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CREPÚSCULO

 

 

A G. T., por ese universo suyo de azules y de sintaxis rotas, puro sentimiento.

 

Comencé la noche buceando historias que aliviaran mi desvelo. Pensaba. Pensaba. Y pensaba. Como si mi cabeza se hubiera enganchado a una maroma invisible en la que no cabía otra cosa que subir o bajar a lo largo de ella. Imposible desasirse. Hacia arriba, la intrascendencia. Hacia abajo, la densidad. Y, por fin, fijado a unas hebras sueltas de la cuerda, encontré un esbozo de relato. Ahí estaba. Ahí lo dejé. Postrado en mi cabeza. A lo largo. A lo ancho. Como un pez recién pescado que se tira sobre la arena de una playa solitaria. Como un pez que se estremece respirando violentamente por sus branquias. Como un pez que espera un destino incierto. Ninguna ola. Ningún ruido. Ningún aliento.

Mientras. La noche. Instalada, real. Noche blanca del alma.

Cuánto tiempo se puede llegar a pensar sobre un mismo hecho o un mismo tema. Cuántas son las variaciones posibles alrededor de una idea hasta que se consume su pábilo. Cómo se mide ese vacío en el que nada ocurre. Cuándo se puede decir ya basta. Cómo se puede detener el discurso interno sin que te eches en cara no haber reflexionado bastante.

Insomne.

Cierto es que nada podía conjugar que no hubiera conjugado ya hace tiempo. El combate con las palabras, insuficientes y bastardas. Lo irrelevante de la historia ante una realidad cambiante, descontrolada. La fatalidad del personaje, abocado a la desaparición entre tantas páginas leídas y tantas olvidadas. Y aun así, a pesar de todo, seguí porfiando. Desoyendo razones y franqueando obstáculos.

La obsesión como norma creativa.

El relato se fue construyendo como un cuadro que se dibuja a sí mismo desde los dedos y desde el silencio. Sin mensaje y sin moralina. Con sangre. Con carne. Rechinando rabia. Ira. Decepción. Retorciendo su claridad en la indefinición. Los volúmenes de los sentimientos proyectándose a través de las letras y de las palabras. Y estas. Unidas sintácticamente a una experiencia nocturna única. Fábula en estado puro. Palabra. Frase. Párrafo. Palabra. Frase. Párrafo. Escrito estaba.

La noche, negra, plateada.

Y el relato se removía inquieto, cobraba vida. No se resignaba a su suerte, necesitaba ojos donde mirarse. Un futuro. Y se encabritó, y pidió vida pública y enfrentamiento. Su epifanía. Aparecieron las dudas, las de su supuesta finalidad y las de su incierta validez. Tiempo crítico. El sueño de la perfección. Un sueño que despierta miedos siempre al acecho, alertas, dispuestos al asalto.

Demonios.

Y la noche, dócil, se dejaba llevar en la misma medida en la que se convertía en destino. Perfilándose en las sombras. Enfrentándose a la luz y al tiempo. Agotándose en su propio transcurrir. Lenta. Quedaba poco. Inexorable. Boqueando como si exhalara suspiros negros. Pendiendo de un hilo.

Que se rompió.

La fatalidad es fatal porque siempre se cumple. Llegó la luz y el ruido. Contrapunto obligado, indeseado. El ruido rabioso de una sociedad que se oscurece cada mañana enganchada a sus dosis de indiferencia y de egoísmo. Burda realidad.

Entonces.

Cuando la noche desapareció huérfana de oscuridades y de estrellas. Cuando ya clareaba el sol. Cuando los rayos de luz iluminaban la profundidad de lo escrito. Cuando el relato podía ser leído fácilmente. Cuando se desvelaba su posible misterio. Cuando lo escrito clamaba por la luz y por la vida.

Entonces, lo destruí. Lo eliminé.

 

¡Desaparecida la sintaxis!, nada merecía la pena.