su aparición, salieron justo al amanecer, se han retrasado un poco para la hora del mercado, ya no podrán elegir sitio, ellas no pueden pagar a la policía para que les asigne uno de los buenos, tendrán que valerse con lo que quede…

… acabo de ver unas fotografías terroríficas… mujeres de raza negra atadas las unas a las otras, tiradas en el suelo, expuestas para la venta como si fueran ganado, en un mercado de esclavas de Libia… ¡un mercado de esclavas!… ¡en pleno siglo XXI… ¿es denuncia?… ¿es crítica?…

… ellas no saben que desde hace unos kilómetros son observadas por ojos armados que ya han calculado su valor, hombres que añoran los tiempos de la esclavitud porque sus antepasados les contaron que eso era dinero fácil; buscando y buscando han encontrado rutas nuevas, más oscuras, más intrincadas, pero han encontrado rutas, rutas que llevan hacia el norte, ahora, solo tienen que acercarse lo suficiente hasta ellas para que su brazo armado se imponga a cualquier posible resistencia que les ofrezcan, está todo controlado, hasta cómo silenciar sus gritos…  

… la obscenidad no viene de la denuncia… la obscenidad viene dada porque son fotografías ligadas a un bucle imparable donde aparecen otras imágenes de una banalidad excesiva… vídeos de perritos y gatitos encantadores, fotografías de leoncitos sobre el regazo de bienintencionados simios, paisajes bucólicos tratados artificialmente, poemas romanticoides hasta la médula… y, al final, todo se desvanece, se olvida… bendita inconsciencia la que otorga esta superficial existencia…

… el sol les da directamente sobre los ojos, qué buen instante para los cazadores, ha salido sin avisar, justo por detrás de la loma como si hubiera sido convocado a propósito, ellas bajan la cabeza, saben que será solo un momento, justo lo que tarden en ascender el camino, si hubieran salido un poco antes, pero no ha sido posible, todo se retrasa en una aldea donde solo hay necesidades, quisieran hablar entre ellas, la voz acompaña, la voz rompe soledades y miedos…

… mi voz es crítica… sabiendo que la crítica, hoy en día, solo es posible cuando va unida a una cantidad indecente de likes… todos ellos sentidos, no lo dudo, pero gratuitos, fáciles, sin implicación alguna… lo que cuesta golpear una tecla, ese es el desgaste que solicita hacerse solidario… acciones a distancia, nada de mancharse, nada de ensuciarse, nada de implicaciones directas…

… al borde de la carretera dos cestos caídos dan cuenta de la falta de las dos cabezas que los llevaban, están quietos y callados, su contenido esparcido por el camino, sobre la arena, empolvándose de abandono y olvido, todo ha sido rápido, esos pocos árboles que hay al borde del camino dejaron de ser troncos para convertirse en gritos y amenazas, de repente, las ramas se cambiaron en brazos y armas, ellas se paralizan, se arrodillan tal y como las ordenan, les patean la espalda, las golpean hasta aturdirlas, aparece una camioneta, bajan la trampilla, más golpes, órdenes cargadas de violencia, ¡que suban!, ¡que suban cuanto antes y a toda prisa!, es todo tan rápido que no encuentran sus gritos, están estrangulados dentro, muy dentro de ellas, luego se inicia el viaje, vejaciones y malos tratos, son perdedoras y…

… la voz de los perdedores desaparece, es inexistente, se ve apagada por los que han vencido… ese ha sido siempre el relato de la Historia… ahora, estamos felices porque queda muy poco para que la Historia no se escriba, será imposible escribir de algo que se agota nada más ser conocido, vivimos un presente continuo y nos mostramos incapaz de digerirlo, solo lo reproducimos, damos un “me gusta” o lo enviamos a otros destinos… pero, por fin, los perdedores gozarán de su segundo de gloria, su voz será audible, esa fotografía recorriendo redes, esas imágenes puntuales dramáticas y trágicas son como los cestos de nuestras senegalesas están condenadas al abandono y al olvido, y los vencedores de siempre ni se inmutarán…

ellas se llaman Mariama y Aminata y tienen 15 y 17 años

manuel cardeñas aguirre

 

PRIMERA VOZ (segunda intervención), 1 de marzo

 

 

… Lalarí lalará, lalarí lalará. Ayer vinieron a verme Vladimir y Estragón. Visita corta, sin café, sin té, sin pastas de las cinco, sin galletitas danesas, sin cruasanes ni rosquillas. Miraron en las habitaciones, en los armarios empotrados, en los altillos, en los vestidores y en el cuarto de herramientas. Sé lo que buscaban. Lo que busca todo el mundo: respuestas.

… Hola, Didí; hola, Gogó.

… Son de ese tipo de gente que genera expectativas y silencios a su alrededor, aparecen anunciados por algún ruido, la mayoría de las veces, un único ruido, el de su ropa rozándose lúbricamente en la entrepierna: ris-rás, ris-rás. Lalarí lalarí, lalará, lalará. Me observan, se creen que no me doy cuenta, algo se cuentan, trivial, alegre, insignificante, me da lo mismo, me dan ganas de reír, ¡son felices!, y de todos es sabido que hablan y hablan y hablan: que si la vida esto, que si la vida aquello, que si la culpa es un invento moral para fastidiarnos el presente, que si no necesitamos contestar hacia dónde vamos porque aún no hemos contestado de dónde venimos, que tenemos que irnos, que habrá que irse, que nos marcharíamos si… Bien, bien, bien. Vamos todos a tranquilizarnos. Pidamos ayuda al lenguaje: Quejicas, cantamañanas, pusilánimes, indolentes, perezosos, ¡holgazanes!, y ahora, resumamos: inconscientes, desventurados. Rechazaron todo lo que les ofrecí, desconozco por qué, no me dio tiempo a más, salieron del salón y han acampado en la habitación del fondo y se comportan como se comportan siempre, ejemplo, cuando sale la luna, lloran, cuando sale el sol, berrean, cuando está nublado, gritan, cuando hay niebla, gimen, cuando llueve, ríen, cuando nieva, se desnudan por completo y se miran complacidos en el espejo, algunas veces, incluso, se masturban. Cuánta ternura alberga dentro de sí el ser humano. ¡Zumban las onomatopeyas a su alrededor!: taca-taca, solrremí-solrredó, bra-bra-bra, fofofó-llallallá. No hay nada que hacer. ¡Nada!

… ¡Venga ya! ¡Otra vez! Cuántas veces tendré que decirlo, ¡cuántas! Noticias falsas. Mi madre me dio de mamar hasta los cinco años. La casa de mis padres era una casa de principios. Una ubre gigantesca. Un pezón espectacularmente agrandado apenas entraba en mi boca, ella decía, chupa, chupa, pequeño cabrón, que no podrás comer otra cosa, la vida te ha castigado a secar a tu madre para que te conviertas en un lechoncito de mamá. Es tan importante una infancia feliz. Aunque mi padre no existiera, porque, según me dijo mi madre, él se sometió a un experimento del que nunca volvió. He llegado a pensar que mi padre fue alguien sin ser, una entelequia nacida de un libro o de una necesidad. Vuelvo a mi madre, al útero, a lo importante, ella era, cómo decirlo sin caer en la hipérbole, ya está, ella era un pozo artesiano de sentimientos. Nacemos con las ideas prefijadas, desde el principio, desde ese primer llanto ya sabemos que la vida es una conspiración para que acabemos desencantados cuanto antes. ¡Mamá! Echo de menos los días de sol y sombrillas y los parques de mirlos trinando bellas melodías y, mientras, entre los arbustos, orines y pedos, la esencia de los parques. Prrrrrrrrrr-prrrrrrrrrrrr. Esto es el romanticismo, una repetición enfática, muy apasionada, de lo dicho hasta que el lector lo cree como algo vivido, la confusión continua entre arte y vida, y es así porque lo dijo Novalis, o Hölderlin, o el primer Goethe, o el segundo Schiller, o el cuarto Federico Guillermo, te pongas como te pongas no voy a discutir. ¡No me chilles! Por favor. Por favor. Mamá. Mamá. Lo único que quiero es ser feliz.

… Tomás de Sahagún dijo, o escribió, o dictó, o expuso, o cantó que la felicidad es el catalejo desde el que contemplamos la desdicha. Más noticias falsas. Tubí tubó en eso pienso yo, tubó tubí tu boca es para mí. Abderramán, el califa de todos los califatos, pensó su imperio como si todo él fuera un grandioso jardín donde habitaran sonidos, los que nacían del agua precipitándose en caída libre desde los grifos hasta los cauces artificiales que sus arquitectos habían creado y los que producía el viento acariciando desprevenidamente las flores y las hojas; Abderramán, el califa mudo, murió sin conocer el desierto de sus antepasados, ese que cruza todo la península arábiga para contribuir a engrandecer su esencia de arena y espejismo. Más noticias falsas. Abderramán de Sahagún y Tomás, el califa etíope, coincidieron una mañana de mayo en Toledo, el uno visitaba El Tránsito y el otro La Blanca, sus miradas se cruzaron declarándose enemigos jurados, pero ¿por qué?, si no se conocían, si ambos vivían inmersos en el sueño de conseguir algo más grande, si tenían in mente felicidad y más felicidad, grandeza y más grandeza… (aquí tendría que incluir un pensamiento profundo que no me viene ahora)… (quizás en otra vida)… Me dan tanta pena ambos que sería capaz de escribir sus biografías, ¡o mejor!, sus hagiografías. Tubí tubó en Toledo me encuentro yo, tubó tubí la doncella y el colibrí. Faltó la universidad en sus vidas, eso hubiera cambiado todo, eso habría sido definitivo; los dos ejerciendo de bedeles, por oposición, claro está, los dos encargados del orden puntual de una institución tan preclaramente preclara. Pero tuvieron un problema de civilizaciones porque antes de todo había llegado la religión y eso fue definitivo, ahí se acabó todo, es histórico, está escrito y documentado. Las vías incomprensibles de santo tomás cerraban caminos por doquiera quisieras avanzar, san judas y sus imposibles se convirtieron en policía política de la época y dictaban quién leía y quién no, y san millán de la cogolla con sus monasterios, sus claustros sombríos, su ciprés central y sus códices escondidos, reservados únicamente para latines exquisitos, llámense gregorianos, franciscanos o dominicos… qué hacer… ¡nada!… ser reos de la intransigencia y de la intolerancia… los dos condenados por Leví… ahí tenéis la prueba, esas fueron las consecuencias, ¡ya estáis a gusto!, me habéis hecho recordar… me habéis deprimido.

… Didí, Gogó, a que no sabéis quién ha venido: ¡Lucky y Pozzo! Va de noticias. No os engaño. ¡Están en la puerta esperando vuestro abrazo! ¿Me habéis oído? No va a pasar nada, no os preocupéis, estoy yo. Venga, venid. Qué testarudez la vuestra, no os lo digo más veces, salid de vuestro escondrijo, ¡pero ya!, un-dos, un-dos, ¡cabrones egoístas! Que no tenga que ir a buscaros, me entendéis, estoy harto. ¡Es broma!, parece mentira que todavía no me conozcáis, sabéis que soy un bromista nato, vaya par de ilusos que tengo acampados en mi casa. He tenido una idea feliz, se me ocurre que tendríais que construir un trineo. Hace tiempo que no nieva, y parece que ya no nevará nunca más, pero si de repente lo hiciera, una de esas nevadas antiguas que cubrían todo, tejados, caminos, campos, una de esas nevadas goyesco-brueghelianas de patinadores, vientos y perros, eh, decidme, si eso ocurriera, qué pasaría, ¡no os podríais ir!, lo entendéis, os tendríais que quedar en mi casa, conmigo, acompañando a mis conejos, a mis piojos y a mis pulgas, y eso sería la decadencia de la civilización, el fin del siglo de las luces, la desaparición de los contraculturales como clase parásita y no sé cuántas cosas más. Un desastre de proporciones hasta ahora desconocidas.

… ¡Verdad que somos felices!, aquí, todos juntos, mirándonos a los ojos y diciéndonos cuánto nos odiamos, no es por nada, pero el odio es un buen sentimiento, que se lo digan a Pozzo, ¿verdad?, no contesta, ya se ha enfadado el señorito, no le basta con tirar del carro y hacer el animal, quiere más, nunca está conforme, ¡Lucky, no le pegues!, por mucho que te empeñes no irá más deprisa, ¡déjalo, por favor!, no me hagas llorar, eso es lo que quieres, ¡que llore!, venga, haced las paces, lo que no consiga el odio no lo consigue nada ni nadie, mirad lo que hace el odio, mirad qué gesto tenéis, es de risa, ahí tengo un espejo, me parto, os odiáis tanto que torcéis la boca hasta límites insospechados, echad una ojeada, lo veis, de risa total, ¿a que sí?, eso es, así me gusta que os riáis, bien, muy bien, habrá premios para los cuatro, venga, acercaos hasta el ventanal, mirad, mirad cómo corren las nubes, cómo surcan el cielo y pasan a toda velocidad, subiéndose las unas en las otras, ¿lo veis?, tendríamos que aprender de la Naturaleza, de su orden exquisito y de su lógica de belleza, ¿a que estáis de acuerdo?, ¿no contestáis?, infantilismo, eso es lo que os tiene cogidos por los huevos, sí señor, ¡infantilismo del bueno!, claro que sí, pues menudos sois vosotros, sabed una cosa, este espectáculo no se ve todos los días, y, desde luego, vosotros no lo vais a ver más, os lo aseguro, no se puede ser tan desagradecido como sois vosotros, me avergüenzo de vuestro comportamiento, si por mí fuera, ahora mismo, hacía una limpieza, no os riais, claro que podría hacerlo, hoy, ya no, pero otro día… solo tenéis que esperar… ¡creedme!… no se puede con vosotros… no se puede con tanta y tanta falsedad.

… El periódico. Noticias. No hay más tiempo que este, eso dicen, tenemos que dedicarlo a ser felices, eso dicen. Dejémoslo correr, volvamos a lo importante, retomemos las conversaciones inacabadas, hay que recuperarlas, era eso… sí, recordad, ¡aquel asunto de la felicidad!, lo teníamos pendiente, se trataría de que entre todos pongamos un poco de nuestra parte para dejarlo solventado, con un poco vale, vosotros un veinticuatro por ciento cada uno y yo un cuatro por ciento, no me miréis así, son cifras, solo cifras, no tienen otra implicación que hacerse números en nuestra cabeza, fijaos es para compensar, ¿de qué está llena nuestra cabeza?… ¡de palabras!… las cifras vienen a dar otra perspectiva a nuestros pensamientos, a hacerlos algo más concretos y fiables, además, os estoy ofreciendo la mejor parte, o es que no os dais cuenta de que me necesitáis, que si yo reculo y desisto de unirme a vosotros no llegaríais nunca al cien por cien, y esto hay que conseguirlo sí o sí, es una ocasión única que seguramente no se volverá a repetir en la vida… ¿por qué os vais?… acaso no estáis a gusto conmigo, mi casa es vuestra, mi sábana es vuestra, mi mondadientes es vuestro, ¡no lo entendéis!: si todo lo mío es vuestro, vosotros sois míos… es de justicia, son las correspondencias, y ya lo dijo el poeta francés, el único gran poeta francés que ha existido, si un albatros caga en vuelo, sus excrementos serán pura retórica, la mitad metáfora y la otra mitad sinestesia… ¡Vladimir!… ¡Estragón!… ¡volved!

… otro día más…

Manuel Cardeñas Aguirre, 18 de abril de 2019

 

DÉCIMO TERCERA VOZ, 10 de abril

 

… cuanto más perdido estoy, más me refugio en la perfección del número…

 

 

OCTAVA VOZ, 28 de marzo de 2019

 

 

… Me gustan los pantalones vaqueros rotos, sí, claro que me gustan, me los pongo prácticamente todos los días, voy cómoda, me sientan bien, respira mi piel, respiro yo, y, además, me importa una mierda si por esos huecos se ve parte de mis piernas, si son las rodillas, los muslos o las corvas; al revés, me parece inquietante, no para mí, sino para quien mira, y me miran, ¡claro que me miran!…

… Y cantar a voz en grito, sí, en casa o por la calle, algo así como si el mundo hubiera sido creado para oírme y no hiciera otra cosa que esperar mi voz, me parto de risa…

… Otra cosa que me parece genial es sentarme en los bancos de los parques, sí, lo hago con bastante frecuencia, en cuanto puedo y tengo un rato perdido allá que me voy, así es como he podido conocer todos los parques de Madrid; es un hobby…, no, esa no es la palabra, es más como un descanso, un intermedio placentero que me concedo a mí misma, una distracción tonta que me permito de vez en cuando para crear paréntesis en el día —qué bonito me ha quedado eso de los paréntesis, ¿a que sí?—…, no quiero dispersarme, me ocurre con frecuencia…, vuelvo a lo de los bancos y los parques, que sepa que si lo hago no es por encontrar tranquilidad o por la cursilería esa de recuperar la infancia viendo a los niños y a las niñas jugando, que va, es por los pájaros, sí, es así, ¿no me cree?, la gente me importa poco, por no decir, nada, pero los cantos de los pájaros me ganan, me elevan, me transportan…

… En otro tiempo bebí bastante, sobre todo cerveza y ginebra, pero era algo lógico, ¿no?…, salíamos mucho, hablábamos más, se nos secaba el paladar continuamente, aunque luego ya no recordara de qué habíamos conversado, y eso que en el momento de hablar todo era importante, importantísimo, lo suficiente como para discutir acaloradamente hora tras hora…, bueno, eso, que se me secaba mucho la boca y la garganta, y entonces había que tragar y tragar; fumar, no fumé, no llevaba bien lo del humo en los pulmones, además, no encontraba atractivo ese chupar un cigarrillo cada poco de forma maquinal y sin venir a cuento, y luego, eso tan ridículo de expulsar humo, me imaginaba a mí misma como si fuera una chimenea fabril y…, ¿a que es bonita esa palabra?: ¡fabril!, claro, cuál va a ser si no, ¿chimenea?: ¡horrible!…

… Hubo un tiempo en el que trabajé en un gimnasio, un año o un año y medio, ya no me acuerdo, sí, se llamaba Body Center, qué nombre tan horrible, me encargaron atender a los clientes, comprobar asistencias y controlar abonos, ya sabe, el rollo ese de las finalizaciones; también llevaba las renovaciones, más que nada se trataba de mandar correos avisando del término del contrato e informar de las últimas ofertas…, sí, me daban comisiones por cada cliente nuevo que conseguía y un tanto por cada abono mensual que lograba endilgar; era gracioso, yo no tenía ni idea de mancuernas, cintas o bicicletas estáticas, eso les importaba un huevo, me pusieron un uniforme ajustado —dos tallas menos, seguro—, me escotaron el pecho y dejaron mis piernas minifaldeándose a la vista de los clientes… ¿Sabe lo curioso del caso?, pues que eso bastaba y era suficiente para que el cerebro de mosquito de la clientela se cegara por completo; las pastillas las llevaban los monitores, esos cobraban por los planes personales y por la venta directa, a mí no me permitían ni acercarme, además me miraban por encima de los hombros, sus músculos no les daban para más, estaba rodeada de atrofiados mentales con músculos hiperdesarrollados, el cuerpo termina por compensar, digo yo…

… La familia, vaya asunto, la verdad es que sí…, la mía, como a todos, me había llegado como el apellido: ¡obligada!…, primero, te colocan el nombre para toda la vida y luego, uno tras otro, sus miedos y sus frustraciones como marca identificativa…, pero, tranquilo, no voy a soltar ahora ese discurso fácil acerca de que me trataron mal, de que me marginaron y otras tonterías por el estilo, no sintonizábamos y ya está… Sí, era eso, nos caíamos como el culo; a mí, lo que ellos hacían o decían, me parecía un disparate total y seguro que ellos me veían como un puro grano en el culo que les había llegado tal y como caen los castigos injustos…, vamos, que ellos me jodían a mí y yo les jodía a ellos, aunque solo fuera por el mero hecho de vernos a diario en el comedor y en el salón o cruzarnos en el pasillo… Qué curiosa es la vida, ahora que ya no estoy en casa hablamos más…, en realidad, no crea que mucho más…, mejor dicho, casi nada…, son cosas que se dicen porque parece que es lo que todo el mundo piensa y desea…, la culpa es de los móviles, como ya no nos veíamos, pues casi que te da por hablar más a menudo, es lo que tiene esto de la telefonía…, ¿ese gesto?: ¿le ha gustado la palabra o es que pensaba que yo no podría utilizarla?… No me voy a enrollar mucho más, creo que he dicho lo suficiente, este es un tema que no quiero compartir, basta con saber que me fui lo antes que pude, ellos descansaron y yo mucho más…

… A él le gustaba, a mí, también. Sí, nos besábamos en todos los lados, a la gente le molesta que una pareja se bese, pero a nosotros nos ocurría al revés, como si tuviéramos que mostrarlo más cuanto más rechazo percibíamos a nuestro alrededor; es difícil encontrar un tío que le guste besar, lo normal, es que te soben rápidamente, que te busquen las tetas a las primeras de cambio o que se pongan a viajar muslos arriba como si no hubiera otro camino que recorrer, por lo menos eso era lo que me había pasado antes, sí…, pero este era distinto, un tipo raro, estuvimos saliendo poco tiempo, se fue, debe andar por algún lugar de Centroamérica que es adonde me dijo que se iba a marchar, estuve a punto de seguirlo, pero tengo problemas con los mosquitos y los bichos de pequeño tamaño, además, eso de las selvas y los climas tropicales no me llama mucho la atención…, y el caso es que me cayó bien desde el principio, fue él quien me buscó el curro con aquel traumatólogo rijoso, entré de recepcionista y me fui a los pocos días tirándole la taladradora a la cabeza, total como era traumatólogo no creo que le importaran los posibles desperfectos…, no sé si se trataba de un simple conocido, un amigo o algún  familiar lejano, tampoco llegué a preguntarle, bastante teníamos con besarnos: el beso aquel que quiso cavar los muertos y sembrar los vivos

… Quien piense que no me he preocupado de cultivar mi mente —qué bien suena eso de “cultivar”— está equivocado, no he parado de leer; estudios, los normales, pero devorar libros, ya digo, sin parar; quizá tendría que haber estudiado más, pero no llevaba bien lo de las clases, eso de que un profesor o una profesora te soltara un día sí y al otro también un rollo tras otro no iba conmigo…, porque para dos o tres clases que me llamaron la atención, el resto se las podían haber dado a los gatos, sí, a ellos, que me han dicho que son muy atentos y te escuchan con la precaución propia de la felina condición… Lo que sí es cierto es que me gusta leer, pero no todo…, tengo un método infalible, si empiezo el libro y al poco rato empiezo a mirar de un lado para otro, lo dejo, ahí se queda, ni puto caso, un libro debe atraparme y si se produce lo contrario es que no merece mi atención, tendría que estar contraindicado, ah, y lo deberían indicar en la portada o en un prospecto aparte como se hace con los medicamentos…, me desvío…, más que nada, novelas, de toda época, eso de vivir otros mundos y otros personajes me gana fácilmente, y poesía, mucha poesía, si el poema me golpea, me emociona, es así, aunque mira que es difícil entrar en ella…, me paso las horas tontas en la biblio, comprar no puedo…, es fácil de suponer, muchos gastos, entre el alquiler, la ropa, la comida, el móvil y las copas, no me queda ni para pipas…

… Siempre he estado a la cuarta pregunta, lampando, la verdad es que no me ha preocupado mucho todo lo relacionado con el dinero, siempre se vive de algo, si no tienes muchas pretensiones, puedes sobrevivir con lo mínimo, pero lo que no soporto es que me falten al respeto, o como se diga…, que me traten como un despojo, que pasen de mí, que me usen como si fuera un trapo sucio, eso sí que me jode, ahí sí que no respondo, me da lo mismo que sea hombre o mujer, joven o anciano, me cortocircuito y ya no veo, me salen las palabras a borbotones, es superior a mí, no puedo, me repatea la facilidad con la que mucha gente las usa para hacer daño a propósito…  Hablar es otra cosa distinta, ¿no cree?… Mejor, no conteste, déjelo, veo en su cara que está a punto de estallar…, es lo que tienen los trabajos —todos, no vaya a pensar que es solo el suyo—, esa parte insoportable que aparece cada poco y nos repatea porque sabemos que está ahí, pero no queremos verla…, y encima, yo, aquí, hablando y hablando y usted, ahí, sin otra posibilidad que oírme decir…, seguro que ahora añadiría “gilipolleces”, no lo haga, le recomiendo “sandeces”, es un vocablo más culto, pruebe…

… Bueno, basta, ya he dicho bastante, esto es todo… ¿Puede llamar para que me traigan otra ropa?, la que llevo está completamente manchada de sangre… ¡Ya!… Pues eso va a tener que esperar un tiempo… No voy a decir nada más… Sí, claro que sí… A ver si encuentro la palabra, sí: “mutismo”…, pues eso, mutismo absoluto, es lo que haré…, por lo menos hasta que se aclare un poco mi cabeza, hasta que me salga de ahí mismo o hasta que llegue mi abogada…

 

PRIMERA VOZ, 1 de enero de 2019

 

… Pensé que el origen de todo era la oscuridad. Yo. Siempre. Que el estado inicial de los tiempos y de la vida era la completa y total oscuridad. Con olor a metáfora y algo de moho suspendido, claro está. Cuando recuerdo, cuando puedo acceder a todos esos momentos ya apenas entrevistos, ya casi desaparecidos que cada día que pasa me cuesta mucho más rescatar, la primera imagen que visualizo surge desde el interior de una densidad de bruma negra. Y esa misma imagen llama mi atención para abrirse paso dejando pequeños destellos de luz que sirven para iluminar objetos que no logro saber a qué tiempo concreto corresponden ni en qué lugar se encuentran ubicados: un mueble de madera —posiblemente un chifonier que habitó el piso de algún familiar, sí, eso es, porque en casa nunca tuvimos un mueble de esas características— oscurecido con nogalina y capas de polvo sucesivas, un montón de revistas tiradas sobre un sillón raído, un perchero de madera con uno de los brazos rotos, una chaqueta de paño gris y coderas gastadas que está esperando cuerpos donde alojarse, un espejo vuelto del revés porque el azogue se ha desprendido en la sucesión de miradas repetidas, un sombrero de fieltro marrón con una cinta negra ajada por el sudor, una pila de libros de texto a punto de derrumbarse sobre las baldosas del suelo y un baúl vacío desde el cual estoy seguro que emana toda esa oscuridad que me envuelve. Hasta ahogarme.

… Necesito un calendario. Enfrentar Tiempo y Tinieblas. Yo. Siempre. Porque todo lo anterior no explica en absoluto el porqué me he desorientado por completo. Es una referencia, pero no una explicación. Necesito algo que me relacione con el Tiempo, necesito verme inmerso en los días que transcurren a mi alrededor, aunque yo no quiera, porque el Tiempo trabaja de esa manera, contra ti, contra todo. No lo encuentro. Solo atisbo a ver, por entre esa oscuridad de la que antes he hablado, un dato poco fiable: 3 de julio de 1883, sinceramente, parece anecdótico. No vale para caminar, no sirve más que para detenerme y quedarme parado, seguro. Es lo que tienen las fechas cuando sabes qué es lo que ocurrió en su interior, terminan por adherirse a ti de tal forma que se muestran incapaces para habitar su propio olvido. Un olvido que no añade nada nuevo a nuestras vidas, al revés, las devora. Lenta y sistemáticamente. Deleitándose en el hecho de ir masticando aquellos segundos, minutos y horas que contuvieron hechos, instantes, momentos y un sinfín más de situaciones reales. Eso que llamamos existencia.

… Me tendí al sol. Yo. Siempre. Y recordé a Nagg y Nell. Madre mía, cómo funciona esto de la memoria, ni remota idea de que ambos pudieran venir a mi encuentro con esa facilidad, semejantes mamelucos, no me importaría que hubiera sido Hamm —Clov, el tramposo de Clov, no, aunque tampoco hubiera pasado nada si así hubiera sido, soy egoísta, pienso en mí, y quién me podría ayudar mejor: ¿el ciego o el criado?, joder con la dialéctica—. Y ahí están, gracias a la memoria, en vez de dos, cuatro. Me cago en su p. madre. Sin moverse, acechantes, como pidiéndome cuentas de algo que yo hubiera hecho o cometido, a ver si os enteráis, en la p. vida he hecho nada que me podáis echar en cara salvo perder el tiempo y eso es cosa mía, ¡lo entendéis! Ya me valiera. Si tuviera un ladrillo se lo tiraba a la cabeza, pero qué digo, pero qué tonterías digo, ¡ellos son cuatro y yo solo tengo un ladrillo! Estás pagando tu más que demostrada inutilidad para las matemáticas, a ver si te das cuenta de una p. vez, tienes contigo, rodeándote de forma amenazadora, cuatro cabezas y ¡un solo ladrillo! Qué vas a hacer. ¿Padre, por qué me castigas? Ni me molesto. Me quedo con otra fecha: 3 de julio de 1924, la que no cumplí, la que me comí con patatas, la que se perdió un mes después de que aconteciera lo que aconteció porque todo termina por acontecer. ¡Un momento!, ya se han ido, menos mal. Fin de partida. Se habrán escondido: Nagg en su cubo, Nell en el suyo, y los otros dos, ¿dónde?: ¡Y luego dicen que por qué lloramos!

…  Oigo el mar de forma tan clara que dudo de su existencia. Es algo parecido a lo que me ocurre con la infancia, cuando la oigo sé que ya no está. Trampas de los sentidos. Yo. Siempre. Debo repetírmelo hasta aprenderlo, las veces que sean necesarias, al modo antiguo, de forma continua y exhaustiva: silabeando, vocalizando, consonanteando si es preciso: Trammmpassssssssss de los sentidos. Mejor. A ver, repito otra vez: Trammmpassssssssss de… ¿de qué?, ¡ya no me acuerdo! ¡Maldita sea! Otra vez he de volver a la casilla de inicio. La indecisión perece en su lucha contra la ambición. Hamlet mató a Polonio por un asunto de faldas con cortinas de por medio. Rosencrantz y Guildenstern fueron unos leales cabrones de nombres impronunciables. De por medio, intervención de la policía de Elsinor y expediente en el correspondiente juzgado de instrucción, el dirigido por el honorable Yorick, cráneo privilegiado donde los hubiere. Asunto: fantasmas, compañía de teatro que se empeña en la verdad y luchas por el poder. Lo de siempre. Aunque luego está el asunto Fortimbrás que no sé cómo encajarlo. Voy de mal en peor. ¡Perdóname, Ofelia, porque no sé lo que hago! Lo mejor será no utilizar referencias literarias, son las que deterioran la mente. Lo sé. Lo sé con certeza. No suelo hacerlo. Lo prometo. Pero caigo una y otra vez. ¡Y de ahí el deterioro! ¿Entiendes por qué no te puedes quejar? Tantos años conviviendo con un imbécil como este. Cómo salir. ¡Estamos atrapados!

… Decía. Dije. Digo. Yo. Siempre. ¡Algo sobre la oscuridad! Algo tajante y con apariencia de supuesta y profunda verdad. Algo que ha sido terminar de escribirlo y, sobre la marcha, darme cuenta de que no viene a cuento porque ese es el clásico tema —el de la oscuridad— que solo me sirve para rascar y rascar mis heridas hasta que brota la sangre y siento el placer de la pérdida. Además, si he de ser sincero, cosa que me cuesta mucho, creo que mis ojos se están acostumbrando a la oscuridad y empiezan a disfrutar dibujando siluetas borrosas e intuidas: adivino un faro —igualito, igualito que los de Hopper— y, saliendo por su ojo de cristal pulido, un haz de luz que vuela y vuela dando giros continuos sobre su eje al tiempo que va buscando el horizonte para incrustarse en su interior, y también veleros que huyen de él porque tienen miedo a ser descubiertos por las mareas y por las rocas, y también un temporal de nubes negras que van directas contra el faro porque ambos llevan años buscándose para decidir quién acabará antes con quién, y también los espectros de todos los fareros que lo han habitado in saecula saeculorum, y también una panda de niños preadolescentes que se dedican a tirar piedras contra el cristal como si estuvieran preludiando que la adolescencia será un puro y mantenido conflicto, y también remolinos de espuma que se quedan al borde mismo de la playa dibujando formas evanescentes que terminarán por filtrarse a través de la arena antes de que tus ojos las fijen en sus retinas, y también un olor a yodo mezclado con algas muertas, y también parejas en la playa que se besan y acarician provistas de ansiosas manos y ávidos labios, entre susurros y oscuridad.

… Yo. Siempre.