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PRIMERA VOZ, 1 de enero de 2019

 

… Pensé que el origen de todo era la oscuridad. Yo. Siempre. Que el estado inicial de los tiempos y de la vida era la completa y total oscuridad. Con olor a metáfora y algo de moho suspendido, claro está. Cuando recuerdo, cuando puedo acceder a todos esos momentos ya apenas entrevistos, ya casi desaparecidos que cada día que pasa me cuesta mucho más rescatar, la primera imagen que visualizo surge desde el interior de una densidad de bruma negra. Y esa misma imagen llama mi atención para abrirse paso dejando pequeños destellos de luz que sirven para iluminar objetos que no logro saber a qué tiempo concreto corresponden ni en qué lugar se encuentran ubicados: un mueble de madera —posiblemente un chifonier que habitó el piso de algún familiar, sí, eso es, porque en casa nunca tuvimos un mueble de esas características— oscurecido con nogalina y capas de polvo sucesivas, un montón de revistas tiradas sobre un sillón raído, un perchero de madera con uno de los brazos rotos, una chaqueta de paño gris y coderas gastadas que está esperando cuerpos donde alojarse, un espejo vuelto del revés porque el azogue se ha desprendido en la sucesión de miradas repetidas, un sombrero de fieltro marrón con una cinta negra ajada por el sudor, una pila de libros de texto a punto de derrumbarse sobre las baldosas del suelo y un baúl vacío desde el cual estoy seguro que emana toda esa oscuridad que me envuelve. Hasta ahogarme.

… Necesito un calendario. Enfrentar Tiempo y Tinieblas. Yo. Siempre. Porque todo lo anterior no explica en absoluto el porqué me he desorientado por completo. Es una referencia, pero no una explicación. Necesito algo que me relacione con el Tiempo, necesito verme inmerso en los días que transcurren a mi alrededor, aunque yo no quiera, porque el Tiempo trabaja de esa manera, contra ti, contra todo. No lo encuentro. Solo atisbo a ver, por entre esa oscuridad de la que antes he hablado, un dato poco fiable: 3 de julio de 1883, sinceramente, parece anecdótico. No vale para caminar, no sirve más que para detenerme y quedarme parado, seguro. Es lo que tienen las fechas cuando sabes qué es lo que ocurrió en su interior, terminan por adherirse a ti de tal forma que se muestran incapaces para habitar su propio olvido. Un olvido que no añade nada nuevo a nuestras vidas, al revés, las devora. Lenta y sistemáticamente. Deleitándose en el hecho de ir masticando aquellos segundos, minutos y horas que contuvieron hechos, instantes, momentos y un sinfín más de situaciones reales. Eso que llamamos existencia.

… Me tendí al sol. Yo. Siempre. Y recordé a Nagg y Nell. Madre mía, cómo funciona esto de la memoria, ni remota idea de que ambos pudieran venir a mi encuentro con esa facilidad, semejantes mamelucos, no me importaría que hubiera sido Hamm —Clov, el tramposo de Clov, no, aunque tampoco hubiera pasado nada si así hubiera sido, soy egoísta, pienso en mí, y quién me podría ayudar mejor: ¿el ciego o el criado?, joder con la dialéctica—. Y ahí están, gracias a la memoria, en vez de dos, cuatro. Me cago en su p. madre. Sin moverse, acechantes, como pidiéndome cuentas de algo que yo hubiera hecho o cometido, a ver si os enteráis, en la p. vida he hecho nada que me podáis echar en cara salvo perder el tiempo y eso es cosa mía, ¡lo entendéis! Ya me valiera. Si tuviera un ladrillo se lo tiraba a la cabeza, pero qué digo, pero qué tonterías digo, ¡ellos son cuatro y yo solo tengo un ladrillo! Estás pagando tu más que demostrada inutilidad para las matemáticas, a ver si te das cuenta de una p. vez, tienes contigo, rodeándote de forma amenazadora, cuatro cabezas y ¡un solo ladrillo! Qué vas a hacer. ¿Padre, por qué me castigas? Ni me molesto. Me quedo con otra fecha: 3 de julio de 1924, la que no cumplí, la que me comí con patatas, la que se perdió un mes después de que aconteciera lo que aconteció porque todo termina por acontecer. ¡Un momento!, ya se han ido, menos mal. Fin de partida. Se habrán escondido: Nagg en su cubo, Nell en el suyo, y los otros dos, ¿dónde?: ¡Y luego dicen que por qué lloramos!

…  Oigo el mar de forma tan clara que dudo de su existencia. Es algo parecido a lo que me ocurre con la infancia, cuando la oigo sé que ya no está. Trampas de los sentidos. Yo. Siempre. Debo repetírmelo hasta aprenderlo, las veces que sean necesarias, al modo antiguo, de forma continua y exhaustiva: silabeando, vocalizando, consonanteando si es preciso: Trammmpassssssssss de los sentidos. Mejor. A ver, repito otra vez: Trammmpassssssssss de… ¿de qué?, ¡ya no me acuerdo! ¡Maldita sea! Otra vez he de volver a la casilla de inicio. La indecisión perece en su lucha contra la ambición. Hamlet mató a Polonio por un asunto de faldas con cortinas de por medio. Rosencrantz y Guildenstern fueron unos leales cabrones de nombres impronunciables. De por medio, intervención de la policía de Elsinor y expediente en el correspondiente juzgado de instrucción, el dirigido por el honorable Yorick, cráneo privilegiado donde los hubiere. Asunto: fantasmas, compañía de teatro que se empeña en la verdad y luchas por el poder. Lo de siempre. Aunque luego está el asunto Fortimbrás que no sé cómo encajarlo. Voy de mal en peor. ¡Perdóname, Ofelia, porque no sé lo que hago! Lo mejor será no utilizar referencias literarias, son las que deterioran la mente. Lo sé. Lo sé con certeza. No suelo hacerlo. Lo prometo. Pero caigo una y otra vez. ¡Y de ahí el deterioro! ¿Entiendes por qué no te puedes quejar? Tantos años conviviendo con un imbécil como este. Cómo salir. ¡Estamos atrapados!

… Decía. Dije. Digo. Yo. Siempre. ¡Algo sobre la oscuridad! Algo tajante y con apariencia de supuesta y profunda verdad. Algo que ha sido terminar de escribirlo y, sobre la marcha, darme cuenta de que no viene a cuento porque ese es el clásico tema —el de la oscuridad— que solo me sirve para rascar y rascar mis heridas hasta que brota la sangre y siento el placer de la pérdida. Además, si he de ser sincero, cosa que me cuesta mucho, creo que mis ojos se están acostumbrando a la oscuridad y empiezan a disfrutar dibujando siluetas borrosas e intuidas: adivino un faro —igualito, igualito que los de Hopper— y, saliendo por su ojo de cristal pulido, un haz de luz que vuela y vuela dando giros continuos sobre su eje al tiempo que va buscando el horizonte para incrustarse en su interior, y también veleros que huyen de él porque tienen miedo a ser descubiertos por las mareas y por las rocas, y también un temporal de nubes negras que van directas contra el faro porque ambos llevan años buscándose para decidir quién acabará antes con quién, y también los espectros de todos los fareros que lo han habitado in saecula saeculorum, y también una panda de niños preadolescentes que se dedican a tirar piedras contra el cristal como si estuvieran preludiando que la adolescencia será un puro y mantenido conflicto, y también remolinos de espuma que se quedan al borde mismo de la playa dibujando formas evanescentes que terminarán por filtrarse a través de la arena antes de que tus ojos las fijen en sus retinas, y también un olor a yodo mezclado con algas muertas, y también parejas en la playa que se besan y acarician provistas de ansiosas manos y ávidos labios, entre susurros y oscuridad.

… Yo. Siempre.

VOCES / #Joyce-Ulises

 

 

Avanzaba por la acera como quien lleva consigo una carga excesiva, un peso añadido que era algo más que la proyección de su cuerpo, se trataba de algo inmaterial instalado entre sus neuronas, ocupando espacios y dictando tiempos; se cruzaba con la gente sin percibirla, avanzaba mecánicamente y ellos se apartaban para evitar el choque, modificaban su trayectoria, le increpaban con la mirada, le insultaban con el gesto.

Él no les hacía caso.

Él solo sabía caminar.

Él amasaba obsesión tras obsesión.

«Poldy, mi amor», le dijo ella hace mucho tiempo ya, aquella tarde en la que se pensaron solo a través de la piel y de los sexos; «Poldy, mi amor», le había repetido ella esta misma mañana de este día en que los dos sabían lo que iba a pasar solo desde sus cabezas sin sexo.

Pero por qué decirlo; si él no lo hace por qué hemos de hacerlo nosotros.

Niebla. Espesa niebla. Bruma. ¿Existe el amor o es una pura entelequia?, ¿es engaño de nuestra cabeza o una creación distorsionada de los sentidos?, ¿simple necesidad de las palabras y de los nombres que se otorgan gratuitamente o vacío que los encierra al pronunciarlos?: «Molly, ¿nos amamos tú y yo alguna vez?, espera, no me contestes, te propongo algo mejor, hagamos el amor, unamos nuestros cuerpos sin mesura, conjuremos la idealización fácil de una relación cansada y neguemos la quimérica proyección de nuestra capacidad para engañarnos con ideas superiores». Pero quién es este que habla, seguro que no soy yo, ¿será el fantasma de Stephen que asoma por entre las almenas de mi cerebro?, yo hubiera dicho, follemos, yo pensaría tu coño, yo abriría tus labios y besaría tu fruta fresca hasta secarla. La diferencia entre el mono y el hombre es que el mono coge el plátano y se lo come, el hombre, sin embargo, piensa el plátano como ente posible, lo coge y, por último, lo come o lo deposita displicente sobre la mesa a la espera de un hambre sin reflexión. Si existe el verbo amar es porque se puede recrear y practicar; si existe el sustantivo amor es porque se puede identificar con el sustantivo sexo; si puedo ser follante en el participio más activo es porque puedo ser follado en el participio más pasivo. Stephen no se ha ido, o si se ha ido lo ha hecho para volver cuando quiera e instalarse gozoso en la muralla de mis ojos y hacerse visible sin contraseña delante de toda mi guardia, y yo, mientras tanto, a la espera de Fortimbrás el noruego, ese que va provisto de cuernos vikingos para prestar y en busca de un Valhalla que no se sabe muy bien dónde está; Dedalus es mi conciencia vitalista, cuando yo ejercito  el conformismo, la aceptación impertérrita de mi destino, él se me presenta de inmediato para decirme que la resignación es categoría de lo cristiano tal y como lo es la fe, palabra preferida de curas, sacerdotes, frailes y de toda la curia, reclaman beligerantes la fe que no pone en duda y exigen la resignación misericordiosa para aceptar sumisamente los designios superiores, más allá incluido, en realidad, para no mandarlos al paseo de la basura, allí en el barrio de la inmundicia, oremus, y luego mi querido Stephen me contaría cómo le llevaron toda la infancia detrás de un padrenuestro y a través de un avemaría, y cómo le encerraron en el mantra idiotizante de un credoquecreeendioscreador, mandamientos por aquí, pecados capitales por allá, retiros, ejercicios espirituales, ignaciojavier javierignacio. Stephen, mi amado hijo putativo, no vuelvas, ni a Irlanda ni aquí, quédate en la gala plácida y piérdete en pos de la creación, eres artista y necesitas de ese exceso de voluntad orática que te permita ahogarte en tu propio vómito visionario, digerirlo y devolverlo en forma de novela que luego ha de ser deglutida por un lector que se intelectualiza en la medida que se despersonaliza. Poesía antropófaga. Novela carnívora y salvaje.

Lo recuerdo.

Me acuerdo.

Lo rememoro.

Stephen en París me sigue dando la lata aquí en Madrid. Él es mi fantasma. Cómo era aquella teoría boscosa que pergeñaste sobre William y su hijo, el nacido de entre las piernas de Ana y el parido de entre las plumas del teatrador teatrero teatrante Shakespeare. Padre e hijo que son sin ser porque no fueron más que productos de la literatura, el uno y el otro, el dios creador y el hijo sacrificado, todo literatura. Sigo en tus hipótesis: Segunda cama de la Hathaway que era habitada por el segundo hermano de Guillermo. Infidelidad, vuelves una y otra vez hasta mí. Complejidades de la vida que atentan contra el mundo. Stephen tú no eres el hijo atribulado nacido de su mente todopoderosa y desplegada en forma de Hamlet-asesino de profesores de inglés para niños no-ingleses ─porque todo Hamlet que se precie lleva algo de asesino consigo, ¿llevamos todos algo de asesino que no nos atrevemos a reconocer?─, sería bueno que Ofelia no se hubiera mostrado tan mística, sabríamos algo más, monja de las aguas y sor de los charcos, allí tendida como la pintó John Everett Millais, flores y agua, flotando sobre la muerte o navegando por encima de ella, sin barca y sin óbolo, Caronte al paro. Oh, bardo inmortal, nacido de una vagina mortal, por qué te empeñas en no dejarme en paz, ¿acaso quieres que rocíe veneno en la oreja de Almaviva y automáticamente se convierta en tu padre más Claudio que un ciruelo?, yo lo prefiero, descansaría, así te tendrías que presentar ante él como reo de tus culpas, juzgado y condenado por mano que no es de hombre sino por un juez que es algo más que todo eso y que está por encima de los demás, crucifijo antes que código, fanatismo antes que interpretación, prejuicio antes que mente abierta, ¡Justicia que penas tus penas por entre la realidad!, ¡Iustitia pisoteada y profanada!, ¡Justicia sin venda y sin balanza!, en esta España que es de pandereta y de mantilla no están los tiempos para esperar justicia, líbrate del mal como si oraras aún, como si lo hicieras antes de masturbarte en tu cama de blanca sábana e impoluto semen. Escribe, hijo mío, que nunca lo fuiste. No descanses porque el descanso es concesión gratuita a la muerte. Cuenta, si te parece bien, la vida apretada en dieciocho horas de un judío que únicamente trató de ser bondadoso en la misma medida que se perdió en las ganas de amar, ahora puedo decírtelo, porque descubrió que Amor es palabra para perderse sin medida.

Siguió andando.

Tropezó.

Se cayó.

Volvieron a reírse de él.

Se levantó. Miró hacia el mundo que es una forma tan válida como otra cualquiera de intentar verse reflejado en él. Quiso llorar. No lo hizo. Quedaban muy pocas lágrimas en su lagrimal. Se sacudió la ropa. La gente se fue marchando detrás de sus inquisidores comentarios. Son españoles, yo no lo soy, no quiero serlo. Juran banderas por lo civil y tienen santos por lo militar. Adoradores de la violencia y de la muerte. Irracionales como un devocionario católico apostólico y romano. Pensó en sus posibilidades. Necesitaba, necesitamos de la gente, de los nuestros, de los iguales en la diversidad y en la discrepancia. Dónde ir, dónde marchar. Siempre son cuatro las direcciones: norte, este, oeste y sur. Una calle le llamaba, otra le rechazaba, un callejón le excitaba, una avenida le cegaba. Tiempos de Claudio, Polonio y Gertrudis. Adiós Yorick, “el destino me llama”.

¿Cuándo se pierde el sentido de la realidad?

¿Cuándo los fantasmas están más vivos que aquello que te rodea?

¿Cuándo?

Simples desvaríos. La ingesta de una porción de extremidad porcina entregada durante dieciocho meses al clima de Teruel y a la sal acabaría con todo extravío.

 

Vale

 

 

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 9 de marzo de 2017.)