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SÉPTIMA VOZ

(Fecha indefinida: ¿finales de febrero? Voz que fluctúa, va y viene, quiere convertirse en ficción, que la fijen en un papel. El no-lugar.)

 

… yo le dije que quería escribir… escribir en serio… que quería dedicarme por entero a ello… que necesitaba su ayuda…

… ella me miró fijamente durante un buen rato… ¿qué quería ver?… se me escapaba… daba la impresión de que con esa mirada quería radiografiar mi interior, ver si había algún doblez inapreciable a simple vista, o quizás algo roto, o quizás algo en mal estado… no lo sé…

… conocí a Mireia en unas jornadas que, hace ya tiempo, organizó mi antigua empresa… quizá seis o siete años… ¡una lata!… se trataba de esos encuentros que algunas empresas, de forma periódica y con carácter obligatorio, se plantean realizar para impartir/compartir conocimientos y, a la vez, fomentar supuestas amistades y fraternales camaraderías, vaya usted a saber… algunos exquisitos no se cortan y hasta las llaman convivencias… estaban destinadas a todo el personal que manejara y/o fuera responsable de cuentas consideradas importantes, bien por la cuantía o por el tipo de clientes… el contenido versaba sobre temas técnicos y legales, la nueva legislación sobre capitales de procedencia dudosa y no contrastada nos estaba creando problemas, había que dar respuestas satisfactorias a los clientes y, más que nada, unificar criterios… nos reunieron en un hotel de la sierra de Madrid, estuvimos encerrados allí durante tres días, no había posibilidad alguna de salir, pasábamos de sala en sala, de charla a coloquio, de coloquio a charla… nos veíamos a cualquier hora, coincidíamos en los mismos sitios, nos cruzábamos en los mismos pasillos… vistas con la lejanía del tiempo, solo cabe decir que fueron reuniones molestas y agotadoras… desde el inicio supimos que caminábamos de forma irremediable hacia el aburrimiento… Mireia apareció el primer día, estaba programada a última hora, cuando más cansados estábamos, cuando nuestras cabezas ya no admitían mucho más… escasas expectativas y, en la mente de todos, un deseo, acabar y descansar… pero, de pronto… cómo decirlo… algo distinto…  como si la noche se hubiera iluminado bruscamente de soles inesperados y un torrente de luz se colara a raudales entre tanto tecnicismo muerto… según el programa, iba a impartir un cursillo intensivo de tres sesiones, de una hora y media cada una, sobre CREATIVIDAD Y LENGUAJE CONTABLE… sí, así, todo con mayúsculas… cuando lo leí pensé que se trataba de una errata o algo parecido, desde mi punto de vista, esto era tan imposible como encontrar las afinidades entre una escoba y un portátil de última generación…

… después de aquella mirada escrutadora con la que me obsequió nos quedamos en silencio alrededor de un café que se enfriaba lentamente… me dijo que aceptaba, que me ayudaría, pero que no tenía ganas de darme una clase al uso, que estaba pensando en algo diferente… quedaríamos cada quince días a tomarnos un café y durante las dos horas que estuviéramos juntos solo hablaríamos de literatura, única y exclusivamente de literatura… y enfatizó tanto la palabra que, por un momento, me dio reparo… ella elegiría el tema de cada cita y yo investigaría, escribiría o haría lo que considerara oportuno al respecto… que, por supuesto, tendría que abonarle la cantidad normal que ella cobraba por hora de clase y que le dedicaríamos las sesiones que ella, siempre ella, creyera oportunas… «si te parece bien, mándame un correo, si, por el contrario, piensas que no es esto lo que tú quieres, sin problema, encantada de haber tomado un café contigo, disfruto con tu compañía… estás guapo, muy guapo»…

… y se levantó…

… y desde su altura de diosa y poeta fue recogiendo lo poco que había sacado del bolso, el móvil, la agenda, el bolígrafo…

… y se dio la vuelta…

… y dejó su espalda llenando mis ojos…

… y se alejó tal y como se alejan los sueños, sin la certeza de haberlos tenido…

… la primera sesión que impartió durante aquella reclusión obligada en el hotel de la sierra tuvo la firma de lo extraño que golpea sin preaviso… apareció puntualmente, llegó hasta la mesa de conferencias, se sentó en la silla, abrió su maletín, sacó unos cuantos folios, los dejó en un lateral, a su izquierda, y se presentó… «me llamo Mireia Barral y durante la próxima hora y media estoy obligada a mostrarles las diferencias entre un lenguaje para hablar y otro para escribir, entre lo que es hablar sin saber lo que se dice y hablar para convencer, entre lenguaje que distancia y lenguaje que facilita la aproximación… no me interrumpan, las preguntas para el final… si quieren, apúntenlas en su libreta y cuando acabe la clase las dejan encima de mi mesa, en la próxima sesión, las contestaré con gusto… ¿ustedes saben qué es el “activo circulante”?… sí, claro que lo saben… pero si yo les dijera que además de eso que ustedes saben, en realidad, es un sentimiento diferido, una emoción aplazada que podríamos definir como la capacidad que posee un sentimiento para hacerse presente en un momento determinado…»… ese fue su inicio, y ya no paró de hablar… no puedo dejar de recordar cómo, en este punto, el relativo al “activo circulante”, empezamos a mirarnos entre nosotros como si, de repente, no supiéramos qué pasaba o qué ocurría… ella, mientras tanto, sin inmutarse, seguía hablando, exponiendo razones y argumentos sobre ese lenguaje que expresa contenidos y busca persuadir… una parte de los asistentes, pocos, muy pocos, nos preguntábamos si esto estaba sucediendo o, por el contrario, estábamos imaginando que sucedía… su objetivo prioritario era que nos replanteáramos lo que ella llamaba el deficiente uso de los conocimientos adquiridos… que redujéramos a cenizas nuestros afianzados esquemas de pensamiento profesional para abordar un nuevo enfoque que tenía como vehículo un nuevo lenguaje… y creo que lo hacía sin que le importara nada cómo nos afectaría en un futuro o sus posibles consecuencias a corto plazo, pero sabiendo perfectamente la carga de profundidad que nos estaba trasladando y a lo que nos estaba enfrentando…

… la escribí, claro que la escribí… sin pensarlo… le dije que sin problema… que como ella quisiera, que, por mí, no había inconveniente… y, sobre la marcha, recibí su contestación: “Amanecer”…

… y, poco a poco, sin dejar de hablar, fue proyectando sobre la pantalla imágenes donde veíamos reflejado el mapa de las voces contables y económicas más usuales emparentado mediante una columna paralela con el de los sentimientos… y los fue emparejando, y los fue relacionando como si llevaran ligados desde siempre y nosotros hubiéramos vivido de espaldas a algo tan elemental como eso durante toda nuestra vida laboral… de vez en cuando, miraba a mi alrededor, observaba la cara de estupor de muchos de mis compañeros, no sabían qué hacer, dudaban si levantarse a toda prisa y de forma desconsiderada o seguir de manera educada el tiempo que fuera necesario… a medida que avanzaba la clase, lógicamente, nos dividimos en dos bandos, aquellos que deseaban que acabara el suplicio cuanto antes, los más, y aquellos, los menos, que pedíamos que el tiempo prolongara esta sensación de epifanía liberadora… que se detuviera el reloj, que no finalizara nunca en su lento e inacabable pasar… por lo demás, no pude detectar ningún rostro indiferente… el Plan General Contable se desvanecía ante nosotros, perdía su apariencia hermética de libro inmutable para convertirse en un prontuario de sentimientos a flor de piel y emociones latentes…

… «Cuando quieras, ¡te escucho!»… dijo, nada más sentarse… y yo le hablé de un amanecer llamado Bolaño, de mis búsquedas salvajes y de mis 2666 desvelos matutinos, también, de los cientos de tumbas de mujeres asesinadas que pueblan la tierra salpicando su rostro antiguo y planetario como si se viera afectado por un brote de nichos y de viruela, y de cómo esas tumbas amanecen sin rayos porque brillan de por sí con la luz de los fuegos fatuos que emanan de los cuerpos que encierran en su interior… y de lo que no es amanecer porque el amanecer es algo imposible en un lugar tan trágico… y de cómo ese mismo amanecer se niega a ser nada más que presencia porque no quiere convertirse en un simple y repetitivo acontecer que diferencie el día de la noche… también… de cómo las sombras construyen desiertos en torno a Sonora a medida que las montañas las desparraman sobre sus laderas… y del cansancio que produce la búsqueda de una poeta que no existió más que en el deseo de unos jóvenes poetas que necesitaban perentoriamente que la luz les llegara como fuera para ahuyentar la oscuridad… y de cómo cualquier amanecer es trasunto de un anochecer violento…

… Mireia acabó aquella primera clase de aquel cursillo de locos proyectando sobre la pantalla una fórmula conocida por todos:

Utilidad bruta – Gastos de operación = Utilidad de operación

… «reconocen la fórmula, ¿verdad?, bueno, pues ahí late una historia… encuéntrenla… el próximo día me la cuentan, si quieren escribirla, háganlo, si no lo hacen, no pasa nada, pero han de ser convincentes… no olviden que detrás de esa fría fórmula existirá un cliente-protagonista atribulado, o avaricioso, o contumaz, o inocente, o… ustedes deciden… mañana, será su turno»… pero ya no hubo más clases… esa parte mayoritaria del curso que miraba hacia el techo durante el discurso de Mireia o hacía gestos que ponían en duda su lucidez o su buen juicio se quejó… con vehemencia, con acritud… como si les hubieran ofendido gravemente, como si no hubiera derecho a ser tratados de esa forma… y ahí se acabaron nuestras sesiones con Mireia… seguramente, los Gastos de la operación que nos planteó como ejercicio creativo habían acabado con cualquiera de las Utilidades posibles que vinieran de ella… me faltó tiempo para mirar en internet, para buscarla, para saber cómo encontrarla… y lo hice… y me apunté a sus cursos… y le hablé de escribir y escribir… y, al final, nos conocimos tanto que un día, al amparo de una cama compartida, mientras desenvolvíamos nuestros cuerpos de sus rigideces diarias, ella sus clases y yo mis operaciones contables, me dijo de forma brusca que si sabía a qué estaba jugando… que la escritura no es novia ocasional para tiempos perdidos o algo por el estilo… que jugar es un verbo útil para negar sentimientos… y no sé cuántas cosas más que me parecieron inapropiadas y fuera de lugar… y ya se sabe qué pasa con las palabras que se dicen a modo de parapeto agresivo… separan… me fui, no nos volvimos a ver, no volvimos a decirnos nada… pero lo cierto es que, desde aquel día, no he podido dejar de oír su voz dejando caer aquella última frase con la que nos despedimos: «la decisión está en tu tejado, avísame cuando la tomes»…

… fue justo al terminar de hablarle de desiertos, del hipo de César Vallejo en París, de Pedrito Garfias en México y, cómo no, de poetas olvidadas, poetas eternas, como Auxilio o Cesárea, cuando le entregué un folio con algo escrito por mí en este nuevo tiempo de voces y fábulas:

En aquel pueblo los hombres y las mujeres desaparecían poco a poco, nadie decía nada, algunos echaban la culpa a las carroñeras, otros, a los depredadores, y los menos, hablaban de venganza y de justicia divina.

La noche los absorbía sin dejar huella, nos dábamos cuenta al amanecer.

Solo hoy, justo en este instante en el que los rayos del sol han disuelto la oscuridad de una nueva noche de desapariciones y los cuatro sonidos sueltos del día se han hecho con la mañana, ha sido cuando hemos podido desvelar el misterio que envuelve nuestro pueblo:

Son los silencios, los silencios nos están devorando…

… lo leyó y me lo devolvió… me hubiera gustado oír su opinión, pero no, me reclamó el importe de la inusual clase… se lo entregué en un sobre y me dijo… “Olvido”… luego, dio la vuelta y se marchó sin más…

… así era Mireia…

Manuel Cardeñas Aguirre

 

 

 

 

 

 

OCTAVA VOZ, 28 de marzo de 2019

 

 

… Me gustan los pantalones vaqueros rotos, sí, claro que me gustan, me los pongo prácticamente todos los días, voy cómoda, me sientan bien, respira mi piel, respiro yo, y, además, me importa una mierda si por esos huecos se ve parte de mis piernas, si son las rodillas, los muslos o las corvas; al revés, me parece inquietante, no para mí, sino para quien mira, y me miran, ¡claro que me miran!…

… Y cantar a voz en grito, sí, en casa o por la calle, algo así como si el mundo hubiera sido creado para oírme y no hiciera otra cosa que esperar mi voz, me parto de risa…

… Otra cosa que me parece genial es sentarme en los bancos de los parques, sí, lo hago con bastante frecuencia, en cuanto puedo y tengo un rato perdido allá que me voy, así es como he podido conocer todos los parques de Madrid; es un hobby…, no, esa no es la palabra, es más como un descanso, un intermedio placentero que me concedo a mí misma, una distracción tonta que me permito de vez en cuando para crear paréntesis en el día —qué bonito me ha quedado eso de los paréntesis, ¿a que sí?—…, no quiero dispersarme, me ocurre con frecuencia…, vuelvo a lo de los bancos y los parques, que sepa que si lo hago no es por encontrar tranquilidad o por la cursilería esa de recuperar la infancia viendo a los niños y a las niñas jugando, que va, es por los pájaros, sí, es así, ¿no me cree?, la gente me importa poco, por no decir, nada, pero los cantos de los pájaros me ganan, me elevan, me transportan…

… En otro tiempo bebí bastante, sobre todo cerveza y ginebra, pero era algo lógico, ¿no?…, salíamos mucho, hablábamos más, se nos secaba el paladar continuamente, aunque luego ya no recordara de qué habíamos conversado, y eso que en el momento de hablar todo era importante, importantísimo, lo suficiente como para discutir acaloradamente hora tras hora…, bueno, eso, que se me secaba mucho la boca y la garganta, y entonces había que tragar y tragar; fumar, no fumé, no llevaba bien lo del humo en los pulmones, además, no encontraba atractivo ese chupar un cigarrillo cada poco de forma maquinal y sin venir a cuento, y luego, eso tan ridículo de expulsar humo, me imaginaba a mí misma como si fuera una chimenea fabril y…, ¿a que es bonita esa palabra?: ¡fabril!, claro, cuál va a ser si no, ¿chimenea?: ¡horrible!…

… Hubo un tiempo en el que trabajé en un gimnasio, un año o un año y medio, ya no me acuerdo, sí, se llamaba Body Center, qué nombre tan horrible, me encargaron atender a los clientes, comprobar asistencias y controlar abonos, ya sabe, el rollo ese de las finalizaciones; también llevaba las renovaciones, más que nada se trataba de mandar correos avisando del término del contrato e informar de las últimas ofertas…, sí, me daban comisiones por cada cliente nuevo que conseguía y un tanto por cada abono mensual que lograba endilgar; era gracioso, yo no tenía ni idea de mancuernas, cintas o bicicletas estáticas, eso les importaba un huevo, me pusieron un uniforme ajustado —dos tallas menos, seguro—, me escotaron el pecho y dejaron mis piernas minifaldeándose a la vista de los clientes… ¿Sabe lo curioso del caso?, pues que eso bastaba y era suficiente para que el cerebro de mosquito de la clientela se cegara por completo; las pastillas las llevaban los monitores, esos cobraban por los planes personales y por la venta directa, a mí no me permitían ni acercarme, además me miraban por encima de los hombros, sus músculos no les daban para más, estaba rodeada de atrofiados mentales con músculos hiperdesarrollados, el cuerpo termina por compensar, digo yo…

… La familia, vaya asunto, la verdad es que sí…, la mía, como a todos, me había llegado como el apellido: ¡obligada!…, primero, te colocan el nombre para toda la vida y luego, uno tras otro, sus miedos y sus frustraciones como marca identificativa…, pero, tranquilo, no voy a soltar ahora ese discurso fácil acerca de que me trataron mal, de que me marginaron y otras tonterías por el estilo, no sintonizábamos y ya está… Sí, era eso, nos caíamos como el culo; a mí, lo que ellos hacían o decían, me parecía un disparate total y seguro que ellos me veían como un puro grano en el culo que les había llegado tal y como caen los castigos injustos…, vamos, que ellos me jodían a mí y yo les jodía a ellos, aunque solo fuera por el mero hecho de vernos a diario en el comedor y en el salón o cruzarnos en el pasillo… Qué curiosa es la vida, ahora que ya no estoy en casa hablamos más…, en realidad, no crea que mucho más…, mejor dicho, casi nada…, son cosas que se dicen porque parece que es lo que todo el mundo piensa y desea…, la culpa es de los móviles, como ya no nos veíamos, pues casi que te da por hablar más a menudo, es lo que tiene esto de la telefonía…, ¿ese gesto?: ¿le ha gustado la palabra o es que pensaba que yo no podría utilizarla?… No me voy a enrollar mucho más, creo que he dicho lo suficiente, este es un tema que no quiero compartir, basta con saber que me fui lo antes que pude, ellos descansaron y yo mucho más…

… A él le gustaba, a mí, también. Sí, nos besábamos en todos los lados, a la gente le molesta que una pareja se bese, pero a nosotros nos ocurría al revés, como si tuviéramos que mostrarlo más cuanto más rechazo percibíamos a nuestro alrededor; es difícil encontrar un tío que le guste besar, lo normal, es que te soben rápidamente, que te busquen las tetas a las primeras de cambio o que se pongan a viajar muslos arriba como si no hubiera otro camino que recorrer, por lo menos eso era lo que me había pasado antes, sí…, pero este era distinto, un tipo raro, estuvimos saliendo poco tiempo, se fue, debe andar por algún lugar de Centroamérica que es adonde me dijo que se iba a marchar, estuve a punto de seguirlo, pero tengo problemas con los mosquitos y los bichos de pequeño tamaño, además, eso de las selvas y los climas tropicales no me llama mucho la atención…, y el caso es que me cayó bien desde el principio, fue él quien me buscó el curro con aquel traumatólogo rijoso, entré de recepcionista y me fui a los pocos días tirándole la taladradora a la cabeza, total como era traumatólogo no creo que le importaran los posibles desperfectos…, no sé si se trataba de un simple conocido, un amigo o algún  familiar lejano, tampoco llegué a preguntarle, bastante teníamos con besarnos: el beso aquel que quiso cavar los muertos y sembrar los vivos

… Quien piense que no me he preocupado de cultivar mi mente —qué bien suena eso de “cultivar”— está equivocado, no he parado de leer; estudios, los normales, pero devorar libros, ya digo, sin parar; quizá tendría que haber estudiado más, pero no llevaba bien lo de las clases, eso de que un profesor o una profesora te soltara un día sí y al otro también un rollo tras otro no iba conmigo…, porque para dos o tres clases que me llamaron la atención, el resto se las podían haber dado a los gatos, sí, a ellos, que me han dicho que son muy atentos y te escuchan con la precaución propia de la felina condición… Lo que sí es cierto es que me gusta leer, pero no todo…, tengo un método infalible, si empiezo el libro y al poco rato empiezo a mirar de un lado para otro, lo dejo, ahí se queda, ni puto caso, un libro debe atraparme y si se produce lo contrario es que no merece mi atención, tendría que estar contraindicado, ah, y lo deberían indicar en la portada o en un prospecto aparte como se hace con los medicamentos…, me desvío…, más que nada, novelas, de toda época, eso de vivir otros mundos y otros personajes me gana fácilmente, y poesía, mucha poesía, si el poema me golpea, me emociona, es así, aunque mira que es difícil entrar en ella…, me paso las horas tontas en la biblio, comprar no puedo…, es fácil de suponer, muchos gastos, entre el alquiler, la ropa, la comida, el móvil y las copas, no me queda ni para pipas…

… Siempre he estado a la cuarta pregunta, lampando, la verdad es que no me ha preocupado mucho todo lo relacionado con el dinero, siempre se vive de algo, si no tienes muchas pretensiones, puedes sobrevivir con lo mínimo, pero lo que no soporto es que me falten al respeto, o como se diga…, que me traten como un despojo, que pasen de mí, que me usen como si fuera un trapo sucio, eso sí que me jode, ahí sí que no respondo, me da lo mismo que sea hombre o mujer, joven o anciano, me cortocircuito y ya no veo, me salen las palabras a borbotones, es superior a mí, no puedo, me repatea la facilidad con la que mucha gente las usa para hacer daño a propósito…  Hablar es otra cosa distinta, ¿no cree?… Mejor, no conteste, déjelo, veo en su cara que está a punto de estallar…, es lo que tienen los trabajos —todos, no vaya a pensar que es solo el suyo—, esa parte insoportable que aparece cada poco y nos repatea porque sabemos que está ahí, pero no queremos verla…, y encima, yo, aquí, hablando y hablando y usted, ahí, sin otra posibilidad que oírme decir…, seguro que ahora añadiría “gilipolleces”, no lo haga, le recomiendo “sandeces”, es un vocablo más culto, pruebe…

… Bueno, basta, ya he dicho bastante, esto es todo… ¿Puede llamar para que me traigan otra ropa?, la que llevo está completamente manchada de sangre… ¡Ya!… Pues eso va a tener que esperar un tiempo… No voy a decir nada más… Sí, claro que sí… A ver si encuentro la palabra, sí: “mutismo”…, pues eso, mutismo absoluto, es lo que haré…, por lo menos hasta que se aclare un poco mi cabeza, hasta que me salga de ahí mismo o hasta que llegue mi abogada…

 

PRIMERA VOZ, 1 de enero de 2019

 

… Pensé que el origen de todo era la oscuridad. Yo. Siempre. Que el estado inicial de los tiempos y de la vida era la completa y total oscuridad. Con olor a metáfora y algo de moho suspendido, claro está. Cuando recuerdo, cuando puedo acceder a todos esos momentos ya apenas entrevistos, ya casi desaparecidos que cada día que pasa me cuesta mucho más rescatar, la primera imagen que visualizo surge desde el interior de una densidad de bruma negra. Y esa misma imagen llama mi atención para abrirse paso dejando pequeños destellos de luz que sirven para iluminar objetos que no logro saber a qué tiempo concreto corresponden ni en qué lugar se encuentran ubicados: un mueble de madera —posiblemente un chifonier que habitó el piso de algún familiar, sí, eso es, porque en casa nunca tuvimos un mueble de esas características— oscurecido con nogalina y capas de polvo sucesivas, un montón de revistas tiradas sobre un sillón raído, un perchero de madera con uno de los brazos rotos, una chaqueta de paño gris y coderas gastadas que está esperando cuerpos donde alojarse, un espejo vuelto del revés porque el azogue se ha desprendido en la sucesión de miradas repetidas, un sombrero de fieltro marrón con una cinta negra ajada por el sudor, una pila de libros de texto a punto de derrumbarse sobre las baldosas del suelo y un baúl vacío desde el cual estoy seguro que emana toda esa oscuridad que me envuelve. Hasta ahogarme.

… Necesito un calendario. Enfrentar Tiempo y Tinieblas. Yo. Siempre. Porque todo lo anterior no explica en absoluto el porqué me he desorientado por completo. Es una referencia, pero no una explicación. Necesito algo que me relacione con el Tiempo, necesito verme inmerso en los días que transcurren a mi alrededor, aunque yo no quiera, porque el Tiempo trabaja de esa manera, contra ti, contra todo. No lo encuentro. Solo atisbo a ver, por entre esa oscuridad de la que antes he hablado, un dato poco fiable: 3 de julio de 1883, sinceramente, parece anecdótico. No vale para caminar, no sirve más que para detenerme y quedarme parado, seguro. Es lo que tienen las fechas cuando sabes qué es lo que ocurrió en su interior, terminan por adherirse a ti de tal forma que se muestran incapaces para habitar su propio olvido. Un olvido que no añade nada nuevo a nuestras vidas, al revés, las devora. Lenta y sistemáticamente. Deleitándose en el hecho de ir masticando aquellos segundos, minutos y horas que contuvieron hechos, instantes, momentos y un sinfín más de situaciones reales. Eso que llamamos existencia.

… Me tendí al sol. Yo. Siempre. Y recordé a Nagg y Nell. Madre mía, cómo funciona esto de la memoria, ni remota idea de que ambos pudieran venir a mi encuentro con esa facilidad, semejantes mamelucos, no me importaría que hubiera sido Hamm —Clov, el tramposo de Clov, no, aunque tampoco hubiera pasado nada si así hubiera sido, soy egoísta, pienso en mí, y quién me podría ayudar mejor: ¿el ciego o el criado?, joder con la dialéctica—. Y ahí están, gracias a la memoria, en vez de dos, cuatro. Me cago en su p. madre. Sin moverse, acechantes, como pidiéndome cuentas de algo que yo hubiera hecho o cometido, a ver si os enteráis, en la p. vida he hecho nada que me podáis echar en cara salvo perder el tiempo y eso es cosa mía, ¡lo entendéis! Ya me valiera. Si tuviera un ladrillo se lo tiraba a la cabeza, pero qué digo, pero qué tonterías digo, ¡ellos son cuatro y yo solo tengo un ladrillo! Estás pagando tu más que demostrada inutilidad para las matemáticas, a ver si te das cuenta de una p. vez, tienes contigo, rodeándote de forma amenazadora, cuatro cabezas y ¡un solo ladrillo! Qué vas a hacer. ¿Padre, por qué me castigas? Ni me molesto. Me quedo con otra fecha: 3 de julio de 1924, la que no cumplí, la que me comí con patatas, la que se perdió un mes después de que aconteciera lo que aconteció porque todo termina por acontecer. ¡Un momento!, ya se han ido, menos mal. Fin de partida. Se habrán escondido: Nagg en su cubo, Nell en el suyo, y los otros dos, ¿dónde?: ¡Y luego dicen que por qué lloramos!

…  Oigo el mar de forma tan clara que dudo de su existencia. Es algo parecido a lo que me ocurre con la infancia, cuando la oigo sé que ya no está. Trampas de los sentidos. Yo. Siempre. Debo repetírmelo hasta aprenderlo, las veces que sean necesarias, al modo antiguo, de forma continua y exhaustiva: silabeando, vocalizando, consonanteando si es preciso: Trammmpassssssssss de los sentidos. Mejor. A ver, repito otra vez: Trammmpassssssssss de… ¿de qué?, ¡ya no me acuerdo! ¡Maldita sea! Otra vez he de volver a la casilla de inicio. La indecisión perece en su lucha contra la ambición. Hamlet mató a Polonio por un asunto de faldas con cortinas de por medio. Rosencrantz y Guildenstern fueron unos leales cabrones de nombres impronunciables. De por medio, intervención de la policía de Elsinor y expediente en el correspondiente juzgado de instrucción, el dirigido por el honorable Yorick, cráneo privilegiado donde los hubiere. Asunto: fantasmas, compañía de teatro que se empeña en la verdad y luchas por el poder. Lo de siempre. Aunque luego está el asunto Fortimbrás que no sé cómo encajarlo. Voy de mal en peor. ¡Perdóname, Ofelia, porque no sé lo que hago! Lo mejor será no utilizar referencias literarias, son las que deterioran la mente. Lo sé. Lo sé con certeza. No suelo hacerlo. Lo prometo. Pero caigo una y otra vez. ¡Y de ahí el deterioro! ¿Entiendes por qué no te puedes quejar? Tantos años conviviendo con un imbécil como este. Cómo salir. ¡Estamos atrapados!

… Decía. Dije. Digo. Yo. Siempre. ¡Algo sobre la oscuridad! Algo tajante y con apariencia de supuesta y profunda verdad. Algo que ha sido terminar de escribirlo y, sobre la marcha, darme cuenta de que no viene a cuento porque ese es el clásico tema —el de la oscuridad— que solo me sirve para rascar y rascar mis heridas hasta que brota la sangre y siento el placer de la pérdida. Además, si he de ser sincero, cosa que me cuesta mucho, creo que mis ojos se están acostumbrando a la oscuridad y empiezan a disfrutar dibujando siluetas borrosas e intuidas: adivino un faro —igualito, igualito que los de Hopper— y, saliendo por su ojo de cristal pulido, un haz de luz que vuela y vuela dando giros continuos sobre su eje al tiempo que va buscando el horizonte para incrustarse en su interior, y también veleros que huyen de él porque tienen miedo a ser descubiertos por las mareas y por las rocas, y también un temporal de nubes negras que van directas contra el faro porque ambos llevan años buscándose para decidir quién acabará antes con quién, y también los espectros de todos los fareros que lo han habitado in saecula saeculorum, y también una panda de niños preadolescentes que se dedican a tirar piedras contra el cristal como si estuvieran preludiando que la adolescencia será un puro y mantenido conflicto, y también remolinos de espuma que se quedan al borde mismo de la playa dibujando formas evanescentes que terminarán por filtrarse a través de la arena antes de que tus ojos las fijen en sus retinas, y también un olor a yodo mezclado con algas muertas, y también parejas en la playa que se besan y acarician provistas de ansiosas manos y ávidos labios, entre susurros y oscuridad.

… Yo. Siempre.