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SENTENCIA

 

El Gran Arquitecto se siente cansado de tanta indiferencia. ¿Por qué nadie es capaz de ensalzar sus grandes logros?, ¿por qué esa displicencia para con su obra?

La mesa llena de planos. Multitud de líneas creando espacios concretos dentro de espacios abstractos. Proyecciones todas de su mente al papel. Lo que no existía previamente y que solo él ha sido capaz de diseñar.

¿Es que acaso ya nadie recuerda cómo es el vacío?

Desde su despacho su mirada traspasa la cristalera azul. Aquel vacío que nos dominaba por completo y sobre el que no quiere volver.

¿Se han preguntado por qué en mis construcciones siempre hay miradas posibles?

Una mirada es imposible de definir. Hay que facilitar su aparición y su destino, solo eso. Y la gente pensará que una mirada tiene conclusión, poso y entidad. Pero todo el mundo sabe que una mirada no es más que la respuesta instintiva a nuestro ancestral miedo al vacío.

Lo ha intentado con perseverancia. Aprendió bien de su maestro. Dotar de fisicidad la abstracción: formas de la ausencia, de la melancolía, del delirio. Y lo ha hecho como remedio, incluso como revulsivo, frente a la pérdida. Una vida no tiene sentido si no somos capaces de enfrentarnos a nuestro vacío, piensa él, mientras juguetea con su lápiz de grafito #2 HB entre los dedos.

Ha rellenado la vida con la densidad de los materiales: adobe, ladrillo, cristal y acero. Ha unido orillas distantes doblegando lo aéreo entre tirantes de hierro y pilares de hormigón. Ha encerrado mundos que se creen únicos y especiales con paredes enlucidas que se levantan para detener la intemperie, el desierto y los páramos.

Ahora, viejo, se enfrenta a otro reto.

El lápiz cae al suelo trazando una línea perpendicular de ahogo y angustia. Eje de ordenada sobre un suelo de abscisa. Choca, se despunta, rebota unas cuantas veces, rueda por el suelo y, al final, entre las patas retorcidas de su silla, se detiene, ese y no otro es su estado natural.

Le echan en cara que se ha servido de su obra nada más que para calmar su propia inquietud, para ahogar su ahogo. Narcisismo. Lo acusan de haber usado el exquisito Arte de la ocupación del espacio en beneficio propio. Egoísmo. Que su grandeza es espuria. Mitad fingida, mitad falsamente creada. Que ha desvirtuado su profesión apoyándose en un discurso malintencionado y equivocado. Manipulación.

No, no, eso es mentira. ¡Ved mis obras!, ellas hablan por mí. Aduce en su descargo. ¡Soy el Gran Arquitecto!, grita.

Seguramente se encuentra agotado. Puede que se haya encontrado de frente con la línea imposible, esa que no une nada, o puede que haya sido con el ángulo imperfecto, ese que separa en vez de facilitar la confluencia, o con el espacio aprisionado que se ubica en el interior de unas paralelas, o, lo más probable, puede que haya vislumbrado en su cabeza la arrogante posibilidad de dibujar el infinito.

Se aferra a la geometría del pensamiento, esa parte tangente con la realidad que le ha dado tantas soluciones a sus cíclicas y artísticas crisis. Solo la relación con el espacio como algo posible y mensurable le es válida, el resto, divagaciones que convocan hacia su mente la perdición y el abandono.

Pero hoy, su mirada azul no logra traspasar las líneas de su edificio y se queda encerrada con él. ¡Farsante! Alguien se lo ha dicho directamente y a la cara. Gritando, con los ojos desencajados. Tanta determinación le confunde. Con qué rapidez olvida la gente. Pero él no olvida. Él sabe contra qué lucha y cuál es su objetivo principal. Y qué más da qué es lo que construye. El Gran Arquitecto no se cuestiona los encargos, los realiza.

Una muralla. Puede que sea su última construcción. Su gran legado. Al parecer, hay noticias que indican que los tártaros están ahí, y, quizá, puede que acampados a pocas leguas del recinto, y, quizás, ahora, se calienten alrededor de sus poderosas hogueras comentando cómo será el botín y, quizás, en cualquier momento puedan aparecer. Nadie lo sabe con certeza. Una gran muralla. Miles de kilómetros. De un mar a otro. Ancha. Descomunal. Para alimentar el miedo. Para que circulen ejércitos por su adarve. Para exaltar la mentira y el ego. El Emperador, el mismísimo Emperador, se la ha encargado.

Presiente que este es un mundo sin geometrías posibles y que el vacío emergerá de nuevo.

Y será su último trabajo. Y lo hará.

Aún sabiendo perfectamente que esta construcción es inútil, toda línea, por muy firme que se construya y mejores materiales que se utilicen, tiende, por lógica, a descomponerse, y busca, por necesidad, su desaparición en el tiempo.

No hay vacío, solo mentira.

Farsante, dictaminaron.