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FAST FOOD, MOLLY, FAST FOOD, AMOR MÍO

 

 

Una academia es una academia. Lo diga Platón o el abuelo paterno de Platón. Yo enseño tú enseñas él enseña → a ver quién es el guapo que aprende ←. Objetivo vital tanto como existencial: aumentar el número de alumnos, €  educación y €, luego € y €, y luego €€€, si cien seudoangloparlantes me dan x, ciento veinticinco me darán x más y; si la comida se lleva x de x y el vestido x de x menos x, en consecuencia, x se está comiendo todo x, ergo, necesito urgentemente y. El mundo exige nuestra participación. La publicidad bien ejecutada puede salvarme. Demos pábulo a los deseos que los demás no desean:

LOS NIÑOS QUE NO SABEN INGLÉS SON MÁS INFELICES

El porvenir de tus hijos, not London, speak Dublín

LA SMILE DE TU HIJO ES LA SONRISA DEL SUN

No está mal como comienzo, me siento total. Reticencias en el horizonte. Los adultos se conforman con el inglés comercial: mac burger Apple hollidays on ice on earth on smog. Tarde de diciembre, la luz en su rostro y sus ojos en un brillo, Molly se dejó ir, un beso en el cuello y mi mano enredando costuras entre la falda y la camisa como si los restos arqueológicos que encontrara salvarían la historia de la civilización y habitaran en su entrepierna, allá va, despacio, lenta, hábil, lábil, buscando el fondo frágil donde lo textil se transforma en piel y pelo, temblor y latido.

Hay que marchar.

Leopold abandona el palacio Longoria, el libreto en su poder, el que le ha dado él, el usurpador de pieles ajenas. Mira hacia la mesa donde el conde Almaviva ya no está porque ha ido en busca de su Susana, la de él, mi Molly. Sale a la calle, qué hacer, el cielo es una fortaleza para los sentimientos, cuando caigan en forma de pedrisco, mejor, que no le pillen a él.

Camina en dirección hacia Hortaleza, esa extraña calle-embudo donde los vehículos y los viandantes entran por el lado estrecho y salen por el ancho, el urbanismo nunca ha sido el fuerte de Madrid, ciudad provinciana donde las haya, pueblo grande que llegó hasta la modernidad a base de alcaldes corruptos y especulación inmobiliaria por doquier, viva el casticismo de los botijos y las navajas, el sabor de las bravas y las aceitunas de campo real,  dijo el mesonero de los romanos que ya se dedicaba a ello, a lo de la compraventa de edificios que el asunto no se ha inventado ahora, es tan antiguo como la codicia y el capitalismo, amén de su vena costumbrista de castañera invernal, que lo uno no quita lo otro, literatura y agiotaje, ah, y calle incluida, prolongación de la Victoria, esquina a Gran Vía de teatro por horas y revista musical, letra de Pérez y González y música de Chueca y Valverde, asunto con gracejo o cómo funciona la inversión despreespeculativa; claro que luego esa misma modernidad que nunca envejece entró de la mano de la pizza fast, el arroz tres delicias y el arito de cebolla hamburguesado, eso sí, manteniendo el adoquín como medio para el desgaste de suelas sin zapateros que ya no quedan, que se han ido porque las medias suelas las coloca una máquina que todo lo hace, qué buenas son las máquinas, qué malos los filis que evitan el deslizar, se desgastan con prisa, Teófilo, ama a los zapatos tanto como a dios, así se llamaba el zapatero de mi calle, olores de goma no arábiga, pegamento amarillento de pies a suelos, el tocón para el culo y el cuerpo encorvado sobre los escarpines vueltos del revés, gafas caídas porque ya no veo un carajo, un clavo aquí, otro más allá, ay, que ha traspasado y me rompe el calcetín. Los cambios en este país son aún más extraños que los que no se producen en Irlanda porque la religión y la iglesia católica han puesto un dique en la cabeza de todos los irlandeses, ah, claro, como aquí…

Hambre, hablar de comida, pensar en la comida, hambre.

Delicadezas matritenses, bocadillo de calamares, boquerones en vinagre, morcilla de burgos y pepito de ternera. Quién dijo aquello de que dios, el que no existe, inventó los alimentos y el diablo, el que sí existe, creó a los cocineros, seguramente, alguien que cabalgó una noche ilusionado a participar en una sesión de cena deconstructivista, se dejó la cartera, sin incluir la propina, y salió con más hambre aún, pero ahíto sensorial, hasta la plenitud, porque la comida es un ritual donde la comida importa poco y la estética es la estética, marchando cocina, una de humo de almendras lamé navegando por media endivia al vapor del ártico, visión insuperable que ciega los sentidos, se mire por donde se mire, seguro, viva el hambre que es grito de la parte más retrógrada de este país, la que no pasa hambre pase lo que pase. Viva el imperio de los ácidos grasos poli-mono-insaturados, fórmula química de carbono con vaya usted a saber. El mundo exige nuestra participación. Maldita idea recurrente. Ya, pero cómo. Mi academia se hunde, ese renegamalcido de Stephen Dedalus con su indolencia de artista visionario no hizo caso de mis tiernos alumnos y los dejó al pairo de cualquier viento, delicados como son, infantes e infantinas desvalidos al tránsito maléfico que va del hot al cold, viva la tuberculosis, qué hora es, sin reloj mi vida carece de brújula, será el tiempo del pensamiento o el del agradecimiento, comida suculenta y acción de desgracias, oh, cómo es la vida de urgente, pensar en comer cuando mi amorcito de bragas rojas y labios de seda clitoreidal se prepara al sacrificio de las piernas abiertas y pase usted hasta dentro, es artista y yo no soy nada, mi reino por un papel, si hubiera sido más Ofelia que Molly, si yo hubiera podido comprar los escenarios como los compró el carnicero Lara para su Balbina, la “bombonerita” que le construyó corredera hacia abajo, de rojos y dorados, a la italiana, ¿Don Cándido, cuántos “bombones” pudo usted degustar ahí? Actrices que nos llevan de acá para allá, actrices que han actuado allí, la Membrives, la Bárcena, la Llorente y la Pino, ¿interpretó la Xirgu ahí? No te pierdas. Leopold, ¡la Academia!, Platón del inglés he de convertirme, la Idea antes que la lengua, la Idea que anima todas las lenguas me llevará a sobresalir…

Tropieza con un bolardo, usted perdone, señor, esto me da mal fario, ya no sigo, esta calle es inclemente, por aquí cerca había una librería de teatro, por qué no lo he recordado, así no tendría que haber recibido el óbolo traicionero de manos de él, así no tendría que deberle el texto que a ella le hará caer en sus manos, La Avispa, se llama, y está ahí donde Mejía, el ecuatoriano, se junta con Lequerica, el español, criollo del yo más liberal en el buen sentido de la palabra, Don José, cortes de Cádiz, el que no quiso estar por demás en el mundo, ojalá todos pensáramos así, ¿conocerán su historia los madrileños?, ¿conocerán su historia los españoles?, ¿conocerán su historia los habitantes de su propia calle?, qué desagradecidos somos, flores fueron a las que ha llegado su invierno, no conozco pueblo más olvidadizo que el español, solo recuerda lo que otros le escriben, godos pelayeros, cides peleones, reyescatólicoambiciosucios y que otro descubra las Américas porque el oro ya lo dilapido yo, viva el borbón (eso no lo escribo yo ni aunque me maten), mientras, en las tabernas, vino duro destilado que llaman sangre de la inquisición, alguna máxima para parecer lo que no son: que no me toquen las vírgenes, los santos ni al clero predicador, luego, ya todo rodado, vendrá el cierre de fiesta: que muera la inteligencia, que inventen ellos y que viva la muerte, pose y frase altisonante es lo de por aquí, asesinatos sin culpables y desaparecidos sin tumba, venga, olvidemos que no vamos a estar hablando siempre de lo mismo, algo nuevo, sí, posmoderno, procesiones, bautismos y santos óleos para llevarse de este mundo un buen sabor. La Avispa se “llamaba”, ya no está, sí, estaba aquí mismo, en este local, ya dentro de la calle del evangélico recaudador de impuestos. Viva la muerte, otra vez, qué importa era una librería, y además de teatro, este país está lleno de energúmenos millanastraynescos.

El futuro siempre se tuerce sobre sí mismo.

Sube por san Mateo, el libreto en la mano y el hambre en el estómago, en la cabeza un revuelto de amor con celos, deseo sin bragas que poder quitar y números bamboleantes que son cuenta corriente sin saldo.

El museo del Romanticismo. Qué me cuentan. Qué me dicen. Qué ven mis ojos. Qué piensan mis neuronas. Imposible, si eso en España no existió. Esto es una quimera, una invención. Valle creó el esperpento y un pariente suyo lo hizo realidad en forma de museo. Esto es la Viena que nunca existió, pero que siempre quisieron tener por aquí para ir dándole a las palmas de radeczky el uno de enero, regusto de esa alta burguesía vaga y fondona que derrochaba y dilapidaba mientras los románticos de verdad estaban exiliados por el déspota Fernando número deseado el 7, inútil, vengativo y vengan adjetivos en tropel que el muy borbón los admite todos, en especial los de la peor especie. Entraré por entrar, porque el tiempo, mi tiempo, se consume en la contemplación, porque estoy condenado al vagabundeo y porque el ascensor que contiene a Almaviva ya está llegando a la puerta de nuestra casa y tú vas a abrir tus extremidades al destino que hoy que no es inmaterial, lleva consigo su pene, su dirección de escena y sus ganas de darte un papel si tu cuerpo se mueve bien en el escenario de nuestra cama y tu boca sabe entretenerle, ¿por qué la vida es así?, mira lo que yo miro ahora, ahí está el único cuadro que me gusta de este jardín-salón de cartón piedra, el condenado de blanco, iluminando un cadalso donde lo van a asesinar, auto de fe, como los de calderón y lope, pero aún con más fe, y eso en este país es intolefanatismo y sangre en comunión, Lucas Velázquez lo pinta blanco sobre negro cuando en realidad es negro sobre negro.

Molly, ¿acaso ese soy yo?, ¡ese!, el que va a ser ejecutado, ¿existe mayor ejecución que el perderte?

Te dejo.

Hoy, el narrador se ha colado en mi historia más que yo, no le voy a dar más opciones, me quedo callado en esta sala, solo, sentado, pensando en Erín, mi verde y repudiado paraíso, en aquel feliz y carnoso vivir que nos reunió. El Romanticismo se fue, adiós, que lo lloren los románticos si es que les apetece, yo no lo he sido nunca, pero tengo que decírtelo, te amo, Molly, te amo.

Cuánto me gustaría parecerme a Don Cándido, el carnicero protector de actriz, el teatrero por vísceras de Antón Martín.

El mundo exige nuestra participación.

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 9 de febrero de 2017.)

 

ANIVERSARIO. ANIPROSARIO / #jamesjoyce #johnberger

 

 

Desayuno, almuerzo, comida, merienda, cena. Poco a poco. Primero es lo primero. Si lees el periódico corres el peligro de saber, sesgado, manipulado, pero saber. Leopold, sentado sobre un taburete de la cocina, bebe el té de las páginas escritas mientras lee las noticias de la taza sorbida, qué le llegará, qué le llegará, intereses, deuda, crisis, peligros etiquetados, trumpasandeces, onomásticas, efémerides, conmemoraciones, muertos que se rebelan a la condena del Addio terra addio cielo. ¡76 años! Pues sí que se ha conservado bien. Cara fina gafitas redondas bigote recortado. Así que hoy, trece de enero, hace 76 años. Aggg, filtros nuevos, por favor, Molly, filtros nuevos, té con posos no es té. Escribiste el día con más horas de la literatura. Me condenaste a la noche eterna. Quién lo iba a decir. Valiente embaucador. Una palabra, una flauta. Una serpiente, un lector. O’Rourke, O’Connors, O’Reilly, cualquiera de los O’, pónganme una pinta más de frases dislocadas, no hay límite, el título de “Doctor en Ebriedad” está al alcance de todos, democracia avanzada del saber. Incauto lector, tú pones ojos yo pongo el delirio, pensó el que hoy cumple 76 años del inicio de su gusaneo vagabundo. Dublín se hizo pequeño, se contrajo y se contrajo como la espalda de un estibador. Irlanda, aún más. ¿Fue una buena idea abrir la academia de inglés en Madrid? Maldito jovenzuelo artista, me has dejado con el culo al aire: Stephen y sus ansias de procrear palabras follando ojos incautos. Qué términos son esos, Leopold, usted es el director, debe cuidar cómo expresarse, los alumnos son los alumnos y de todo se impregnan, arcilla roja que botijo será. Me ha dejado colgado. Al final voy a tener que ir yo con la vara del To: to be, to have; to, tó; tororó, tó. Tranquilo, vigila tu nivel de ansiedad, no vayas tan deprisa, todo se arreglará, otro estudiantillo irlandés, galés o escocés está rellenando en estos momentos los papeles de ingreso en el cielo de lo laboral y se dejará caer desde allí para alumbrarnos de Shakespeare concentrado: «Te vi o no te vi». Llegarán los alumnos como las oscuras golondrinas, niños sin niñas, infantas con infanzones, adultos con adúlteras, five-day: mon, tues, wednes, thurs, fri… Fri-fri-fri cantaba el gri-gri de tus bragas, fri fri fri, repetía bloom-bloom, la cosita de mi pantalón, fri fri fri, un claro día te lo pedí, fri fri fri entre las sábanas lo comí. Me fui de Irlanda por tu culpa, no pienses que voy a festejar tu septuagésimo sexto año, me miraban con odio, me hablaban con desdén, me mortificaban con comentarios velados, qué tal molly, cuántas veces va blazes a su casa, será difícil aprenderse una canción acostados, cantar con la boca llena es complicado, jijijí, jojojó:

Mary, ten cuidado

Cuatro calles son.

Mary, ten cuidado

Cuatro calles y un amor.

Mary,

Mi cerveza,

Mary,

tu flor…

Setenta y seis. Uno tras otro. Todos seguidos, Sin descanso. Día a día. Sin saltarme ninguno, siempre, ese mismo recorrido disparatado. Sísifo, me llamo. Piedra que sube hasta la cima, piedra que rueda y vuelta a empezar. Otros trescientos sesenta y cinco por delante, a la espera de la variación bisiesta y uno más…

─¡Poldy!

La dulce cachonda me llama, eso no es lo peor, tampoco lo mejor, yo iré, me agacharé, me restregaré contra su ropa, a sus pies, a sus deseos, a su capricho. Por qué no.

─Poldy, qué hora es.

─La hora de la confusión, de la pérdida y de la ingestión.

─No entiendo nada de lo que dices. ¿No me habrás hecho té? No, claro que no, tú me conoces, un café, un suizo tierno y dos rebanadas tostadas de pan vienés.

«A la orden de usted, señora esposa, hija de militar, yo le daré lo que su cuerpo pida, usted verbalice y será servida», piensa o cree que piensa su cabeza.

Sin más, se da la vuelta, el pasillo espera su llegada, presto para deglutirlo, sabiduría de intestino, lógica digestiva, al poco, lo cagará por el recibidor, directo hasta la cocina y ya estará en disposición de pensar. Catábasis, pura catábasis. Ahueca el periódico buscando la compensación, lo dobla y lo abandona a su silencio, él, mientras, se escapa entre los platos sucios del fregadero, los trapos secos para secar y el fuego rojo sobre fondo negro de inducción, leche, café, cuchillo, mantequilla, mermelada, plato para taza, plato para manduca. Catábasis.

─Tienes que acercarte hasta la calle Fernando VI, Leopold. Seguro que se te había olvidado.

Voz fina sobre lengua suave, partitura de soprano sobre melodía de tiple, Grases sobre Riera, modernismo Longoria, palacio de autores, allí estará, puntual como un español, doce sin punto, hora de recoger.

─No te preocupes, Molly; cuida tu garganta, esposa; no fuerces la voz, mujer; lo que sea por ser estará en tu poder.

─No des portazo, cierra con cuidado, acércame el móvil antes de irte.

Un momento de retrete para retratar mis miedos y mi obsesión. No voy a dar portazo, yunque, me deslizaré suavemente, martillo, cerraré con cuidado, estribo, el móvil para qué, caracol. Si te llama qué te dirá, qué te susurrará al oído que te hará reír y desear: su voz abrirá tu tímpano y llegará hasta la trompa de tu Falopio escondido, adiós Eustaquio, hoy, no me interesas, y te acariciará hasta estremecerte, bragas de raso que yo te regalé, bragas que llevas puestas hoy, ahí, en el fondo más ajustado de tus piernas, más arriba de tus muslos abiertos, rojas, de encaje, un encaje que me impide encajar, oh, Molly, y luego de que él te abra la bata con su voz de teléfono deseoso,  tú apostarás tu cuerpo sobre el sillón, dulce manzana, interior de horno, auricular que abrasa, mano que acompaña, oh, Molly, me voy Molly, me voy del todo. Recogeré tu partitura.

Ascensores. Ascensor.

Del cielo al sótano, seis pisos y una entreplanta. Parada en el cuarto. Qué mala pata. No se puede tener prisa. Aparece Don Segismundo, español por parte de padre y de madre. Cuatro pisos se convertirán en una eternidad. Cuatro pisos como cuatro actos, maldita condena calderoniana sin sueño al dormir, eso no es vida.

─Buenos días ─ha dicho él.

Viene con ganas de hablar. Carezco de defensas.

─Buenos días ─contesto yo.

─Hacía mucho tiempo que no lo veía, ustedes los ingleses cómo son.

Irlandés, irlandés. La repetición no causa el efecto deseado, tendré que insistir. Más cómo serán los ingleses, eso es algo por ver y entender. Por mí que les den lo que les tengan que dar, únicamente dar gracias por don Guillermo y su teatral palabra, él y unos pocos y pocas más.

─Soy irlandés.

─Ah, bueno, sí, da lo mismo, ya sabe usted, la lengua une lo que las fronteras separan, hamlets hay por todos los lados, por cierto, guárdeme usted un sitio para mi hijo, unas cuantas clases serán suficientes, es muy espabilado, este verano lo enviaremos a Edimburgo y queremos que refuerce algunas cosillas, pocas, más que nada no se nos vaya a perder.

─Cuando quiera. Nivel superior, claro está.

─Sabe y no sabe, él dice que sí, tampoco es cuestión de ponerle en un brete al chaval, usted le moldea para que se pueda desenvolver, que para eso somos vecinos.

Elementary: Yes, name, country, girl, boy, si es que siquiera eso sabe. Que lo mande hasta mis fauces, yo lo cagaré.

─Hace mucho que no se pasa por el Círculo, hoy mismo hay una conferencia muy interesante sobre un compatriota suyo que falleció el día 2.

Catábasis. Nueva catábasis. Vecino, please, vengo del cielo, cállese.

─No tengo mucho tiempo, esa es la verdad, la Academia, los ensayos de mi mujer, si puedo, me pasaré, ¿cómo ha dicho que se llama mi compatriota?

─Creo que John; sí, John Berger.

Otra vez inglés por irlandés. Se trastoca la nacionalidad como se trastoca el piso elegido para vivir. Ya llegamos. La calle, por fin. Descanse de su paz, querido Segismundo, encuentre usted a su Rosaura y a su hipógrifo violento. Yo camino la acera. Tiempo para ti, John. John Berger. Pensaré en ti, aunque, como comprenderás, todo lo que se puede pensar desde el dolor que llega en el espacio de cuatro pisos. Amigo mío. Compañero de letras y escrituras. Lecturas plenas, sentimientos serenos. Europa es un mundo. Qué te ha matado, ¿la edad o el brexit? Hoy te dedico mis pensamientos, pero sabes que te abandonaré pronto porque la vida es olvido. Y qué queda de nosotros. Qué queda. Nada. Camino de la resurrección. Descenso a los infiernos. El metro. Destino Alonso Martínez. Ahí está la boca que huele a todo, ascienden y descienden los olores porque eso somos y eso desprendemos. Fuegos fatuos. Beatriz Galindo, es la propietaria. Cinco estaciones nada más. John, nunca es tiempo para morir. Nunca. Qué pensarías de mí, cornudo y caminando por y a través de la infidelidad. Yo también tuve a mi Martha epistolar. ¿Es eso también infidelidad? Un andén. Cuánta gente cabe en un andén. Cinco de fondo, medio metro, cuarenta metros, cuatrocientas personas, aquí hay más, lo dejo pasar o no lo dejo pasar, si solo bajan setenta, más o menos, y ya viene lleno, dónde caben las otra trescientas treinta. La materia, la masa, el peso específico y su relatividad. El próximo irá peor, no me tenía que haber quedado aquí. Mirar. Puerca tierra. Este de al lado tiene un piercing. Molly, ponte un anillo metálico donde más me gusta, yo me lo pondré donde más te gusta, choquemos los círculos, busquemos el sonido de la fricción, ¿se engancharán? Podría preguntárselo. Molly, lo tenemos que probar. Me mira, se está mosqueando, vamos tan apretados, su aro me hipnotiza como tu pezón, lo que se eriza, lo que se prende, ahí justo, enhiesto, duro, redondo, metálico. Mi estación. Aire que ya no es aire por culpa de los nitrosos. Bárbara de Braganza, madre mía cuántas aes, sonido a bóveda, sotana y consagración.

Longoria. Mi destino. Mi dilema.

Todos hablan por teléfono. ¿Quién lo hará con Molly? ¿Quién estará intentando que su rojo caiga a plomo hasta desaparecer? Si recojo la partitura de las bodas de amor, quién interpretará a ese conde Almaviva que quiere hacerse con mi Susana. Lo mejor sería no entrar, no facilitar el encuentro de ambos, ¿qué Rosina vendrá en mi ayuda?, ninguna, de eso estoy seguro, sería mejor marcharme con una excusa nimia, no estaba, no la han dejado, la han perdido, otro día será.

¿Qué hacer?

¿Qué harías tú, John? Libertad o Fidelidad. Tenerla o perderla. Amarla o ¡amarla!

Catábasis.

Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos

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(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 12 de enero de 2017.)

VIENTO DEL ARENAL

 

Potencias del alma. Memoria. Entendimiento. Voluntad. Si recuerdo lo que sé quiero lo que deseo. Adiós escuela, adiós lenguaje, adiós repetición. Los rostros de los alumnos terminan por deprimirme en la misma medida que los compadezco porque los comprendo. Aristóteles camina por las calles empedradas de Atenas, el Liceo se recorta contra las murallas. Peripatos peripatos peripatos. Teofrasto, Estratón y Licón. El vino de Lesbos es más agradable que el de Rodas. El lavador de paños, ese será el elegido, elocuencia y elegancia en el lenguaje, el tercero de entre ellos acabará con todo, la causa eficiente se perderá. Hay gente por todos los lados, la calle Arenal hormiguea sus adoquines con su presencia continua, dónde estará el hormiguero, ¿línea 1, 2 o 3?, de dónde saldrán. Se han impuesto las comidas fraternales de cordero asado fraternalmente, cebolla acaramelada fraternal y delicias de la tierra aún más fraternales si cabe, rencillas e intrigas, olvidadas para la ocasión, pongamos rumbo hacia la ternura y el cariño gratuito, el año se acaba, otro nuevo y distinto vendrá, muac muac. La mañana del día 24 de diciembre mi madre se levantaba pronto, muy pronto, sobre las 5.30, colocaba el hule de plástico sobre la mesa del comedor e iba poniendo encima bandejas variadas, polvorones, mazapán, turrón del duro, del blando, guirlache, mantecados, alfajores y aquella fruta escarchada que todos los años sobraba pero que todos los años se compraba, dos o tres botellas de anís dulce, vasos como dedales para nosotros y medianos para el resto, café a discreción, y a esperar; a eso de las 6 y cuarto llegaban mis tíos, primas y primos incluidos, caras de sueño y besos repartidos, luego, poco a poco, nuestros vecinos con sus hijos, tirón cariñoso de pelo incluido, y más tarde los empleados de mi padre, colleja con más o menos efusión, y mi padre a mi madre, saca más sillas y más botellas que no hay para todos, a los niños unas palomitas de anís que así aprenden, barullo de pequeños y ruido de mayores, bandejas vacías y voces que van subiendo el tono a medida que los grados de alcohol atizan el alambique del riego sanguíneo, y la lotería que ná, y que seguimos siendo pobres, y este año, ¡cabrito!, la casa por la ventana, y tú ten cuidado con las curdas que los andamios se mueven, y a mí que más me da, total, esto no es vivir, y nuevos besos, y nuevos tirones de pelo y nuevas collejas, estas con más intención, son casi las 9, hay que acabar que llegamos tarde a trabajar o al siguiente bar o a la siguiente casa donde habite Baco y donde los geranios se rieguen con chinchón, del mono, castellana o mariebrizard. Alguien me empuja, un peripatético despistado de belenes y pastores acudiendo hacia el portal de portero automático y vaca con ordeño industrializado, sí, suba, usted, por ahí, Hileras hacia arriba y al poco encontrará la plaza más Mayor, luces y sonrisas a punto de una depresión cíclica y repetida. Madrid es un pueblo irlandés grande donde se guarda una proporción exacta entre iglesias y bares, curas y borrachos, homilías y aceitunas de aperitivo, una ciudad de ira contenida y apariencia formal, lo que no eres eso es lo que tiene que parecer, un poco de museo y colas serpentinas de visitas instructivas, desaparecieron los cafés con suizos y las tabernas de chatos, llegaron los bancos automáticos, el vermut en franquicia y las tiendas de moda de usar y tirar, en algunos callejones el éxtasis y el diseño te actualizan lo posible sin que te muevas del sitio, porteros ineluctables bajo pórticos sin liceo dispensan el derecho de admisión como si sus puertas dieran acceso directo al cielo, al infierno o juntos a los dos. Un extranjero en tu propia ciudad, un extranjero en el mundo. Sin murallas, sin fosos, sin pontones, ¡sin salida! La realidad convertida en una manzana mordida, la carne de ternera avileña saboreada en una app aplicación aplicativa aplicada y la soledad de un irlandés animista que entabla conversación con los objetos, los animales y los árboles. Tasa de alcohol en sangre por debajo de 0.3 gramos por litro en sangre y 0.15 miligramos por litro en aire expirado, usted no puede caminar por la calle, está lúcido, racionalmente es un peligro para la población, no le ponemos multa, pero métase en el primer bar que encuentre y hágase el favor de aumentar la tasa que si no terminará por pensar. Mi madre recogía todo como si el destino la hubiera colocado allí solo para eso, y contra el destino no era posible comentario alguno que hacer, solo una queja, la ensalada con escarola, en esta época no hay lechuga y, anda, cállate ya. El destino no lleva una bata de cola, tampoco sotana, guerrera militar o traje gris de pelo cortado al uno y acciones de gomina capilar, no, el destino está apostado en las esquinas, tendido en las aceras y respirando el vaho que sale de las alcantarillas porque el aire cuanto más enrarecido, mejor. Tengo que hablar con Bloom, me acercaré hasta su casa. Sé lo que sé, lo que he aprendido y se me ha olvidado, lo que aprendo y no entiendo y lo que no quiero aprender porque no merece la pena aprender. Cuánto tiempo llevo aquí, cuánto tiempo se puede aguantar en el mismo sitio sin cambiar. El saber no te garantiza una buena decisión, ni siquiera te facilita que la tomes. Cantaban todos. A la mesa, unas treinta personas, la cena de la noche buena estaba abierta a todo el que nos conociera, en realidad, que conociera a mi padre, los gremios, todos, representados a su alrededor, albañiles, escayolistas, soladores, carpinteros, ferrallistas, fontaneros, electricistas, cada silla era un oficio y cada vaso un trago distinto, las cajas de sidra las subían los aprendices y el vino los oficiales, el maestro, mi padre, ceremoniaba el reparto de alcoholes con justicia y, sotto voce, entre todos jugaban a recordar la última bandera, aquella en la que alguno perdió la vergüenza y terminó desnudo en Guadalajara sin que se sepa todavía cómo ocurrió. Tendría que ir por las cavas, de san miguel a la baja y de allí hasta la alta, Leopold y Molly abrazados en su sillón, abrazados al abrazo de un no te quiero pero no quiero quedarme solo-sola, porque entonces qué haría yo. Un abrazo recurrente, pero acaso no es eso la vida, algo recurrente. No lo sabe, como tampoco sabe qué hacer, porque es más lo que desconocemos, mucho más. Era un fontanero, un buen fontanero, de los de caja de cuero a la espalda y soldador de gasolina en la mano derecha, llevaba la tristeza guardada entre el plomo y el estaño, por eso soldaba tan bien, un atranco continuo de bajadas obturadas por un desengaño de amores muy antiguo y una terraja de media pulgada enroscada en los finales de los nervios templando su lengua para que no dijera nada, pero aquel día tomó una decisión que se demostró errónea, cambió de destino, dejó valdepeñas que siempre había sido el suyo y se fue hasta la rioja por descubrir la vida en el sabor, se levantó tieso y mudo como una botella vacía y se fue hasta el váter, se encerró, nadie se hubiera dado cuenta pero en una noche de fiesta si hay un sitio necesario ese es el váter, tardaba, alguien dijo, se ha subido a la ventana, se quiere tirar, los niños a la terraza, las mujeres que hablen con él y los hombres a beber, mi padre, sabiduría en mano dijo, ¡dadle una copa de coñac!, y ahí acabó todo porque si alguien tarda en conocer de cerca el paraíso ya no lo conocerá hasta que el paraíso llegue hasta él, cuando salió solo dijo que saber para no comprender era una inutilidad, cállate y no digas gilipolleces, vente para acá, todos los fontaneros acabáis igual, vomitar la vida suele ayudar a vivirla, el suelo era una piscina agria. Se ha levantado viento, la lluvia es tan sesgada como sus pensamientos, viento del arenal, no voy a tu casa Leopold, lo he decidido, no sirvo para enseñar inglés a quien no sabe hablar castellano, no sirvo para enseñar inglés porque ni siquiera sé pensarlo, y se emboza en la capucha de su chaqueta polar impermeable porque ha tomado una decisión definitiva, ha desplegado su voluntad en busca de un deseo, voy a escribir, Leopold, voy a escribir todo lo que ocurre en dieciocho horas de la vida de un ser anodino en una ciudad anodina y esa será mi anodina tarea durante los próximos años, es mi voluntad entregada a la representación de mi mundo, eso sí, mándame la liquidación a mi dirección de París, sabes cuál es, nos veremos, estoy seguro, un beso para los dos.

El viento arrecia y una bolsa de plástico carente de voluntad viene a chocar contra él, se le pega por completo, le tapa la cara y le hace trastabillar, la gente se ríe y se ríe, y él los oye reírse de él, los oye, los oye…

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 15 de diciembre de 2016)