Archivo de la etiqueta: españa y la carcoma

¡MALDITO ESPÍRITU NACIONAL!

 

A J. G., pura admiración.

 

Lo están buscando. Oye pasos agitados. Idas y venidas continuas. Su casa es un hervidero de ruidos y murmullos. Los vecinos inquietos, los curiosos apostados en la acera de enfrente esperando no se sabe muy bien el qué. Pero él no entiende nada, él está en su estudio, enfrascado en su última escritura, en su última traducción. Lleva días encerrado y no se ha movido de la silla. El plazo expira, ha de entregarla, todo es urgente. Muy urgente. Dicen que salió por la mañana. Dicen que el sol apuntaba rayos en el horizonte. Dicen que iba vestido con una camisa blanca, un pantalón de pana y unas zapatillas azules de paño, de esas de estar por casa. Dicen tantas cosas.

Entró una mariposa. Hecho raro. Se coló en el estudio. Revoloteó. Llegó hasta el libro. Aleteó de palabra en palabra. Como si estuviera leyendo. Hice ademán de levantar la mano para ahuyentarla. Hice ademán de levantar la mano para echarla. Hice ademán de levantar la mano para demostrarla quién mandaba allí. Los intrusos se cuelan y no se marchan. El describirla llevaría demasiado tiempo, blanca y poco más.

Él oye las preguntas que hace la policía. ¿Algún familiar? ¿Cuándo llegó? ¿En qué momento se instaló? ¿Les pareció sospechoso? ¿Tiene algún trabajo reconocido? ¿Es autónomo? ¿Qué tipo de visitas recibe?

Están molestando. Una cosa es que llevados de su lógica real indaguen dentro de casa sin que medie una orden o un permiso judicial y otra muy distinta es que impidan que él avance en su trabajo, en esa traducción urgente. Si el discurrir de la gente ya de por sí le es incomprensible, el de la policía se le hace misterioso y no exento de peligro, siempre acechando, siempre sospechando. La búsqueda de un culpable dota a sus pesquisas de un punto obsesivo que distorsiona el acto de la investigación en sí mismo.

Están en el sótano. Tropiezan. Oye sus insultos y sus maldiciones. No habrán podido encender la luz. Hay veces que el interruptor no funciona correctamente, no hace contacto. Les pasa a casi todos los de la casa. Tendría que haberlos arreglado en su momento. Están dándose golpes con todo. Se enfadarán aún más. Esta gente es así, colérica por naturaleza. Hay demasiadas cosas apiladas sin ningún orden o propósito, lo sabe, todo manga por hombro. Y no será por las veces que se ha propuesto limpiarlo y ordenarlo. Pero siempre surgía algo, una excusa, un impedimento mayor. Hay cosas que no puedes dejar de hacer, tarde o temprano te terminan atropellando. Maldicen una y otra vez. De todas formas. Qué pensarán encontrar ahí. Lo dicho, la obsesión y la estrechez de miras los aboca directamente hacia el ridículo.

No es un buen hombre, no. Esa que habla es mi vecina, la del adosado de la derecha, aún me debe una docena de huevos, un bote de tomate y un paquete de macarrones. No saben ustedes lo difícil que ha sido vivir aquí los últimos años. Y ese, su marido, un vago con aires místicos, se compró un telescopio única y exclusivamente para ver el interior de las casas, no el cielo, eso no, lo que hay justo enfrente o más abajo. Eso tiene un nombre.

Seguro que poseía mascotas. Oh, cielos, qué será de sus pobres mascotas. Es la gente de la calle quien habla. Respondo. ¡No, yo no tengo animales de ningún tipo! ¡Soy escritor! Continúan, no me oyen. ¿Han dado de beber ya a su perro? ¿De qué raza dicen que es? Que alguien haga algo. ¡Que no, que he dicho que no poseo ningún animal de compañía! Ahora dicen que se trata de un loro y añaden que, al parecer, está expirando lastimosamente en su jaula. Voces que no identifico. Hablan por hablar. Es todo tan gratuito. ¿Les exigirá la autoridad un mínimo de verdad? Puede alguien acabar con esta cuestión y dejar que me concentre en mi traducción:

Drenstre maolberg ans mitj klombstadt.

Frase sin verbo. Las frases sin verbo siempre, siempre, son un engorro.

No me hizo ni caso. Voló ingrávidamente hasta que se dejó caer sobre otro de los libros pendientes de traducir, y allí que se quedó. Expectante. Contemplando mi nula actividad. Ella, detenida, como si se tratara de un faro que acusa simplemente observando. Quise levantar la mano, pero mis neuronas no se plegaron a la orden. De cerca, resultaba fascinante. Quién podría pensar que unas antenas tan finas y tan livianas pudieran generar un hechizo tan perturbador. Por qué me miras así. Qué quieres decirme.

Hay una muchedumbre congregada ante la puerta. Hablan entre sí y sacan fotos con el móvil. Se las envían entre ellos, las cuelgan en redes sociales, las eliminan sin más, vuelven a sacarlas de nuevo. Su tono de voz va elevándose por momentos. Ellos no se dan cuenta del ruido que provocan, yo, sí. ¡Creo que al final voy a tener que intervenir! Aquí nadie piensa en nadie. Pobre editor, puede que este retraso, del cual no soy culpable, sea su ruina. Alguien que ha levantado una empresa gracias a un esfuerzo ímprobo verá cómo de la noche a la mañana, auspiciado por el proceder irresponsable de las autoridades y de una gente que alimenta su ego acechando intimidades, se irá al garete una trayectoria profesional labrada en el tiempo. Es penoso. Seguro que ya no cobraré nunca los seis meses atrasados que me deben. Tampoco me mandarán el contrato que prometieron enviarme hace más de dos años. ¿Dónde guardará la comida para los gatos? Insisten. Seguro que no los da de comer. Responde otra voz anónima. Qué barbaridad. Me dan ganas de salir y gritar lo primero que me venga en gana. La razón me asiste y a ellos, sin embargo, la impunidad de la distancia los hace desvariar en sus comentarios.

La policía ya está cerca, muy cerca. Ahora, quieren acceder a la buhardilla. No encuentran la escalera. La tiré hace años. Para qué. Los gorriones se habían adueñado del espacio por completo. Aprovecharon una teja levantada. Primero llegó una pareja despistada y luego fueron muchas más. No me importó. Desde que se fue mi familia me sobraba casa. Claro que si hubieran sido palomas o urracas, entonces, sí que hubiera hecho algo, no las soporto. Insisto, entonces, sí que hubiera hecho algo. Se están apoyando en la barandilla de la escalera. Que tengan cuidado no se vayan a caer. La han roto. Se han caído. No quiero parecer un listillo, pero ya lo había dicho hace muy poco. La carcoma, eso ha sido la carcoma. Anobium punctatum. Un día mientras estaba en la cama sin posibilidad alguna de dormir oí su clásico sonido taladrador. Miré posibles remedios en internet. Compré un bote con un producto estrella. Remedio eficaz contra xilófagos. Pero fue en una época en la que las traducciones me acechaban por todos los lados. Me llovían los encargos. En este país de ignorantes quién, aparte de mí, sabe suabo-danés, ¡nadie!:

Ekbs, mutja ekbs.

La tenía ahí, delante de mí, y no veía otra cosa que fragilidad y esencia. Sus dos ojos multifacetados observándome como si se trataran de miles de televisores en funcionamiento, todos a la vez. Me vería ella tal y como yo la estaba viendo. Qué gracia en el movimiento de las alas. Y yo ahí quieto. Qué fragilidad la de su patas como hilos. Y yo abotargado. Qué composición la de sus escamas aladas. Y yo entregado a mis brazos rígidos. Mariposa, llévame contigo, le dije. Qué cosas.

La policía, siguiendo órdenes y aplicando tácticas preconcebidas, se ha dividido en dos grupos, uno, el de arriba, sigue intentando subir a la buhardilla y el otro, el de abajo, anda investigando por el resto de la casa. Se acaba de caer el porche de la entrada, seguro que han dado un portazo. Estaba que no sé ni cómo se mantenía. Tendrían que haber sido más cuidadosos. Ha llegado un camión de bomberos, se bajan el conductor y el acompañante, la policía no los deja pasar, discuten, los bomberos señalan los escombros del porche y la policía dice que lo importante es lo importante, que están buscando, que se trata de culpabilidades, que no molesten más. Se envuelven en sus capotes ignífugos y se van con su rojo camión, sus blancas mangueras y sus cascos relucientes. Los de las mascotas, que los habían llamado, lo están grabando. Hay pruebas de todo. Los policías del segundo grupo, ajenos a lo que pasa fuera, están en el váter de abajo, el mecanismo de la cisterna no funciona, si tiráis… ¡ya lo han hecho! Se desbordará. No ahora, pero sí dentro de un rato. No cierra. El agua saldrá y saldrá. Ya veremos qué pasa si llega a la tarima flotante, hay una parte que está colocada de forma provisional, está tapando un agujero de grandes dimensiones que comunica con el forjado, y si se moja, y se hincha o se desliza, puede que os caigáis. Mejor no aventurar, se darán cuenta, son policías. Ya han echado a los vecinos. No hay más preguntas.

Ha llegado el momento. Extendido sobre tus alas. Montado sobre tu abdomen. Sintiendo a través de tus antenas. Mariposa. Fuera de este discurrir lento y monótono que se llama día a día.

Los dos grupos de policías están aislados. El agua ha anegado la planta baja por completo, el sillón se ha desplazado y ha bloqueado la entrada al salón, los restos de la escalera flotan en el vestíbulo. Lo avisé. Lo avisé. Pensaron que los desagües absorberían todo, pero llevan mucho tiempo obturados, muchísimo, lo que se expulsa no necesariamente tiene por qué marcharse. Los policías de los bajos gritan como niños, los de arriba gritan como ancianos. He aquí cómo un acontecimiento nimio puede ofrecernos las versiones más variopintas de las viriles y animosas fuerzas del estado. Lo que no sé es cómo van a bajar o a subir si se han cargado toda la escalera. No los veo. Pero deduzco por los gritos entusiasmados de la muchedumbre que los de abajo se están ahogando, y en cuanto a los de arriba, da la impresión de que han accedido por fin a la buhardilla. Yo ya no voy a decir nada porque no quiero parecer un iluminado, pero… ¡efectivamente!, ¡eso es lo que podía pasar! El tejado se ha venido abajo. Y es que aquello que en su día fue una teja suelta, poco a poco, se convirtió en un coladero cada vez más grande. La lluvia, el granizo y la nieve han hecho el resto. Y con toda la cantidad de excrementos que tiene que haber ahí. Se habrán puesto guapos.

Movió sus alas. Balanceó su fino cuerpo. Nos fuimos elevando.  Huimos ventana arriba. Volamos hacia el horizonte. Lo desconocido.

Un crujido. Lo dije. La casa se desmorona. Agorero.

Desde el aire una sola visión, una columna de polvo que se eleva densa e impenetrable, luego, poco a poco, desciende para inundar y manchar a todos por igual, a vecinos y a mirones. Solo un par de alas blancas agitándose como si fueran cometas habitadas por el viento. En zigzag.

Lo dicho:

¡Imanstrujk cassm guttrenblok!